En la actualidad vivimos en una cultura inmersa en el mundo de la imagen, la apariencia, la reputación, la validación, los discursos correctos y otros tantos aspectos que están abocados a lo externo, a aquello que el ojo humano juzga. Además, muchos pretenden darle a su vida espiritual un carácter externo. Así como juzgar la de otros por lo que el ojo mira. Sin embargo, cuando hablamos de cristianismo entendemos que Jesús nos enseñó que, con Dios, todo se define en el corazón; porque la vida cristiana no se trata de tomar un curso y adquirir ciertas habilidades. Por el contrario, es un proceso que toma la vida entera. Somos una obra en construcción; el Espíritu Santo constantemente está trabajando en nuestro corazón. Y es maravilloso saber lo que dice el apóstol Pablo al respecto: “Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor.” II Corintios 3:18.
Limpios de corazón
El corazón, en el lenguaje bíblico, representa mucho más allá de los sentimientos y las emociones. Allí convergen los pensamientos, las motivaciones, los deseos, la consciencia y la voluntad. Es el centro invisible desde donde nacen las decisiones y actitudes que finalmente terminan modelando la vida. Por eso Jesús dijo:“Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios.” Mateo 5:8. Y un corazón limpio es aquel que se acerca a Dios, cada día, con verdadero arrepentimiento por sus obras y sus pensamientos alejados de Su amor. Como lo expresó David en el Salmo 51:17. “… Al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios.” Esta pureza no significa perfección ni tampoco ausencia de lucha; significa transparencia, coherencia interior, deseo genuino de agradar a Dios y estar alineado a su Palabra. En su encuentro con los fariseos Jesús confrontó la limpieza externa, la apariencia, carente de transformación interior. Los llamó “sepulcros blanqueados: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera, a la verdad, se muestran hermosos, mas por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia.” Mateo 23:27. Palabra dura esta, que debemos tener presente para no dejarnos enceguecer por lo que se nos presenta como ideal.
La limpieza del corazón depende de la transformación del entendimiento
Ahora bien, el corazón se contamina, en primer lugar, por lo que habita en nuestra mente. En su epístola a la iglesia en Roma, el apóstol Pablo les hace un llamado muy particular: “Transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento.” Romanos 12:2. La limpieza no sucede por la acción de quitar lo sucio; es necesario llevar a cabo una transformación que viene dada por moldear la mente a un diseño divino manifestado en la verdad de la Palabra de Dios. No se trata de quitar lo sucio y aplicar un maquillaje moral; por el contrario, es una reestructuración del pensamiento. Por esa razón, lo que consumimos mentalmente moldea nuestro entendimiento. Muchos viven hipnotizados por una cultura de saturación en la que la violencia, el odio, la comparación, la infidelidad, el cinismo, el narcisismo, la erotización, el chisme y muchos otros conceptos que denigran de la dignidad humana se normalizan, exponiéndonos a un peligro sin precedentes en la historia. La contaminación interior rara vez ocurre de manera abrupta. Generalmente comienza en ideas repetidas que se van convirtiendo en pensamientos que se alojan en nuestra mente, tolerados debido al exceso de exposición. Llegar a la pureza de nuestro corazón es un proceso en el que permitimos que Dios transforme nuestra manera de pensar, interpretar y reaccionar frente a la vida. “Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad.” Filipenses 4:8.
Verán a Dios
“Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios.” Mateo 5:8. Esta bienaventuranza expresada por Jesús, en el Sermón del monte, representa para mí una verdad maravillosa y liberadora. Pienso que no solo nos habla que los de limpio corazón verán a Dios en la vida después de la vida, vida eterna. También, veremos a Dios en el camino de ese proceso de purificación en esta Tierra. Porque en la medida que nuestro pensamiento va siendo transformado, nuestro corazón se va apegando cada día más al amor de Dios y podemos tener comunión con Él. Entonces, lo vemos cuando percibimos su voz en nuestro interior; lo vemos en ese discernimiento que nos permite constantemente elegir el camino que nos señala el Espíritu Santo; lo vemos a través de los ojos de nuestra consciencia espiritual que nos da la capacidad de juzgar lo que proviene de Él y diferenciarlo de los engaños del mundo; lo vemos en la sensibilidad que nos da por aquello que quiere que le demos nuestra atención y cuidado. En fin, cuando la luz de Dios alcanza hasta los rincones más recónditos de nuestra alma, un velo se quita de nuestros ojos espirituales y podemos ver a Dios.
El ser humano mira lo que está delante de sus ojos, pero el Señor mira el corazón
Una de las historias del Antiguo Testamento que siempre me ha cautivado es la historia que nos relata como David fue escogido para ser rey de Israel. El Señor Dios envió a Samuel, su profeta, a la casa de Isaí diciéndole que entre los hijos de éste se había escogido rey para Israel. Fueron llamados los hijos de Isaí y, al verlos, Samuel pensó que Eliab era el escogido; pero, el Señor le dijo: “No mires a su parecer, ni a lo grande de su estatura, porque yo lo desecho; porque el Señor no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero el Señor mira el corazón.” I Samuel 16:7. La historia termina revelándonos que aquel que ni siquiera había sido considerado por su padre para traerlo delante del profeta; el que se encontraba en el campo pastoreando las ovejas, David, fue el elegido. Porque mientras nosotros estamos juzgando según la valoración de nuestros ojos terrenales, adaptados a la cultura de las apariencias, Dios mira lo que hay en el corazón. En resumidas cuentas, Dios quiere darnos pureza en el corazón a fin de que podamos ver lo que Él ve. Por lo tanto, cuando nos encontremos en el momento de decidir en una bifurcación no nos dejemos llevar por lo primero que se presenta ante nuestros ojos. No dejemos que ese pensamiento, corrupto por las filosofías vacías del mundo, tome la decisión sino, antes bien, oremos para que Dios nos guíe y nos permita ver eso que no está frente a nuestros ojos sino que solo puede ser discernido por un corazón apegado a Dios.
“Y amarás al Señor tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas. Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán en tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes.”
Deuteronomio 6:5-7.
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