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Opinión

Jesús Seguías

1. Cuando un político anda en una lloradera eterna, pidiendo condiciones perfectas para participar en unas elecciones que debe convocar un gobierno calificado por el mismo como dictatorial, sencillamente no entiende de qué se trata el asunto, o renunció automáticamente al ejercicio de la política, y le aterra confrontar la realidad. Le huye a su propio espejo.

2. Juan Guaidó es el resultado íntegro de unas elecciones imperfectas, y con un tribunal electoral totalmente controlado por el gobierno. Y miren cómo le ha sacado el jugo al cargo. Si logró lo que logró con un simple órgano legislativo, que no maneja poder tangible y que sólo discute leyes, imaginemos a la oposición con 20 gobernaciones y más de 200 alcaldías en sus manos. Estas instancias sí manejan poder tangible, y resuelven problemas concretos a los ciudadanos.

3. Algunos critican a los actuales gobernadores y alcaldes opositores. Dicen que no gobiernan nada porque les quitaron todos los poderes, y que por tanto no vale la pena votar. Pero resulta que Guaidó y la AN electa en 2015 también se quedaron sin poderes en Venezuela, les nombraron sus respectivos “protectores”, sin embargo, nadie ha dicho que no se debió participar en elecciones del 2015. Todos lo consideran una acertada decisión.

4. Afortunadamente, ya nadie habla del “cese a la usurpación”, una aventura política que costó muy caro a los venezolanos, y donde hasta ahora nadie ha dicho: “Soy responsable”. Ahora todos, con Guaidó a la cabeza, hablan de ir a “elecciones confiables”. Por fin entendimos.

5. Los venezolanos deben retomar el control de la agenda política que en mala hora se le entregó a Donald Trump, el único ganador con el show del “cese a la usurpación”. Para cualquier político es un error capital entregar las decisiones estratégicas a gobernantes de otros países. Siempre privarán, en última instancia, los intereses de los demás. Y eso es legítimo. Así es el juego cuando se pierde la soberanía política. Y eso fue lo que ocurrió con el G-4.

6. Chavez y Maduro (al igual que toda Venezuela) han pagado muy caro la sumisión a los cubanos. Y la oposición venezolana quedó muy maltrecha con un mantra inventado en Washington que colocó a la ruta electoral en un lejano tercer lugar.

7. Por eso nunca se le prestó importancia a la designación de un nuevo CNE en los últimos dos años. La prioridad era el “cese a la usurpación”, para lo cual Trump jamás estuvo dispuesto a llegar hasta las últimas consecuencias. Jamás. Los venezolanos fueron engañados como niños por un irresponsable prestidigitador de la política.

8. Por tanto, ahora hay que retomar la autonomía en la agenda política venezolana. Los venezolanos en la primera fila, y los aliados extranjeros atrás, apoyando y facilitando. Jamás al revés. Y habrá que negociar con Nicolás Maduro, pues él es el que está al frente de las fuerzas contrarias (¿o alguien lo duda?).

9. De Maduro habrá que esperar “mínimas concesiones”, no todas. Y viceversa. Maduro no logrará que todas las sanciones internacionales desaparezcan de un sólo trancazo. Ambos aplicarán la consabida práctica: “Cómo vaya viniendo vamos viendo”. Por eso en Washington dicen que el caso venezolano tomará tiempo para resolverse.

10. En esas negociaciones, un nuevo CNE equilibrado y transparente es el primer objetivo a discutir, el fundamental y necesario para que los venezolanos retomen la confianza en el voto. Esto es clave.

11. Si se logra integrar un nuevo CNE equilibrado y transparente, si se logra una observación internacional a todos los procesos electorales hasta el 2024 (sé por qué lo digo), si se encuentra una solución pragmática a la situación de los partidos intervenidos, la oposición debe participar de manera masiva, unitaria, con elecciones primarias donde sea necesario, tarjeta única, y campaña paraguas. La victoria sería total. No hay duda de ello.

12. Pero la mayor victoria no sería electoral sino política. Los opositores habrán abandonado la más reciente zona de confort (que otros le hagan la tarea, soñar con los marines, insultarse mutuamente en grupos de WhatsApp y Twitter), y se dedicarán a retomar el retador ejercicio de la política, de escuchar a los venezolanos, y de reconstruir a las organizaciones políticas (severamente deterioradas hoy día).

