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Opinión

Carlos Raúl Hernández

Nos acostumbraron a imaginar los grandes autores del pensamiento y la literatura como si en vida hubieran sido lo que son hoy, espíritus puros, fantasmas benevolentes (o terribles), ilustraciones sin carne ni sangre. Enseñamos de ellos pensamientos secos, descontextualizados, sin conexión con la vida real, y tienen tanta que palpitan en nuestros días y por eso son clásicos. Goethe escribió, refiriéndose a Sófocles, que dramas y pasiones humanos son siempre los mismos: amor, odio, violencia, celos, nostalgia, traición, envidia, y todo autor es hijo de sus sacudidas. Hoy mismo los siquiatras denominan “síndrome de Odiseo” casos de melancolía profunda. Durante el sitio a Troya, el héroe pasaba días enteros en la playa con la mirada en dirección a su querida y remota Itaca, mientras allá Penélope tejía y destejía.

En el siglo IV a. C no existía el término populismo, que surge en los finales de la Rusia zarista, pero Platón, Aristóteles, Aristófanes y otros crearon “demagogo”, que significa adulante del populacho. En fechas recientes hay un enredo con la noción de populismo por falta de rigor al elaborarla y su uso para cualquier cosa, hasta vaciarla de contenido. Conocemos las imágenes de Evita, rodeada de cientos de miles de trabajadores ante la Casa Rosada, decretando asuetos por el Día de San Perón y aumentos de salarios gigantes que lanzaron Argentina a la miseria. Al populista tipo, en cualquier país del mundo, no le preocupan los efectos de su irresponsabilidad, sino pulsar las cuerdas más primitivas de la ciudadanía enfebrecida para arrancar ovaciones. Su discurso trasuda xenofobia, patrioterismo, resentimiento social, odio a blancos, negros o latinos, la Iglesia cómplice, las clases medias, los explotadores.


Sorprende la actualidad de Platón en La República sobre el personaje: “su única enseñanza es devolver a las masas las opiniones de la masa misma, que se manifiestan cuando se reúne colectivamente… Los demagogos actúan exactamente como quienes crían una bestia vigorosa, y aprenden sus instintos y deseos para poder acercársele y acariciarla. Aprenden los secretos de su ferocidad y astucia, los sonidos que emite en diversas circunstancias, y aún más, los ruidos necesarios para calmarla o alterarla. Sabido esto por experiencia y una larga costumbre, lo convierten en técnica sistemática, en materia de enseñanza, e ignoran todo lo de bello y de feo, de bueno y malo, de justo e injusto que pueda haber. Así para el demagogo, el bien es lo que agrada a la bestia, y el mal lo que la molesta […]”.


En la cultura griega el epítome del demagogo es Cleón que nos recuerda a varios patanes contemporáneos y, solo por su estilo de relación comunicacional, entre otros a Trump, Pinochet, Velasco y Fidel Castro. Aristóteles lo presenta “él, primero, explota en alaridos e insultos desde la tribuna, y se dirige al pueblo (demos) vistiendo un delantal, mientras que todos los demás oradores se comportaban respetuosamente”. Hemos visto muchos como él, cuyo atuendo es deliberado para evidenciar su menosprecio por la dignidad de las instituciones. Platón y Aristóteles eran desafectos al régimen político de su tiempo y aquél cuestiona lo que hoy llamamos la antipolítica, con argumentos que reaparecen en el siglo XX en Walter Lippman y Joseph Schumpeter. La antipolítica no considera la política como un saber específico sino un oficio residual, refugio de los que no dominan otros más complejos y útiles, y por eso “el líder somos todos”. Cualquier persona educada puede gobernar mejor que los políticos.


Pero Platón dice que “un niño de quince años puede ser un gran matemático, pero no un buen político” (porque) la política es un “saber práctico” producto de la experiencia, como la medicina y otras. En otro diálogo contra el facilismo de los demagogos interroga sobre a quién preferiría un grupo de niños: al médico que le causa dolor para curarlos o al pastelero que les da golosinas. Solo durante el siglo XX a medias –no olvidemos precisamente a la antipolítica- se ha conceptualizado la relación demos-polis-politeia, y el líder en esa ecuación. Líder no es cualquier político, sino el estratego, el que ve más que los demás, prevé las consecuencias y corre riesgos para corregir la marcha. Paradójicamente esa relación aparece clara en el siglo VIII a.C en La Ilíada, muy anterior a Platón y Aristóteles.

El máximo jefe de los ejércitos griegos es Agamenón pero Odiseo, apodado “el de los múltiples senderos” era quién señalaba cuál seguir, como el ardid del Caballo de madera que decidió la guerra. Agamenón comete la torpeza de decir en la asamblea que pronto regresarían a casa y los guerreros se abalanzan a los barcos. Odiseo se dirige a cada uno de los jefes “con palabras amables” pero enérgicas para convencerlos, tranquilizarlos y exponer el plan. Luego habló a la asamblea en un tono duro increpando al tumulto. Odiseo ahí el antidemagogo, el líder que siempre desafía la estupidez colectiva y hace prevalecer la razón, el interés general de todos cuando no lo ven. No le interesan los aplausos inmediatos sino ganar. Cleón se hunde, Odiseo triunfa.

@CarlosRaulHer

 4 min


Daniel Eskibel

¿Puedes imaginar a Robinson Crusoe sin su isla?

Claro que no. Pues esa isla es un rasgo esencial de su propia identidad de náufrago. Sin la isla Robinson Crusoe no sería quien es.

Lo mismo ocurre con el votante del siglo 21: no lo podemos imaginar sin las pantallas que lo bombardean con información a cada instante. Esa relación íntima y permanente con sus pantallas lo define en gran medida y lo diferencia de votantes de otros tiempos. Es el primer votante de la historia que tiene que gestionar la sobredosis informativa que lo persigue desde smartphones, ordenadores y televisores.

Atado a esas brillantes superficies tal como Robinson Crusoe lo estaba a la isla, el votante de hoy es un desafío para la comunicación política.

Breve historia de las pantallas

En el principio era el mito, como suele suceder.

Allí está Narciso, mirando su propia imagen reflejada en un curso de agua. Enamorado de su propia imagen, el pobre Narciso se inclina hacia ella y cae en el agua. Se ahoga en su propia imagen. Se ahoga en esa pantalla del agua que refleja su figura.

Revisitando el mito en el siglo 21 podemos sospechar que el narcisismo desbocado es la fuerza interior que nos ata a las pantallas de nuestro tiempo. Nos buscamos a nosotros mismos en los smartphones, los televisores, los ordenadores y las tablets. Pantallas que tienen su historia, claro está.

Una pantalla es una superficie sobre la cual se proyecta una imagen. Esa imagen puede ser la propia reflejada en los ojos de otros seres humanos o en el curso de agua que tanto hechizó a Narciso. Pero también puede ser una imagen que solo está en la mente y que se proyecta sobre las formas irregulares de las nubes o sobre objetos en sombras.

Pero las pantallas en su sentido más actual surgen con el nacimiento del cine. Son pantallas de gran tamaño, ubicadas en recintos cerrados ubicados estratégicamente en las ciudades. Cada espectador está silencioso en medio de la oscuridad, percibiendo que cerca suyo hay otras personas que se mantienen a una distancia socialmente regulada, todos mirando en la misma dirección, como un ritual colectivo, como un trance hipnótico en el que todas las miradas siguen el mismo haz de luz que proviene de algún punto a sus espaldas y que estalla en imágenes sobre la pantalla.

Luego, a mediados del siglo veinte, surge la televisión. Ahora hay por lo menos una pantalla en cada casa. Su tamaño está en sintonía con el mobiliario y el espectador está cerca de ella, en un ambiente iluminado y en un contexto de conversación familiar. Es una experiencia cotidiana, ya no ritual sino hábito. La imagen proviene del interior mismo del aparato, frente al espectador, y la aparición del mando a distancia inaugura una modesta posibilidad de interacción con la pantalla.

