Pasar al contenido principal

Opinión

Acabo de leer dos noticias muy importantes para la agricultura venezolana, sobre las cuales quiero hacer algunos comentarios. Una, que intenta mostrar la avalancha de insumos para el ciclo de secano 2018, el cual debe comenzar con las siembras de maíz en el occidente barinés en un par de meses (mediados de abril según el inicio de las lluvias) y continuar con las permanentes siembras de arroz de riego. La otra, que intenta mostrar los progresos en la producción nacional de alimentos, son unas declaraciones de un señor Juan Simoza, quien en nombre de un frente denominado Frente Muller Rojas, ha dicho que “Venezuela produce 60% del consumo interno”.

En relación a esta última, esa aseveración del señor Simoza deja muy mal parado al gobierno nacional, el cual tiene la responsabilidad de la seguridad alimentaria de la población. Si estamos produciendo 60% del consumo y la producción nacional ha bajado a niveles escandalosos de escasez, con una desnutrición infantil muy alta y la hambruna generalizada de la población generando saqueos a sitios donde exista la oferta de cualquier alimento, y la basura la van dejando limpia de cualquier producto que pueda ser ingerido para saciar el hambre, quiere decir que ése es un 60% de nada, que indica que la producción interna es nada.

En lo que respecta a los insumos para la agricultura, cita Minuta Agropecuaria, que el militar al frente del Ministerio de Agricultura “anunció recientemente que llegarían 180.000 toneladas de fertilizantes NPK desde Rusia y 17.000.000 kilolitros de agroquímicos” “esperados por los agricultores para acometer la siembra y revertir la caída que durante años presenta el sector productivo nacional a causa de las malas políticas agrícolas”.

¿Cuántas hectáreas se pueden fertilizar con esta cantidad de producto? Para poder hacer algunas especulaciones debemos también hacer algunas asunciones. En primer lugar, asumamos que en el mejor de los casos se va a importar una fórmula 10-20-20 por su riqueza en P y K. En segundo lugar consideremos las dosis a aplicar, asumiendo que para nuestros sistemas suelo-planta deberían oscilar, modestamente, entre 300 y 500 kg de esta fórmula/ha, sin incluir los fertilizantes nitrogenados adicionales que serían absolutamente necesarios. Trabajemos con una dosis promedio de 400 kg de fórmula NPK/ha.

Con las anteriores asunciones, calculamos que a razón de 400 kg de fórmula/ha se pueden abonar 450.000 hectáreas (180.000 ton/0,4 ton/ha=450.000 ha). ¿Para qué sirven 450.000 hectáreas de cultivo en un país con 30 millones de habitantes? La verdad es que no sirve para mucho, porque necesitamos sembrar unos 4.000.000 de hectáreas solamente en cereales, caña de azúcar y oleaginosas, para cubrir adecuadamente nuestros requerimientos en esos rubros. En un artículo reciente indiqué que además de esa superficie, se requiere sembrar unas 500.000 ha de hortalizas, fertilizar unas 2.000.000 de hectáreas de pastizales, lo que sin incluir frutales, café, cacao, raíces y tubérculos y otros, hace un requerimiento anual de fertilizantes de 4.300.000 toneladas.

Por supuesto que hay una producción nacional de fertilizantes por medio de nuestra industria petroquímica, pero en los últimos años en Venezuela se ha comercializado unas 800.000 toneladas de fertilizantes anualmente, de las cuales 40% es importado por lo que la producción nacional actual de fertilizantes, incluyendo nitrogenados que son la mayoría, apenas es de 480.000 toneladas. Estas cifras revelan que estamos muy lejos de poder revertir la caída del sector productivo.

No me canso de recordar a las instancias que deciden la ruta de nuestra agricultura, que para cada año, con suficiente anticipación, se debe planificar el ciclo anual considerando qué vamos a producir, dónde, con quién, con qué, para que tomando todas las decisiones correspondientes, podamos asegurar que en el mercado nacional están disponibles todos los insumos, maquinarias, equipos y otras necesidades, para que las prácticas agrícolas se puedan aplicar correctamente en cantidad y en el momento oportuno.

Recordemos que: SIN FERTILIZANTES es imposible producir la cantidad de alimentos que necesitamos para satisfacer los requerimientos de la población.

En Amazon está a la venta el libro del autor: “Fertilidad de suelos y su manejo en la agricultura venezolana”. Tiene información muy útil para mejorar la práctica de fertilización de los cultivos, con miras a una mayor productividad y a un mejor trato a los suelos y al ambiente en general, https:/www.amazon.com/dp/1973818078/

Febrero de 2018

pedroraulsolorzano@yahoo.com

www.pedroraulsolorzanoperaza.blogspot.com

 3 min


El Gobierno ha hecho todo lo posible por concurrir solo a las próximas elecciones presidenciales. Las prolongadas conversaciones celebradas en República Dominicana no concluyeron en nada. La situación para ellos es clarísima, perpetuarse en el poder sin opción alternativa.

Por de pronto, el Gobierno decidió unilateral y arbitrariamente el calendario electoral. Dentro de unos pocos días hay que inscribir a los candidatos presidenciales y la elección se convoca para el último domingo de abril.

La elección presidencial es convocada por una Asamblea Nacional Constituyente carente de legitimidad y sin facultades para eso.

Existen dirigentes políticos arbitrariamente privados de sus derechos o “inhabilitados” o exiliados que tendrían que estar participando en el pleno ejercicio de sus derechos. No solo dirigentes, también hay partidos políticos privados del ejercicio de sus derechos.

Ninguna medida judicial o administrativa debe privar a ningún ciudadano ni a ningún partido de participar en una elección presidencial. El Consejo Nacional Electoral debería estar integrado, como lo ordenan la Constitución y las leyes, por cinco rectores honorables, sin ninguna militancia política.

