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Opinión

La crisis prolongada y severa de las instituciones, expresión de la tragedia venezolana de los últimos tiempos, toma cuerpo en un sistema de justicia penal, en franca regresión al más descarnado proceso inquisitivo, sin garantías, marginado y sometido al poder de quien recibe instrucciones y las sigue al pie de la letra.

Se encuentra en juego el bien más preciado después de la vida, en un orden democrático: la libertad. Sencillamente, en este pobre ex país, podemos ir a prisión, sin conocer lo que se nos imputa, con actas policiales sin firmas, sin órdenes del juez y sin haber sido sorprendidos en un hecho con características de un delito grave de manifiesta comisión o flagrancia que imponga la privación de libertad como medida excepcional e imprescindible para garantizar la sujeción a un proceso.

Nadie puede ser molestado por sus opiniones, hay libertad de expresión consagrada en la Constitución y solo son delitos los hechos expresamente previstos en la ley. Pero nada de esto vale ante la orden superior que debe ser “obedecida ciegamente o a toda costa”.

El aparato de la “injusticia penal” es de extrema eficacia para un régimen intolerable ante la crítica. Los únicos que pueden expresar su pensamiento, arengar al pueblo y anatematizar a sus enemigos reales o virtuales son los representantes de la línea oficial que no admite disidencia.

Los tipos penales de expresión que sobreviven amenazando la protesta pacífica y legítima erigida en traición a la patria, las declaraciones políticas convertidas en rebelión o las ofensas a los funcionarios –delitos de desacato–, pero no así las ofensas de los funcionarios a los ciudadanos, que se encontrarían justificadas, son parte de la normativa real que efectivamente se aplica al amparo de la revolución.

Por su parte, el proceso penal, instrumento para la aplicación de las disposiciones que consagran delitos y penas, tiene sus caminos verdes por los cuales discurre según instrucciones superiores; se desestiman las denuncias contra los altos funcionarios comprometidos con el gobierno; se inician procesos con declaraciones de “patriotas cooperantes” contra los disidentes; las audiencias se presentan con la incidencia de una “llamada” que orienta y decide; la prisión preventiva es la pena cuando la investigación carece de todo fundamento fáctico y jurídico; y el diferimiento de las audiencias llena el vacío de un verdadero proceso que demanda un juez imparcial y la igualdad entre las partes.

Urge el rescate de la justicia penal; es necesario que las víctimas de homicidios, secuestros y atropellos a sus derechos encuentren respuesta a su clamor por la verdad en un juicio público y una sentencia oportuna; resulta imprescindible que la sociedad vea que, en definitiva, un auténtico árbitro dicte una sentencia acatada por todos y absuelva al acusado o lo condene a una pena que efectivamente se cumpla; y, por supuesto los órganos de administración de la justicia penal –fiscalía, tribunales y prisiones– deben abandonar la encomienda que nunca debieron asumir de ser los protagonistas y ejecutores de una persecución política encubierta bajo la apariencia de legalidad.

Sin duda, es un compromiso impostergable la lucha por una verdadera justicia penal.

19 de febrero de 2018

aas@arteagasanchez.com

@ArteagaSanchez

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Carlota Salazar Calderón

ABC de la política

Recibí un alarido angustioso de mí gran amigo José Gregorio Delgado, con este comunicado: “La sociedad venezolana vive, hoy, un estado de desastre próximo al colapso. Todas las dimensiones que constituyen su estructura global, experimentan profundos procesos sistémicos de desintegración.

Este desastre es el efecto inevitable del proyecto deliberado de implantación de un modelo totalitario, dictatorial, de destrucción nacional, encabezado por Nicolás Maduro y sus círculos de poder. Este proyecto y este modelo, como ha sido señalado por la Iglesia Católica, las academias, la universidades nacionales, instituciones de la sociedad civil y esclarecidas individualidades, ha causado (causa y causará si no se detiene) profundos daños antropológicos, en muchos casos irreversibles, que afectan la esencia de la parte del género humano que habita, desde hace siglos, el territorio venezolano y amenaza con la disolución de nuestra colectividad.

Existe solo una posibilidad pacífica para detener este proyecto inhumano: la reunificación nacional con el propósito de detener y desplazar del poder a la cúpula que lo impulsa y dirige. La actividad de reunificación de la nación debería comenzar por el ejercicio de una voluntad política que se plantee, de inmediato, un diálogo interno entre los factores políticos que adversan el proceso de destrucción y que debe permitir la formulación de una estrategia de acción conjunta de los factores democráticos.

Este diálogo debe abarcar a todos los ámbitos sociales y no debe ser postergado. Debe comenzar ya”. La gente dice: si no se unen no llegan a ninguna parte. Cada uno con sus razones, todas válidas: abstencionistas, institucionales, intervencionistas…pero lo importante es la UNIDAD.