En el tramo final del siglo veinte irrumpe el ordenador personal. Ahora la pantalla está no solamente en casa sino también en el trabajo. Y su propio tamaño y ubicación son adecuados para trabajar. Se ubica en un espacio personal, cerca del cuerpo. Las condiciones ambientales son también personalizadas. La experiencia de uso es otro factor que se vuelve muy personal y el teclado facilita una interacción mucho más rica. Tanto que la imagen parece surgir del propio teclado.

A comienzos del siglo veintiuno entra el smartphone en escena. La pantalla culmina su viaje hacia lo pequeño, se adapta al tamaño de la mano y se vuelve omnipresente. Está en todas partes y en todo momento. Ocupa un espacio íntimo y se presta a una relación más íntima aún con el usuario. Miles de millones observan obsesivamente esta pantalla mientras viajan en el metro, mientras caminan por la calle, mientras esperan, mientras cenan con su familia, mientras trabajan o estudian, mientras hablan o escuchan, mientras miran otra pantalla, mientras se duermen o mientras se despiertan. La interacción es directamente a través de los dedos, sin intermediarios. Y la imagen adquiere una cualidad casi mágica ya que parece surgir de la yema misma de los dedos.

Así llegamos a 2020. Estábamos en plena sobredosis de pantalla. Y la pandemia de Covid-19 nos multiplicó la dosis.

Efectos psicológicos de la sobredosis de pantallas

El cerebro humano mantiene las características esenciales que adoptó al configurarse en la ya lejana Edad de Piedra. Ese cerebro arcaico, limitado y lento dedica una parte importante de sus energías a procesar información.

Atención al verbo: procesar. Porque de nada le sirve al cerebro la simple acumulación, el tosco almacenamiento de información. Lo que vale es procesar esa información, elaborarla, analizarla, comprenderla, usarla en el mundo real.

Para procesar información el cerebro tiene que conectar lo nuevo con lo ya sabido, tiene que comparar y contrastar, tiene que establecer redes de significado, tiene que asimilar conceptos, tiene que concederse pausas y períodos de descanso. Nada de eso puede hacer si está bombardeado por miles de estímulos diarios, muchos de ellos simultáneos, muchas veces cargados de contenido emocional y otras tantas plagados de confusiones e imprecisiones. Sin mencionar las fake news, que ya son otro tema.

En suma: en la era de las pantallas el cerebro está bombardeado, saturado, inundado de una información que circula hasta el infinito, golpeado por datos imprecisos cuando no simplemente falsos y padeciendo dificultades extremas para procesar razonablemente toda esa avalancha informativa. Lo dicho: sobredosis informativa.

En este contexto el consumo de información asume algunas características cada vez más negativas. Por ejemplo:

• El consumo de información es ansioso. Todo debe ser rápido, inmediato, ya mismo. Lo cual conduce inevitablemente hacia personas pobremente informadas y altamente estresadas.

• Se privilegia la información breve, tan breve que en ocasiones la única pieza informativa que muchas personas toleran es apenas el título de una noticia. El resto se adivina, se supone congruente con los saberes previos. O con las opiniones previas.

• Se privilegia lo superficial frente a lo profundo. Más vale sobrevolar una información que ahondar en ella. No hay tiempo ni deseo de ir más allá, más aún pudiendo saltar de link en link sin detenerse en ningún lugar específico.

• El consumo informativo es fragmentario. Los hechos, las ideas y las personas estallan en pedazos y cada cual recoge algunos fragmentos y en muchos casos valora el todo por una parte muy pequeña que es la que conoce.

• El consumo de información es irreflexivo. No hay tiempo para reflexionar, no hay pausa, no hay silencio, no hay ese vacío informativo que es imprescindible para cualquier reflexión.

La sobredosis de pantallas facilita la desinformación y el encierro de cada cual en su propia burbuja de ideas. Además fortalece el sentido tribal, ese oscuro impulso a dividir el mundo entre nosotros y ellos, los propios y los ajenos, los amigos y los enemigos, los inmensamente buenos contra los satánicamente malos.

Cuando salimos de las pantallas el espejo se rompe. La realidad es siempre más compleja, más contradictoria y llena de matices. Esta ruptura del espejo deriva en desencanto, pasividad, muchas veces fanatismo y dadas ciertas condiciones hasta en violencia social y política.

Ya lo sé: los tiempos que corren son duros para la comunicación política.

¿Cómo comunicarnos en la era de las pantallas?

Hay un tsunami de información devorándonos desde las pantallas. De nada sirve si nos mimetizamos con ese maremoto y agregamos unas gotas de ansiedad, brevedad, fragmentación, superficialidad y falta de reflexión. Eso también se lo llevará el tsunami.

¿Cómo logras que tu mensaje político sobreviva al tsunami?

¿Qué puedes hacer para que tu mensaje se destaque entre miles de mensajes que van y vienen como enloquecidas estrellas fugaces? ¿Cuál es el camino para tu comunicación política en esta sociedad de las pantallas planas?

El camino de comunicación política que te sugiero tiene seis pilares básicos:

1. Investigación permanente acerca de los públicos con los cuales te vas a comunicar: por lo menos perfil demográfico, perfil de personalidad, emociones, hábitos de consumo de información y perfil político.

2. Creación y distribución sistemática de contenidos para esos públicos: artículos, libros, podcasts, vídeos, infografías, fotografías, juegos, reportes, canciones y cualquier otro formato que sea entretenido y atractivo en sí mismo.

3. Mensajes políticos segmentados por perfiles psicológicos de la población.

4. Mensajes políticos estructurados en base a propuestas de solución a los problemas específicos de cada target.

5. Creación y desarrollo de una potente imagen de marca del candidato y/o del partido.

6. Incorporación sistemática de las emociones a la comunicación política.

Solo desarrollando en profundidad estos seis pilares podrás comunicarte con mayor eficacia con ese Robinson Crusoe de las pantallas que es el votante de hoy.

25 de julio 2021

Maquiavelo&Freud

 6 min


John H. Cochrane

En Estados Unidos, la Reserva Federal, la Comisión de Bolsa y Valores y el Departamento del Tesoro están preparándose para incorporar la política climática en la regulación financiera estadounidense, luego de los pasos aún más audaces de Europa. La justificación es que “el riesgo climático” plantea un peligro para el sistema financiero. Pero es una afirmación absurda. Se está utilizando la regulación financiera para introducir a las escondidas políticas climáticas que, de otra manera, serían rechazadas por impopulares o inefectivas.

“Clima” se refiere a la distribución de probabilidad del tiempo –el rango de potenciales condiciones y eventos climáticos, junto con sus probabilidades asociadas-. “Riesgo” se refiere a lo inesperado, no a cambios que todos saben que están en curso. Y “riesgo financiero sistémico” se refiere a la posibilidad de que todo el sistema financiero se desintegre, como casi sucedió en 2008. No significa que alguien en alguna parte pueda perder dinero porque el precio de algún activo caiga, aunque los banqueros centrales rápidamente están ampliando su campo de acción en esa dirección.

Por lo tanto, en lenguaje sencillo, un “riesgo climático para el sistema financiero” se refiere a un cambio repentino, inesperado, grande y generalizado de la distribución de probabilidad del tiempo, suficiente para causar pérdidas que castiguen las reservas de capital y los amortiguadores de la deuda de largo plazo, provocando una corrida en todo el sistema sobre la deuda de corto plazo. Esto se refiere al horizonte de cinco años –o como máximo diez años- en el cual los reguladores pueden empezar a evaluar los riesgos en los balances de las instituciones financieras. Todavía no se han otorgado préstamos para 2100.

Un evento de esta naturaleza está más allá de cualquier ciencia climática. Los huracanes, las olas de calor, las sequías y los incendios nunca han estado ni cerca de causar crisis financieras sistémicas, y no existe ninguna posibilidad validada científicamente de que su frecuencia y severidad vayan a cambiar tan drásticamente como para alterar este hecho en los próximos diez años. Nuestra economía moderna, diversificada, industrializada y orientada a los servicios no se ve tan afectada por el clima –ni siquiera por los eventos que alcanzan los titulares-. Las empresas y la gente todavía se están desplazando del Cinturón de Oxido frío a los estados calurosos y proclives a los huracanes de Texas y Florida.