El proceso electoral debería estar sometido a una rigurosa y profesional observancia internacional para cuidar que todos los extremos que debe tener un proceso electoral respetable, los tenga.

Es una elección presidencial que se convoca en medio de una espantosa crisis humanitaria, con la ciudadanía sometida a la más grande inflación del mundo y a una terrible recesión, con un cuadro de desabastecimiento alarmante.

En estas circunstancias es bueno recordar que todas las encuestas coinciden en que 70% de los venezolanos queremos cambiar al Gobierno y sustituirlo democráticamente.

En diciembre de 2015, en circunstancias parecidas a las que prevalecen ahora, con el mismo CNE, la oposición obtuvo una contundente victoria y derrotó todas las maniobras del Gobierno.

Si nuestro liderazgo político cumpliera su obligación e hiciera bien su tarea, es decir, le presentara al país un candidato de consenso, con una plataforma de unidad nacional y con una organización eficiente para vigilar las mesas electorales, esa mayoría de venezolanos derrotaría electoralmente al Gobierno. No tengo la menor duda.

¡La discusión está abierta!

@EFernandezVE

 1 min


Nos comentaba Miguel Otero Silva, protagonista de los sucesos generados en los carnavales de 1928, y autor de la novela “Fiebre”, narrativa sobre las crueldades del dictador, que, cuando Juan Vicente Gómez se extinguió patriarcalmente – en su cama, sin próstata, y de 78 años – ya al menos 7 de los 252 estudiantes que lo desafiaron en 1928 se habían muerto. “Si mis cuentas no fallan, han cesado de vivir (para 1971) 76 de los que fuimos a las cárceles de Gómez en 1928. Quedamos 176 en espera del mismo destino, o de la misma vaina, como ustedes prefieran llamarlo”.

Hoy nadie queda de esa generación, y desde que este reconocido novelista, escribiera su propia historia enfebrecida, mucho se ha comentado de la oprobiosa dictadura gomecista, y la hermosa gesta libertaria librada esos días. Vamos de nuevo a recrear esos hechos, impulsados por un grupo de estudiantes, que definieron el rumbo de la Venezuela por venir, después de ese acontecimiento efervescente y rebelde de nuestra juventud venezolana.

Raúl Leoni, estudiante del quinto año de Derecho, y presidente de la Federación de Estudiantes de Venezuela, convocó una gran marcha con motivo de la denominada “Semana del Estudiante”. La señalada marcha tenía como objetivo inmediato, obtener los fondos necesarios para la Casa del Estudiante, a la que bautizaron con el nombre de Andrés Bello. Era una mañana fresca, el calendario indicaba el día 6 de febrero de 1928. Los estudiantes desde muy tempranas horas, habían empezado a concentrarse en la plazoleta de la Universidad Central de Venezuela. De allí entre consignas y arengas solidarias, arranca la marcha hacia el Panteón Nacional.

La hermosa Beatriz Arreaza I, Reina del Carnaval Estudiantil, con gestos emocionados coloca una ofrenda floral, ante la tumba de los restos de Simón Bolívar. De súbito, un estudiante improvisa un discurso con vibrante voz que cautiva el auditorio. El orador se llama Jóvito Villalba, quien dirigiéndose al Libertador dice: “Habla, ¡oh! Padre, ante la universidad, porque sólo en la universidad, donde se refugió la patria hace años, puede oírse otra vez tu admonición rebelde de San Jacinto. En este sitio, cuando Beatriz I de Venezuela, te haya ofrendado la suave ternura de estas flores, dinos el secreto de tu orgullo”.

Pío Tamayo, toma la palabra y en la coronación de Beatriz I, lee un poema juzgado como subversivo por las autoridades gomecistas; Allí mismo intervienen los estudiantes de derecho, Rómulo Betancourt, Jóvito Villalba y Joaquín Gabaldón Márquez, y sus discursos son estimados como inconvenientes por los cuerpos de seguridad. Además, Guillermo Prince Lara, termina rompiendo una lápida en honor a Juan Vicente Gómez; ante estos hechos el Gobierno decide poner fin a los actos conmemorativos, convertidos en una verdadera rebelión estudiantil.

Después de los actos de la “Semana del Estudiante”, Miguel, Otero Silva, Jóvito Villalba, Rómulo Betancourt, Guillermo Prince Lara y Pío Tamayo, fueron arrestados por la policía. La noticia de la encarcelación, estalló como una verdadera bomba en todo el estudiantado, provocando que doscientos de ellos, pertenecientes a la Federación, en un acto de solidaridad sin precedentes en nuestra vida republicana, se entregarán a la policía, argumentando que deseaban correr la misma suerte de sus compañeros presos en el Cuartel de El Cuño; entrando así, de esta manera a la historia, como la Generación del 28, con toda y su novia Beatriz Primera, Reina de aquellos carnavales de 1928.

 2 min


José Rosario Delgado

Aprovechando las festividades carnestolendas, que eran carnestolendas y festividades de verdad-verdad en tiempos recientemente idos, el rey Momoduro buscó su comparsa y se presentó en la gran pantalleta anunciando con bombos y platillos, pero sin caramelos, bambalinas, papelillos ni serpentinas, que iría ipsofacto a rescatar el Carnaval venezolano que nos expropiaron y confiscaron los gringos llegados el siglo XX a llevarse nuestras perlas, nuestro petróleo, hierro, vitaminas, minerales y tradiciones autóctonas que los indígenas celebraban lanzando huevos, tomates, azulillo y otros productos y sustancias que hoy ni se compran ni se venden porque están prohibitivas.

Con su cohorte de payasos, maromeros, saltimbanquis y trapecistas, con caretas y antifaces rojos rojitos, con faralaos de los billetes del nuevo cono moñetario, Momoduro ofreció el bono de Carnaval de 700 mil bolos que no alcanza ni pa' una carterita o mulita de lavagallo, con la aviesa intención de hacerles saber a sus sigüises, in situ, que están más pela'os que hüeso en sabana si creen que de aquí pa'lante van a comer pernil. Yo te aviso, chirulí.

