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Opinión

Marta de la Vega

Las transiciones más conocidas hacia la democracia en el mundo hispánico son la española, la portuguesa y la chilena. Las tres tienen en común haber pasado en forma pacífica de una dictadura militar a un gobierno civil.

La transformación del sistema político y nuevas reglas de juego fueron la consecuencia de una concertación unitaria de diferentes ópticas políticas y distintas perspectivas ideológicas. Se produjo un esfuerzo deliberado entre dirigentes, grupos de presión, representantes de la sociedad civil, figuras con autoridad moral, con peso académico, con liderazgo social y ciudadanos dispuestos a la lucha cívica para restaurar la democracia.

Movidos en dirección coincidente por un bien superior y un propósito común, más allá de intereses partidistas, se trataba de rescatar el estado de derecho, la independencia de los poderes públicos, las instituciones arrasadas por el personalismo, una democracia constitucional y, sobre todo, la dignidad y la decencia de la gente, pisoteadas por una opresión sanguinaria, humillante, envilecedora, que destruyó mucho. La autocracia en esos países dejó un trágico balance: inútiles y absurdas pérdidas de vidas humanas, sueños rotos, proyectos truncados, diáspora forzada.

La situación venezolana no es la de una dictadura militar pero los militares han sido especialmente beneficiados, particularmente en los rangos superiores, por la militarización del poder. La apariencia de democracia en algunos aspectos formales oculta la realidad de un régimen ilegítimo por su origen y desempeño, cuyo gobierno es, por eso, tiránico. Tenemos un poder bicéfalo. Por un lado, el gobierno interino, constitucional y legítimo, sin instituciones bajo su liderazgo ni poder sobre las fuerzas armadas. Por otro lado, un gobierno usurpador, sin fuerza moral, ni autoridad, con capacidad de reprimir y someter a la población por la extorsión, el miedo y el terrorismo de estado.

El único objetivo de los usurpadores es aferrarse al poder a cualquier precio y lucrarse del patrimonio público. No importa si para lograrlo son cometidos crímenes de lesa humanidad: torturas, ejecuciones extrajudiciales, detenciones arbitrarias, desapariciones forzadas, violencia sexual. No importa que hayan colapsado los hospitales, el sistema educativo, la infraestructura; que la hiperinflación haya destruido el ingreso de las familias y mueran muchos ciudadanos de desatención por falta de medicamentos y equipos médicos, por inanición, por desnutrición o de enfermedades que habían sido erradicadas, como la tuberculosis, el paludismo o la la fiebre amarilla.

Venezuela, en un complejo escenario geopolítico, es peón del ajedrez de regímenes autocráticos, en el que se juegan la guerra híbrida, la manipulación y control cibernéticos, a la vez que poderosos intereses económicos y la expoliación de recursos naturales y estratégicos venezolanos, en especial por parte de Rusia, Irán, China, Turquía y Siria, con Cuba como principal articulador y beneficiario.

El país, dominado por una camarilla militar civil mafiosa que ha usurpado las estructuras del Estado, pervertido las funciones de este y que se halla vinculada al crimen organizado transnacional, está en ruinas. Además de la crisis humanitaria compleja que padece su población, Venezuela sufre la explotación depredadora y salvaje de recursos minerales muy valiosos a favor de consorcios extranjeros, con la complicidad de grupos nacionales vinculados a la cúpula del alto mando.

Sin olvidar la cleptocracia en el sector público, el aparato productivo ha sido reducido o destruido por el despojo a empresarios privados o la intervención estatal desmedida y abusiva en contra de la producción manufacturera y agrícola. Ha florecido una economía ilícita basada en el narcotráfico y el contrabando, que ha desatado una guerra para controlar el territorio nacional entre grupos criminales colombianos, con el ELN, las FARC y sus facciones e Irán y Siria, con radicales islamistas como Hezbollah.

¿Cómo se puede entonces alcanzar una transición y hacia qué? Hay al menos cuatro transiciones, con la política y la económica. No basta nuevo gobierno, sino un cambio de modelo político. Para construir democracia, se requiere que el voto elija: elecciones de todos los poderes, no solo regionales o locales. Si no, la autocracia se consolida. No concentración y control imperativo del Estado sino economía abierta y competitiva. Economía de mercado con equidad, esto es, un Estado social de derecho y justicia, para superar el Estado fallido y criminal. Y, sobre todo, un cambio estructural de mentalidad.

La dinámica social no puede estar orientada hacia el poder exclusivamente. Aprender a hacer las cosas bien, no para salir del paso, es exigir la excelencia con integridad; impulsar a la vez el respeto a la ley y el deseo de superación es afianzar la cultura cívica. En tal sentido, la educación es clave para construir nuevos acuerdos sociales.