Si los reguladores en general les tienen miedo a riesgos inéditos que pongan en peligro el sistema financiero, la lista debería incluir guerras, pandemias, ciberataques, crisis de deuda soberana, crisis políticas y hasta ataques de asteroides. Todos excepto estos últimos son más probables que el riesgo climático. Y si nos preocupan los costos de las inundaciones y de los incendios, quizá deberíamos dejar de subsidiar la construcción y reconstrucción en zonas anegadizas y proclives a los incendios.

El riesgo regulatorio climático es ligeramente más verosímil. Los reguladores ambientales podrían resultar tan incompetentes como para dañar la economía al punto de crear una corrida sistémica. Pero ese escenario parece demasiado descabellado inclusive para mí. Una vez más, si el problema es el riesgo regulatorio, entonces los reguladores salomónicos deberían exigir un mayor reconocimiento de todos los riesgos políticos y regulatorios. Entre las nuevas interpretaciones de la ley antimonopolio de la administración Biden, las políticas comerciales de la administración anterior y el deseo político generalizado de “desguazar a las grandes tecnológicas”, los peligros regulatorios no son pocos.

Sin duda, no es imposible que algún evento terrible relacionado con el clima en los próximos diez años pueda provocar una corrida sistémica, aunque nada en la ciencia o economía actual describe un evento de esas características. Pero si ése es el temor, la única manera lógica de proteger el sistema financiero es aumentando drásticamente la cantidad de capital social, que protege al sistema financiero de cualquier tipo de riesgo. La medición de riesgo y la regulación tecnocrática de las inversiones climáticas, por definición, no pueden proteger contra incógnitas desconocidas o “puntos de inflexión” no modelados.

¿Qué pasa con los “riesgos de transición” y los “activos bloqueados”? ¿Las compañías de petróleo y gas no perderán valor en el traspaso a una energía con bajos niveles de emisiones de carbono? Seguramente que sí. Pero todos ya lo saben. Las compañías petroleras y gasíferas perderán más valor sólo si la transición es más rápida de lo esperado. Y los activos de combustibles fósiles tradicionales no están financiados con deuda de corto plazo, como las hipotecas en 2008, de manera que las pérdidas de sus accionistas y tenedores de bonos no ponen en peligro al sistema financiero. “Estabilidad financiera” no significa que ningún inversor nunca pierda dinero.

Asimismo, los combustibles fósiles siempre han sido riesgosos. Los precios del petróleo se volvieron negativos el año pasado, sin ninguna consecuencia financiera importante. El carbón y sus accionistas siempre se han visto perjudicados por la regulación climática, sin ningún indicio de una crisis financiera.

En términos más generales, en la historia de las transiciones tecnológicas, los problemas financieros nunca han surgido de industrias en decadencia. La crisis del mercado bursátil de 2000 no fue provocada por pérdidas en las industrias de las máquinas de escribir, los carretes, el telégrafo o la regla de cálculo. Fueron las compañías tecnológicas ligeramente avanzadas en su tiempo las que quebraron. De la misma manera, la crisis del mercado bursátil de 1929 no fue causada por el colapso de la demanda de carruajes arrastrados por caballos. Fueron las nuevas industrias de la radio, el cine, los automóviles y los electrodomésticos las que colapsaron.

Si a uno le preocupan los riesgos financieros asociados con la transición energética, los nuevos favoritos valuados astronómicamente como Tesla son el peligro. El mayor peligro financiero es una burbuja verde alimentada, como en bonanzas previas, por subsidios gubernamentales y el aliento de los bancos centrales. Las empresas exitosas de hoy son vulnerables a los caprichos políticos cambiantes y a las nuevas y mejores tecnologías. Si los créditos regulatorios se agotan o si las células de combustible de hidrógeno desplazan a las baterías, Tesla está en problemas. Sin embargo, nuestros reguladores sólo quieren alentar a los inversores a sumarse.

La regulación financiera climática es una respuesta en busca de una pregunta. El punto es imponer un conjunto especifico de políticas que no pueden prosperar mediante una legislación democrática regular o una potestad reglamentaria ambiental regular, que exige al menos la pretensión de un análisis de costo-beneficio.

Estas políticas incluyen desfinanciar los combustibles fósiles antes de que hayan sido reemplazados por otra cosa y subsidiar los autos eléctricos, los trenes, los molinos de viento y las células fotovoltaicas alimentados a batería –pero no la energía nuclear, la captura de carbono, el hidrógeno, el gas natural, la geoingeniería u otras tecnologías prometedoras-. Pero, como a los reguladores financieros no se les permite decidir adónde debería estar destinada la inversión y qué es lo que habría que despojar de fondos, “el riesgo climático para el sistema financiero” es un concepto ideado y repetido hasta que la gente lo crea, para hacer entrar con calzador estas políticas climáticas en los limitados mandatos legales de los reguladores financieros.

El cambio climático y la estabilidad financiera son problemas acuciantes. Requieren respuestas políticas coherentes, inteligentes y científicamente válidas, y pronto. Pero la regulación financiera climática no ayudará al clima, politizará aún más a los bancos centrales y destruirá su independencia preciosa, mientras que obligar a las compañías financieras a diseñar evaluaciones de riesgo climático absurdamente ficticias arruinará la regulación financiera. La próxima crisis tendrá algún otro origen. Y nuestros reguladores obsesionados con el clima una vez más no podrán anticiparlo en absoluto –de la misma manera que una década de comprobadores de resistencia nunca consideraron la posibilidad de una pandemia.

Project Syndicate

https://www.project-syndicate.org/commentary/climate-financial-risk-fall...

 6 min


Margarita Rodríguez

Pocos días después del nacimiento de Simón Bolívar, su familia tomó una decisión que lo marcaría.

Su madre, María de la Concepción Palacios y Blanco, tenía problemas de salud y mandaron traer para que lo amamantara "a una joven esclava que en esos días también había sido madre".

"Se trata de Hipólita, joven de unos veinte años rebosante de buena salud, de agraciada estampa, alta, bien formada y ágil, con opulentos senos que desde entonces y hasta bien crecido alimentarán al niño Simón", escribió Carmelo Paiva Palacios, en "La Negra Hipólita, la nodriza del Libertador".

"Hipólita fue uno de los pilares principales que sostiene el escenario de los primeros años de Bolívar", indicó en la publicación de 1994, del Boletín de la Academia Nacional de la Historia de Venezuela.

El mismo Libertador dejaría testimonio de ello.

"Te mando una carta de mi madre Hipólita, para que le des todo lo que ella quiere; para que hagas por ella como si fuera tu madre, su leche ha alimentado mi vida y no he conocido otro padre que ella", le escribió a su hermana mayor en 1825, desde Cuzco.

Al cumplirse este 24 de julio 238 años del nacimiento del héroe venezolano, BBC Mundo se adentra en esta figura que pasó a la historia como la "Negra Hipólita" o Hipólita Bolívar, como un recordatorio de que los esclavos en Venezuela llevaban el apellido de sus amos.

La familia

Antes de que naciera el prócer, el matrimonio de los mantuanos Juan Vicente Bolívar y Ponte y María de la Concepción Palacios y Blanco había tenido a María Antonia (1777), Juana (1779) y Juan Vicente (1781).

Y cuando nació Simón, debido a los quebrantos de salud que la aquejaban, la madre le pidió a una amiga que la ayudara a alimentarlo.

La cubana Inés Mancebo de Miyares lo amamantó durante sus primeros 30 días.

Después llegaría Hipólita, "esclava de la hacienda El Ingenio, en San Mateo, propiedad de la familia", según apuntó la historiadora Irma De-Sola Ricardo en el Diccionario de Historia de Venezuela.

Había nacido en 1763, en esas tierras del norte de Venezuela, en lo que hoy es el estado Aragua, y se había unido a otro siervo de la familia Bolívar, Mateo, de la hacienda de Santo Domingo.

Era una "típica mujer originaria de África Occidental", escribió Reinaldo Bolívar en el ensayo dirigido a niños y adolescentes "Simoncito. Hijo de Hipólita, pupilo de Matea".

Aunque "su estatura está por encima del promedio que consideraban los esclavistas debía medir una 'pieza'", añadió el que es el director del Instituto de Investigaciones Estratégicas sobre África y su Diáspora.

