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Opinión

Hablar de Paro Cívico, Huelga General o Marcha Sin Retorno, ha dejado de ser un mito en un país agobiado por la peor crisis, vivida desde los tiempos del caracazo y su tenebrosa secuela de venezolanos, asesinados por la feroz metralla de una Fuerzas Armadas, que vio aquella revuelta de los pobres, como enemigos de la patria y el orden establecido. La mayoría de este país, salvo los jóvenes que hoy se baten contra este gobierno en las calles, jamás imaginábamos vivir de nuevo bajo un régimen donde la vida no tiene ningún valor y donde ven como al peor enemigo a aniquilar, a quienes todos los días salen a protestar por el derecho a la salud, la comida y la democracia conculcada.

Hemos llegado al punto crítico de las definiciones y al parecer ya no hay marcha atrás. Ver en Socopó a las reaparecidas Fuerzas Bolivarianas de Liberación (FBL) pavonearse con sus ametralladoras y montadas en sus camionetas y camiones 350 al mejor estilo sirio, indica que los berrinches armados desde Monagas por el acorralado Diosdado, comienzan a tener eco en todos los colectivos armados, quienes desde hace rato han venido asumiendo el control militar de estas primeras escaramuzas contra los nada pacíficos muchachos de la resistencia libertadora. Vamos hacia una masificación de la escalada de violencia política en todo el país y al parecer es muy poco el espacio para el diálogo y la negociación.

Maduro está jugando con candela, aislado y asediado por las fuerzas democráticas del mundo, expresadas en las resoluciones de la Unión Europea, el gobierno de los EEUU, la OEA y MERCOSUR, no le ha quedado otro camino sino radicalizar su estrategia de negociación, al pretender imponer una constituyente donde hasta el pollo Carvajal ha salido a cuestionársela. Nicolás piensa que pudiera jugársela como Rómulo Betancourt, quien, en los inicios de su gobierno, confiado en sus Fuerzas Armadas, provocó y empujó al Partido Comunista y al recién creado Movimiento de Izquierda Revolucionaria, a una guerra donde era evidente, él la ganaría, como en efecto sucedió. El fraude constituyente es su Rosa Linda y se la va a jugar.

Podrán salir airoso Maduro y Diosdado del embrollo donde han metido al país. Todo indica que el 30 de julio será la chispa por dónde comenzará la quemazón. Del lado opositor nadie se atreve a dar un paso en falso. El recorrido anunciado por la radicalizada MUD nos lleva al filo de la navaja casi imposible de dejar de transitar. El paro por 48 horas, al estilo de los paros armados impuesto por la FARC en sus momentos de esplendor guerrillero, dan señales de la tormenta. Estará dispuesto Padrino López a teñir de sangre cada uno de los centros electorales donde se impondrá la constituyente. Ya Freddy Guevara ha orientado tomar los puntos donde el plan república se ha instalado con sus colchonetas y fusiles.

Vamos a cumplir con las estrategias pautadas por el liderazgo opositor, incluso por el expresado por la Resistencia. Nadie debe ponerse al lado y cada quien ha de tomar el puesto que le corresponda, en esta confrontación por la democracia. Activemos el Paro Cívico Nacional y marchemos hacia a Caracas este viernes, conscientes de no asistir a un simple mitin de cierre de campaña electoral. Atrincherémonos en los alrededores de cada centro electoral, dispuestos a producir el boicot cívico y la mayor abstención electoral conocida en país alguno. ¿Será el inicio del presagiado choque de trenes? Es probable que si, pero, aunque parezca una paradoja, es el único camino para evitar matarnos en la temida guerra civil.

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Es muy poco lo que se puede agregar, aclarar o comentar sobre el evento del 16J. Su éxito se puede medir en los esfuerzos de la dictadura y sus voceros para desconocerlo; por lo tanto, me parece más importante analizar que sigue después y es a uno de esos aspectos a lo que quiero referirme.

Brotes anárquicos -"dibujos libres", como los llaman ahora- proponen desarrollar los “trancazos”, “plantones” o “paros por varias horas” que se han realizado de manera bastante exitosa cuando son parte de una actividad común y políticamente organizada, en una actividad en sí misma, en una "tranca final”, “definitiva”, “total”, “hasta que el régimen renuncie”. Esta idea surge en parte de la llamada "hora cero", sobre la cual cada quien tiene su interpretación. Para algunos es un "momento" determinado; para otros una "escalada" del conflicto; y para otros, como estamos viendo, es una especie de "grito de guerra" para tomar la calle hasta que caiga el régimen.

Una de las variantes a lo que conduce este desarrollo, según algunos, es al llamado "paro general". Que pareciera para algunos tener un significado mágico, al que basta invocar para que todo se arregle en el país.

Por lo que vimos en varios sectores del país cuando hemos tenido "paros" y "trancazos" por varias horas, de una vez señalo que no me parece una actividad que vaya a ser totalmente exitosa y paso a exponer mis razones, consciente de que este no es, quizás, el mejor medio para discutir el tema, pero como algunos exponen públicamente, por redes sociales o entrevistas de prensa y radio sus conclusiones y opiniones, yo quiero exponer otro punto de vista y sobre todo los argumentos.

Un éxito total de esta actividad sería que el sector empresarial y el laboral ligado a las empresas se incorporaran como tales a un paro general, total, permanente, con empresas cerradas, santamarias bajadas y trabajadores que abandonen sus trabajos y salgan a las calles a manifestar su decisión, pero me temo que esto es hoy algo utópico, difícil que vaya a ocurrir. Conozco bien al sector empresarial del país, por lo menos al industrial, tras haber sido por diez años presidente ejecutivo de una importante asociación industrial nacional, así que me tendrían que mostrar cifras muy contundentes en las cuales basan el posible éxito de un “paro general” en el que algunos están pensando y convocarlo con esta característica podría ser un error político –¡atención Henrique Capriles, María Corina Machado y Freddy Guevara!– que pondría en peligro todo lo avanzado hasta el momento.