Momoduro, con mamarrachos y sambambas enviadas por sus camaradas malula, ortiga y morrales, decretó la felicidad, constituyó la alegría, prohibió la tristeza y erradicó la ladilla porque no permitirá, bajo ningún respecto, que cuando vengan los baboseadores internacionales de Cuba, Rusia, Norcorea y Zimbawe vean caras ajadas y largotas que desdigan de la revolución rebonita y redondita de tanto beneplácito.

La mascarada de Momoduro, para matarles los piojos en la cabezota a sus detractores, buscó las caras más risueñas y expresivas del alto mando de la insania, nada más y nada menos que Periquita Farías y Ernestigo de Villeguitas como manera inequívoca de acercarse a ese pueblo al que tanto ama y el que tanto le reclama. Pura mascarilla, pues; pura pantomima carnavalesca.

Sólo le faltó sentar allí al simpático intelectual Gorgojito y al gargantúa Heraclio Bernal para que optara al premio de la locademia policiaca y porsi acaso la muuuuud pretende sabotear el diábolo quisqueyano cuyo recuerdo firmarán de un solo lado, como debe ser, porque a Momoduro no debe contradecírsele y debe respetársele como candidato único de la farsa al trono porque no se cansa ni descansa y para eso trabaja todos los días con el carné de la patria.

Así que a reírse, señores y señoras; que la felicidad nos brote por los poros y los que nos morimos de hambre y de mengua por falta y carestía de medicamentos hagamos un alto en nuestras quejas; tiremos bastones, muletas y andaderas a la urnas del CNE y nos integremos, rápido y cuanto antes, a la bojiganga de carnavalada del rey Momoduro so pena de anclarnos en el oscurantismo de la cuarta república y nos hundamos de lleno a la quinta paila.

Los que ya ni carro propio ni autobuses tienen para transportarse ni para ser nariceados a las marchas patrióticas se dejen de pendejadas y caminen, troten, corran, vuelen, que eso es bueno para la salud y para la revolución, tal como lo dijo el vergatario legatario de este calvario hereditario que la mascarada del rey Momoduro, rodilla en tierra. potenció al máximo martirio de hambruna y crisis humanitaria... ¿A que no me conoces, camarita?

 2 min


El régimen está en sus estertores. Sus violaciones a la Constitución y en especial a los derechos humanos han tenido como consecuencia la condena por parte de los gobiernos democráticos. En Santo Domingo, Maduro y sus espernibles negociadores pusieron la guinda a la torta al negar la posibilidad de permitir elecciones transparentes, además de no aceptar las atribuciones constitucionales de la Asamblea Nacional, insistir en una Asamblea constituyente espuria, continuar con inhabilitaciones ilegales a dirigentes de la oposición y mantener presos políticos ¿Quiénes del régimen están en la picota pública, o sea en una situación de descrédito, y deberán responder ante la historia y ante los tribunales?

Este es un régimen militarista. La Fuerza Armada no solo ha reiterado su apoyo al régimen, sino que cientos de oficiales ocupan importantes cargos en la administración pública. Los magistrados del Tribunal Supremo de Elecciones han avalado todas las violaciones a la Constitución, perseguido a los opositores y protegido a los corruptos. Las cuatro rectoras del Consejo Nacional Electoral han sido sumisas a las peticiones de Miraflores, propiciando trampas y ventajismo electoral para favorecer al PSUV. ¿Cuál es el grado de responsabilidad de esos actores?

La Fuerza Armada es una organización piramidal, donde se aplica el principio de “superior que manda y subalterno que obedece”. Hoy ningún soldado debe obedecer órdenes ilegales. Así es que cualquiera que haya incurrido en un delito puede y debe ser juzgado. Un punto que puede parecer gris es el de aquellos que no han violado la Constitución, pero que no se han opuesto o manifestado su inconformidad ante dichas violaciones. Se podría alegar que quienes están en la picota son solo los integrantes del Alto Mando. Esto es parcialmente cierto. Teóricamente no debería responsabilizarse a un teniente, a un mayor, a un coronel o incluso a un general por situaciones que están fuera de su control. Sin embargo, el Artículo 333 de la Constitución obliga a cualquier ciudadano a colaborar en la restitución de la Constitución.

En las actuales circunstancias no se trata de que la Fuerza Armada derroque un presidente o lo obligue a cambiar de rumbo porque está haciendo un mal gobierno, lo cual no se justificaría, ya que los militares no deben ser quienes decidan cuándo remendar el capote. Eso le corresponde a los Poderes del Estado. Lamentablemente, en el presente caso no sólo tenemos un pésimo gobierno, sino que el mismo no respeta la Constitución y tiene secuestrados los Poderes establecidos para controlarlo.

Para que se produzca una insurrección o una desobediencia de los militares al poder establecido, debe haber una crisis política, económica o ambas, las cuales son evidentes. Pero también debe haber apoyo político de la dirigencia opositora, lo cual no existe porque los civiles tienen el prurito de que los militares nunca deben intervenir; también por un temor, a veces fundado, de que se coman el mandado o bien por miedo entendible de ir presos si el régimen descubre la relación. Además, para que un movimiento cívico-militar tenga éxito, debe contar con una masa crítica de oficiales comprometidos.

Los militares deben entender que, por acción u omisión, están en la picota de la opinión pública. Está en su propia supervivencia y prestigio presionar al Alto Mando para que obligue a renunciar a Maduro o bien a que convoque a una elección transparente con nuevo árbitro. En caso de que ese Alto Mando no proceda, el resto de la oficialidad tiene la palabra.