Los Bolívar descendían de una familia de origen vasco que se había radicado en Venezuela desde finales del siglo XVI.

"Eran reconocidos como una de las cinco familias más ricas de la Capitanía General de Venezuela; en sus haberes tenían propiedades por toda la Provincia de Caracas, por tanto se daban el lujo de enseñar oficios y artes a los esclavizados que iban a asumir tareas domésticas", indica el investigador.

"La excepción de la regla"

Hipólita había sido "esclavizada en el ingenio azucarero de San Mateo", cuenta Jesús Chucho García en el libro "Africanas, esclavizadas, cimarronas, libertarias y guerrilleras".

"La unidad productiva de caña de azúcar era de explotación intensiva", explica, lo cual difería de las que funcionaban en los hatos de ganado o las haciendas de cacao.

"En estas tres unidades productivas la familia Bolívar tenía una especie de red productiva con una gran cantidad de esclavizados y esclavizadas", señala el fundador del Centro de Estudios Afroamericanos Miguel Acosta Saigne de la Universidad Central de Venezuela (UCV).

De allí, muchos se escaparían hacia cumbes, lugares donde se refugiaban los cimarrones.

Y es que "las y los esclavizados eran unos de los mayores bienes de la colonia", evoca García.

"No vamos a romantizar, (decir) que existían unos amos buenos y otros malos, pero si vamos a destacar que la familia Bolívar tuvo un trato diferencial hacia estas dos esclavizadas", indica en relación a Hipólita y otra esclava que también ayudó en el cuidado de Bolívar: Matea.

Ambas "fueron la excepción de la regla".

Para el investigador Tomás Straka, miembro numerario de la Academia Nacional de la Historia y director del Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB), tanto Hipólita como Matea reflejan una realidad histórica:

"Fue una sociedad esclavista, existieron 'esclavos de adentro' o 'de la casa', que casi eran miembros de la familia mantuana, a veces verdaderamente queridos; y un niño de aquel origen tenía ayas a las que solía tributarle un verdadero amor filial", le indica a BBC Mundo.

"Amito blanco"

El rol que desempeñó Hipólita al amamantar a Bolívar no fue excepcional para la época.

"Era uno de los tantos oficios que desempeñaban las esclavas de color en las colonias hispanoamericanas", le indica a BBC Mundo la historiadora María Soledad Hernández, investigadora del Instituto de Investigaciones Históricas de la UCAB.

Las razones por las que les tenían que dar el pecho a los hijos de sus amos eran diversas.

A veces, lo hacían por la muerte de la madre.

"Y era común que surgiese un vínculo afectivo entre la nodriza y el 'amito blanco', término común que los identificaba: amo pequeño y de piel blanca.

"Las nodrizas no los llamaban normalmente por su nombre, y cuando lo hacían siempre le antecedía amito o niño".

Cuando Bolívar tenía tres años, su padre falleció y su madre quedó a cargo de la administración de la respetable fortuna de la familia.

"En vida de su esposo tuvo un cabal conocimiento de los negocios de este, y apenas se encarga de ellos, procede con inteligencia y decisión no solo a conservar los cuantiosos bienes a su cargo, sino que los aumenta y sanea", señala el historiador Rafael Fuentes Carvallo en el Diccionario de Historia de Venezuela.

Pero los problemas de salud la golpearían trágicamente.

"Hipólita no solamente hizo de madre alimentándolo, sino que como fiel y abnegada servidora de la familia se encargó completamente del niño dirigiendo y cuidando sus primeros pasos, enseñándole las primeras palabras, sustituyendo al padre y compensando los mimos que la madre enferma no podía prodigarle".

A los nueve años, Simón Bolívar perdería a su madre, quien tenía 34 años.

"Tendrá que conformarse con el afecto maternal y la constante magnificencia de su esclava nodriza", escribió Paiva.

"Hermano de leche"

De acuerdo con Hernández, como las nodrizas tenían hijos coetáneos a los niños que tenían que amamantar, se daba entre ellos un vínculo conocido como el de los "hermanos de leche".

"Es el caso de Dionisio, hijo de Hipólita, que creció muy cerca de Bolívar".

Aunque hay pocas fuentes que sustenten lo que se afirma sobre él, aclara, se dice que participó en la guerra de independencia como soldado del ejército patriota.

"Llegó a ser sargento y batalló al lado de Simón Bolívar", indica Reinaldo Bolívar, quien al hacer referencia a una carta que Hipólita le mandó al Libertador, habla de otro hijo que ella tuvo.

"Le pide a Simón Bolívar: 'Querido hijo y amo, el favor de enviarme 30 pesos' para pagar la casa donde estaba viviendo porque la iban a sacar y le pedía el favor de hablar con su hermana María Antonia para solventar la situación de sus dos hijos", quienes fueron de su "propiedad".

La libertad

Tanto Reinaldo Bolívar como Paiva mencionan las destrezas de Hipólita como jinete.

El último autor incluso señaló que en una de las batallas por la independencia prestó ayuda, "socorriendo y dando ánimo a los heridos", así como también consolando a las viudas.

En 1821, después de la batalla de Carabobo, Bolívar "le concedió la libertad a los esclavos que le quedaban, entre ellos a Hipólita", indicó De-Sola.

Además de la carta que le escribió a María Antonia, hay otros documentos en los que Bolívar pide que se la proteja "para que tenga una vejez digna", cuenta Hernández.

Por ejemplo, Paiva citó en su texto una carta que el Libertador escribió, en 1825, desde Ecuador, en la que le pidió a su sobrino que le entregara mensualmente "treinta pesos para que se mantenga mientras viva".

En otra misiva, de 1827, el prócer le agradeció a un amigo en Caracas el haber acatado su petición de pagarle una pensión de un año a Hipólita.

"Muchas gracias, mi querido Álamo, por la bondad con que ud. ha atendido la recomendación que le hice a favor de la viejita Hipólita: no esperaba menos de la buena amistad de ud."

Presente

Hernández señala que, en relación a sus últimos años, "algunos autores afirman que vivió en casa de María Antonia y allí murió", en 1835.

Mientras, otros apuntan a que falleció en su propia casa, a donde la iba a visitar la hermana mayor del héroe.

Sus restos reposaban en la catedral de Caracas, en la cripta de la familia Bolívar y, en 2017, ingresaron al Panteón Nacional como parte de una iniciativa impulsada por el gobierno de Hugo Chávez.

De hecho, Reinaldo Bolívar fue uno de los promotores de esa campaña:

"Entre (...) lo mucho que nos dieron los africanos está la libertad: fueron ellos quienes rompieron las cadenas y de seguro —principalmente Hipólita y Matea— sembraron ese espíritu libertario en Simón Bolívar," dijo en 2008, cuando se desempeñaba como vicecanciller para África, según reseñó la agencia Reuters.

Chávez creó la "Misión Negra Hipólita", dirigida a ayudar a las personas en situación de indigencia.

Y en años recientes, el gobierno de Nicolás Maduro también ha resaltado su figura.

"Hipólita Bolívar es la expresión de amor incondicional", escribió el mandatario en 2018.

Un puente

Para el profesor Straka, tanto la "Negra Matea" como la "Negra Hipólita" son dos personajes, dentro del universo simbólico del culto a Bolívar, "cuya función en la memoria venezolana no ha sido completamente estudiada".

"Desde la perspectiva actual, y en particular desde la anglosajona, no dejan de ser problemáticas, tanto por el cognomento de Negra, que entre los venezolanos no tiene necesariamente la misma connotación despectiva que en otras partes, pero que es un indudable ejemplo de racialización, como por lo que representan: la amorosa y muy leal aya esclava, que da la vida por su amo, por su amito", indica.

Como sucedió con Prissy, personaje de "Lo que el viento se llevó", "se trata de retratos de sociedades esclavistas (…) y eso siempre corre el riesgo de convertirse en una matización, o incluso idealización de la esclavitud".

Sin embargo, dentro del culto a Bolívar, ambas acercaron al héroe "a las masas de color, como un hombre que no por inmensamente rico y dueño de esclavitudes dejó de ser muy cercano y generoso con los esclavos. Incluso más o menos uno de ellos".