Los que nos llevaron hasta aquí, desde la restauración de la democracia después de 1958, no funcionaron para lograr cambios estructurales y cualitativos, ni en el plano económico y político ni en el cultural; deben ser revisados y transformados. Que la transgresión no sea la norma significa ética del respeto y cuidado por el otro, honradez, probidad y aspiración al logro. Que no triunfe el más pícaro, sino el más meritorio, significa edificar confianza y consolidar el tejido social: capital social. Todo lo demás viene por añadidura…

@martadelavegav

 4 min


Red Agroalimentaria de Venezuela

Aspectos resaltantes de la producción agrícola en la región Centro Norte Costera
- Los principales rubros cultivados son maíz, cacao y caña de azúcar ocupando el 57,89% de la región.
- Al menos el 48% de la producción vegetal se lleva a cabo por autofinanciamiento.
- El principal proveedor de semilla son los mismos productores de la región.
- Las casas comerciales figuran como el principal proveedor de agroquímicos y fertilizantes; los precios de estos han aumentado incluso en moneda extranjera (US$).
- Las cosechas en su mayoría son vendidas a un intermediario o feriero.
- La principal limitación para colocar la cosecha, es la escasez de combustible.
- Más del 50% de los productores de la región, no reciben asistencia técnica.
- La producción vegetal respecto al año anterior es considerada menor, siendo el factor falta de combustible, el aspecto de mayor incidencia en esto.
- La problemática que más afecta el transporte en la región es la falta de combustibles.
- El sistema de producción animal predominante en la región es el de aves.
- No se ha realizado la campaña regular de vacunación de aftosa en al menos el 75% de la región.
- En casi la totalidad de la región, hay problemas con el estado y mantenimiento de las maquinarias, fundamentalmente por falta de recursos para su reposición y la falta de repuestos debido a sus altos precios.
- Los servicios tanto de telefonía como de internet se encuentran empeorando, así como también la disponibilidad de combustible (gasoil).
- El pago de mano de obra es cada vez más en moneda extranjera (US$) y se agregan otros componentes como los productos alimenticios para estimular a los trabajadores.

 1 min


Paulina Gamus

Se atribuye a la antipolítica el desprecio y hasta el odio que generan los políticos en general y, con mayor intensidad, algunos en particular. Son innumerables los chistes que ponen a los políticos a nivel del subsuelo. En Italia, por ejemplo, donde después de la Segunda Guerra Mundial los gobiernos cambiaban casi anualmente, había un chiste sobre un diputado al que un admirador saludó, delante de su anciana madre, llamándole justamente diputado. ¡Cállate!, respondió el parlamentario, no me llames diputado delante de mi mamá. Ella cree que yo toco piano en un prostíbulo.

Un meme que recibí la semana pasada por WhatsApp, traía la imagen de un tipo que le decía a una mujer: «Yo soy un político honesto», y ella respondía: «Y yo soy prostituta y soy virgen».

En la Venezuela democrática tardó en aparecer la abominación hacia la clase política. Más allá de lo que cada quien pensara de los líderes que se postulaban a la presidencia, estos lograban —hasta la elección que ganó Carlos Andrés Pérez en 1988— el entusiasmo que genera un redentor, alguien que venía a corregir los entuertos del mandatario anterior y a devolvernos la felicidad extraviada. Saltemos a Caldera II y lleguemos a Hugo Chávez en 1998. Más que por un redentor los electores votaron por un vengador.

En cuanto a los parlamentarios debo reconocer, por retardatario y antidemocrático que parezca, que los mejores fueron los escogidos por los cogollos de los partidos. No es que no se colaran unos cuantos pillos, pero la mayoría era gente calificada. El desbarajuste comenzó cuando se trasladó a las direcciones partidistas regionales la selección de los candidatos, allí empezó el amiguismo y el favor a los financistas.

Algo digno de ser mencionado es la baja autoestima de los parlamentarios de la izquierda. Los venezolanos éramos los congresistas peor pagados de toda América, incluyendo Haití. Cada vez que Acción Democrática y Copei proponían un aumento de la dieta, los del MAS, MIR, PCV y La Causa R protestaban indignados y armaban un escándalo mediático. Pero si el aumento procedía, ellos no vacilaban en cobrarlo.

Tengo por costumbre designar como la fecha en que comenzó la decepción de los venezolanos (especialmente de la clase media, que es la que genera opinión) con sus políticos y con el sistema democrático, el viernes 18 de febrero de 1983, o «viernes negro».

Fue el final abrupto de una fiesta de la que participábamos todos, desde los ricos hasta los asalariados. El Caracazo fue el golpe definitivo a la ilusión democrática. A partir de ese suceso se soltaron los demonios de la antipolítica encabezada por los llamados «notables» y por algunos medios de comunicación. Con el triunfo de Caldera y del «chiripero» en 1993, los parlamentarios adecos y copeyanos comenzamos a ser víctimas de agresiones verbales en nuestro tránsito diario desde el edificio donde estacionábamos nuestros vehículos y funcionaban las comisiones de trabajo, hasta el Palacio Federal Legislativo. Después del triunfo de Chávez las agresiones pasaron de verbales a físicas.