Pensar en una “huelga general” o un “paro general” –que son dos cosas diferentes, de las que se habla indistintamente– que se prolongue en el tiempo de manera indefinida, sin medir su eficacia política y sus posibilidades de éxito, en términos de la incorporación al mismo de empresarios y trabajadores, sería un error político que la dictadura espera que cometa el movimiento democratico. Y peor aún, dar ese paso sin contar previamente con una incorporación popular a las protestas, mucho más masiva de la que hoy tenemos, no forzada por "trancas", sería políticamente poco eficaz y podría llevar a un estruendoso fracaso. Hasta ahora el único evento realmente masivo en que todo el mundo participó, incluidos sectores populares, fue la consulta popular del 16J. Tomar eso como un cheque en blanco para convocar a cualquier otro "evento" sería un error.

Veamos algunos pocos hechos que nos servirán para poner en contexto y aclarar porque hago esta afirmación. Independientemente de la disposición de los empresarios y sus empresas de incorporarse a un paro, hoy el sector empresarial e industrial privado, tras la expropiación y cierre de miles de empresas y la pérdida de miles de empleos, es menos significativo desde el punto de vista del empleo y tiene menos fuerza económica que la que tenía hace 15 años y el sector público por su parte ha crecido enormemente, debido precisamente a la expropiación e intervención de empresas.

Por ejemplo, más del 60% de la banca es pública y la privada está fuertemente regulada, de allí que los bancos no se incorporan a ningún paro, el sector de la construcción está casi paralizado, y estos dos son sectores que se tendría que “parar” pues emplean mucha gente. Casi todo el sector metalúrgico, acero y aluminio, es público; al igual que buena parte del sector petroquímico y todo el cementero. Es también en buena medida público y está fuertemente regulado, el sector de alimentos. Y están muy debilitados el resto de los sectores por la situación económica general del país, por el incremento de costos y salarios, regulaciones de precios a las que están sometidos, caída de la producción y el consumo, caída de importaciones por la falta de divisas, etc. Sin contar con que las fuertes regulaciones y controles que pesan sobre las empresas que las hacen muy vulnerables a cualquier presión e intervención del régimen. Sí reprimir a miles de personas en una marcha o manifestación es difícil y sin embargo la dictadura lo hace, controlar, fiscalizar, amenazar a unas cuantas empresas es mucho más fácil y el régimen cuenta con mecanismos para ello que los hemos visto actuar de manera reiterada, “eficiente” y con saña en estos años. Los empresarios no van a arriesgar sus empresas en un paro/huelga de carácter permanente o prolongado en el tiempo, que no sea respondido masivamente, pues corren el riesgo de quedar aislados, arruinados, expropiados o “marcados” como ocurrió en 2002-2003.

Con respecto al éxito en la incorporación de trabajadores al paro, al sector público es difícil incorporarlo por el nivel de control, chantaje y amenaza al que está sometido; y no son solo los empleados del gobierno central y las empresas del estado, sino también los de las gobernaciones y alcaldías controladas por el oficialismo, que son una buena parte del país y de la fuerza laboral pública, y hay muchas regiones y zonas del país en el que el empleo y la economía son generados y dependientes del estado, no olvidemos ese “detalle”.

Con relación al sector privado, como bien me dicen algunos empresarios con los que he conversado: “…que los trabajadores se paren, en la puerta de su empresa con letreros puede tener efecto mediático, si la prensa lo recoge de esa manera pero, las calles seguirán llenas de gente, el transporte igual y la gente sufriendo las consecuencias”. Y no cabe duda que muchas ciudades, cuando no se impida la circulación, con el paso de los días se irán llenando de gente y el transporte, probablemente igual, –al menos el metro, que transporta una buena parte del contingente trabajador– por los miles, millones, de venezolanos que no se pueden dar el lujo de perder un día de ingreso y harán un esfuerzo por ir a sus lugares de trabajo, movilizándose por las ciudades y creando un efecto de que el “paro” solo es exitoso en ciertas zonas de ciudades como Caracas y otras capitales de estado.

Por otra parte, otro punto que no se debe obviar es que en el país hay millones, léase bien, millones de personas que viven de la economía informal o el trabajo por cuenta propia y de lo que ganan cada día. Día que no trabajan, día que no tienen ingreso. En el mismo sector privado, los que están empleados, hay que considerar que aunque no se les descuente el día, el día que no trabajan, en muchos casos no comen. “Ten en cuenta –me decía un empresario– que la mayoría de la gente se alimenta en su lugar de trabajo y si no hay trabajo, si la empresa está cerrada, no comen. Estuvimos fuera 15 días… (por falta de materias primas)… y uno de nuestros empleados perdió más de 2 kilos. Lucía demacrado. Tan es así que cuando hay “trancones” muchos de nuestros trabajadores hasta se vienen caminando… (desde muy lejos)… para no perder el día y es por la comida porque nosotros no les descontamos". Es este un factor que no se debe dejar de lado al considerar la convocatoria de un evento político que pueda tener varios días de duración y que afectará el ingreso y la actividad económica de miles de personas.