13. La historia del poder se reduce siempre al manejo riguroso de realidades, especialmente un claro conocimiento acerca del adversario. Y esa ha sido la mayor debilidad de la oposición venezolana, además del desempeño mesiánico de sus dirigentes. Estos errores han sido la principal fortaleza de su adversario durante más de 20 años.

14. ¿Qué dicen “las realidades”, entonces? Que el único camino que queda es negociar un desenlace electoral a la crisis política, comenzando por las elecciones de alcaldes y gobernadores en 2021, referendo revocatorio en 2022, o presidenciales en 2024. Lo demás es fantasía pura y seguir mintiéndose irresponsablemente a sí mismo y al país.

15. Mientras la solución a la crisis política toma su tiempo, todos los venezolanos (con el gobierno incluido) debemos abocarnos a construir un nuevo pacto social y político para la reconstrucción de la economía de la nación. Eso sí no puede esperar un día más. Es urgente. Y los empresarios privados, con los venezolanos en la primera fila, deben asumir las riendas de la economía venezolana. La “economía socialista” es una quimera. Eso lo saben hasta el hartazgo en Miraflores. Sólo el capitalismo salvará a Venezuela.

@JesusSeguias

 4 min


Emilio Delgado López-Cózar, Ramón A. Feenstra

Es una cuestión de publicar más, más rápido, no para ser mejor sino simplemente para estar y sobrevivir”.

“…Fragmentar una investigación que tenga una unidad global para que pese más en el currículo académico, repetir una y otra vez el mismo tema con muy pequeñas variantes, publicar diez veces lo mismo en diez sitios diferentes…

Estas declaraciones son solo unas de tantas que hemos recogido al preguntar por los efectos que genera la cultura del “publica o perece” (la presión por publicar para tener éxito en la carrera académica) sobre el comportamiento ético de los investigadores en filosofía moral y filosofía en España.

Los investigadores perciben que la presión por obtener resultados –sobre todo de cara a los procesos de acceso, acreditación y promoción de plazas– afecta negativamente a la integridad de su investigación. El motivo es principalmente uno: la necesidad de sobrevivir en un ambiente extremadamente competitivo donde al científico se le juzga casi exclusivamente por lo que publica.

Hasta la fecha han sido numerosos los estudios que, a escala internacional, han recogido –con cifras preocupantes– datos sobre la prevalencia de las malas prácticas en la investigación (Fanelli, 2009; Pupovac y Fanelli, 2015). Los estudios son abundantes sobre todo para disciplinas biomédicas.

Sin embargo, nunca antes se había desarrollado un trabajo abordando esta cuestión para áreas de conocimiento como la filosofía o la ética. Quizás porque se podía pensar que estas disciplinas están en cierta medida inmunizadas por los propios presupuestos y competencias cognitivas de estas especialidades. De ahí, el interés que ha guiado nuestra investigación: ¿Es la investigación en ética y filosofía realizada siempre de forma honesta?? ¿Afecta la cultura del “publica o perece” a estas áreas también, o podemos apreciar tendencias diferenciadas con respecto a otros campos de conocimiento?

Respuestas reveladoras

Los resultados obtenidos de una encuesta a 201 investigadores, un foro de debate con 26 participantes y 14 entrevistas en profundidad no han podido ser más reveladores. Así se muestra recientemente en el artículo “Research Misconduct in the Fields of Ethics and Philosophy: Researchers’ Perceptions in Spain” que hemos publicado en la revista Science and Engineering Ethics.

Es más, la alta y activa implicación de los investigadores participantes, así como su enorme generosidad y sinceridad, ha permitido que afloren cuestiones de calado. Aspectos no sólo relativos a la percepción de la proliferación de conductas indeseables en los quehaceres científicos, sino también acerca de las prácticas de publicación y de evaluación científica imperantes en estas áreas. Todo ello ha sido compartido en un extenso informe titulado “Investigación en Ética y Filosofía en España. Hábitos, prácticas y percepciones sobre comunicación, evaluación y ética de la publicación científica”.