La sociedad venezolana debe dar un paso adelante en este sentido, basta ver cómo a los pacientes de diálisis protestan les lanzan bombas lacrimógenas, los disuelven y no hacemos nada; saber que familiares mueren por falta de medicinas y no hacemos nada; ver, ya no son fotos, ver a la gente comer de la basura y no hacemos nada. La mayoría no está de acuerdo con esas sentencias de muerte progresivas, pero se conforman con un carnet, mentiras, espejismos, frases hechas, confrontación…pero ¿cómo no conformarse? Si no hay una propuesta alternativa ¿Por qué y para qué luchar? necesitamos un motivo para votar, protestar, para arriesgarnos… pero todos. Darle sentido y contenido a la lucha. Nadie va a arriesgar su vida por nadie, menos por Borges, Capriles, López…olvídenlo, dan su vida por su familia, por su futuro, por un mundo mejor.

Por estas razones, desde este pequeño espacio hago un llamado a los partidos políticos, gremios, movimientos sociales, grupos de opinión, personalidades, dirigentes sociales…todos erramos es hora de enmendar.

Construir un proyecto político de cambio real y sincero, que lo llevemos a todas las comunidades, sin egoísmos, sin exclusión, que genere esperanza en los venezolanos y cambiemos juntos esta tragedia.

A los inmediatistas, línea pensante, como la llama Luis Vicente León, les digo: no es mañana, ni pasado, hay que trabajar, no se puede hacer desde la comodidad de unas estructuras vacías, ni desde las redes.

Esto necesita de un gran esfuerzo y desprendimiento de todos.

Carlotasc@gmail.com

@carlotasalazar

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Alí Rafael Primera Rosell, de negra cabellera, ojos pardos, sensible y tenaz, de signo Escorpión y nacido un 31 de noviembre de 1942. Un día nos contó que su primer contacto con la música lo tuvo en el vientre de su madre, y que su primer recuerdo de infancia le quedo del campo, con una mata de semeruco que acaba de dar sus frutos.

Hoy quisiéramos hablar de nuestro Ali, el cantor, el poeta y su clavel rojo, pero dejemos que sea él mismo quien nos exprese, no solo su canto, sino sus reflexiones, ahora tomadas de sus propios escritos, compilados y condesado en su libro “No solo de vida vive el hombre”.

Allí el otro Ali, el fajador por sus ideales políticos, nos narra cómo en una oportunidad estando preso junto a un grupo de estudiante de la UCV, pudo constatar algo que lo marcaría para toda su vida: “la música cuando se pone a cabalgar en ella versos, donde el protagonista es el hombre hecho combate, cuando el amor que se nombra ya no es tan solo el individual, sino el amor solidario por todos los seres humanos, cuando el verso además de divertir proporciona elementos reflexivos, la canción se convierte en un arma popular”.

Alí Primera, solía decir que era revolucionario y cristiano, por eso hizo de esa fe militante su credo: “Creo en el canto, porque mi pueblo ha sobrevivido cantando, siempre. Creo en el canto, para que no nos llenen de silencios la esperanza. Creo en el canto, porque siempre ha navegado en las venas de esta tierra. Creo en el canto, por la necesidad de multiplicar y hacer inmenso el grito de los humildes. Creo en el canto todo luminoso y solidario”.

Nos cuenta Ali, que su primera canción la escribió estando preso en la temible Digepol, policía política del gobierno, y la tituló Humanidad: "humanidad, humanidad, hay motivos de alegrías, pero de tristezas hay muchos más. Pobre del niñito de la calle que sonriendo su carita pide una lochita para comer pan”.

¡No solo de vida vive el hombre! fue uno de sus acostumbrados remitidos. En él, nuestro cantor se expresa tal como fue en toda su existencia: “Siempre he enfrentado la vida con profundo agradecimiento de estarla viviendo. Contento de ejercer con plenitud y honestidad la hermosa tarea de poner en función del hombre y su combate, la canción que aprendí entre cantos de pájaros, los golpes de escardilla sobre la tierra seca, y la roja y silvestre cosecha de los semerucos, en mi amada Península de Paraguaná”.

Así era Ali, el del alma nacional, venezolano como el que más, y Paraguanero.

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La perplejidad parece inhibir respuestas claras ante el evento electoral convocado para abril. A pesar de estar groseramente adulterado con trampas y ventajismos descarados, no deja de sembrar desconcierto en fuerzas que han apostado por una salida electoral. Pero no podemos seguir con esta indefinición. Cabe, al respecto, una perspectiva estratégica sobre las implicaciones o consecuencias de participar o no. Donde no puede haber confusión es en el objetivo, sacar cuanto antes a las mafias que han secuestrado al país, con el menor costo posible en vidas humanas. Ello lleva a inquirir, cómo un régimen tan dañino para el país, tan inepto y tan cruel con sus ciudadanos, se mantiene TODAVÍA. ¿Cómo se sostiene, si tiene el rechazo del 80% o más de los venezolanos?

Conócete a ti mismo y conoce a tu enemigo y en cien batallas nunca serás derrotado"

-Sun Tzu, circa 500 ac.