Ya lo vivimos a finales de 2002, principios de 2003, con un paro previsto para tres días y que se prolongó varios meses como producto del chantaje vociferante de los que se decían “pueblo”; varias semanas de paro, afectó muy poco al gobierno, pero debilitó enormemente al sector empresarial, al movimiento político y a toda la oposición que ya entonces tenía sobradas razones para querer un cambio en el país. Sabemos que hoy la situación del país es otra y que el régimen ya no cuenta con recursos económicos como antes para enfrentar, "romper" el paro con dadivas o demagogia. Pero aun cuentan con la fuerza física y no les importa lo que ocurra con el país. Ya lo vivimos en 2002 y 2003 y lo vemos hoy en día: el país cayéndose a pedazos, la gente pasando hambre o muriéndose por la falta de medicinas y el régimen sin tomar medidas sobre la situación social y reprimiendo a mansalva, asesinando manifestantes y como si nada ocurriera, proponiendo de manera ilegal e inconstitucional una Asamblea Nacional Constituyente (ANC) que no va a arreglar ninguno de los problemas del país, sino que va a ocasionar mas división entre los venezolanos y va a despilfarrar recursos indispensables para solucionar los graves problemas que padecemos.

No solo los venezolanos y los opositores somos los que estamos en la “resistencia”; el régimen también es capaz de “resistir” días y días, negando todo lo que ocurre, sin hacer otra cosa que reprimir y permitir que el país se siga deteriorando, que la gente pase necesidades y hambre y ellos como si eso no ocurriera, pues ellos no pasan esas necesidades.

Con los resultados del 16J en la mano aún estamos en la fase de “masificar” la protesta. Aun estaremos en la fase de convencer a los sectores más populares del país que es posible enfrentar con éxito a la dictadura y su proyecto de ANC, para lograr una abstención masiva el 30J. Aun estamos en la etapa de promover acciones, que por exitosas ayuden a organizar a la población mientras vencen el escepticismo, el miedo y las dudas. No sé cuáles son estas acciones, por eso apelemos nuevamente a la consulta popular, pero ahora en “asambleas de ciudadanos” y los alcaldes en “cabildos abiertos”, que son medios de participación y protagonismo popular, de carácter vinculante según la constitución, para que promuevan acciones y actividades contra la ANC. Promovamos tareas de contacto directo, divulgación y educación con relaciólos efectos perversos de la ANC. Profundicemos los resultados de la consulta popular del 16J, que movilizó millones de personas en todo el país y el exterior.

Por tanto, cabeza fría, cero romanticismos con ideas o recetas -como huelgas generales- que además se ha demostrado desde hace años que no son del todo eficaces, políticamente hablando, para enfrentar gobiernos dictatoriales. Se comprende el ansia de pasar a nuevas etapas, pero sin verdadera masificación de la protesta, por todo el país, un paro general, total, definitivo, sin que se incorpore la mayor parte de la población y con carácter de tales empresarios y trabajadores, es una aventura que puede traer como consecuencia no solo perder fuerza para luchar contra la ANC sino contribuir al atornillamiento de la dictadura.

Politólogo

21 de julio de 2017

@Ismael_Perez

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Hace pocas horas, tuve la oportunidad de leer un tweet de Manuel Rosales donde achaca el desprestigio de la MUD a quienes opinamos en las redes sociales, sin obedecer otra línea que la dictada por nuestra conciencia y por los compromisos adquiridos desde niños con la libertad y la decencia.

Si bien no es primera vez que oigo o leo tal desatino, al venir del jefe de unos los partidos angulares de la Mesa y ex candidato presidencial y al quedar evidenciado que no tiene propósito de enmienda ni ánimo de superación ética, me veo en la necesidad de hacer algunos comentarios.

La Mesa de la Unidad Democrática nace de la necesidad de unir fuerzas para contrarrestar la avasallante fuerza electoral del chavismo; decaída ésta, la MUD pierde paulatinamente su razón primigenia de ser y va derivando hacia un arreglo entre partidos para la obtención de beneficios políticos y burocráticos. Con el transcurrir de los acontecimientos, percibió que el desastroso gobierno chavista era el mejor ambiente para su crecimiento y facilidad de alcanzar el poder.

De ahí que si alguien tiene interés de que este régimen se mantenga hasta las elecciones presidenciales del 2018, son los jefes de la MUD con apetitos presidenciales. Correr la arruga «de a poquito», prometer hoy e incumplir mañana, repartir esperanzas como se reparten caramelos en fiestas de niños y dejar que el tiempo continúe su paso inexorable, es la táctica de los ambiciosos precandidatos.

La gente siente que la MUD es una de las patas del trípode que sostiene al régimen que nos agobia y su desprestigio deriva de hechos, absolutamente inexcusables.

Con su conducta durante el descarado fraude electoral que dio la victoria a Maduro en 2013, al apelar a vías «legales» que de antemano se sabía que eran inocuas desde todo punto de vista, inició el descenso por el barranco que hoy la tiene en el pozo. Un pueblo listo para la batalla no ocultó su estupor ante el anuncio de Capriles de que apelaría al muy chavista Tribunal Supremo de Justicia.

El desprestigio de la MUD obedece a quienes producen sus verdades y no a quienes las narran. Está desprestigiada porque no ha explicado ni explicará el por qué se negó a apoyar «la salida» propuesta por Leopoldo López y que hoy quedó demostrado que era el camino correcto; desprestigiada está por las reuniones secretas en República Dominicana, donde actuaron como dueños de la voluntad de sus conciudadanos; desprestigiada está por atacar a todo aquel que no se someta a sus líneas y despreciar a la muchacha heroica que ha regado con valor y sangre las calles del País.

Desprestigio produce la presencia militante de Timoteo Zambrano y Juan Carlos Caldera, ingratamente recordados por sus fechorías.

La MUD goza de merecido desprestigio porque aceptó pasivamente que a María Corina Machado le arrebataran su curul de forma arbitraria e inconstitucional; no es prestigio lo que ganó cuando el gorilato gobernante le arrancó a la Asamblea Nacional los tres diputados de Amazonas, provocando apenas unas cuantas protestas sin destino.