Una nueva clase política saltó a la escena, casi todos desconocidos. El bipartidismo pasó a mejor vida. Aparecieron nuevos rostros opositores que la misma oposición se encargó de ir enterrando uno a uno. Y así llegamos a este año 2021, pandémico y electoral, con un nuevo Consejo Nacional Electoral. Quizá el mejor, o el menos malo, desde que Tibisay Lucena destruyó –con su sola imagen– toda confianza en el valor del voto. Con una dirigencia partidista en parte inhabilitada y, además, enguerrillada. Con acusaciones de colaboracionistas a todos aquellos que se pronuncian por romper –con el voto– este círculo fatídico en el que estamos atrapados. Con exopositores exduros, que se convierten en alacranes para que el régimen les permita competir.

La pregunta es cómo y quiénes pueden convencer a un electorado descreído, escéptico y decepcionado, de la necesidad de votar, aunque sea para rescatar el valor del voto como instrumento de cambio. Que hable la dirigencia hoy dividida, enfrentada y, en algunos casos, muda.

Paulina Gamus es abogada, parlamentaria de la democracia.

Twitter: @Paugamus

 3 min


Américo Martín

En un desastre de antología quedó sumida la hermosa capital de Francia a consecuencia de la llamada Gran Guerra. No es la única capital o gran ciudad que haya sido víctima de una sostenida confrontación bélica o un monstruoso accidente natural. Cada vez que agitan los cimientos de cualquiera de ellas, tras el apocalipsis, podría tal vez mostrar su desdentado rostro de gárgola. Pero he mencionado países y ciudades del viejo continente por tratarse del modelo por excelencia de cultura, civilización y belleza; en esas urbes el efecto debió ser devastador. O serlo, cuando menos, en la perspectiva de Vicente Blasco Ibáñez, novelista valenciano, español, que popularizó, como pocas obras, Los cuatro jinetes del Apocalipsis y es ahora, cuando desde hace muchos años había declinado el interés por esa obra estelar de Blasco, que me ha parecido pertinente evocarla cabalgando él sobre sus cuatro fenómenos cataclísmicos, a saber: hambre, peste, guerra y muerte.

Precisamente, en la crisis polifacética que sacude a buena parte del mundo y especialmente en Venezuela, por la emergencia humanitaria compleja que padece, las variables económicas y sociales resaltan la presencia trepidante de los jinetes del novelista valenciano.

Es inocultable, por ejemplo, la incidencia de la pobreza extrema y sus consecuencias letales y, actualmente, la tenacidad, frecuencia de mutaciones y el peso del coronavirus que accidentalmente se nutre también de la precariedad del sistema de salud venezolano. ¡Allí están los jinetes de Blasco Ibáñez!, que esgrimen el emblema de la muerte e imponen, a los venezolanos y al mundo, la urgencia de la vacunación masiva y la unidad de países y laboratorios con el fin de desterrar cualquier asomo apocalíptico en el horizonte de la capacidad de respuesta del bien. Los laboratorios producen y mejoran la efectividad de la inmunización, lo que intensifica la lucha contra la peste moderna, llamada covid-19.

Se avizora en esos signos positivos que esta pandemia, al igual que las que han golpeado y aterrado durante siglos al género humano, también conocerá un final, quedando el mundo mejor preparado y prevenido para enfrentar tragedias similares.

El quinto factor emplazado para resistir diabólicas agresiones es el más sencillo de describir, aunque resulte siempre más complicado llevarlo a realidades expresas. Me refiero a un cambio en la política nacional que haga de la unidad y la convivencia formas naturales de desarrollar al nunca bien reconocido oficio político. La unidad ajustada a los límites constitucionales. Es fácil observar una propensión al cambio, siempre en el marco consagrado por la ley fundamental.

Los avances que en este sentido se produzcan llevarán casi inexorablemente a una nueva manera de entender la política como ciencia y arte.

Al respecto, en artículos anteriores, he insistido mucho en el respeto que se debe a los constructores políticos, sobre todo los que obran a conciencia sin ánimo de destruir al adversario, descalificarlo o desacreditarlo, lo cual también por fuerza abre los caminos bloqueados de la negociación. Todos los sectores interesados en el diálogo y la negociación en nuestro país, para resolver con éxito, multiplican sus argumentos a favor que han ido dejando de lado aquello que se formule con el ánimo de empeorar relaciones, obstaculizar pasos adelante y, en definitiva, volver a lo que siempre supimos, que un Estado de derecho es también un gobierno de leyes como igualmente se le identifica. Y con la ley y la Constitución los políticos de distintas corrientes no tienen nada que perder y, en cambio, tienen todo por ganar.