Dos son los pilares que apoyan a Maduro: una secta fanática minoritaria, envenenada contra el resto de la población, y una jerarquía militar en control aparente de la fuerza armada. La secta quedó de su política de huir hacia adelante en la medida en que se le complicaban las cosas y disminuía su apoyo político. Es una colectividad que ha suplantado la vida con simbolismos que dibujan una realidad maniquea, en la cual ellos son los buenos y todos los demás, malos. Y asumen ello con una postura de superioridad moral para blindarse contra todo cuestionamiento. Si bien es cierto que contingentes minoritarios fanatizados han demostrado ser capaces de imponer sus designios sobre las mayorías – valgan las experiencias, bolchevique, nazi, del islamismo radical—lo han hecho encerrándose sobre sí mismos y cercenando sus posibilidades de permanecer en el poder que no fuesen por la aplicación del terror y la violencia. Es éste su Talón de Aquiles, pues destroza los mecanismos institucionales que permitirían perpetuarse por medios consensuados, convirtiéndose en rehén de las fuerzas armadas.

A la cúpula castrense se le ha entregado buena parte de la economía nacional1 y se ha puesto a militares “donde haiga”, concediéndoles el monopolio de la importación de alimentos y medicamentos con dólares preferenciales y el “custodio” de fronteras a través de las cuales se transan los negocios más lucrativas imaginables. Como guardianes del cumplimiento de leyes punitivas, se les facilita la extorsión y confiscación de comerciantes y productores. La cúpula militar ha sido comprada y hoy es cómplice – principalísima—del sistema de expoliación implantado. Pero se le baña con una retórica ideológica que la retrata de heredera de Bolívar, defensora del “pueblo”, de manera de poder reprimir sin cargo de culpa, pues el objeto de sus descargas --aun siendo por mucho la mayoría de la población-- no es “pueblo”.

Al apoyarse en tales mecanismos, las mafias que secuestraron al país han roto con el juego democrático y con todo entendimiento con fuerzas opositoras que no sea sobre la base de su entrega y sumisión total. Como todo fascismo, Maduro y sus cómplices apuestan a la conflagración final: o se imponen definitivamente o son derrotados, arriesgando perder sus fortunas mal habidas y largos años de presidio.

Estamos enfrentados a un juego suma-cero que será dirimido cuando la acumulación de fuerzas permita “quebrar” al adversario: no hay término medio ni convivencia posible. En el campo político, la correlación está a nuestro favor –potencialmente. En el campo militar sale favorecida, hasta ahora, la oligarquía chavo-madurista. Este es el contexto desde el cual preguntarse si se debe acudir o no a estas elecciones.

¿Contribuye a incrementar nuestras fuerzas y/o a reducir las del fascismo? Veamos.

Partiendo de que Maduro convocó estas elecciones con las condiciones que asegurasen su victoria, ¿podemos participar de manera de incrementar nuestra fuerza política, movilizando a la gente y denunciando las marramuncias cometidas para visibilizar aún más las costuras del régimen? ¿Se cuenta con la credibilidad y la confianza para acometer esta tarea? ¿Disponemos de un proyecto país claramente formulado que sea asumido como propio por la gente? ¿Existe un líder (o varios) en condiciones de galvanizar una fuerza electoral tan contundente que obligue al régimen a darle el palo a la lámpara para ganar? ¿Se tiene la capacidad organizativa para movilizar al país y poner claramente al descubierto la trampa para sacarle provecho políticamente? De no tenerse respuestas favorables, incluyendo la capacidad de materializarlas en tan poco tiempo, no puede esperarse que el rechazo abrumador a Maduro se convierta en visible mayoría política-electoral. El fascismo habrá ganado puntos realizando unos comicios con la anuencia de fuerzas opositoras desasistidas de un plan “B”.

La huida hacia adelante del Madurismo, creando la asamblea constituyente fraudulenta y luego haciendo que ésta convocase a elecciones trampeadas representó errores graves. Con ello se echó encima la opinión pública nacional e internacional, y le aplicaron severas sanciones. Pero las fuerzas democráticas del país no supieron cobrárselos. Sentadas, creían estar ganando un juego de ajedrez, cuando el fascismo “jugaba” artes marciales mixtas. Como no tenía cómo hacer valer la propiedad excluyente y exclusiva sobre un botín (Venezuela) que reclama suyo --al quedar en minoría--, tiró la parada de la constituyente. En torno a ella se juega el futuro del país. Ya controla elecciones, juramenta a electos, aprueba presupuestos y créditos adicionales, y hasta dicta leyes “constituyentes” que pretende ser cumplidas (¡¡!!). Encima, anuncia la alteración de la estructura del Estado a favor de la dictadura, redactando una nueva constitución. Su existencia asegura la confiscación de la soberanía popular, no sólo para expresar su voluntad en los comicios, sino para estar representada en la Asamblea Nacional. Ésta tiene sus días contados de lograr el fascismo consolidar y “legitimar” semejante esperpento.