"Son como un puente entre el dueño de esclavos bueno, el amo cariñoso y generoso, que después los redime con la república (una imagen que la elite de muchas maneras trató de forjarse para sí)".

La postura abolicionista de Bolívar, que había asumido desde 1816, y el hecho de darle la libertad a sus esclavos quedó relegado a lo más emotivo: "su amor por su madre negra", explica el también autor de varios libros.

Surgió la "necesidad de crear un relato histórico que uniera a toda la sociedad, era importante que todas las razas se vieran identificadas en la Historia Patria, como llamamos en el mundo hispano a las historias oficiales del siglo XIX".

Y en esa necesidad, había que encontrar héroes negros "que ocuparan un lugar más o menos subordinado (como en efecto ocuparon en la República), pero que hubieran sido, a su modo, buenos patriotas: el Negro Primero, como militar; y las Negras Matea e Hipólita, de algún modo cumplieron esa función".

"Triple segregación"

En 2010, la profesora Patricia Protzel publicó en la Revista Venezolana de Estudios de la Mujer, el artículo "La madre negra como símbolo patrio: el caso de Hipólita, la nodriza del Libertador".

En el texto la autora señalaba cómo "la estrategia discursiva" sobre Hipólita ha tenido "visos de apología a la madre negra abnegada, madre del padre de la patria, que enfatiza los lazos de consanguinidad, con esa gran familia venezolana a través de la leche y de los afectos prodigados al niño Simón, huérfano de padre y madre".

De hecho, indicaba, se le llegó a asimilar como el "modelo de las heroínas blancas propuesta por el discurso androcéntrico hegemónico, con el único fin de legitimar el proceso de 'blanqueamiento' —y por ende de mayor civilización— de la mujer venezolana".

Pero lo cierto es que esa imagen dista mucho de "la condición social de subordinación e inferioridad de las mujeres negras esclavas o libres", quienes tuvieron que "enfrentar una triple segregación de clase, género y raza".

Al intentar ofrecer "una imagen de la negritud armónica y democrática cónsona con los ideales patrios, se ocultan las profundas desigualdades de la sociedad colonial", que no sólo saqueaba territorios sino que explotaba personas.

Y, como sucedió en muchas colonias, "la apropiación de la leche de las madres negras esclavas", que en muchos casos fueron separadas a la fuerza de sus hijos, fue "una expresión de esa expoliación del sistema" a favor de la clase blanca dominante.

24 de julio 2021

BBC

https://www.bbc.com/mundo/noticias-57892399

 10 min


Jesús Elorza G.

Una vez finalizado los Juegos Olímpicos de Río 2016, la comunidad deportiva de atletas, entrenadores y dirigentes fijaron su mirada en el próximo ciclo olímpico con rumbo a Tokio 2020. La ilusión del momento, les permitía pasar por alto las innumerables dificultades que han rodeado al deporte venezolano en los últimos 22 años: corrupción, instalaciones deterioradas, entrenadores con salarios de hambre, programas operativos sin recursos, violación de la autonomía federativa, suspensión de los juegos deportivos nacionales, traída de “entrenadores” cubanos, abandono de los Centros de Preparación de Alto Rendimiento, progresiva reducción de los programas de Asistencia Social Integral al Atleta y la participación en las elecciones federativas de los altos funcionarios del Ministerio del Deporte y el IND.

Sin embargo, todos los integrantes del sector deportivo mantenían en alto la esperanza que en el camino a Tokio en los próximos cuatro años (2016-2020) pudieran superarse las dificultades. Pero, la realidad fue totalmente lo contrario. El camino a las olimpiadas en Japón fue duro y largo. Quedando en evidencia las incapacidades de las autoridades gubernamentales y olímpicas para superar la caótica crisis del deporte venezolano. Una burocrática lucha por el poder se transformó en el objetivo principal de los representantes ministeriales y olímpicos.

Para el logro de tales propósitos, se impuso el concepto dictatorial según el cual “el fin justifica los medios” quedando atrapado el deporte en una maraña de maniobras y agresiones para doblegar o conseguir apoyos de las federaciones deportivas o en su defecto que los altos funcionarios pasen a ocupar cargos en las directivas o comités ejecutivos de las federaciones. Mientras tanto, el deporte estaba y sigue estando a la deriva.

En ese abandono de la atención a nuestros deportistas se destacan, entre muchos problemas o desaciertos, los siguientes:

- La irresponsabilidad de haber suspendido los Juegos Nacionales, lo que se tradujo en no poder tener de manera sistemática los relevos generacionales necesarios para ir atendiendo los ciclos olímpicos.

- La falta de mantenimiento de las instalaciones deportivas nos ha dejado sin centros de entrenamiento. Por solo citar un ejemplo: no hay pistas de atletismo en buenas condiciones.

- En términos de intercambios deportivos se impuso la política del “Forfeit”. Por razones de incapacidad en no poder resolver problemas de pasajes, pasaportes y viáticos delegaciones deportivas de boxeo, voleibol, atletismo, esgrima y softbol dejaron de asistir a competencias internacionales.

- La nadadora de aguas abiertas Paola Pérez, sufrió una hipotermia en los Juegos Panamericanos 2019 por no contar con un traje de baño adecuado.

- Rubén Limardo campeón olímpico en esgrima, por falta de pago de su beca tuvo que combinar sus entrenamientos en Polonia repartiendo comidas en bicicleta.

- Ahymara Espinoza por no recibir el pago de su beca tuvo que abandonar su sitio de entrenamiento en Eslovenia y regresar a Venezuela. Siguió con sus entrenamientos en un campo de béisbol en San José de Barlovento en el estado Miranda.

- Atletas y entrenadores forman parte de la diáspora.

Al final del camino, llegamos a Tokio 2021 con 43 jóvenes que con todo el sacrificio lograron recorrer el tortuoso camino durante cuatro largos años desasistidos del apoyo necesario de los organismos correspondientes. Creo importante señalar, que el número de atletas en la delegación, representa un retroceso continuado del 50% con respecto a los 86 que nos representaron en Río 2016. O una drástica reducción de 65 atletas (120%) con respecto a los 108 atletas que nos representaron en las Olimpiadas Pekín 2008.

Pero, a los que si se les hizo, el recorrido, un camino de flores, fue a los miembros de la Plana Mayor quienes llegaron a Tokio, sin haber pisado una cancha o haber sudado una camiseta, en su tradicional condición de “alegres viajeros”. La integración de dicha comitiva, se hizo obedeciendo a criterios de retaliación política –electoral. Solo fueron seleccionados todos aquellos que estén, de manera sumisa, a favor de la reelección de Eduardo Álvarez a la presidencia del Comité Olímpico Venezolano dejando por fuera, sin argumento alguno, a los propuestos legalmente como delegados de el Atletismo y los Deportes Acuáticos por el simple hecho de ser opositores.

No debe sorprendernos, que de alcanzar alguna medalla, los integrantes de la Plana Mayor comiencen a celebrar como suyos el triunfo de los sacrificados atletas y comencemos a oír el discurso desgastado y demagógico de “la generación de oro” o la de” somos potencia” y entre brindis con copas de champagne comiencen a preparar sus maletas para los próximos Juegos Olímpicos Paris 2024. Mientras tanto, atletas, entrenadores y dirigentes continúan su tránsito por el duro y largo camino del deporte venezolano.

 3 min


Fernando Mires

Los sismos, los terremotos, los cataclismos y todo ese tipo de movimientos tectónicos que han llevado a opinar a algunos que la tierra no es un planeta habitable, demuestran que el mundo no está terminado, o que su existencia es un permanente hacerse. Frase que, aunque parezca rara tiene ciertas connotaciones políticas. Pues la política es, antes que nada, movimiento. Allí donde la política termina de moverse, desaparece.

Un mundo políticamente congelado es ideal de dictadores, un ideal ptolomeico en contraposición al copernicano que no solo postuló el heliocentrismo sino, además, anticipó la visión relativa a que no solo la tierra se movía sino que la vida es el movimiento (energía) y el movimiento es la vida. No otra es la tesis central de la obra de Galileo “la revolución de las esferas celestes“, a la que si tomamos en serio, vale decir, en un sentido meta-astronómico, o sea filosófico, nos lleva a afirmar que la vida de por sí es revolucionaria en contraposición a la muerte que es contrarrevolucionaria.