Mi fallecido amigo Rodolfo José Cárdenas sostenía que en toda su historia Venezuela no había vivido una era tan plenamente democrática, próspera y libre, como la que va desde el presidente Betancourt en 1958 hasta la del presidente Caldera en 1998. Por cierto, aceptando lo dicho por Cárdenas, durante todos esos años pocos fueron los indulgentes y muchos los que extremaron los medios para zaherir, al contrario.

De allí que cuando Cárdenas se refiere a esa que considera era dorada de la democracia, no supone que el sistema democrático haya tenido serias y gruesas imperfecciones dentro de sus muchos aciertos que, por lo demás, es lo normal en la democracia y lo peligrosamente silenciado en las dictaduras.

Lo más interesante de la época que estamos viviendo es el florecimiento, cada vez más fecundo, de la juventud venezolana y no me refiero solo a la universitaria.

De hecho, el liderazgo ha tenido cambios impresionantes en todas sus esferas y en los partidos democráticos. Es la garantía de que el cuarto jinete mencionado por Blasco Ibáñez será un dirigente bien formado y, en consecuencia, la tragedia probablemente se convertirá en una verdadera y gran obra dramática que irisará el provenir de los venezolanos. Y sepultará en el recuerdo de la gente los oscuros momentos apocalípticos.

Américo Martín es abogado y escritor.

Twitter: @AmericoMartin

 3 min


Fernando Mires

Quien quiera encontrar en el último libro de Anne Applebaum, El ocaso de la democracia, una nueva teoría para entender el aparecimiento de los gobiernos y movimientos antiliberales en distintos países del mundo, puede que no obtenga respuestas muy satisfactorias. No es un libro teórico. Su valor es más bien histórico-político y, por lo mismo, narrativo y descriptivo. Enhorabuena. Más allá de una evaluación teórica de las nuevas apariciones políticas, necesitamos observarlas de cerca.

Applebaum sabe muy bien sobre quienes escribe: personas a las que ha conocido en otras etapas de su vida, digamos, desde antes de la caída del Muro de Berlín, cuando muchos, en ese entonces, unidos en el proyecto de combatir a las tiranías comunistas, formaban un solo bloque. No como ahora, afirma ella, cuando aparece una clara diferencia entre quienes fueron anticomunistas debido a razones democráticas y otros guiados por motivos no muy democráticos, entre ellos los partidarios de nacionalismos extremos que toman forma en gobiernos como los de Rusia, Polonia, Hungría, amén de la enorme cantidad de movimientos y partidos xenofóbicos, homofóbicos, islamofóbicos, todos orientados a cuestionar los valores heredados de la Ilustración europea.

¿Estamos asistiendo a una subversión global en contra de la llamada democracia liberal? ¿Una subversión que llevará al ocaso de las democracias occidentales? Es la inquietante pegunta de Anne Applebaum. La respuesta aún no ha sido dada. Estamos recién –es mi impresión- en los comienzos de una larga lucha entre autocracias y democracias: La gran contradicción política de nuestro tiempo, según Joe Biden. Los resultados son inciertos. Pero es muy probable que de ahí no surgirá un mundo más democrático que el que conocemos.

En otras ocasiones hemos comentado interesantes análisis politológicos como los de Steven Levitsky y Daniel Ziblatt (Cómo mueren las democracias) quienes creyeron encontrar «la causa» de la desdemocratización de las naciones en la debilidad de estados ocupados por gobiernos de tipo populista. O las más bien sociológicos de Yascha Mounk quien en su divulgado libro El pueblo contra la democracia ha llegado a la conclusión de que nos enfrentamos con movimientos radical-democráticos y no antidemocráticos. Probablemente aparecerán más aportes. Algunos ya nos hablan de movimientos posfascistas (Enzo Traverso en su libro Las nuevas caras de la derecha, por ejemplo), otros de derecha extrema, y la mayoría de populismos.

Anne Applebaum no se deja en cambio llevar por razones tipológicas. Al conjunto de movimientos y gobiernos que describe los llama, simplemente, antiliberales.

Desde una visión más modesta, quien escribe estas líneas ha propuesto, por su valor operativo, el concepto de nacional-populismo —vale decir, la combinación entre extremo nacionalismo y movimientos de masas— para entender las amenazas que en diversas latitudes se ciernen sobre las democracias. La discusión continúa abierta. Pero más allá de conceptos y denominaciones, a lo que no podemos renunciar es a la descripción de los hechos.

Hay en verdad muchas razones para poner en discusión la tesis de que el ser humano es democrático por naturaleza, sostiene Applebaum. Es un ser gregario, pero la sociabilidad que de ahí se deduce no tiene por qué ser automáticamente democrática.