La tarea inmediata es la de rescatar la confianza de la población capaz de capitalizar el enorme rechazo a Maduro. Ésta no se logra con ilusiones de un triunfo político o moral en el fraude electoral en ciernes que no estamos en capacidad de cosechar. Pero éste debe ser aprovechado para movilizar a la gente en la denuncia de la constituyente, de la pavorosa situación actual y de las trampa-elecciones. La posibilidad de que ello contribuya a resquebrajar el sostén de la dictadura descansa en cuatro factores:

1) Que sepamos recoger las angustias y arrecheras de la gente por la terrible situación que está padeciendo y transformarlas en una poderosa fuerza impugnadora del orden actual;

2) Que hagamos conocer, de forma sencilla, entendible y consensuada, los lineamientos básicos del proyecto alternativo de país que ofrecemos y que ya existe;

3) Que nos apoyemos en lo anterior para fortalecer la campaña en defensa del orden constitucional y

de elecciones como deben ser, con todas las garantías pertinentes.

4) Que proyectemos de manera clara, abierta y directa una política hacia los militares, alertándolos sobre las consecuencias para la institución y para sus personas de continuar apoyando la dictadura.

Es menester acumular la fuerza decisiva para el empujón final. A la oligarquía militar-civil se le ha puesto el piso chiquitico. Les han confiscado propiedades, no pueden viajar, el apoyo de Rusia es demasiado distante y el resto de los países de importancia para la región los repudia. Hay descontento en la fuerza armada y se agudiza la pelea interna por las migajas. No le sigamos haciendo el juego.

Economista, profesor de la UCV.

humgarl@gmail.com

1 Ver https://www.analitica.com/opinion/la-gran-componenda-criminal-el-reparto-de-venezuela-entre- cupulas-militares-y-revolucionarias/

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Roberto Casanova

Al menos cuatro principios estratégicos deben estar claros ya entre los demócratas que perseveramos en nuestra oposición al régimen que destruye al país. Primero, los venezolanos estamos inmersos en un histórico conflicto de poderes de escala internacional. Segundo, la minoría gobernante no abandonará el poder democráticamente sino en medio de una crisis política. Tercero, los demócratas debemos aprovechar cada coyuntura electoral para propiciar una crisis política. Cuarto, no podemos saber cuál crisis expulsará finalmente a la minoría gobernante del poder, aunque sí sabemos que sin presión, nacional e internacional, ello no ocurrirá. Debemos, en síntesis, pensar estratégicamente y actuar en cada coyuntura, como la planteada por la elección presidencial convocada por la dictadura.

1- Es inútil tener un candidato opositor “por si acaso”.

Varios dirigentes políticos defienden la idea de participar en la elección presidencial convocada por la dictadura. Claudio Fermín, por ejemplo, sostiene que debemos aumentar la presión para que el régimen mejore las condiciones electorales y organizarnos para garantizar la participación masiva de la mayoría que somos. “Vamos a ir a votar, no para convalidar la trampa, sino para derrotar la trampa”, afirma ( https://www.lapatilla.com/site/2018/02/10/claudio-fermin-presento-sus-ideas-de-gobierno-por-presidenciales/ ). Ello supone, desde luego, contar con un candidato pues ¿qué pasaría si no lo tuviésemos? Que la dictadura cedería en algunas de las condiciones que exigimos y, sin embargo, no sería de ningún provecho para los sectores opositores por no haber inscrito a un candidato.

El punto, sin embargo, es que si la oposición inscribe un candidato con potencial para vencer la dictadura simplemente hará lo necesario para que eso no ocurra. Si la abstención es alta, como es de esperar, esa tarea le resultará más sencilla. El escenario más probable, sin embargo, es que la oposición se divida entra quienes participarán y quienes no lo harán. El o los candidatos opositores que participen serán entonces fácilmente derrotados. Maduro ganará en cualquier caso y la oposición, escindida y desprestigiada, enviará una señal equívoca a la comunidad de gobiernos democráticos que la apoyan.

Es de suponer que Claudio, como político experimentado, entiende claramente esto. Frente a estas críticas, sin embargo, ha argumentado que no podemos cruzarnos de brazos y se pregunta: si no participamos ¿qué haremos el día después? Y este es un buen punto.

2- Luchar por las condiciones electorales es luchar contra la dictadura.

Trino Márquez plantea que los demócratas debemos centrarnos en la lucha por condiciones electorales y que si no logramos tener éxito en dicha lucha no debemos participar en el próximo evento electoral ( https://www.lapatilla.com/site/2018/02/14/elecciones-con-esas-condiciones-no-por-trino-marquez/ ). Difiere entonces de posiciones como las de Claudio, aunque no asume una posición abstencionista sin retorno pues, en su opinión, si las condiciones mejoran sustantivamente la participación tendría sentido. Al fin y al cabo la mayoría del país rechaza al régimen y debe aprovecharse cualquier oportunidad para que la opinión de esa mayoría se exprese.