Duplicación, autoplagio y manipulación de citas

Un 91,5% de los investigadores encuestados consideran que las malas prácticas están extendiéndose. Entre estas, es la publicación duplicada (66,5%), el autoplagio (59%), el uso de influencias personales (57,5%) y la manipulación de citas (44%) las que más proliferan. Por su parte, la fabricación o falsificación de datos es la que se percibe como la mala práctica de menor incidencia (10,0%).

El material cualitativo del estudio permite observar también que son muchas las dudas que surgen en los investigadores en torno a las normas de publicación científica. Los propios investigadores se preguntaban sobre la idoneidad o no de “reaprovechar” material publicado previamente, o sobre el significado de autoplagio y publicación duplicada, hasta el punto de que esto nos motivó a desarrollar una Guía de buenas prácticas en la publicación científica.

Los participantes del estudio no dudaron en afirmar que:

las malas prácticas se perciben hoy como algo generalizado en sus campos de conocimiento y

la cultura del “publica o perece” supone una inyección de gasolina al fuego que contribuye a calcinar la integridad de la investigación.

El sistema de evaluación en el punto de mira

En la encuesta, un 90,5% de los participantes asocian las malas prácticas con el sistema de evaluación que se basa en el número de publicaciones y su impacto (medido por recuento de citas) como principal criterio de valoración del rendimiento científico.

Los investigadores se quejan de la presión sofocante. Consideran como un sinsentido el evaluar solo con criterios cuantitativos su currículum. Manifiestan las dificultades de estas áreas por generar material novedoso constante y publicar artículos originales de forma periódica (¡y además de alto impacto!). Crudamente, un investigador dijo:

“Lo confiesan mis compañeros y todo el mundo. Uno no puede estar diciendo algo nuevo cada dos por tres. Si tienes que publicar uno o dos artículos al año, te repites, varías ligeramente…”

Ante esta situación, los investigadores optan por buscar réditos en sus carreras y tratar de sobrevivir. Si para ello hay que emplear algún medio de dudosa moralidad, simplemente se hace. Es por lo que, a decir de uno de nuestros informantes, “el sistema actual de valoración de publicaciones está generando vicios y corrupciones en los jóvenes investigadores que perjudica la calidad del profesorado universitario.”

El filósofo también es un ‘homo academicus’

El filósofo o el investigador de ética es, al fin y al cabo, un homo academicus, empleando el concepto usado por Bourdieu (1988). Es decir, este vive como tal, se nutre del mismo entorno y está sometido a las mismas presiones que el resto de los académicos.

Sus presupuestos cognitivos no actúan como vacuna contra los males que le acechan como científico. Ello nos debe hacer pensar en los efectos de un sistema de evaluación de la investigación que coloniza y transforma todas las áreas de conocimiento; incluso las de filosofía y ética.

25 de febrero 2021

The Conversation

https://theconversation.com/la-cultura-del-publica-o-perece-y-sus-efectos-sobre-la-investigacion-155317?utm_medium=email&utm_campaign=Novedades%20del%20da%2026%20febrero%202021%20en%20The%20Conversation%20-%201874318278&utm_content=Novedades%20del%20da%2026%20febrero%202021%20en%20The%20Conversation%20-%201874318278+CID_a323d360c9352449f286dd0f0674a754&utm_source=campaign_monitor_es&utm_term=La%20cultura%20del%20publica%20o%20perece%20y%20sus%20efectos%20sobre%20la%20investigacin

 4 min


Ismael Pérez Vigil

Voy a hacer un paréntesis en mi acostumbrado comentario político, para tocar un tema −que en el fondo también es político− no menos importante y acuciante: la situación de la empresa venezolana, en particular la industria manufacturera nacional.

La industria nacional es víctima de un depredador, eficiente y despiadado, que no ha tenido compasión para destruirla: el régimen instaurado por Hugo Chávez Frías en 1999, que continua hasta nuestros días. Cuando este régimen se hizo del poder, de acuerdo con las propias cifras oficiales, en el país había 12.700 industrias manufactureras; debido a la política depredadora del régimen −no voy a gastar tiempo en describir lo que bien conocemos y que la Confederación Venezolana de Industriales, CONINDUSTRIA, calificó adecuadamente de “cerco a la industria nacional” −, hoy el plantel industrial se reduce a poco más de 2.500 industrias. Hemos perdido la friolera del 80% de nuestra capacidad industrial y el 20% que queda, trabaja con enormes dificultades, a una fracción de su capacidad instalada. El presidente de Conindustria nos recordaba en días pasados que −sin contar los años anteriores− desde que Nicolás Maduro está en el poder, se han perdido más de 400 mil empleos industriales, que como sabemos siempre fueron los mejor remunerados.