Casi raya en traición a la Patria al aceptar el reglamento del CNE que -en la práctica- hizo de los referendos revocatorios metas inalcanzables y, lo que es peor, al llamar al firmazo para revocar a Maduro, cuyo verdadero y logrado objeto era inscribirse como grupo de electores.

Imposible que resultara prestigioso el incumplimiento de todas las promesas que hizo para lograr la avalancha de votos en las elecciones legislativas de 2015, y la sumisa aceptación de las arbitrarias medidas que contra la Asamblea ha tomado el Ejecutivo, tal como negarle el dinero requerido para el pago de los diputados.

La sociedad civil aún espera explicación convincente sobre las razones que llevaron al secretario general de la MUD, Jesús Torrealba, a dar por concluida la multitudinaria marcha del 1° de septiembre pasado, a las dos de la tarde y sin haber logrado el menor objetivo. También espera explicación clara sobre lo expresado el 9 de mayo de 2014, por la subsecretaria de Estado Roberta Jacobson en el senado estadounidense, acerca de la oposición de la MUD a la aplicación de sanciones económicas a funcionarios venezolanos violadores de derechos humanos.

Sería bueno saber las razones del desapego de la MUD a las dignas gestiones de Aristiguieta Gramcko sobre la nacionalidad de Maduro o de su ensordecedor silencio ante la barbarie ensañada con el digno general Ángel Vivas y su familia.

La MUD jamás se ha pronunciado sobre el carácter extranjero del régimen que nos desgobierna, a pesar de que desde los tiempos de la colonia no habíamos tenido un Capitán General tan conspicuo como Maduro, atento a las órdenes de sus amos extranjeros.

Quizás el hombre de las «peras al horno» desconozca que el prestigio es directamente proporcional a la rectitud de la conducta, y que –en política– generalmente está asociado a la admiración de un pueblo agradecido.

turmero_2009@hotmail.com

@DulceMTostaR

http://www.dulcemariatosta.com

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Lester L. López O.

Apreciación de la situación política # 114

La semana que recien se inicia viene acompañada de elevadas expectativas - y mayores incertidumbres- para los venezolanos. Algunos, con sobrada razón, piensan que se llegará al frecuentemente citado “choque de trenes” entre la oposición y el gobierno, ambos, con suficientes fuerzas acumuladas, aunque de diferentes naturalezas, para lograr sus particulares propósitos: la oposición, para intentar impedir que se produzca la elección de la fraudulenta asamblea constituyente impuesta por el vocero principal del régimen, y el gobierno, para lograr su propósito de elegirla e instalarla.

La oposición democrática, luego de más de 100 días de protestas continuadas con un saldo trágico de fallecidos, heridos y detenidos por el régimen, anunció la llegada de la “hora cero”, con una serie de actividades de calle incluyendo boicotear el evento electoral para impedir la elección el mismo 30 de julio, cuando está previsto. Esto, puede que resulte. Pero no por estas acciones necesariamente que sin dudas, han contribuido decididamente a llegar a este climax, sino, más bien, porque a última hora y jugandose “una carta bajo la manga” el régimen desista de realizarlas por presiones de la comunidad internacional que ampliamente ha manifestado su rechazo y desconocimiento a su instalación, pero principalmente, porque el propio jefe del régimen y algunos colaboradores, en una autoevaluación objetiva de las ventajas y desventajas que esta asamblea constituyente tendría, acabaría por concluir que lo mejor es anular o “suspender” la convocatoria.

Esta autoevaluación repasaría los siguientes aspectos:

  1. Es indudable que las protestas de la oposición democrática por tanto tiempo y con el saldo de fallecidos y violaciones a los derechos humanos, pero principalmente los resultados de la consulta popular del 16J, ha mermado, peligrosamente, la credibilidad del régimen ante la comunidad internacional donde algunos voceros e instituciones de peso, no han dudado en calificar la convocatoria de ilegal e ilegítima y por lo tanto han solicitado su desactivación.
  2. Unido al punto anterior, esa misma comunidad internacional ha reconocido a la Asamblea Nacional como un poder legal y legitimo y en pleno uso de sus funciones atribuidas por la Constitución, por lo que existen más posibilidades de que se reconozca a la AN y al propuesto gobierno de Unidad Nacional en formación, que al propio gobierno y a la constituyente si se instala;
  3. En este orden de idea, el gobierno no estaría en capacidad de solicitar ayuda financiera internacional, ya bastante mermada, por la falta de credibilidad y legitimidad ante los posibles acreedores. La reciente amenaza del presidente del norte de aplicar sanciones económicas no se pueden obviar, especialmente porque es el único que está proveyendo de dólares al país por la compra de petróleo;
  4. Con esas perpectivas y la calle encendida por las protestas, el argumento que la ANC era el único mecanismo de garantizar la paz está bastante comprometido, pero además, en definitiva, tampoco va a resolver la crisis imperante en el país, por lo que a los 15 días de instalada, ya el propio pueblo chavista comenzará a rechazarla;
  5. La idea inicial con esa constituyente era dotarse de una “institución” que le diera plena autonomía al régimen para hacer lo que quisiera, pero con el descredito en el que ha caido, aún sin haberse elegido los diputados, esa idea se ha ido desdibujando, además, con el actual poder que esgrime el gobierno poco más puede aportar esa ANC, que no sea convertirse en un peligro para el propio régimen y su jefe;
  6. De hecho, al instalarse la ANC con poderes supranacionales, se está instalando un nuevo gobierno de facto ¿Quién garantiza al jefe, a los gobernadores y alcaldes, a los ministros, su permanencia en el poder? El difunto eterno contaba con el apoyo de las mayorias cuando se sometió a la anterior asamblea constituyente, pero esa no es precisamente la situación de su heredero con menos del 15% de aceptación popular;
  7. Una cosa es ser candidato y otra cosa es estar ya entronizado como diputado constituyente. Entre los candidatos visibles si observan muchos que no son completamente leales al jefe del régimen, sino estan jugando con otra facciones en pugnas dentro del mismo psuv ¿Quién garantiza que una vez en sus cargos de diputados no desconozcan al actual mandatorio y lo renuncien?
  8. Al jefe le quedaría, en teoría, el alto mando militar para disolver la ANC ¿Pero a que costo? y si le obedecen;
  9. Anular la convocatoria fraudulenta volvería la situación a las exigencias originales de las protestas por parte de la oposición democrática: negociar elecciones, restablecer el estado de derecho, liberar presos políticos y aceptar ayuda humanitaria para paliar la crisis económica. Con eso se puede ganar tiempo y mantener el control del régimen con cierto reconocimiento internacional.