Comparto con Trino que “a estas alturas, ya no es suficiente contar con un candidato de unidad, un programa de gobierno y una estructura organizativa bien engranada para ganarle a un gobierno, ciertamente impopular y nefasto, pero que ha transformado las elecciones en una forma eficaz de prostituir la democracia y el voto”. Participar implica perder. Y no solo una elección sino también la poca credibilidad del liderazgo opositor, al tiempo que desalinearnos de la estrategia adoptada por un creciente número de gobiernos democráticos. No participar, en cambio, puede convertirse en un hito en nuestra lucha por la integridad electoral. Maduro podrá ganar esta en esta farsa pero deberá pagar el mayor costo posible, abriéndose entonces escenarios que, eventualmente, lo desalojarían del poder.

La coyuntura electoral debe convertirse pues en una crisis política.

3- Un día de protesta pacífica y descentralizada.

Muchos hablan de la abstención activa aunque en este momento no sabemos, con claridad, en qué consistirá tal cosa. Esta es una tarea pendiente para el liderazgo.

Es claro que no participar no significa permanecer en nuestras casas. Pero tampoco significa salir a las calles, en marchas masivas, para ser otra vez víctimas de la represión de un régimen sin alma. De las duras y gloriosas jornadas de protestas del año pasado aprendimos cuáles son las tácticas de protesta más eficientes y de menor riesgo ante fuerzas criminales. Podemos sacar el coraje necesario, durante ese día, para enviar un mensaje categórico a la dictadura y al mundo.

Pero debemos estar claros: la reelección del dictador, aunque empañada, ocurrirá. Si no definimos entonces los siguientes pasos de nuestra lucha el efecto que ese hecho generará puede ser una nueva y profunda frustración. Justamente lo que espera el régimen.

4- Una elección alternativa al margen del CNE

Los demócratas debemos reencontrarnos. La complejidad de estos tiempos, la desconfianza entre nosotros, los errores sin responsables, la tarea de socavamiento de la dictadura nos han debilitado. Debemos hallar la manera de diseñar y ejecutar una maniobra estratégica que nos sirva para renovar la dirección política y para motivarnos.

En otro artículo he desarrollado la idea, impulsada por varios grupos ciudadanos, de realizar una elección al margen del actual CNE. ( https://www.lapatilla.com/site/2018/02/02/roberto-casanova-un-presidente-rebelde/). Esa elección constituiría un acto de rebeldía democrática del cual surgiría un “Presidente rebelde” o, para ser precisos, un líder opositor con amplio apoyo político.

La formidable experiencia de la consulta ciudadana del 16 de julio del 2017 nos demostró que somos capaces de organizarnos masivamente, dentro y fuera del país, en poco tiempo, para decidir sobre asuntos colectivos. Aunque sabemos que ello no fue suficiente pues las expectativas y agendas de ciudadanos y líderes no estuvieron realmente alineadas. El líder que elijamos democráticamente y el equipo que le acompañará tendrán entonces, entre otras cosas, la responsabilidad vital de unificar nuestros esfuerzos.

Podemos organizar una elección modélica: con voto manual, con observación internacional, con auditorías transparentes. Incluso con una doble vuelta instantánea (en la cual el votante ordena a varios candidatos, dos o tres, de acuerdo con sus preferencias, de más preferido a menos preferido). Ciudadanos inspirados y organizados, nacional e internacionalmente, podemos dar, de nuevo, una muestra memorable de vocación democrática.

Carmen Beatriz Fernández comparte el planteamiento y define esta elección alternativa como una “maqueta” para escoger al líder de la oposición. ( https://www.lapatilla.com/site/2018/02/09/la-maqueta-de-la-democracia-venezolana-una-replica-a-roberto-casanova-por-carmenbeat/ ). Argumenta, en tal sentido, con cierta razón, que la idea de un “Presidente rebelde” puede ser contraproducente. De su artículo se deriva, sin embargo, que esa elección alternativa podría ocurrir antes de la elección del 22 de abril y que participar o no en ésta última sería un asunto secundario. Pienso que concebida así la propuesta pierde fuerza porque se trata, insisto, de un acto de rebeldía democrática derivado de nuestro rechazo a la elección dictatorial. Es una opción para el día después.

5- La elección alternativa puede ser también una oportunidad para reinventar a la oposición.

La idea de crear un “frente” para enfrentar nuestros diversos desafíos aparece de nuevo en el debate público. La lucha en contra de la dictadura, la articulación de la protesta social, la atención a la emergencia humanitaria, la preparación de la estrategia nacional de reconstrucción y desarrollo exigen un esquema organizativo diferente al que hemos tenido hasta ahora. Hace poco más de un año ofrecí algunas ideas con respecto a la necesaria reinvención de la oposición. ( http://historico.prodavinci.com/blogs/oposicion-reinventada-por-roberto-casanova/ ), ideas que me permito resumir con algunos cambios.