La picota es ineludible para los magistrados del TSJ, ya que cada uno de ellos es autónomo, no tienen jefe y deben proceder acorde con su conciencia. Todos ellos se han convertido en cómplices de las violaciones. Tan culpable es un Mikel Moreno, como el catedrático Damiani, una profesora emérita como Carmen Zuleta de Merchán o un político como Calixto Ortega. El mismo caso es el de las cuatro rectoras del CNE. Por otra parte, considerando los últimos acontecimientos, el rector Rendón debería presentar su renuncia para no ser testigo de un acto bochornoso, como sería la elección convocada para abril.

Como (había) en botica:

En Santo Domingo el régimen evidenció que volverá a realizar trampas para ganar siendo minoría. Participar, en contra de lo que opinan países democráticos e instituciones venezolanas, sumado a un ambiente proclive a rechazar esa elección, sería un suicidio político.

Según el Oil Market Report de febrero de la Opep, fuentes secundarias reportan que Venezuela solo produce 1.600.000 barriles por día, apenas un 4,9% del total de los países de esa organización.

A raíz de la extradición desde España a los Estados Unidos de los corruptos Nervis Villalobos y Luís Carlos León, muchos rojos deben poner sus bardas en remojo.

Extraña la demora de la MUD en definir su posición.

Otro asesinato del régimen a la libertad de expresión: después de 114 años de existencia, el diario El Impulso, de Barquisimeto, no podrá circular en la versión impresa.

¡No más prisioneros políticos, ni exiliados!

eddiearamirez@hotmail.com

 4 min


En Venezuela sigue buscándose un cambio político mientras sobrevivimos en un escenario donde conviven lo catastrófico con lo kafkiano. La suspensión indefinida de las negociaciones gobierno-oposición, facilitadas por República Dominicana desde diciembre, si bien descorazona, era esperable. Deja, no obstante, algunos saldos interesantes para los partidos que, en nombre de demócratas del país, allí concurrieron. Pero llama especialmente la atención la débil capacidad de esos dirigentes y sus fuerzas políticas para capitalizar los frutos de sus esfuerzos que, en este caso, fueron sostenidos, coherentes y más profesionales que en todas las experiencias anteriores de negociación. ¿Esto a qué se debe?

Es importante encontrar respuestas a esta interrogante para afinar un diagnóstico que ayude a la sociedad democrática venezolana a trazar los próximos pasos. Porque la resistencia y lucha continúan, presentándole a esta oposición política y a la ciudadanía de vocación democrática en general, desafíos bastante complicados. Una vez más, parece que estamos en tiempos decisivos. Pensemos opciones de acción política y social, que permitan alcanzar el cambio democrático, en mi opinión, el único que puede traer condiciones para un comienzo de estabilidad y paz al país.

La catástrofe sin fin

Quienes vivimos en Venezuela y permanentemente monitoreamos la situación socioeconómica y política, nos parece reiterativo volver sobre las cifras de la catástrofe económica y social que padecemos. El desastre tiene años a la vista: inflación creciente, retroceso sostenido del PIB, caída de las reservas internacionales. Indicadores macroeconómicos que llevan al menos cinco años en regresión. Lo nuevo es la hiperinflación habiendo cerrado el año 2017 con una cifra superior al 2.500%, lo que pronostica para este año, de seguir las mismas políticas demenciales del equipo de Maduro, una cifra sobre los seis dígitos. Todos los indicadores siguen agravándose, el PIB, por ejemplo, acumula un retroceso que refleja la disminución del aparato productivo en más de un tercio de lo que fue. En años más recientes, por otra parte, a la disminución de los precios del barril petrolero en el mercado mundial, se suma una destrucción de la empresa PDVSA. Decrece de manera cada vez más rápida su producción, agobiada por una nómina poco profesional, que se ha triplicado en la era chavista, así como por los onerosos desvíos de sus recursos para satisfacer criterios paternalistas, clientelares y escandalosas corruptelas.

El colapso económico precipita la crisis social, que ya ha mutado a crisis humanitaria. La pobreza sobrepasa el 80% de las familias, la miseria el 50%. La desigualdad es oprobiosa y la vivimos como herida punzante. A diario vemos niños, adolescentes, mujeres, viejos, hombres, escarbando en las bolsas de basura, mientras unos pocos, que poseen divisas, bien de manera legítima, o porque son altos funcionarios del gobierno y/o militares del régimen, se gozan la vida en medio de abundancias que obtienen a precios risibles cuando se calculan a dólar paralelo. Niños y adolescentes abandonan las escuelas por carecer de un mínimo de condiciones para estudiar, empezando por la comida. La crisis de las medicinas se materializa en una escasez que se sitúa sobre el 80%, según la Federación de Farmacéuticos de Venezuela, y a diario redes sociales que permanecen fieles al derecho a informar, dan cuenta de las continuas muertes por falta de nutrientes para recién nacidos en los hospitales, o por ausencia de tratamientos para recién paridas, medicinas y equipos para venezolanos con padecimientos crónicos, y otras personas con distintas vulnerabilidades en salud. En este momento asistimos al continuo fallecimiento de personas por problemas renales, al haber dejado el gobierno, el Estado, de garantizar lo necesario para sus tratamientos y diálisis. Nuestra tragedia se resume en los miles de venezolanos que a diario salen huyendo por nuestras fronteras para enfrentarse al mundo ancho y ajeno, como refugiados de una nación destruida. Pero no, no es por la guerra económica que pregonan maduristas, es por la guerra que ha declarado el gobierno de Maduro a la una vez nación.