Bajo esta optica, sería un acto temerario, casi suicida, para el mandatario continuar con la convocatoria. ¿Cómo salirse del paquete? Queda la carta bajo la manga: ordenar a algunos leales al régimen que intruduzcan una acción de amparo, o de anulación, o de lo que se le ocurra, en defensa de los intereses difusos o particulares ante la sala electoral del TSJ para que anulen la convocatoria y esta, solicitamente, sentencia a favor de la anulación.

Todavía a estan a tiempo…

@lesterllopezo

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Rafael Osío Cabrices

Fotografía tomada por Suwon Lee en un punto soberano instalado en Ciudad de Panamá el 16 de julio

Quizá los extranjeros y los observadores recientes de nuestro espectacular berenjenal no están al tanto de que, aparte de sus horrendos indicadores —la dimensión cuantificable de nuestro desastre— Venezuela es además un caso grave de un país que se odia a sí mismo.

Puede que esto no les sea evidente a primera vista. Muchos venezolanos tienen siempre a punto el elemental reflejo patriótico: lo nuestro es lo mejor, con Venezuela no te metas, etc. Pero en la vida cotidiana —en los modos en que a muchos de nosotros se nos enseña desde pequeños a lidiar con los demás, en las palabras que escogemos para hablar de los otros, en las imágenes e ideas que invocamos cuando nos referimos a las masas— nos revelamos como una sociedad que se desprecia.

No confiamos en nadie, a menos que sea alguien a quien conocemos muy bien. De hecho, esa calidez y esa jovialidad nuestra suele ser una fachada que oculta un intenso estado de alerta, cuando no una clara disposición a hacer daño: rompe esa cáscara de sonrisas y hermanoqueridos con cualquier cosa que sea percibida como una agresión, y verás cómo aceleramos de cero a cien insultos por minuto más rápido que un Lamborghini.

Antes, nos encantaba contarnos chistes sobre el tropo del venezolano como pícaro o como idiota: un gringo, un alemán y un venezolano están juntos en un ascensor; los dos primeros se comportan de una manera cívica, racional, y el primero cierra la historia con un cómico despliegue de estupidez. Como pasa con muchas naciones postcoloniales, tenemos una larga, sólida historia de prejuicio que sobrevivió a los siglos XIX y XX tanto en una forma ilustrada —el amargo tema de civilización vs. barbarie, fuente de frustraciones para los intelectuales y de pretextos para los autócratas— como en una popular, para toda ocasión, que encuentras en la viejita que se queja de la mala educación dentro de una buseta, y en el guerrero del teclado que tuitea su repulsión porque Henrique Capriles está recorriendo un barrio.

Podemos rastrear ese desdén y esa desesperanza sobre las capacidades de los venezolanos comunes por muchas generaciones atrás; desde el bochinche, puro bochinche de Miranda, su maldición de despedida; a los diarios de viaje de europeos como Carl Appun, un naturalista escandalizado porque en las selvas de Guayana nadie usaba relojes; y a las tesis de Laureano Vallenilla Lanz y su hijo, quienes sostenían que solo un gendarme necesario podía gobernar sobre un pueblo tan reacio a la civilización, la coartada ideológica de la dictadura de 27 años del general Juan Vicente Gómez y de la de ocho años del general Marcos Pérez Jiménez.

Más recientemente, podemos leer los ensayos de historiadores como Elías Pino Iturrieta o Inés Quintero sobre el Apartheid que era la Venezuela colonial, cuando la multitud promiscual de los que no eran blancos era blanco de abuso permanente. Podemos mirar la obra de Germán Carrera Damas y aprender cómo el odio mutuo impulsaba las lanzas y los machetes de la limpieza étnica de 1814, o también asomarnos a los ensayos del sacerdote e investigador basado en Petare Alejandro Moreno Olmedo para entender cómo la familia popular venezolana funciona como una tribu que mira a los extraños como enemigos potenciales.

La polarización que se apoderó de la nación ha sido el perfecto círculo vicioso para estas antiguas fuerzas de la desconfianza: así como Chávez fue despreciado por muchos como líder, por sus orígenes o su aspecto físico, y sus seguidores etiquetados como una turba primitiva de ingenuos mendicantes, el chavismo aprendió rápido a alimentarse de todos esos prejuicios para avivar los fuegos del fanatismo, y para explotar el nihilismo de todos aquellos deseosos de saquear el tesoro público o tan solo de ejercer un poco de poder sobre sus conciudadanos, ya fuera como funcionarios de Cadivi, coordinadores del CLAP o guardias nacionales.

El motto tradicional del oportunismo criollo, a mí que no me den sino que me pongan donde haiga, mutó durante las décadas de Chávez y Maduro en una certeza bien extendida: somos gente corrupta por naturaleza, incapaz, y por completo desinteresada, en una vida regida por algún estándar moral. No un país, sino un campamento minero, como José Ignacio Cabrujas profetizó en los 80; una horda, no una sociedad, como el comportamiento de casi todos nos fuerza hoy, de nuevo, a pensar.