Mirando la historia podríamos llegar incluso a la conclusión inversa: la naturaleza humana, depositaria de deseos y miedos, es profundamente antidemocrática. La democracia sería, vista así, una suerte de prótesis colectiva creada para controlar nuestros miedos y pasiones. Ha llegado a ser forma de gobierno y condición ciudadana. Atributos que por lo general no siempre van unidos.

Hay gobiernos que cumplen con los requisitos básicos de una democracia, pero gobiernan sobre una población mayoritariamente no democrática. O a la inversa: hay ciudadanías con aptitudes democráticas gobernadas por tiránicas autocracias. Un gobierno democrático como expresión de una ciudadanía democrática parece ser una excepción y no una regla.

Siguiendo a diversos autores, entre ellos Arendt, Adorno y, sobre todo Stener, Applebaum sostiene que en toda sociedad existen irrupciones antidemocráticas, sobre todo en momentos de crisis política o económica.

En Europa priman hoy las de «derecha». Pero ella misma constata que por lo menos hoy dos derechas. Una derecha nacionalista y autoritaria y una derecha democrática y liberal. Hay también, agregamos, una tercera: una derecha económica.

Ahora, particularidad de autócratas como Orban, Erdogan y Kaczynski, así como del autoritario Donald Trump, es haber unido a la derecha nacionalista con la derecha económica, marginando a la derecha democrática.

Después del comunismo esas tres derechas, separadas entre sí, aparecen a menudo como rivales. Algo parecido a lo que ha sucedido en el campo de las izquierdas, divididas todavía entre una izquierda autocrática y una izquierda democrática.

Frente a esas divisiones, cuando la democracia occidental es acosada desde dentro y desde fuera por fuerzas antidemocráticas, la contradicción entre derecha e izquierda ha sido atravesada de modo transversal por la que se da entre demócratas y antidemócratas. A partir de su nuevo posicionamiento, advierte Applebaum que esa contradicción siempre había existido, pero subsumida en la contradicción aparente de izquierdas y derechas. Ha podido comprobar, por ejemplo, que los principios llamados leninistas (partido de Estado, autocracia, ideología única, antiparlamentarismo) son propios a la izquierda como a la derecha antidemocrática. No extraña, por lo tanto, que quien fuera consejero de Trump, Stephen Bannon, se hubiera designado a sí mismo como «leninista», o que en Hungría y Polonia excomunistas figuren en las filas del nacional-populismo, tildado de ultra derecha.

Hay, según Appelbaum, un «leninismo de derecha». «La nueva derecha –escribe– es más leninista que burkeana». Quiere decir que lo importante para entender a un movimiento, partido o gobierno no son sus autodenominaciones ideológicas.

Que Putin bese crucifijos o que Maduro cite a Lenin constituyen factores secundarios frente a lo que esencialmente ellos son: enemigos del orden democrático.

La predisposición antidemocrática, según Karen Stener, no solo es resultado de la acción de malvados líderes que seducen el corazón democrático de sus inocentes pueblos. Tampoco es el resultado de un concepto llamado populismo que, al ser usado para explicar todo, termina por no explicar nada. Es, por el contrario, una actitud inherente a la condición humana. Esa tesis es subscrita por Appelbaum.

El abandono de la democracia y la adhesión a elites antidemocráticas no son desviaciones de la naturaleza humana sino reacciones masivas frente a un orden social cada vez más complejo.

Los partidos y movimientos antidemocráticos ofrecen soluciones simples a problemas complejos. Los miedos internos que acosan a cada individuo son representados en supuestos enemigos existenciales. Frente al deterioro de la familia tradicional, los antidemócratas imponen identidades sexuales biológicamente definidas. Frente al pavor a ser sobrepasados por las pasiones de cada uno, los antidemócratas ofrecen combatir «inundaciones demográficas» exteriorizadas en islamistas, enemigos históricos de la civilización occidental. La combinación entre identidad religiosa e identidad nacional no tardará en producir efectos malignos. Los emigrantes serán convertidos en enemigos nacionales, religiosos, sexuales y, al ser muy pobres, en enemigos sociales.

A la diversidad cultural y política de cada nación moderna, los antidemócratas impondrán la abolición de la política competitiva, la homogenización de todas las opiniones a través de un partido único convertido no solo en gobierno sino, además, en Estado, propietario de la prensa y de los poderes públicos. Ese es el ideal de gobernantes como Putin, Orban, Erdogan. Ese es también el proyecto de Marine Le Pen y de Santiago Abascal.

Las diversidades desaparecerán de la política y serán relegadas a las esferas del consumo y del mercado, al mundo oscuro de lo privado, alejadas lo más posible de de la luz pública.