Venezuela en el abismo, producto tanto de estrategias planificadas por una elite de vocación totalitaria y fanatizada, como por su incapacidad supina para gobernar. Para ellos, como en la edad media, la lealtad a la autoridad y el fanatismo doctrinario deben conducir la gestión pública. Sus políticas de control social son aberrantes para un país que vivió la modernización. El Carnet de la Patria y las cajas CLAP resumen su búsqueda de subordinar a la población manipulándola desde sus necesidades más básicas: comida, salud, ingreso. Es un escenario catastrófico que no puede revertirse sin un cambio político que suponga la caída, no sólo del jefe del Estado y su entorno cercano, sino también de una sustantiva modificación de las fuerzas que hoy conforman el bloque de dominación: una cúpula militar y civil unida por delirios seudorevolucionarios, miedos e intereses particulares, muchos de los cuales consisten en negocios criminales e ilícitos.

¿Por qué cuesta tanto a las fuerzas democráticas capitalizar,
tanto de las condiciones socioeconómicas extremas como de sus aciertos políticos?

En un escenario abrumadoramente adverso para quienes llevan las riendas del poder y saliendo de unas negociaciones que, desde mi criterio, dejó para las fuerzas políticas democráticas un importante saldo positivo, uno debe preguntarse por qué, una vez más, estos actores políticos no saben cómo capitalizar sus ganancias. No es la primera vez. Por citar episodios recientes, no supieron aprovechar la gran energía social encarnada en las multitudinarias manifestaciones que los respaldaban cuando se sentaron a una mesa de negociación con el gobierno de Maduro a fines de 2016. Llegaron a esa mesa sin nada preparado, pescueceando muchos dirigentes por simplemente salir en la foto. La masiva participación en la consulta popular del 16 de julio de 2017, precedida por un ciclo histórico de protestas que visibilizó un debilitamiento de la polarización social que ha promovido el chavismo, es otro ejemplo en cuestión. Tampoco supieron qué hacer con ella, derrumbándose poco después, sin saber cómo actuar ante la fraudulenta elección de la Asamblea Nacional Constituyente.

Ahora, concurren a República Dominicana y muestran su mejor desempeño. Llevan asesores nacionales e internacionales, agenda, propuestas y negociadores experimentados. A Borges, a quien le tocó la conducción, se le vio serio, honesto, valiente. Pese a la debilidad y fragmentación actual de la MUD, lograron aparecer coherentes. La negociación fue respaldada por gobiernos amigos, que cuidaron de los intereses de ambas partes, pero que no cayeron en la estéril polarización política. La propuesta de los cancilleres, que el gobierno de Maduro no aceptó y que, en lo esencial, contemplaba la reposición de condiciones para las elecciones presidenciales similares a las de 2015, fue respaldada por los cancilleres de Nicaragua y Bolivia, invitados por el régimen. Desechándola, quedó expuesta la naturaleza arbitraria y autoritaria de la dictadura de Maduro. La comunidad internacional tomó debida nota, las presiones, sanciones e investigaciones al gobierno han arreciado.

Sin embargo, las declaraciones posteriores a la suspensión han carecido de la pegada que era de esperarse. Casi inmediatamente vuelven los políticos habituales a mostrar encuestas con niveles de popularidad de ciertos candidatos. Para el ciudadano de a pie, cuesta mucho entender que, si no se firmó un acuerdo, porque el gobierno se negó a dar condiciones libres, justas y transparentes para las presidenciales ni rehabilitó dirigentes ni liberó significativamente presos políticos ni aceptó el canal humanitario ni reconoció las atribuciones de la Asamblea Nacional, pareciera ser ahora para muchos partidos y dirigentes, que la discusión más importante es si vamos a las tales elecciones sin condiciones y quién va a ser el candidato.

Sin desmerecer la complejidad de actuar certeramente en un terreno tan difícil y absurdo como el que permanentemente abona el gobierno, pareciera que seguimos con muchos dirigentes y partidos débiles, inconsistentes, y/o incapaces de deponer sus intereses políticos particulares para favorecer la muy necesitada unidad de acción. A mí me bombardean por las redes con encuestas donde se señala que tal o cual candidato le ganaría a Maduro, en cualquier condición, y lo lograría pasado mañana. Muy lamentable la cortedad de visión, viniendo de políticos de oficio y después de dieciocho años viendo un gobierno que llegó inicialmente por las urnas, convertirse en una dictadura abyecta y sin escrúpulos. Muestra una imagen de actores políticos que no están a las alturas de las gravísimas circunstancias que padecemos.

Respetando opiniones de ciudadanos de si conviene o no presentarse a unas elecciones sin ninguna garantía de integridad electoral, y estando de acuerdo en que es uno de los temas que deben ventilarse, que ello sea el centro del debate de muchos partidos me parece absurdo. Sospecho que los dichos partidos son poco consistentes porque, entre otros aspectos, no son propiamente partidos. Nunca procuraron cumplir las tareas básicas que hacen de un partido un mediador respetable y eficiente entre sociedad y Estado: carecen de ese trabajo perseverante de formar sus militantes de base, de crear estructuras organizativas eficientes, de practicar democracia a lo interno, de estudiar política e historia, tener recursos independientes de los dineros públicos, o cultivar una identidad colectiva no derivada de un liderazgo personalista y mediático. Los resultados son bandazos, oportunismos, fracasos una y otra vez. Exigen pluralismo, que los tomen en cuenta, pero ¿qué en concreto aportan para la necesaria estrategia que, en este momento, de nuevo decisivo, se necesita para alcanzar el cambio político que garantice la vuelta a la democracia? ¿Elecciones sin condiciones?

Las próximas jugadas: urgencias de articulación de lo social y lo político

Ante el desencanto de muchos por el desempeño de nuestros actores políticos, dada la recurrencia de comportamientos erráticos y/o mezquinos; reconociendo el agotamiento o miedo que siente la ciudadanía, que se movilizó entusiastamente en años pasados para ejercer presión desde la calle al gobierno sufriendo represión y no viendo resultados, y entendiendo la desconfianza a un Consejo Nacional Electoral y a otro proceso electoral, que va a activarse sin garantías de ninguna clase, la estrategia política inmediata debe estar bien pensada, discutida y acordada no sólo por los políticos, sino también por organizaciones sociales y esa ciudadanía que sigue apostando por la salida pacífica y democrática.