Las dificultades de estos últimos años confirman la idea de que los venezolanos no somos solo ladrones sino también salvajes: el discurso contra la multitud promiscual ha regresado con virulencia renovada. Esos miles que no tienen más opción que pasar días y noches en las filas por comida, en calles sin baños públicos, son catalogados de animales que defecan en las aceras como burros. Esos hombres, mujeres y niños que, ante la cámara de un celular, mataron un cargamento entero de reses vivas en torno a un camión accidentado en Carabobo, fueron instantáneamente clasificados por quienes miraron el video -gente de la ciudad que no conoce esa penuria permanente del campo- como homínidos prehistóricos, la prueba de que este país no tiene remedio.

En este tribunal de la Inquisición que las redes sociales tienden a ser en el presente, no muchos se toman la molestia de esperar unos segundos antes de postear, para preguntarse si los daneses, los singapurenses o los estadounidenses se hubieran comportado de manera muy distinta si estuvieran enfrentando las dificultades que a diario tienen que vivir la mayoría de los venezolanos en 2017. No, es más fácil dejar que tres siglos de odio por nosotros mismos tomen el control.

Y entonces pasó esto, el 16 de julio de 2017.

La consulta popular es, para mí, una grieta en el hielo no menos asombrosa que la que acaba de abrirse en la Antártida. Una nota distinta en el coro agotado de la repugnancia. Un hilo de luz extendiéndose sobre la negra superficie de la concepción que tenemos los venezolanos de nosotros mismos.

Lo que miles de personas hicieron ese domingo reveló, a una escala sin precedentes, la existencia de un conjunto de habilidades colectivas que han sido desarrolladas o redescubiertas a lo largo de tantos años de normalidad asfixiante y de activismo opositor. Redes que se tejieron en Whatsapp para encontrar y mandar medicinas o insumos escasos, se convirtieron en canales para organizar voluntarios o compartir los procedimientos del plebiscito. La experiencia como miembros de mesas electorales que muchos de nosotros acumulamos desde 1999 (gracias por eso, CNE) distribuyó el know-how para manejar los puntos soberanos en todo el mundo. Las herramientas de diseño y de comunicación en redes sociales que hemos tenido que incorporar para sortear la censura y compensar la aniquilación del paisaje mediático ayudaron a regar la voz en menos de dos semanas… por todo el planeta. Incluso creo que el contacto constante con la violencia letal que sufren los ciudadanos comunes de Venezuela les dieron la fuerza y el valor para esperar por horas en las calles para llenar esos tres círculos del Sí, muy conscientes de que, como quedó demostrado en Catia, corrían grave peligro al hacerlo

Ahora sabemos cosas que no sabíamos antes del chavismo, y echamos mano de ellas para este logro tan extraordinario. Somos más fuertes, más resilientes. Pero eso no es todo.

Sin el Estado central, sin el dinero del petróleo y sin los militares, personas e instituciones acostumbrados a esperar conducción y soporte desde el gobierno tuvieron que emprender algo gigantesco por ellos mismos, porque el Estado no solo no estaba interesado o fuera de alcance, sino que era hostil. Así que el resultado de este desafío es una especie de milagro: gobiernos regionales y municipales de oposición, ONG, iglesias, partidos y universidades trabajaron juntos.

Tomemos un momento para contemplar esto en toda su magnitud: los políticos venezolanos, que han sido siempre tan desdeñosos con los intelectuales, concedieron la autoridad de supervisar y anunciar los resultados de la consulta a los rectores de las principales universidades. Dieron un paso al costado ante la experticia y la gravitas que solo la academia podía traer al proceso. Creo que debemos reconocer el valiente gesto de los estrategas y los partidos de la MUD que fue dar luz verde a la idea de esta consulta popular, construir un consenso en torno a ella, forjar las alianzas multidisciplinarias que la hicieron posible, y permanecer detrás de cámara mientras los cinco rectores dieron los números del 95% de escrutinio.

Ese domingo demostramos que podemos colaborar entre nosotros. Políticos y profesores, antiguos marxistas y aspirantes a libertarios, los que están allá y los que emigramos. Encontramos que podemos trabajar mucho, pero mucho mejor que Papá Estado. Supimos que el trabajo en equipo que permitió una votación global es el mismo que necesitaríamos para formar un gobierno y asumir la colosal tarea de la reconstrucción.

Así que el plebiscito fue más que una bofetada en el rostro gritón del malandrato. El plebiscito anuncia la insurgencia de una Venezuela más resiliente, más dada al consenso, más efectiva, más disciplinada alrededor de una meta común que tiene que ver con las vidas de todos nosotros, los de adentro y los de afuera.

Por supuesto que hay mucha gente a la que nada le importa. La leyenda negra tiene, sin duda, su buena parte de realidad.

Pero no somos solo eso. Somos algo más. Mucho más.

Millones de nosotros están preparados para asumir la responsabilidad de nuestro futuro.

No somos solo bochinche. Podemos sentir auténtico orgullo de lo que hemos aprendido a ser.

Y eso es maravilloso, porque vamos a necesitar mucho de ese orgullo para la tarea que nos espera a la vuelta de la esquina, al segundo siguiente de que el malandrato dé con sus colmillos por tierra.