No estoy comentando un libro optimista. El ocaso de la democracia no da soluciones ni dibuja perspectivas. La posibilidad de que los ideales democráticos sean sobrepasados ya no pertenece al género de las distopías literarias. En regímenes controlados por partidos como Ley y Justicia de Polonia, el Fidesz de Hungría, el PSUV de Venezuela, esa posibilidad es una realidad objetiva. La lucha entre demócratas y antidemócratas tiende a su vez a la polarización y ella favorece a la victoria de los segundos. Ahí está la trampa. El caso de España, muy bien conocido por Appelbaum, es ejemplar. El auge del nacionalismo posfranquista de Vox surgió como respuesta al «comunismo» de Podemos y a los movimientos secesionistas como el vasco y el catalán. Los extremos crean extremos.

En ordenes nacionales marcados por extremos irreconciliables, la posibilidad democrática será cada día más lejana. De la misma manera, podríamos agregar, la polarización que viven países como Venezuela, entre un gobierno autocrático y una oposición dominada por el extremismo político, trabaja en contra de una pronta democratización del país.

No sería errado pensar, de igual modo, que la extrema polarización política que viven países como Perú, Bolivia, Brasil y El Salvador, será prontamente trasladada a otros países de la región. Es lo que intenta, por ejemplo, Daniel Ortega frente a la creciente oposición democrática de su país: convertir a la oposición en fuerza extremista para aplastarla en nombre del bienestar de la nación. Es lo que hace Putin –mentor y guía de todos los gobiernos antidemocráticos del mundo– con la oposición que apoya a Navalny: empujarla hacia los extremos para después ponerla fuera de la ley.

La tragedia es que ya no hablamos solo de problemas del «tercer mundo», como en el pasado reciente, sino también de naciones que parecían estar vacunadas en contra del virus antidemocrático.

El hecho de que el trumpismo —expresión norteamericana de una contrarrevolución antidemocrática mundial— sea seguido por millones de ciudadanos, incluso más allá de las fronteras de los EE. UU., no solo es inquietante.

Es un llamado a todos los demócratas del mundo a unirse entre sí, a crear diques en defensa, no solo de los valores democráticos sino, sobre todo, de esa forma de vida a la que, a falta de otro nombre, conocemos como «libertad».

Las democracias y las libertades que ellas establecen están amenazadas como lo estuvieron en los años 30 del pasado siglo. Defenderlas será la principal tarea política de nuestro tiempo. Es la deducción que se desprende del importante libro de Anne Applebaum, El ocaso de la democracia, cuyo subtítulo es aún más decidor que el título: La seducción del autoritarismo.

Efectivamente, estamos siendo seducidos. Al fin y al cabo siempre será más difícil pensar que obedecer. La humanidad, a pesar de ser tan antigua, no sale todavía de su infancia.

Twitter: @FernandoMiresOl

 8 min


Ismael Pérez Vigil

Aún no están claras las perspectivas de una negociación y la oposición democrática tampoco ha asumido, de manera definitiva, una decisión política en cuanto a la participación o no en el proceso electoral del 21 de noviembre. Sin embargo, esas dos opciones −llamémoslas así, para no entrar en profundidades− ya están en discusión por parte de la oposición democrática, sin pretender igualarlas en peso e importancia.

Hay sin embargo varios peligros o amenazas de las que debemos cuidarnos. Uno, es que ya la discusión, poco a poco, se ha ido agriando, perdiendo el tono civilizado que tenía los primeros días del año y desde que se hizo evidente que el mantra de los tres puntos −cese a la usurpación, gobierno de transición y elecciones libres− pasó a la historia, como política, no sus objetivos, insisto. En cualquier caso, ya la discusión ha comenzado a adquirir el pesado y oscuro color de la intransigencia e intolerancia, que debemos evitar.

La “crítica opositora a la oposición” es lo que está a flor de piel; y en esa gama de la “crítica opositora a la oposición” nos hemos especializado en poner ilusiones en órbita y creérnoslas. Descartando, como historia, cosas como el referendo revocatorio del 2004, la “deslegitimación” que produciría la abstención en las elecciones de la Asamblea Nacional del 2005, la supuesta “victoria electoral no reclamada” en las elecciones presidenciales de 2013, el frustrado intento de revocatorio en 2016, hemos tenido ilusiones en órbita, simultáneamente o por separado muchas otras cosas. Con algunos ejemplos concretos lo vamos a entender

Tuvimos en órbita la esperanza en la OEA, con Almagro y sus discursos y proclamas, con sus esfuerzos denodados para que la invocación de la carta interamericana concluyera en la intervención externa que algunos anhelan. Luego pusimos en órbita la ilusión de que el gobierno de los EEUU, con Donald Trump al frente y su discurso de “todas las opciones están sobre la mesa” y sus marines en la retaguardia, serían los que vendrían a salvarnos. Cuando eso se fue disipando, apareció simultáneamente la mítica comunidad internacional, con más de 50 países democráticos que nos apoyan, y las esperanzas en países vecinos, como Colombia y Brasil; en el primero pasaron por la presidencia Uribe, Santos y Duque sin mayores cambios efectivos; y el Brasil de Bolsonaro, tampoco tomó iniciativas más allá de la retórica; aunque ambos países están recibiendo solidariamente a nuestros “desplazados”, que no es poca cosa. Tomaron también turno las organizaciones internacionales −como la Unión Europea y hasta la ONU− en nuestras ilusiones orbitales con que invocarían el R2P y constituirían una fuerza internacional de salvamento, cosa que tampoco ocurrió. Aparecieron después grupos ad hoc, creados para apoyarnos −como el Grupo de Lima, hoy casi en extinción− e impecables e implacables informes de grupos internacionales sobre violación de derechos humanos.