Chile: del estallido social a las primarias y desde ahí enfilando hacia las presidenciales

Si quisiéramos demostrar a nivel sudamericano por qué la política solo es política cuando se mueve, no encontraríamos otro ejemplo mejor que el dado por Chile en los últimos dos años.

Quiero afirmar que en Chile ha tenido lugar -no en el sentido marxista-leninista, ni mucho menos chavista o castrista del término, pero sí en el sentido de Galileo Galilei- una revolución política cuyos resultados no son hasta ahora definitivamente visibles. Revolución constitucional, la llamó el ex candidato presidencial Andrés Velasco.

El estallido de octubre del 2019, el destape de capas socio-tectónicas ocultas que abrieron el cráter donde se escondía una profunda desigualdad social, sacó a la calle a multitudes sin conducción ni líderes, sin programas ni partidos, a protestar por razones diversas, pero todas sociales. Masas alegres coreando consignas del pasado y del futuro pero también a vándalos destrozando estatuas y quemando iglesias por doquier.

Ambivalente y heterogénea como toda gran movilización social, prometía la chilena transformarse en un río sin cauce en medio de un cambio climático sin precedentes. Ante esa visión apocalíptica, la clase política, tal vez presintiendo que con el estallido social se les iba la vida, en lugar de construir un dique de contención, como mal hizo Duque frente al estallido colombiano, construyó un canal llamado "cambio constitucional". Así, el movimiento social fue constitucionalizado, institucionalizado y, sobre todo, politizado.

El plebiscito constitucional de octubre de 2019 dio curso libre a una nueva Constitución encargada de situar una marca histórica entre el Chile post- pinochetista y el Chile que viene, a quien nadie se atreve todavía a ponerle un nombre. Las elecciones constituyentes del 15 y 16 de mayo de 2021 revelaron a su vez de forma nítida la nueva base política sobre la cual se sustentaría la nueva Constitución: Crecimiento acelerado de la izquierda emergente, desgaste de la izquierda tradicional, debacle de la derecha centrista y casi desaparición de la ultraderecha, pero sobre todo –y esto cambiaría el juego en los partidos– un crecimiento enorme de los independientes o “sin-partidos”. Las constituyentes fueron potencialmente un acto de rebelión en contra de la clase política establecida, pero sin salirse de los cauces institucionales y constitucionales.

Poco tiempo después, 18 de julio de 2021, tendrían lugar las “primeras primarias” en dos coaliciones: Apruebo Dignidad y Chile Vamos.

Inevitablemente la energía política desatada en los eventos anteriores debía penetrar en la lucha partidista. Evento que portó consigo tres grandes novedades: Primero, la participación electoral fue numerosa. Segundo, los resultados fueron inesperados. Tercero, la geometría política centrista de Chile fue recuperada.

En el bloque llamado Apruebo Dignidad, Boric, con su discurso izquierda-centrista se impuso al comunista Jadué y su discurso clasista. En el bloque de la derecha centrista, Chile Vamos, el centroderechismo más económico de Sichel se impuso al centrismo mas político de Desbordes y del derechismo tradicional de Lavin. En los dos bloques fue mostrado que el codiciado objeto del deseo político yace en el centro y no en las puntas.

En el tercer bloque gravitante, Unidad Constituyente, la disputa entre la tendencia post-bacheletista representada por la socialista Paula Narváez y la figura carismática de la presidente del senado, Yasna Provoste, está por verse. Provoste, siendo democristiana, es la figura política más centrista de todo el país. La única persona en condiciones de ejercer atracciones transversales en los independientes e incluso en los demás partidos. Visto así, hacia las presidenciales, si es que entre el bloque de izquierda-centro y el de centro-izquierda no hay un acuerdo, habrá un choque de trenes entre los contingentes de Boric y los de Provoste. El dilema será si Chile vuelve a su tradicional estructura de “los tres tercios” o se embarca en las peligrosas aguas de un océano bi-polar.

Lo importante es que Chile, siguiendo el principio galileico y no ptolomeico de la política, se mueve rápidamente hacia el centro. Pero a diferencias del sistema solar, donde el centro está pre-establecido, el centro político en Chile será configurado a través de una intensa lucha. Ese centro nunca tendrá un lugar fijo pues es un espacio configurado por desplazamientos, no de cuerpos celestes sino de cuerpos políticos. En un sistema planetario el sol también se mueve. El sol es un centro dinámico, no estático. El centro es el sol de la política.

Desde esa perspectiva lo peor que podría suceder en Chile sería una alianza de todas las izquierdas, la comunista, la frenteamplista y la post-concertacionista. No olvidemos que la inesperada paliza propinada por Boric a Jadué tuvo que ver con el rechazo a un partido dispuesto a reconocer la legitimidad de dictaduras como las de Nicaragua y Cuba. Esa alianza llevaría a disolver la importante separación entre una izquierda democrática y otra que no lo es. Y lo que es peor, crearía en Chile una bi-polaridad que no corresponde con la personalidad política centrista del país.

Toda polaridad tiende al immovilismo, y con ello al deterioro de la vida social y política. Si se forma una “izquierda unida” lo más probable es que la derecha, hoy muy dividida, deberá también unirse. Chile no merece regresar a la política ptolomeica del siglo pasado.

Y Cuba también se mueve

Si trasladamos el principio copernicano a la dinámica política, podremos comprobar que los cuerpos no celestes de la política tienden a resistir el principio de la inercia buscando el movimiento que les da vida. Visto así, la libertad, incluyendo a la libertad política, es el triunfo de la movilidad sobre el principio (mortal) de la inercia. La libertad será siempre libertad de movimiento, no solo físico sino también de ideas. Es por eso que toda toda dictadura busca petrificar a la política convirtiendo a la ciudadanía en simple población demográfica. Pero la vida quiere vivir. No otro es el sentido de la consigna hecha canción por el movimiento San Isidro aparecido en Cuba en noviembre del 2019, Patria y Vida, opuesta a la tétrica Patria o Muerte de los Castro, hoy administrada por ese revolucionario sin revolución llamado Díaz Canel.

Del estallido social cubano ya sabemos lo suficiente como para percibir de que se trata de un colectivo deseo de vida, de un grito desesperado por ser, de una expresión masiva por la libertad. En ese sentido, más que un movimiento político, el que hizo puesta en escena el 11-J fue un movimiento existencial. Sus antecedentes cercanos se encuentran en la rebelión cultural y urbana de los intelectuales y artistas del país. Luego en el grito de San Antonio de los Baños cuyos ecos despertaron muchedumbres en todo el país.

Los intelectuales y artistas viven en las urbes. La rebelión social viene de las entrañas rurales y suburbanas de la Cuba profunda. Ambos confluyeron en un solo río. El movimiento del 11-J puede ser así considerado como una carta de presentación de su propia existencia. Espontáneo, ha sido catalogado por muchos observadores, al observar que el movimiento no posee ningún liderazgo definido. Manipulados por EE UU, fue la respuesta de la nomenclatura. Ni lo uno ni lo otro. Una cosa es que un movimiento no tenga líderes ni partido y otra es que sea espontáneo.

Espontáneo, en el léxico político, significa un estallido anárquico y desorganizado. Pero en Cuba sucedió lo contrario: el solo hecho de que se expandiera tan rápidamente desde los poblados más lejanos hacia las grandes ciudades y que en todos los lugares fueran coreadas las mismas consignas y que sus participantes hubiesen decidido poner término a todas las manifestaciones a la misma hora, habla de un alto grado de sincronía, de intensiva comunicación (digital) interna. Hay pocas dudas: estamos en presencia de –para usar un término de Gramsci- un movimiento orgánico, uno que a diferencia de otros muy locales como el “Maleconazo” de 1994, atraviesa a la nación de punta a cabo. Con ese movimiento, explícito y manifiesto como el que hizo acto de presencia el 11-J, tendrá que convivir, de ahora en adelante, la dictadura de Díaz Canel.