Las ópticas deben ser amplias, trascender el hecho electoral, buscar la participación en múltiples espacios públicos e institucionales. Las elecciones sin garantías no pueden ser asumidas como si fuesen legítimas, o como si fueran ganables; son apenas un pretexto, podrían ser un recurso táctico para seguir exponiendo a Maduro al escarnio internacional y nacional, desnudando la naturaleza tiránica de su ejercicio del poder, su crueldad e incapacidad. Así también, negociaciones y conversaciones deberán continuar, exigiendo a quienes se sienten en esos espacios seriedad, desprendimiento de intereses tacaños, capacitación en este campo, pues no se puede alcanzar beneficios para la población sin preparación y sin asesoramiento profesional. Las experiencias habidas en otros países, si algo han mostrado es que las conversaciones y negociaciones son necesarias, pero deben, quienes tomen responsabilidades en ella, prepararse para saber mejor servir a los intereses de la nación. Demandan paciencia, inteligencia y creatividad. Hay que aguardar por el momento oportuno.

Son tiempos de urgente articulación de los actores nacionales entre sí, bien sean partidos, ONG y organizaciones sociales y comunitarias. La construcción de un tejido social desde abajo, más tupido, más diverso social y generacional, de múltiples identidades, que asegure un piso amplio de respaldos políticos por la democracia, sus valores y prácticas, más sólido y firme que el habido hasta ahora. Un tejido que presione a los partidos, los apoye y exija unión y rendición de cuentas. Las condiciones socioeconómicas actuales favorecen el desdibujamiento de la política polarizadora que, destruyendo la identidad que como nación nos labramos en el siglo XX, ha marcado a Venezuela desde 1998. Un discurso y una narrativa nacional alternativa a la discriminación, a la ofensa y violencia, a la esquizofrenia y disociación de la realidad del discurso oficial.

Las articulaciones deben darse también con la comunidad democrática internacional. Ella nos hace más fuertes, más seguros. Su contribución en los últimos años ha sido invalorable y debiera seguir así, para lo cual hay que cultivar y cementar las relaciones con gobiernos, parlamentos, agencias interamericanas y mundiales y demás organizaciones que hacen vida en ese nivel.

Contamos con instituciones y actores que pueden propiciar las tareas complejas de esta etapa. La Asamblea Nacional, el espacio institucional liberado del control de la cúpula militar y civil que gobierna con Maduro, es un bastión importante. La Iglesia Católica, sus obispos y organizaciones; los gremios, sindicatos, academias, universidades, intelectuales. En tiempos de dictadura la creatividad se hace más necesaria que nunca, es preciso producir acciones simbólicas, que refuercen la moral de quienes apoyan y alimentan el movimiento nacional por la democracia, acciones que eduquen en valores ciudadanos, que contrasten y denuncien la ilegitimidad de las autoridades que hoy gobiernan Venezuela. Consultas populares, autoridades paralelas, medios de comunicación alternativos, aulas abiertas para la enseñanza de historia, cultura política, todo lo que permita a los venezolanos que luchan por las libertades, saber y sentir que no están solos, que pertenecen a un movimiento que crece. El poder es el que está solo, Maduro y su conjunto de tribus militares y civiles, pegados como sanguijuelas al aparato del Estado, chupando hasta destruir las bases y recursos de la república. Pero están cada vez más aislados, en problemas y son crecientemente despreciados.

La situación que padecemos es compleja, contradictoria, paradójica. El gobierno controla poder y dinero, pero está aislado y asediado de problemas económicos y financieros; están muchos de ellos perseguidos internacionalmente por sus conductas criminales. Mucho descontento entre sus cuadros militares y civiles de niveles medios y bajos. La tiranía se viene debilitando. Tampoco pueden, quieren o saben resolver la catástrofe económica y social que engendraron. Son más vulnerables de lo que parecen. Es importante entonces comprender la realidad actual y las posibilidades de acción en ella, sin fantasías. Ser creativos y llamativos en la resistencia y confrontación no violenta. El sacrificio lo merece, por el país que queremos y merecemos ser.

 11 min


Elías Pino Iturrieta

El Panteón de los Héroes (1898), de Arturo Michelena

El tema del patriotismo pudo parecer anacrónico hasta febrero de 1992, cuando un fracasado golpe militar se escudó en la figura de Bolívar y en las hazañas de la Independencia para ganar prosélitos. Hasta entonces, solo en los actos oficiales se hablaba de los sentimientos que debía inspirar la patria. Apenas en las solemnidades del calendario cívico –dos o tres, caracterizadas por el hieratismo– se recordaba a unos personajes, a un designio y a unos símbolos capaces de inspirar conductas tan sublimes como el sacrificio supremo de la muerte. Pero nadie se daba por aludido. Los discursos sonaban en vano, sin destinatarios dispuestos a procurar la palma del martirio por los valores de la nacionalidad. Pasó distinto después de la intentona golpista.

Bastó que los militares se proclamaran “bolivarianos”, para que una multitud se atreviera a manifestar contra el gobierno mientras levantaba como enseña el retrato del Libertador. No eran manifestaciones corrientes, como la de los partidos políticos hasta entonces, sino el comienzo de una cruzada de la virtud republicana contra la perversidad de los gobernantes que traicionaron el ideal de los próceres. Es explicable que los mensajes anteriores a 1992 no provocaran entusiasmo. En Venezuela las fiestas cívicas eran un aburrido agasajo de las cúpulas, unas palabras acartonadas, la ofrenda floral y el desfile de soldaditos sin la incorporación de las masas a las efemérides. El espectáculo se veía por televisión en la modorra del asueto, o no se veía porque la gente se marchaba a descansar. Un abismo cavado desde antiguo separaba al pueblo de las celebraciones patrias.