Ahora parece que es el turno de la Corte Penal Internacional (CPI), probablemente porque lo facilita la salida de ese personaje infausto de Fatou Bensouda, que a última hora sintió algo de vergüenza (¡?) y anunció “alguna” decisión −no hay nada peor que “alguna” decisión− sobre Venezuela, para el primer semestre de 2021. Me parece loable que experimentados juristas y políticos, así como brillantes y voluntariosos jóvenes abogados insistan ante este tribunal; pero si bien necesitamos su persistencia, debemos pedirles que nos hablen con sinceridad, con información precisa, que eviten crear falsas expectativas, que desembocan en desengaños, frustración y apatía.

Por ejemplo, que aclaren cosas como que hasta ahora la CPI, en el caso de Venezuela, solo ha abierto una investigación preliminar; que este tribunal no enjuicia países, gobiernos ni instituciones, sino personas; que, por lo que se ha visto hasta el momento, no juzga en ausencia −¿o me equivoco? −; que aun pudiendo hacerlo, según algunos juristas, no ha enjuiciado todavía a ningún alto funcionario en ejercicio; y que no ha abierto ningún caso contra ningún funcionario de un gobierno o ex gobierno latinoamericano.

Además, y ojalá me equivoque también, si la misión de la CPI es juzgar a las personas acusadas de cometer crímenes de genocidio, guerra, agresión y lesa humanidad, me van a perdonar −aunque no me salvaré de los insultos− pero va a ser difícil que personajes importantes del gobierno venezolano vayan a ser acusados de alguno de esos crímenes; excepto quizás −y es un quizás un tanto fortuito− por crímenes de lesa humanidad; en todo caso dudo que la CPI, en lo inmediato, vaya a ir más lejos de lo que ya ha dicho informalmente: que algunos de los delitos presentados se pueden tipificar como delitos que pudiera considerar ese Tribunal.

Pero en todo caso, y esto es lo más importante, lo que se debe aclarar de manera muy precisa, aun suponiendo alguna decisión favorable a nosotros o en contra de la dictadura, en la CPI o en cualquier “tribunal” o instancia internacional, la pregunta siempre será la misma: ¿Quién y cómo se va a ejecutar esa decisión?

No pretendo ser pesimista, todo lo contrario, parto de la premisa que se deben abrir ante todas las cortes y tribunales, aun los nacionales, la mayor cantidad de casos posibles por violaciones de derechos humanos o cualquier delito cometido, para que quede el registro jurídico y en la memoria de los venezolanos los crímenes y delitos ocurridos en Venezuela y que eso sirva de alguna satisfacción a las víctimas, mientras se logre una justicia verdadera. Tan solo por eso son importantes los casos que se puedan abrir en la CPI, reiterando, que no se convierta, por falsa información y falsas expectativas, en una nueva frustración.

Ahora que Canadá, los Estados Unidos y la Unión Europea han emitido una declaración conjunta anunciando su disposición a revisar las sanciones sobre el régimen venezolano si hay “avances significativos” en un proceso de “negociación integral”, todos los informes que ya conocemos sobre violación de derechos humanos en Venezuela −de la OEA, de la ONU, de varias oenegés, nacionales e internacionales− un caso ante la CPI, además de un medio para obtener justicia, puede ayudar a ser un mecanismo más de presión internacional.

Sin embargo, nos sigue faltando una tarea que es de todos los venezolanos: la presión interna; pero, su coordinación y articulación es una tarea que corresponde a los partidos políticos y la sociedad civil organizada. Muchos analistas y quienes manejan encuestas, afirman que entre un 85% y un 90% de los venezolanos queremos un cambio de sistema. Los números a mí no me dan esos porcentajes, pero esperando que no se trate de un nuevo mito, hablaremos del tema en un próximo artículo.

https://ismaelperezvigil.wordpress.com/

 5 min


Carlos Raúl Hernández

Conviene conocer las raíces de la simpática ideología poscomunista de Me too (radfem) que rechaza el feminismo de mujeres exitosas reales (realfem). Cuestionan a Obama y Luther King en pro de la violencia de Black panters y Attack y vienen con lo que llama Felix Guatari, “revolución molecular disipada”. Más allá del lenguaje fatuo, buscan romper la cohesión social desde múltiples ángulos, trizarla en sus moléculas, exacerbar diferencias entre los seres humanos y el odio con la elucubración de los micropoderes de Michel Foucault. Desde las religiones, hasta el color de piel o el sexo (al que llaman “género”) son para discordiar. Mujeres vs. hombres, negros vs. blancos y mestizos, jóvenes y mayores, musulmanes y cristianos, en una cadena de victimización, mentiras y errores.