23 de julio, 2017

http://prodavinci.com/blogs/la-erupcion-de-una-nueva-sociedad-por-rafael-osio-cabrices/

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Carlos Raúl Hernández

Hay infinitas posibilidades de clasificar los fenómenos y las cosas, en este caso los países, pero una que viene a cuento es entre los que triunfan y los que se hunden. Dicen que los países no se acaban, pero no hay duda que se descomponen como Líbano, Siria, Libia, Irak, Yugoslavia, Checoslovaquia, Haití, Somalia, Sudán y tantos otros (hay que estudiar lo ocurrido con Ucrania). Hasta hace poco la idea de que Venezuela podía colapsar como nación, sonaba sencillamente absurda, demencial. Durante los años cincuenta el país se había poblado de sicilianos, madeirenses, lisboetas, calabreses, gallegos, asturianos, isleños que trajeron sus conocimientos para el trabajo diario. Brotaron panaderías, abastos, talleres, bares, ferreterías, restaurantes, y en los sesenta florecieron la democracia y el progreso, un modelo para el mundo. Mientras Latinoamérica penaba cariada por dictaduras siniestras y masas de ciudadanos miserables.

En cambio en las esplendorosas Caracas, Valencia, Maracaibo, barrios enteros de colombianos, ecuatorianos y peruanos, construían con su trabajo una mejor vida, mientras argentinos, mexicanos y chilenos se ocupaban como profesores y gerentes, y vivían en libertad (recomiendo a los jóvenes leer El fusilamiento de la decencia de Manuel Carrillo). Muchos de nuestros intelectuales se asqueaban del consumismo, principalmente el de los tabarato de Miami y no tanto el de los sofisticados amantes de París, que salían de Fauchon con bolsas repletas de exquisiteces y se pasaban cualquier tarde de verano en una terraza de Saint-Michel dedicados a devorar mariscos con Chablis. Gracias a los gobiernos y partidos democráticos, los centros de educación superior venezolanos, de alto nivel académico, estaban llenos de muchachos del interior que se convirtieron en clase media emergente moderna.

Comando conjunto
Así ocuparon espacios en las instituciones representativas, la administración pública y las empresas. Llegamos a tener más de 3.000 jóvenes de posgrado en las mejores universidades del mundo. Un buen día el país decidió acabar con eso y se montó en una utopía agusanada con un insufrible olor a rancio, detrás de un perturbado, un flautista de Hamelín –en el cuento de los Grimm, se llevó a los roedores, pero se recuerda menos que también a los niños del pueblo y los ahogó en el río. Lo más triste es que las monumentales y asombrosas boberías de sus adversarios, fueron las que permitieron al flautista revolcar al país y la historia podría ser implacable cuando se analice lo ocurrido. De no ser por el paro petrolero, el abstencionismo y otras efervescencias, la revolución sería hoy un recuerdo lejano. El país se polarizó en dos extremos irreconciliables que hasta el sol de hoy demuestran a diario que no pueden convivir.

El desvarío revolucionario destruyó las extraordinarias conquistas civilizacionales de 40 años –ya sucumbieron hasta las carreteras relativamente intransitables de día, absolutamente de noche– y en cualquier momento puede producirse un desgarramiento militar que según la tradición histórica tendría altas posibilidades de derrota. No es que esta sea “una ley”, ni que deba repetirse, pero es un dato importante. Durante el siglo XX y lo que va del XXI los golpes que astillan el aparato militar fracasaron y condujeron al aplastamiento de la insurgencia, como ocurrió en Puerto Cabello, Carúpano, Barcelona, el 4F y el 27N. Solo tuvieron éxito los pronunciamientos sin disidencia de las Fuerzas Armadas contra Medina, Gallegos y Pérez Jiménez. A Colombia la partió en dos una gran insurrección civil en 1948 a consecuencia del asesinato del caudillo populista Jorge Eliécer Gaitán.

Por amor o interés
La guerrilla llegó a controlar más de la mitad del territorio y estuvo muy cerca de asaltar Bogotá, hasta que el gobierno de Álvaro Uribe neutralizó la amenaza. Hoy se incorpora a un pacto de gobernabilidad auspiciado por Santos. México también estuvo a punto de sucumbir, esta vez porque el narcotráfico controlaba gran parte de la administración pública y de las gobernaciones regionales y municipios, al extremo de que en la literatura especializada internacional se le daba ya como un Estado fallido, hasta que el presidente Calderón declaró la guerra contra los carteles con más de cien mil muertes. Los conflictos inmanejables en el bloque de poder, generalmente por obra de gobiernos tarados, trajo dictaduras en muchos países, que solo terminaron gracias a pactos de gobernabilidad, no entre los que estaban de acuerdo, sino entre enemigos.

La guerrilla salvadoreña, Arena y la democracia cristiana hicieron gobernable El Salvador, así como el exdictador militar brasilero Figueiredo que el día de su derrota electoral dijo a los líderes de la oposición triunfante “espero que me olviden” (así una exjefa terrorista, Dilma Rousseff, pudo gobernar). El Partido Socialista chileno cuyo desastroso gobierno propició el golpe de Pinochet, se alió con la Democracia Cristiana, impulsora del golpe, y con el propio pinochetismo, para reconstituir al país. La guerrilla guatemalteca aceptó convivir con los partidos democráticos tradicionales, igual que los Tupamaros en Uruguay, y triunfaron democráticamente. También el fujimorismo. Para que funcionen, los pactos de gobernabilidad deben ser entre opuestos.

@CarlosRaulHer

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La impaciencia, en política, suele conducir al fracaso. Pero después de 18 años lidiando con un gobierno cuyo principal proyecto es eternizarse en el poder, es casi imposible no desesperarse. La oposición venezolana lleva años en una lucha desequilibrada. Ha sido descalificada y deslegitimada, acosada, perseguida, invisibilizada, prohibida, encarcelada… por el Estado. Ahora, a pesar de todo esto, la oposición se ha convertido en una alternativa de poder y logró capitalizar el ansia de cambio que vive la mayoría del país.