Quién sabe desde cuando secuestraron esas celebraciones –tal vez desde los tiempos del guzmancismo– que habían provocado distancias entre el sentimiento popular y la necesidad que tiene toda sociedad de oficiar en el altar de sus glorias. Lo cierto es que no habían permitido que la colectividad tuviera fechas que las congregaran en torno a unos valores superiores e ineludibles, compartidos a la fuerza y susceptibles de producir sentimientos constructivos. Era tal la indiferencia de los venezolanos en relación con las fiestas patrias, que uno podía apostar a la falta del ingrediente afectivo sin el cual se hace difícil la articulación de la vida social. Sin embargo, cuando los “bolivarianos” se levantaron contra el presidente Pérez, resucitó la criatura que dábamos por muerta.

Una resurrección combativa, por cierto. El pregón del bolivarianismo militar se tradujo en el deseo de pelear abiertamente contra las instituciones, y en pedir a gritos un régimen de fuerza. Los patriotas debían presentarse en zafarrancho de combate con el correspondiente brazalete tricolor, con uniforme de camuflaje y con el pertrecho de las frases que pronunció el Padre antes de sacrificarse por nuestra libertad. Se inflamó un ingrediente sentimental que no había provocado reacciones colectivas desde 1902, cuando las potencias de Europa bloquearon nuestros puertos.

En el carnaval, en las aulas, en las reuniones de los sindicatos y en las conversaciones privadas, el patriotismo fue el sorpresivo convidado de honor. Más tarde el país y sus dirigentes se vistieron de amarillo, azul y rojo. Una avalancha de calcomanías que representaban a la bandera nacional, se convirtió en uniforme de miles de carrocerías. Otros miles de choferes prefirieron engalanar sus vehículos con el mapa pintado con los colores emblemáticos, o con la efigie del mero mero. Por último, la música vernácula habitó entre nosotros. Se pusieron de moda los olvidados joropos y los arrinconados capachos, el cantar recio se apoderó del rating junto con el liquiliqui en las recepciones y la carne en vara en los restaurantes. Los nuevos cantantes del folklore se volvieron ídolos de la juventud y vendieron más discos que los roqueros. Entre chanzas y veras, entre poses y conductas sinceras, entre regocijos y negocios, el empolvado patriotismo, o lo que se asumía por tal, era pieza fundamental de la existencia venezolana.

Pero una pieza capaz de descubrir una patología digna de atención. La nueva expresión del patriotismo se considera contemporánea de los próceres. Sus voceros sienten que Bolívar está presente aquí y ahora, como una especie de evangelista a mano cuyas obras resisten el paso de los siglos. Además, sienten que la Independencia todavía no ha concluido. Aquí brota en toda su magnitud lo psicótico de la vivencia. Cualquiera anda por allí, como si fuera Sucre, repitiendo las proclamas del Padre y pidiendo que las obedezcamos. Como si fuera Rafael Urdaneta, cualquiera reza en la plaza los decretos de san Simón para ordenarnos la conducta. Cualquiera anda por allí como la negra Hipólita, doliéndose de lo mal que nos portamos con ese señor a quien debemos la vida. A cada paso aparecen los Negro Primero y los Batallón Junín aprestando las batallas para el combate.

En la otra orilla están los Virrey la Serna, los Canterac, los Mariscal Morillo y los Casa León de nuestros días, esto es, las criaturas nefastas a quienes hay que derrotar con el propósito de complementar la epopeya. Es evidente cómo planean y llevan a cabo un pugilato extemporáneo. No hay duda de que protagonizan una conducta anacrónica. Nadie puede discutir que juzgan de una manera parcial y atrabiliaria los hechos históricos. Mario Briceño Iragorry criticaba a los hombres de su tiempo porque se limitaban a contemplar el pasado heroico y a vivir de su recuerdo, sin atender los reclamos de su presente. Observaba una anormalidad en la estupidez de ese envanecimiento que registraba en sus escritos de 1942. Hoy vería una enfermedad más riesgosa, no en balde la insania del patriotismo activo se resume en sucesos que, si continúa su proliferación, pueden terminar en la inauguración del manicomio nacional.

He mostrado dos ejemplos en otra parte, pero conviene remacharlos. El primero es el intento de asesinato del diputado Antonio Ríos, ocurrido en septiembre de 1992. Se acusaba al diputado de corrupción y unos delincuentes disfrazados de patriotas pretendieron ajusticiarlo basándose en un decreto de Bolívar. El decreto tiene fecha 12 de enero de 1824, se dio en situación de emergencia y ordenaba el patíbulo contra los peculadores. Ni siquiera se aplicó en su momento, pero los delincuentes lo querían ejecutar ciento sesenta y ocho años después. Algunos disparos le dieron al diputado, siguiendo la orden bolivariana.

El segundo ejemplo es un poco posterior. El 29 de agosto de 1996, un empresario solicitó al presidente Caldera que no permitiera la venta del Banco de Venezuela a inversionistas de Colombia y Perú, debido a que: “(…) no podemos olvidar que nuestro Libertador Simón Bolívar, que nació por cierto a escasos metros de la sede del Banco, murió abandonado en Colombia y nuestro Gran Mariscal de Ayacucho murió vilmente asesinado en Berruecos, Perú (sic)”. El presidente no atendió el descabellado argumento, pero nadie le reprochó nada al proponente, tan acostumbrados como estamos a la influencia de un patriotismo al uso, a quitarles a los héroes la cárcel del tiempo al que pertenecieron y las limitaciones de saber y conocimiento que agobian a todas las personas. Tan habituados estamos a considerar la Independencia como período sin confines, que resiste el paso de las generaciones para obligar a su continuación, aun cuando se haya cumplido en la centuria anterior el ciclo al cual pertenece necesariamente.