Nadie puede predecir cual será el destino del movimiento del 11-J. La posibilidad de que la represión logre desmembrarlo, debe ser considerada. El aparato policial y militar cubano está hecho para reprimir a su propio pueblo. Pero que eso no suceda, depende también de las formas que asumirá en el movimiento en el futuro. Por el momento lo más importante es preservar su existencia física. A partir de ahí, la tarea será asegurar su existencia política.

Probablemente los miembros del movimiento del 11-J saben muy bien que no basta salir a las calles y gritar “abajo la dictadura” para que el régimen comience a retirarse. Por el momento, lo que más requiere es mantener continuidad. En otra palabras, que el régimen se vea obligado a reconocer al 11-J no solo como un enemigo externo sino como una oposición interna.

Por lo menos el movimiento del 11-J logró que Díaz Canel tuviera que reconocer algunos errores. En sistemas que reclaman para sí el don de la infabilidad, no deja de ser este un hecho importante. Llevar la discusión al seno de la casta dominante será luego uno de los principales objetivos a cumplir. Sin disidencias, sin trizaduras internas, ningún régimen se viene abajo. Eso significa, para el movimiento que recién nace, mantenerse atento a cualquiera posibilidad de comunicación con los personeros del régimen. Nunca cerrar todas las puertas.

No hay que olvidar que más allá de toda diferencia política existe el “factor humano”. En no pocas experiencias históricas hemos visto a miembros de regímenes dictatoriales que terminan por disentir. Nunca faltan los que se dan cuenta de que seguir manteniendo a gobiernos ilegítimos lleva a callejones sin salida. Hay quienes también no quieren pasar a la historia como verdugos de sus pueblos. No hay transiciones sin deserciones. Llámense Gorbachov como en la URSS, de Klerk como en Sudáfrica, Suárez como en España, Krenz como en Alemania comunista, o generales como Mathei en Chile o Jaruzelski en Polonia (Hans Magnus Eszenberger los llama “héroes de las retirada”). Pero para que estos aparezcan tiene que haber condiciones. La principal de ellas es la existencia de un movimiento democrático abierto a la comunicación política.

Las dictaduras no caen como sucede en las películas. El fin de las dictaduras -para decirlo en tono hegeliano– ocurre cuando los opresores entienden que la liberación de los oprimidos conduce a la liberación de los opresores. ¿Darán los cubanos el paso que lleva desde el estallido social a la política formal? Eso no depende solo de ellos. Pero tampoco solo de las fuerzas externas. Dependerá de la conjunción entre una presencia política interna y el apoyo internacional. De no ocurrir esa conjunción, en lugar de producirse la cubanización de Venezuela podría tener lugar una venezuelización de Cuba.

Venezuela y sus fallidos estallidos sociales

Hay estallidos y estallidos. Si nos atuviéramos a las imágenes televisivas, Venezuela también ha vivido a lo largo de los periodos madurista y chavista, diversos estallidos sociales. Pero las imágenes no hablan por sí solas, como suele decirse. No basta que miles y miles salgan a protestar si los objetivos no son traducidos en resultados políticos.

En Venezuela la furia movilizadora vivida durante “la salida” del 2013, así como las movilizaciones del 2017, fueron numéricamente superiores a las de Chile y Cuba, pero sus consecuencias políticas nunca cristalizaron. En otros términos, la tarea de dotar de sentido político a los estallidos no fue cumplida por las dirigencias partidistas. Encauzar, ese es el verbo.

En Chile las movilizaciones fueron encauzadas de modo institucional, constitucional y ahora, electoral. Cuba está en la lista de espera. En Venezuela, las movilizaciones, si tuvieron conducción, fue en torno a un solo objetivo: derrocar a Maduro. O lo que es igual, intentar conseguir mediante el estallido callejero lo que no había sido posible en las urnas. ¿De dónde proviene esta idea? A mi entender, de un falso paradigma.

A través de diferentes periodos, los dirigentes de la oposición venezolana, aún los que piensan en términos derechistas, han adoptado el esquema voluntarista que caracterizó a las llamadas izquierdas revolucionarias de los años sesenta. Por de pronto, todas creen en el arrojo de un líder heroico, llámese María Corina Machado, Leopoldo López, Juan Guaidó, quienes con consignas incendiarias pondrán en movilización a masas irredentas, marchando sin vacilar hasta llegar a Miraflores. Imaginan que bajo el calor de la lucha, como en las películas de Eisenstein, los soldados depondrán las armas para plegarse a la causa de los pueblos. Creencia que explica la enorme irracionalidad de los discursos políticos de los líderes opositores, todos basados en la apología de “la dignidad”, del valor, de la presión nacional e internacional.

Por supuesto, la oposición venezolana ha ido a elecciones, pero estás nunca han sido asumidas como un medio para conquistar espacios y continuar avanzando, sino como simple táctica en el marco de una insurrección permanente. Así, después de la conquista de la Asamblea Nacional en el 2015, a la que intentaron convertir en cuartel general de la insurrección, buscaron la inmediata caída de Maduro mediante un revocatorio que naturalmente el gobierno nunca iba a aceptar Y, lo peor, descuidando las gestas electorales que deberían tener lugar a nivel regional. Así fue como antes de la gran capitulación electoral del 2018, ya habían regalado a Maduro alcaldías y gobernaciones.

Después de las conversaciones de Santo Domingo, donde los opositores fueron a parlamentar con el gobierno sobre elecciones pero sin haber levantado siquiera una candidatura (!!) fue impuesta la tesis de la abstención, llamada por sus panegiristas, “abstención activa”. Así, Maduro sería elegido legalmente presidente, gracias a la oposición venezolana. Cuando Juan Guaidó fuera proclamado presidente no elegido por nadie, la oposición, bajo la conducción aventurera de Leopoldo López, secundado por el oportunismo de otros políticos, fue confirmada en las calles de Caracas, la tesis insurreccional (o fin de la usurpación) .

Como es sabido, Guaidó no dijo absolutamente nada acerca de como conseguir un objetivo tan lejano y ambicioso. Lo supimos recién el 30 de Abril del 2019. La insurrección del pueblo no iba a ser más que la puesta en escena de un miserable golpe de estado.

El desastre a que ha llevado la conducción Guaidó-López llegó a su zenit cuando fue cruzada por la administración de Trump, quien, junto a sus asesores inmediatos, asumió la conducción política de la oposición venezolana, creando una oposición de invernadero, pero internacionalmente protegida y financieramente mantenida.

Si algún valor tiene la trayectoria política de la oposición venezolana es haber mostrado a las oposiciones de otros países lo que justamente no hay que hacer para luchar en contra de un gobierno autoritario, llámese dictadura o no. Una lección que deberá ser tomada en cuenta en países como Nicaragua y Cuba.

Ya habiendo llegado al límite de sus contradicciones, algunos dirigentes de la oposición venezolana están reconsiderando sus posiciones, e intentan, sin mística, sin pasión, como derrotados de antemano, regresar a la vía electoral. Hay quienes piensan que más vale tarde que nunca. Hay otros que recuerdan la frase de Gorbachov: “Quien llega tarde será castigado por la historia”. El problema es que los castigados no serán los dirigentes sino los miembros de un sufrido pueblo aplastado por un gobierno corrupto, violento y militar.

Casi como un ritual, cada cierto tiempo, más para satisfacer a la comunidad internacional, sobre todo a su fracción europea, la oposición dice aceptar simulacros de diálogo, pero siempre poniendo como condición imposible la renuncia de Maduro, o lo que es lo mismo, exigiendo nuevas elecciones presidenciales antes del tiempo constitucionalmente fijado.

De nada ha servido que las voces más cuerdas de la oposición los hubieran alertado. Renunciar a la lucha electoral, se les ha dicho, significaba renunciar a la lucha política, desconectar a todos los partidos de sus bases sociales, encerrase en el vacío de la nada, vivir en el fétido pantano del inmovilismo político.