En 1977 aparece en Le Monde y Liberation el pedido de libertad para un grupo de pederastas reos de lascivia con niños, el “caso Versalles”. Aunque te rías, surgió el Frente de Liberación Pedófilo, en jerga revolucionaria de la época. Los redactores estaban inquietos por los procesados “…Corren riesgo de sentencia penal grave…. por los encuentros sexuales con esos menores” (¡jueces abusadores!) Exigían reformar el Código Penal para despenalizar y normalizar tales relaciones entre adultos y niños…cuando fueran consentidas”. Firmaban Sartre, Beauvoir, Althusser, Foucault, Deleuze, Derrida, Gluksmann, Barthes, Robbe-Grillet, padres de la “política de género”, defensores de pederastia, violencia, incesto, bestialismo y hasta necrofilia. Foucault murió de SIDA, luego de dedicarse frenéticamente a contraerlo y esparcirlo en París y San Francisco. A su muerte hallaron en su casa instrumentos de tortura sadomasoquista con residuos de sangre seca.

La dispareja Sartre-Beauvoir, según la biógrafa británica Carole Seymour-Jones, en su libro Una relación peligrosa (2008) hicieron de la pedofilia un sistema de vida, una maquinaria organizada y eficaz. La deslumbrante Simone daba clases en liceos, seducía niñas para hacer tríos con Sartre, pero estallaron los escándalos. La madre de Nathali Sorokine de 13 años denunció, y la despidieron en 1943. Hubo varios otros incidentes, entre ellos los de las niñas Bianca Lamblin y Olga Kosackiewicz. Esta última los obsesionó pasionalmente a ambos, inspiró a Beauvoir La invitada y el ensayo Brigitte Bardot y la emancipación sexual de los menores. Beauvoir es la fundadora del radfem con su obra El segundo sexo y surgen dos ideólogas herederas.

La norteamericana canadiense Sulamith Firestone. Fundadora de los grupos radfem en NY y Chicago, en su libro Dialéctica del sexo, propone “la destrucción de la familia, porque parir es la base de la opresión”, un “acto bárbaro como defecar una calabaza … Pero iremos aún más allá…La libertad de todas las mujeres y niños para hacer cuanto deseen sexualmente…la sociedad podría finalmente regresar a su sexualidad polimorfa natural; todas las formas de sexualidad serían permitidas y consentidas…”. Hace un enérgico elogio del incesto pederasta: “Si el niño escogiera la relación sexual con adultos, incluso con su madre genética, ella no tendría por qué rechazarlo (y debe darle) la cantidad de sexualidad genital de que el niño fuera capaz” (una especie de luna de miel). Esquizofrénica, murió de hambre en NY a los 67 años en 2012.

La norteamericana Kate Millett, paciente bipolar, en su obra Política sexual, desarrolla que “uno de los derechos esenciales de los niños es expresarse sexualmente con cualquiera, incluidos los adultos…La libertad sexual de los niños es parte importante de la revolución”. Habría que preguntarse por qué los más destacados inspiradores metooístas, tienen tal obsesión con los niños y es lamentable que personas normales que no conocen las turbideces de lo que dicen profesar, puedan asumir esas monstruosidades. El australiano Peter Singer es un ensayista influyente y santo misionero de buenas causas. Las ideas de su libro Liberación animal (1975) y varios otros, impactaron el movimiento hippie, el animalismo y el veganismo. Y también da origen a un gap contraproducente a sus fines, el trágico-ridículo, ecoterrorismo, que causó muertes inocentes.

Pero Singer va más lejos. Defiende la idea de aniquilar recién nacidos con síndrome de Down u otros defectos. “…ni un recién nacido ni un pez son personas y no es grave matar uno de ellos como sí lo sería matar una persona”. En 1991 declaró que “no había nada inmoral en sexo con cadáveres”. Singer sacudió al explicar que “sexo con animales no siempre implica crueldad ¿a quién no ha interrumpido el perro que frota vigorosamente su sexo contra la pierna de un visitante? El anfitrión… lo desalienta, pero en la intimidad tal vez no y tengan actividades mutuamente satisfactorias”. Singer dice en el caso de las gallinas que mueren por penetración humana es igual que lo hagan en Kentucky Chicken. Sería útil que los fans de la “cancelación” y tantas atrocidades intelectualmente cómicas, pero de aplicación horrenda, conocieran las ideas que dicen profesar.

@CarlosRaulHer

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