Pero, acaso sin proponérselo, la patriotería militante golpea con fuerza un mito de país sin problemas, que se había asentado en medio de la prosperidad del siglo XX. Hasta la aparición de estas vehemencias, los venezolanos nos anunciábamos como criaturas de una comarca distinta a las del vecindario. La existencia del petróleo y el mensaje bolivariano –no faltaba más– nos habían hecho más tolerantes y más democráticos en relación con el resto de los hombres de América Latina, se aseguraba; más generosos en la distribución de las oportunidades y más hospitalarios con los necesitados que buscaban amparo desde otras latitudes. Éramos, según inspiraba el mito, un crisol de razas, una comunidad ganada para la integración con las “repúblicas hermanas”. En suma, éramos el paraíso petrolero–bolivariano, definitivamente diverso frente a las sociedades que antes fueron colonias de España. Los gritos del guerrerismo “bolivariano” y el propio movimiento golpista, capaces de mover a las masas contra el establecimiento, susceptibles de anunciar la posibilidad de una violencia de naturaleza política, desvelaron el secreto que pretendíamos ignorar, aunque estuviese guarnecido en lo más recóndito de la sociedad, asomándose a ratos cuando lo permitía la república opulenta. No es cierto, mostraron los “bolivarianos”. Su propia presencia y el entusiasmo que despertaron, determinó la negación el mito.

¿Acaso no eran como los gorilas del cono sur, tan faltos de ideas como la soldadesca centroamericana, tan fundamentalistas como los oficiales del fujimorazo, tan chatos como todos juntos en la lectura de los males nacionales? El hecho de observarlos propalando sus homilías nos expulsó del edén y nos mudó al purgatorio, A un purgatorio igual o peor a los del vecino, que veíamos como cosa separada e inferior. Milicos, momios, temor, rumores, tropas en la calle contra los cívicos iracundos, gentes en fila para buscar alimento y protección, la sensación de que el régimen democrático no era duradero se convirtieron en parte del paisaje, como en los países cercanos. Nos comenzamos a parecer a los demás. Tal vez sea esa la única deuda que debamos cancelar a los “bolivarianos” que vienen destrozando el paraíso desde 1992.

Pero sería injusto achacarles muchas de las distorsiones relacionadas con el patriotismo venezolano. Lo mismo pasa con los ritualistas mencionados antes. En el fondo no hacen sino repetir el discurso propuesto a partir de 1810, cuando comienza el proceso insurgente. Lo del paraíso tropical fue pan diario en la Gaceta de Caracas, en el Semanario de Miguel José Sanz y en el Correo del Orinoco, por ejemplo. El mensaje servía entonces para ganar prosélitos, como ahora sirve para engañar incautos y para disgregar sentimientos. En el fondo no hacen más que proseguir una apologética iniciada en 1830, cuando la autonomía necesitaba la construcción de un santoral partiendo de la epopeya recién terminada. Un santoral de hipérbole que inaugura Páez y alcanza el clímax durante el guzmancismo. Los gobiernos del siglo XIX llegan a hacer una codificación tan machacona, tan invariable y tan ineludible en torno al proceso de la fundación republicana, que mueve sin solución de continuidad las actitudes masivas de la actualidad. De tanto repetirse, la codificación llega a aburrir y se aletarga, pero nunca faltan los campaneros del empíreo que se ocupan de colocarla otra vez en el cetro de la escena.

Usualmente los campaneros no se ocupan de ver que está loco el caballo blanco del Escudo Nacional, o que el bizarro animal puede simbolizar el atolondramiento de quienes lo reverencian, pues anda a galope mirando hacia atrás sin ocuparse del probable choque que le espera por andar en volandas sin fijarse en el camino. Tampoco extrañan que el escudo de la criolledad esté adornado por unas hojas tan extrañas como las olivas, que no se dan en la tierra que representa, sino en mundos remotos. Ni siquiera sienten una ronchita en el himno que coloca a los señores primero que a los siervos en sus bravías estrofas, ni se incomodan por ser tan fatuos en la predilección de su terruño cuando la letra de la misma canción asegura la existencia de una sola nación mayor y más trascendente por mandato de la divinidad. Ninguno presagia la alternativa de considerar que los valores del período fundacional corresponden a una época y a unos intereses que no deben necesariamente permanecer en lo posterior. O que responden a simpatías, antipatías y necesidades que no tienen que ser a la fuerza las nuestras.

Ciertamente los símbolos y los héroes no pueden someterse a descarnado examen. Son héroes y son símbolos. En consecuencia, son como los santos y como los objetos que testimonian la santidad. Pero no les cae mal un barniz de historicidad, una revisión de su temporalidad, un olor a cadáver y a cosas de cadáver, susceptibles de permitir un acercamiento más ponderado a sus obras. Que vuelvan después a los altares, sin que por ello los fieles se les alejen. Acaso sea una operación más edificante que poner calcomanías de la bandera tricolor en el carro, como testimonio de reverencia por la patria.

Ojalá que todo terminara en banderitas de automóvil y en gorras que evocan la heroicidad. Aunque compendian sentimientos superficiales, aunque son estereotipos que mucho ilustran sobre el descamino de sus portadores, pueden parecer inocuas. Por desdicha, las chapitas y las pegatinas solapan un absurdo sentimiento de superioridad frente a quienes no las usan a pesar de contarse entre los miembros de la misma nacionalidad; pero también, seguramente, al desprecio de los hombres que no tuvieron la fortuna de ver la luz en la Tierra de Gracia. Se llega así a una fragmentación sin fundamento objetivo, que traspasa los linderos del mapa y cuyo origen se encuentra, por lo que guarda nexos con la sensibilidad de nuestros días, en la manipulación de los procesos históricos que ha llegado a su apogeo a partir de la intentona golpista de 1992.

***

(Este texto se publicó por primera vez en enero de 1998: Folios No. 301, revista editada por el

 10 min