Lo ocurrido el domingo 16 de julio es un hecho inédito: la oposición organizó al margen, incluso en contra, del Estado y de las instituciones, un espacio para que el pueblo pudiera expresar su voluntad rechazando la propuesta de Nicolás Maduro de elegir una Asamblea Nacional Constituyente para acabar con el actual parlamento y gobernar con amplios poderes. La respuesta popular fue abrumadora. ¿Qué sigue? A veces, en la política y en la vida, lo más difícil es saber administrar la victoria.

En las elecciones parlamentarias de diciembre de 2015, el oficialismo recibió una derrota contundente. Por primera vez, la oposición alcanzaba la mayoría en la Asamblea Nacional. Pero su dirigencia no supo leer bien ese éxito: pensó que se había cerrado un ciclo, subestimó el cinismo de su adversario y sobredimensionó su propio poder. El gobierno sí hizo una lectura correcta de su derrota. Es evidente que, a partir de ese momento, el oficialismo decidió suspender o postergar cualquier tipo de elecciones democráticas en Venezuela. Y de manera inmediata, además, consolidó ilegalmente un Tribunal Supremo de Justicia que les garantizara su lealtad absoluta. Se prepararon para gobernar sin pueblo y sin democracia. Y así lo han hecho.

Hoy Venezuela vive una crisis terminal. Maduro invoca la defensa de la patria y promete endurecer su gobierno, mientras la oposición decreta la hora cero. Ni siquiera las amenazas del presidente Donald Trump son útiles internamente. Pareciera que de aquí al 30 de julio sucederá el apocalipsis. Es un nuevo espejismo. Ninguna magia podrá sacar a Venezuela de su propia complejidad.

“Cuando digo Estado digo pueblo”, afirmó Nicolás Maduro, en una alocución televisada el pasado 18 de julio. Probablemente fue una confesión involuntaria pero delata perfectamente el pensamiento oficial. El pueblo real no existe. El gobierno no ve ni quiere ver a la gente que está en las calles, protestando, sufriendo una inflación del 700 por ciento, padeciendo la falta de servicios, la escasez de productos y de medicinas, tratando de sobrevivir a la inseguridad. La población no es pueblo. El pueblo es el Estado. El pueblo somos nosotros: eso cree el oficialismo.

Mientras hay personas buscando comida en la basura, en Suiza congelan las cuentas bancarias de la suegra de un “dirigente revolucionario”, el exministro Haiman El Troudi. En ellas hay 42 millones de dólares. Esto tampoco lo ve el gobierno de Maduro. No le interesa. No le importa. Parte de su enfrentamiento con la fiscala Luisa Ortega Díaz también tiene que ver con esta situación. Con la posibilidad de que se hagan públicos los turbios negocios de la empresa Odebrecht en Venezuela. El socialismo del siglo XXI es, sobre todo, una gran historia de corrupción.

No se trata de un debate ideológico. La izquierda en Venezuela solo es una ficción discursiva que le ha permitido a un pequeño grupo enriquecerse velozmente y convertirse en la nueva élite que controla el país. La revolución es un pretexto retórico que cada vez tiene menos eficacia. Hablar de los pobres, citar al Che Guevara y denunciar a los gringos, no puede darles permiso para reprimir salvajemente, disparar en contra de manifestantes, detener, torturar y encarcelar sin garantías y sin debido proceso a cualquier ciudadano.

No hay manera de justificar todo esto a cuenta de una supuesta guerra contra el imperio yanqui. Maduro ha gobernado como un neoliberal y como un dictador militar.

La asamblea constituyente ya es un fracaso político. El propio Maduro ha propuesto la extorsión y el chantaje a los empleados públicos como método de participación electoral. No hay manera de que este proceso sea vivido por el pueblo como algo propio. Si aspiraba a alcanzar alguna legitimidad perdió completamente la apuesta el domingo 16 de julio. Aunque la realicen, y obviamente la ganen, no le dará al gobierno un piso político. El único camino que tiene el oficialismo para permanecer en el poder es el crimen.

La oposición, por su parte, no tiene la posibilidad real de convertirse en un gobierno paralelo y funcional. Tampoco de sostener el conflicto en el terreno de la violencia. Ambos bandos están condenados a dialogar. No hay más remedio. La hora cero es la hora de la negociación.

¿Es posible? A veces pareciera que no. Pero a menos que los militares venezolanos estén dispuestos a perpetrar el asesinato de manera sistemática, como lo hicieron las dictaduras militares en América del Sur durante los años setenta y ochenta del siglo pasado, resulta inevitable. Las fuerzas armadas tienen, en este contexto, un protagonismo y una responsabilidad directas ¿Hasta dónde están dispuestos a acompañar un proyecto que ya no tiene nada de izquierda, ni de revolución, ni de democracia?

El pasado 20 de julio, el general Vladimir Padrino, ministro de Defensa, colgó un video en su cuenta de Twitter. Allí intentó mostrar su pericia en el manejo de armas de fuego y dijo que todo estaba listo para la “fiesta electoral” de la constituyente: “El próximo 30 de junio te esperamos, venezolano, la seguridad está garantizada. ¡Venceremos!”. Mientras esa sea su respuesta a las demandas de la población, no habrá futuro para el país.

En el fondo, Maduro y su gobierno son cada vez más una pantalla para velar al poder militar. Tanto a lo interno como a nivel internacional, tiene que haber una mayor presión sobre los militares. De ellos depende que haya una negociación. Que la hora cero no siga siendo la hora de la violencia y la muerte en Venezuela.

New York Times

Ciudad de México, 21 de julio de 2017

https://www.nytimes.com/es/2017/07/21/la-hora-cero-de-venezuela/?action=click&clickSource=inicio&contentPlacement=4&module=toppers&region=rank&pgtype=Homepage

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