La Mesa de la Unidad Democrática es, por diseño, una instancia político-electoral que ha operado según una lógica definitoria: dar forma y ejecutar acuerdos político-electorales. Sus decisiones en otros ámbitos están, inevitablemente, mediadas por cálculos partidistas. Y esto no es bueno ni malo: cada sistema tiene su razón de ser, su lógica. Pero es indiscutible que la MUD —como instancia político-electoral, insisto— no ha estado a la altura de nuestros otros desafíos.

El problema surge cuando se pretende que un sistema sirva a un propósito distinto al que lo define. Luego, nuestros otros desafíos requieren otros esquemas y otros participantes. La MUD debe dar paso al MUD. La Mesa debe convertirse en parte de un Movimiento de Unidad Democrática. No siempre evolucionar consiste en destruir para crear. En ocasiones evolucionar supone incluir para trascender. Nuestro reto no es acabar con la Mesa sino diseñar otras instancias, otros sistemas funcionales que atiendan a procesos que la Mesa, dada su naturaleza, no puede liderar.

La acción opositora debería contar pues con tres instancias, cada una con un ámbito de acción propio, aunque articuladas: 1) Procesos político-electorales, 2) Movilización social y Emergencia Humanitaria y, 3) Estrategia Nacional de Reconstrucción y Desarrollo. Estas tres instancias conformarían el Movimiento de Unidad Democrática (MUD).

Demás está decir que este esquema prefigurará a un futuro gobierno de Unidad Nacional. Uno que deberá surgir si la coyuntura electoral evoluciona hacia una crisis política definitiva.

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George Soros

Vivimos un momento aciago de la historia mundial. Las sociedades abiertas están en crisis, y están en ascenso diversas formas de dictadura y estado mafioso, de las que la Rusia de Vladimir Putin es un ejemplo. En Estados Unidos, al presidente Donald Trump le gustaría instituir una versión propia de un estado de tipo mafioso, pero no puede, porque la Constitución, otras instituciones y una activa sociedad civil no lo permitirán.

No sólo está en duda la supervivencia de la sociedad abierta; también está en juego la supervivencia de la civilización toda. El ascenso de líderes como Kim Jong-un en Corea del Norte y Trump en Estados Unidos tiene mucho que ver con esto. Ambos parecen dispuestos a correr el riesgo de una guerra nuclear para conservar el poder. Pero la causa principal es mucho más profunda. La capacidad de la humanidad para dominar las fuerzas de la naturaleza, con fines constructivos o destructivos, no para de crecer, mientras nuestra capacidad de dominarnos a nosotros mismos tiene fluctuaciones, y ahora está en retroceso.

El auge de las grandes plataformas de Internet estadounidenses y su conducta monopólica contribuyen poderosamente a la impotencia del gobierno estadounidense. Estas empresas han tenido muchas veces una actuación innovadora y liberadora. Pero el creciente poder de Facebook y Google las convirtió en obstáculos a la innovación y causantes de una variedad de problemas de los que apenas comenzamos a darnos cuenta.

Las empresas generan ganancias explotando su entorno. Las mineras y petroleras explotan el entorno físico; las proveedoras de redes sociales explotan el entorno social. Esto es particularmente perverso, porque estas empresas influyen sobre la forma en que las personas piensan y actúan, sin que estas ni siquiera se den cuenta. Esto interfiere con el funcionamiento de la democracia y la integridad de las elecciones.

Como las plataformas de Internet son redes, tienen rendimiento marginal creciente, lo que explica su asombroso crecimiento. El efecto red es algo realmente inédito y transformador, pero también es insostenible. A Facebook le llevó ocho años y medio alcanzar mil millones de usuarios, y la mitad de ese tiempo sumar otros mil millones. A este ritmo, en menos de tres años Facebook se quedará sin gente a la que convertir.

Facebook y Google controlan en la práctica más de la mitad de todos los ingresos por publicidad digital. Para mantener la posición dominante, necesitan ampliar sus redes y aumentar la cuota que reciben de la atención de los usuarios. En la actualidad, lo hacen dando a los usuarios una plataforma conveniente. Cuanto más tiempo pasan estos en la plataforma, más valiosos se vuelven para las empresas.

Además, los proveedores de contenido no pueden evitar el uso de las plataformas y deben aceptar sin más sus condiciones, con lo que contribuyen a las ganancias de las empresas de redes sociales. De hecho, la excepcional rentabilidad de estas empresas deriva en gran parte del hecho de que no asumen responsabilidad (ni pagan) por el contenido presente en sus plataformas.

Las empresas afirman que lo único que hacen es distribuir información. Pero su carácter de distribuidores cuasimonopólicos las convierte en servicios públicos, que deberían estar sujetos a una regulación más estricta, con el objetivo de proteger la competencia, la innovación y el acceso justo y abierto.