Asentado esto, no me voy a referir más a este depredador, si no a otro igualmente letal.

Seguramente todos, en nuestro papel de consumidores que maximizamos nuestros recursos y preservamos el poder de nuestro ingreso, buscando y adquiriendo los productos que mejor satisfagan nuestras necesidades, al mejor precio posible, nos topamos con estantes y anaqueles repletos de productos importados. No me refiero a los llamados “bodegones”, sino a los estantes y anaqueles de abastos, mercados y supermercados en los que hacemos nuestras compras habituales. Tampoco me refiero, con eso de productos importados, a las especialidades y exquisiteces de algunos países que siempre han estado presentes en el nuestro, sino a cosas como: aceites comunes de España, leche de Francia, pastas de Italia, granos y arroz de Brasil, y un largo etcétera, de productos y países, que no vale la pena enumerar; seguro que todos me entienden de que hablo.

Lo más sorprendente es que esos productos, a veces de calidad igual o superior, están a precios inferiores o iguales que los productos nacionales, cuando estos se consiguen. ¿Cómo es esto posible, si esos productos deben pagar fletes internacionales y otros costos de traslado y acondicionamiento, excepto aranceles aduaneros y otras tasas, de los cuales, como sabemos, el gobierno los ha exonerado?

Desde siempre, pero sobre todo desde finales de los años 80 del pasado siglo, cuando se inició un proceso de apertura económica en el país, nuestra industria se vio sometida a la competencia de productos importados, que no solo gozan de escalas y de tecnologías mucho más avanzadas que les permiten alcanzar mejores precios y condiciones, sino que, en sus países, seguramente no están sometidos a las condiciones restrictivas de comercialización interna a las que están sometidos los productos elaborados en el país, ni sus industrias son perseguidas por el gobierno como lo son las nuestras. No obstante, nuestra industria supo enfrentar, con dificultades, ese reto y logró no solo sobrevivir, sino también exportar sus productos a otros mercados a precios realmente competitivos. Aunque hoy suene a fantasía, es bueno recordar que las exportaciones distintas al petróleo, cacao y el mineral de hierro, llegaron a ser cerca de 6 mil millones de dólares a finales de los años 90 del pasado siglo.

Pero no es por razones tecnológicas o industrias más avanzadas que se explica que encontremos hoy inundados los anaqueles con productos importados a precios más bajos que los nacionales y que incluso estén a precios inferiores a los de su mercado de origen. Este fenómeno, usualmente, se produce por dos causas fundamentales, bien porque una empresa trate de conquistar un mercado externo o por colocar en el mismo el sobrante de su producción y lo comercializa a un precio inferior al que se comercializa en su mercado de origen; o bien porque, gracias a la intervención del Estado, con algún tipo de subsidio, permite que el precio pueda ser rebajado para colocarlo con ventaja en otro mercado. Hoy en día, esta segunda causa es menos común en el mercado internacional, dada la actividad y vigilancia de organismos internacionales, como la Organización Mundial del Comercio, los diferentes acuerdos regionales y las modernas legislaciones de cada país, que protegen sus industrias y mercados de esta práctica depredadora. Aunque técnicamente son dos cosas distintas, el efecto concreto de ambas prácticas es el mismo, que el producto entre con ventaja de precio a otro mercado. Por lo tanto, me atrevo a pensar que en Venezuela estamos en presencia de la devastación que ocasiona un “dumping”.

El "dumping", para decirlo en términos sencillos, es una práctica comercial que consiste en vender un producto por debajo de su precio normal en el mercado de origen, o incluso por debajo de su costo de producción, con el fin inmediato −como dije antes− de conquistar un mercado, eliminando las empresas competidoras y apoderándose finalmente del mismo.

Siempre ha habido una discusión muy intensa acerca de cuál debe ser la actitud frente a esta práctica; algunos sostienen que la prioridad deben ser los consumidores y no cabe duda que en una economía destruida e hiperinflacionaria como la nuestra, “bajar los precios", por la vía que sea es algo que beneficia a los consumidores. Pero tampoco cabe duda que, sin tener una protección a ultranza, que disfrace y ampare la ineficiencia de nuestras industrias, tenemos que buscar fórmulas para protegerlas, proteger sus inversiones y los puestos de trabajo que generan.