Si la oposición venezolana quiere ser una oposición de verdad, tendrá que hacerse de nuevo. No hay otra alternativa. No basta decir ahora vamos a las elecciones y después no vamos, para concitar el apoyo de las mayorías. Si algo ha sembrado esa oposición, es desconfianza en su torno

Hacerse de nuevo no significa hacer rodar cabezas, aunque más de alguna debería caer. Significa simplemente reconocer de modo público los errores cometidos, fijar las responsabilidades colectivas y personales en la debacle que los llevó a desperdiciar una enorme mayoría electoral, y levantar un programa democrático a ser cumplido de acuerdo a plazos fijados por la Constitución. Significa, además, convertirse en defensores y no en detractores de la democracia, dando un ejemplo al interior de sus propias organizaciones y partidos. Y no por último, significa aprender que los estallidos sociales no son un fin sino un comienzo de la lucha política.

Lo contrario sería continuar viviendo según la lógica de Ptolomeo, girando alrededor de si mismos, en los laberintos de la propia oscuridad, mientras el mundo continúa moviéndose sin cesar.

Julio 22, 2021

Polis

https://polisfmires.blogspot.com/2021/07/fernando-mires-y-sin-embargo-se...

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Acceso a la Justicia

Legislar, aprobar créditos adicionales y contratos de interés públicos, y controlar al Gobierno. Estas son algunas de las tareas que la Constitución les asigna a los diputados de la Asamblea Nacional (AN). Sin embargo, en días pasados Jorge Rodríguez, presidente del Parlamento, decidió atribuirse las funciones del Ministerio Público (MP) y hasta de la Defensoría del Pueblo acerca de los sucesos de la Cota 905.

El pasado 13 de julio el legislador oficialista aseguró que los sucesos registrados entre el 7 y 9 de julio en el suroeste de Caracas, cuando la banda de «El Koki» realizó ataques contra sedes de distintos organismos policiales y amenazó con asesinar a vecinos de La Vega, fueron planificados por sectores de la oposición, entre los cuales figuraba el diputado de la AN electa en 2015, Freddy Guevara, junto con el Gobierno colombiano. Guevara fue detenido el 12 de julio cuando conducía su auto por la autopista Francisco Fajardo, ahora Gran Cacique Guaicaipuro.

En una rueda de prensa, en la cual usurpó las funciones de investigación del MP, Rodríguez afirmó lo siguiente:

«Las acciones de las bandas criminales están relacionadas con los mercenarios colombianos debido a que sus actuaciones son típicas de éstos, uno de los principales productos de exportación de Colombia (…) El armamento que le fue incautado a los terroristas, a los delincuentes, fue armamento de guerra, provisto por la Casa de Nariño, por el Gobierno colombiano que se alió con estos malandros para empezar a matar gente en los túneles de La Planicie, en la autopista y generar extrema violencia con armamento de guerra».

Seguidamente el parlamentario oficialista mostró unas supuestas capturas de pantalla de conversaciones que Guevara y otros dirigentes del partido opositor Voluntad Popular habrían mantenido en los últimos meses y las cuales, según él, probarían que estaban planificando hechos violentos. Con esta acción no solo usurpó las funciones de los policías y de los fiscales, quienes son los únicos que deberían tener esta información, sino que además violó al menos dos disposiciones del proceso penal.

Por un lado, Rodríguez habría vulnerado la cadena de custodia, la cual según el artículo 187 del Código Orgánico Procesal Penal (COPP) no es otra cosa más que:

«la garantía legal que permite el manejo idóneo de las evidencias digitales, físicas o materiales, con el objeto de evitar su modificación, alteración o contaminación desde el momento de su ubicación en el sitio del suceso o lugar del hallazgo, su trayectoria por las distintas dependencias de investigaciones penales, criminalísticas y forenses, la consignación de los resultados a la autoridad competente, hasta la culminación del proceso».

En segundo término, el presidente de la AN habría infringido el principio de la reserva de las actuaciones de la investigación penal, previsto en el artículo 286 del COPP. Esta norma solo permite que los imputados, sus defensores y la víctima puedan examinar las evidencias, y además establece que los funcionarios públicos que por un motivo u otro las puedan tener en su poder, no las difundan.

¿Independencia de poderes?

Como si lo anterior no fuera suficiente, Jorge Rodríguez le dijo al fiscal general impuesto en 2017 por la cuestionada Asamblea Nacional Constituyente, Tarek William Saab, lo que debía hacer.

«Me imagino que luego de estas imágenes, la Fiscalía General de la República ya debe haber dado órdenes de captura para Gilbert Caro, Hasler Iglesias, Emilio Graterón y Luis Somaza», dijo el diputado tras exhibir los supuestos chats entre los opositores.

Esta afirmación carece de base legal, pues no es el MP el que ordena la detención de alguien, sino que la solicita a un juez, quien es el competente para ello de acuerdo con la Constitución.

Además, a Rodríguez no le bastó actuar como fiscal, sino que también lo hizo como si fuera Defensor del Pueblo al abordar el caso de Freddy Guevara.

«Freddy Guevara no está desaparecido, está preso por planes terroristas y paramilitares en Caracas (…) Freddy Guevara intentó perpetrar hechos en contra de la paz de la República venezolana y la República se defendió», declaró el legislador, saliéndole al paso a las denuncias de que el opositor había sido detenido arbitrariamente y que se había configurado una desaparición forzada de corta duración. Ambas situaciones son violaciones a los derechos humanos, las cuales son asuntos que debe abordar la Defensoría del Pueblo.

Respecto de esta afirmación, cabe hacerse varias preguntas: ¿qué pasó con la presunción de inocencia?, ¿qué tribunal se atreverá a llevarle la contraria a uno de los máximos dirigentes del oficialismo luego de esta «condena»? Aquí aparece de nuevo el llamado «efecto Afiuni», que tan presente está en los tribunales de justicia del país.

Los hechos se encargan de corroborar las violaciones a los derechos humanos cometidas en el caso de Freddy Guevara: fue aprehendido a plena luz del día mientras conducía su vehículo, con lo cual parece complicado que se reúnan los requisitos para considerar que incurrió en un delito flagrante, en especial en los términos expresados por las autoridades, que lo acusan de incurrir en delitos de terrorismo y traición a la patria. El opositor transmitió mediante sus redes sociales el momento de su captura y se le veía tranquilo y no estaba armado.

Por su parte, la familia y los abogados del opositor no fueron notificados de su paradero y este fue presentado a tribunales cincuenta y ocho horas después de su aprehensión; es decir, diez horas más tarde de lo previsto en la ley venezolana.

En un proceso penal solo pueden actuar los órganos competentes

La actuación de Rodríguez también excedió el ámbito de sus atribuciones como presidente de la AN. El artículo 27 del Reglamento de Interior y Debates de la AN (Gaceta Oficial n.º 42.068 de 12 de febrero de 2021) en ningún caso se le atribuye la facultad de dar órdenes o instrucciones al MP ni a ningún otro organismo para capturar presuntos delincuentes, ni mucho menos manejar o hacer públicas las supuestas pruebas de un expediente.

Igualmente socava el artículo 39, numeral 1 del mencionado reglamento, dado que invade las funciones de la Comisión Permanente de Seguridad y Defensa de la Nación, instancia interna de la AN encargada de conocer sobre los asuntos relacionados con la seguridad y la defensa integral del país, así como los asuntos concernientes a la posesión y uso de armas de guerra, aparte de los relacionados a la fabricación, importación, exportación, almacenamiento, tránsito, registro, control, inspección, comercio, posesión y uso de otras armas, municiones y explosivos.

La comisión parlamentaria en cuestión sería la facultada para llevar a cabo una investigación de los hechos, pero sin que esto implique facultad alguna para acusar o hacer públicas o manipular pruebas de un proceso que apenas empieza.

Y a ti venezolano, ¿cómo te afecta?

La actuación de Rodríguez es el mejor ejemplo de que la división de poderes, y la imparcialidad e independencia del sistema de justicia son apenas una mera apariencia, por más que el fiscal Saab pretenda decir lo contrario ante la Fiscalía de la Corte Penal Internacional.

Cuando un ciudadano ve que no se respetan los principios constitucionales más elementales con dirigentes opositores, no puede hacer esperanza alguna que ocurra algo diferente con los ciudadanos de a pie de este país.

22 de julio 2021

https://accesoalajusticia.org/presidente-parlamento-venezolano-ejerce-funciones-de-otros-poderes-publicos-el-caso-de-la-cota-905/

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