Los verdaderos clientes de las empresas de redes sociales son quienes pagan por poner anuncios en ellas. Pero está apareciendo de a poco un nuevo modelo de negocios, que se basa no sólo en la publicidad, sino también en la venta directa de productos y servicios a los usuarios. Las empresas explotan los datos que controlan, ofrecen servicios combinados y usan la discriminación de precios para quedarse con una cuota mayor de los beneficios, que de lo contrario deberían compartir con los consumidores. Esto aumenta todavía más la rentabilidad de la empresa; pero los servicios combinados y la discriminación de precios reducen la eficiencia de la economía de mercado.

Las empresas de redes sociales engañan a los usuarios, ya que manipulan su atención, la redirigen hacia sus objetivos comerciales propios, y diseñan deliberadamente los servicios que ofrecen para que sean adictivos. Esto puede ser muy nocivo, en particular para los adolescentes.

Hay parecidos entre las plataformas de Internet y las empresas de juegos de azar. Los casinos han desarrollado técnicas para enganchar a los clientes hasta el punto en que se jueguen todo el dinero que tienen, e incluso el que no tienen.

Algo similar (y potencialmente irreversible) está sucediendo con la atención humana en esta era digital. No es sólo una cuestión de distracción o adicción; las empresas de redes sociales están de hecho induciendo a las personas a entregar su autonomía. Y este poder para moldear la atención de las personas está cada vez más concentrado en unas pocas empresas.

Esto implica consecuencias políticas de largo alcance. Las personas que no tienen libertad de pensamiento son fáciles de manipular. Este peligro no es sólo una acechanza futura; ya tuvo un papel importante en la elección presidencial de 2016 en Estados Unidos.

Hay incluso una posibilidad más alarmante en el horizonte: una alianza entre estados autoritarios y grandes monopolios informáticos provistos de abundantes datos, que una los incipientes sistemas de vigilancia corporativa con los ya desarrollados sistemas de vigilancia estatal. Esto bien puede dar lugar a una red de control totalitario que ni siquiera George Orwell hubiera podido imaginar.

Los países en los que es más probable que esas alianzas perversas surjan primero son Rusia y China. Las empresas tecnológicas chinas, en particular, están a la misma altura de las plataformas estadounidenses, y tienen pleno apoyo y protección del régimen del presidente Xi Jinping. El gobierno chino cuenta con poder suficiente para proteger a sus empresas líderes nacionales, al menos dentro de sus fronteras.

Los monopolios informáticos estadounidenses ya tienen motivos para hacer concesiones a cambio de entrar a estos mercados, inmensos y en veloz crecimiento. Y los gobiernos dictatoriales de esos países tal vez quieran colaborar con esos monopolios, para mejorar los métodos de control de sus poblaciones y ampliar su poder e influencia en Estados Unidos y el resto del mundo.

También es cada vez más notoria la relación entre el dominio de las plataformas monopólicas y el aumento de la desigualdad. Esto tiene que ver en parte con la concentración de las carteras de acciones en manos de unos pocos individuos, pero es más importante aún la posición peculiar que ocupan los gigantes informáticos. Estos han obtenido un poder monopólico al tiempo que compiten entre sí; sólo ellos son suficientemente grandes para adueñarse de las startups que pudieran llegar a hacerles competencia, y sólo ellos tienen recursos para invadir sus respectivos territorios.

Los dueños de las megaplataformas se consideran amos del universo, pero en realidad, son esclavos de la necesidad de mantener la posición dominante. Están librando una batalla existencial para dominar las nuevas áreas de crecimiento abiertas por la inteligencia artificial, por ejemplo los autos sin conductor.

El impacto de estas innovaciones en el desempleo depende de las políticas que adopten los gobiernos. La Unión Europea y en particular los países nórdicos son mucho más previsores que Estados Unidos en materia de políticas sociales. No protegen los puestos de trabajo, sino a los trabajadores. Están dispuestos a pagar el costo de la recapacitación o el retiro de aquellos que pierdan su empleo. Por eso los trabajadores de los países nórdicos se sienten más seguros y son más favorables a las innovaciones tecnológicas que los estadounidenses.

Los monopolios de Internet no tienen ni la voluntad ni el interés de proteger a la sociedad de las consecuencias de sus acciones. Eso los convierte en una amenaza pública; y es responsabilidad de las autoridades regulatorias proteger a la sociedad de ellos. En Estados Unidos, dichas autoridades no son suficientemente fuertes para oponerse a la influencia política de los monopolios. La UE está en mejor posición, porque no tiene megaplataformas propias.

La UE usa una definición de poder monopólico distinta a la de Estados Unidos. Mientras que las autoridades estadounidenses apuntan sobre todo a los monopolios creados mediante operaciones de adquisición, la legislación europea prohíbe el abuso del poder monopólico sin importar cómo se haya conseguido. La protección de los datos y de la privacidad es mucho más fuerte en Europa que en Estados Unidos.

Además, la legislación estadounidense adoptó una extraña doctrina por la que el perjuicio a los clientes se mide por el incremento del precio que pagan por los servicios que reciben. Pero eso es prácticamente imposible de determinar, porque la mayoría de las megaplataformas de Internet proveen la mayor parte de sus servicios en forma gratuita. Además, la doctrina no tiene en cuenta los valiosos datos de los usuarios que las plataformas van recolectando.

El enfoque europeo tiene su principal adalid en la comisaria europea para la competencia, Margrethe Vestager. A la UE le llevó siete años formular una acusación contra Google, pero su éxito aceleró en gran medida el proceso de institución de normas adecuadas. Además, gracias a los esfuerzos de Vestager, en Estados Unidos se está dando un cambio de actitud inspirado por la visión europea.

Tarde o temprano se terminará el dominio global de las empresas estadounidenses de Internet. La regulación y los impuestos, los medios que propugna Vestager, serán su ruina.

Traducción: Esteban Flamini

14 de febrero de 2018

Project Syndicate

https://www.project-syndicate.org/commentary/social-media-security-threa...

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“La historia se repite dos veces. La primera como tragedia, la segunda como farsa”: Carlos Marx, “El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte”

Dos (02) inmigrantes italianos, fueron acusados en 1927 de robo a mano armado y el homicidio de dos personas en Massachusetts. Juzgados y sentenciados, terminaron ejecutados en la silla eléctrica. Las protestas recorrieron el mundo porque había datos muy claros que señalaban que no habían participado en los delitos imputados.

Ocurrió que el gobierno republicano gobernante en aquella época, preocupado por la creciente protesta de los obreros organizados, utilizó al Sistema Judicial y a la Fiscalía para culpar a dos extranjeros anarquistas, Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti, con el propósito de quebrar el movimiento laboral.

Muchos años después el gobernador de Massachusetts, Michael Dukakis, declaró en 1977 que Sacco y Vanzetti fueron injustamente enjuiciados y encarcelados y que "cualquier desgracia debería ser para siempre borrada de sus nombres". Esa desgracia, de la que fueron exonerados 50 años después, fue generada por el Estado en un juicio amañado.

La tragedia de Sacco y Vanzetti se repite hoy “como una farsa” con múltiples juicios a opositores al régimen gobernante. El más notorio en el ámbito nacional es el caso de Leopoldo López. Escandaloso resulta por el sin número de montajes que se han caído.

La Juez que ordenó la detención del dirigente opositor y lo envió a Ramo Verde, Ranelis Tovar, solicitó asilo en Canadá, donde argumentó que había tomado la decisión para evitar ser detenida: “No quería que me pasara lo que le sucedió a la Juez Afiuni”, según relató en la OEA. El fiscal del caso, Franklin Nieves, huyó a los Estados Unidos luego de declarar que el juicio fue una “farsa” y que fue presionado por altos funcionarios del gobierno venezolano. Esto sería suficiente en un país con un sistema judicial independiente para cerrar el juicio e iniciar una investigación contra las autoridades.

La principal testigo de la Fiscalía en cuya declaración se fundamentó la condena a López, la Lingüista Rosa Amelia Asuaje, denunció que sus palabras fueron tergiversadas a fin de inculpar al líder de Voluntad Popular. Dijo: "la juez Barreiro manipuló mi declaración para inculpar a López" y agregó en una entrevista: "La sentencia parafrasea algo que yo no dije". Peor aún, la Fiscal General de la República en el exilio, Luisa Ortega Díaz, reconoció públicamente que fue presionada para sentenciar a López, señalando a Diosdado Cabello y al propio Presidente de la República.

Los dos primeros fallecidos en la protesta por la que se acusa a López, el dirigente oficialista Juan Montoya y el estudiante Bassil Da Costa, fueron asesinados por agentes policiales, lo que fue demostrado por el trabajo de los periodistas de El Universal, cuyas imágenes muestran a los funcionarios disparando. Pero a pesar de ello, López fue culpado y sentenciado por las muertes ocurridas en esas protestas de ese período.

Estos fraudes procesales ocurrieron a lo largo y ancho del país. En Aragua, por ejemplo, Raúl Emilio Baduel y “El gato” Alexander Tirado estaban sentados en la acera protestando pacíficamente frente al Parque de Ferias de la ciudad de Maracay. Participaban de una cadena humana a la vista de todos, sin trancar vía alguna, y a pesar de que hay suficientes testigos e imágenes que aseguran lo anterior, los detuvieron, enjuiciaron y sentenciaron a 8 años de cárcel como peligrosos delincuentes, luego de pasar por torturas y vejaciones de todo tipo.

Los procesos de Tony Real, Rolman Rojas y los estudiantes del Pedagógico son otros más en la cadena de arbitrariedades del régimen para acallar la protesta.

Son numerosos los disidentes presos y llevados a juicios amañados por el régimen. Aunque no llevan a la muerte física, como en el caso de Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti, pretende con las mismas mañas, matar política y moralmente a los líderes emergentes opositores y quebrar la protesta popular.

Esta nota quiere ser un homenaje, una dedicatoria a quienes luchando contra la autocracia con visos de totalitarismo, han sido castigados en juicios arreglados descaradamente, por los responsables de la tragedia que vive el país. No debemos olvidar, ni olvidarlos.

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