No es un problema sencillo, porque, no nos engañemos, ya sabemos que va a ocurrir con estos precios tan o más bajos que los de nuestra industria; si se trata de algo temporal para colocar la sobreproducción de alguna empresa, en poco tiempo, esos productos no los veremos más en los anaqueles; y si se trata de una estrategia para conquistar nuestro mercado, los que no veremos en los anaqueles serán los productos nacionales. Pero, desaparecida la competencia y conquistado el mercado, los productos importados aumentarán de precio e incluso subirán muy por encima del precio relativo con el cual se comercializan actualmente y no solo por efecto de la hiperinflación. En el entretanto, habrán desaparecido unas cuantas industrias nacionales y las inversiones y empleos que ellas generan.

Los mecanismos adecuados de protección, para consumidores y empresas, son: proteger la libre competencia y la economía abierta para que sea esta la que regule el mercado y obligue a bajar los precios para proteger adecuadamente a los consumidores. Es fácil hacer demagogia con acusaciones de abusos y especulación, pero es la libre competencia la que mejor combate los precios especulativos o artificialmente altos y lo que mejor protege el bolsillo de los consumidores. Venezuela cuenta con dos instrumentos legales, vigentes, para protegerse de estas prácticas, que no utiliza desde 1999: la Ley para Promover y Proteger el Ejercicio de la Libre Competencia y la Ley sobre Prácticas Desleales del Comercio Internacional y su Reglamento. Sabemos que es utópico pensar que este régimen las utilizará, no solo porque son leyes de libre mercado, sino porque suponen un proceso, una investigación imparcial, la demostración de daño a la producción nacional y para este régimen es más fácil aplicar controles y represión, que no resuelven nada, que arruinan al país, pero cubren las apariencias.

No me gusta concluir en el aire un tema tan espinoso, pero ni las empresas ni el pueblo consumidor contarán con ningún mecanismo gubernamental para defender sus respectivos intereses y lograr un equilibrio. No queda por el momento sino denunciar la situación, alertar del peligro de destrucción que se cierne sobre lo que queda de nuestra industria y, por lo tanto, dejar el problema en el difícil terreno de la responsabilidad y conciencia individual.

https://ismaelperezvigil.wordpress.com/

 6 min


Américo Martín

La áspera crisis que envuelve ahora casi todo el hacer gubernamental dirigido por Nicolás Maduro, se ha proyectado con fuerza al área internacional sin que podamos determinar si en algún momento la caótica tendencia revertirá. Sospecho que puedan sobrevenir cambios y virajes, por la sencilla razón de que la situación se ha hecho insostenible con mucha tendencia a agravarse. Recordemos que el problema no se limita a lo político o a lo económico, es toda Venezuela la que hoy no muestra hueso sano.

Los efectos de este verdadero drama que viven el régimen y los venezolanos —sin exclusión— está abriendo fisuras en la estructura del poder. Maduro advirtió el gran peligro que se cierne sobre la llamada revolución bolivariana, al intentar dividirla en chavistas y maduristas. El malestar interno se las ha ingeniado para encontrar el corazón de esa peculiar crisis política y Nicolás Maduro sabe que están apuntando en dirección cierta, por eso declara como lo está haciendo.

El otro hombre fuerte del gobierno madurista, Diosdado Cabello, informó acerca de la detención de un capitán activo y comentó que ya no hay espacio para la traición.

Ha crecido con ímpetu inusitado una lucha interna que, como muchas de ellas, tiende a hacerse irreconciliable.

La crisis provocada por la expulsión de la representante de la Unión Europea en Venezuela no puede haber alcanzado extremos de mayor gravedad. La poderosa alianza del viejo continente está en la respuesta que le va a dar y no se descarta, no solo que prosigan las sanciones, sino que sean expulsados funcionarios de Maduro en muchas capitales europeas; además, la extensión solidaria del conflicto mediante la propagación de medidas similares a EE. UU. y Canadá y a la mayoría de los naciones latinoamericanas.

La Unión Europea exigió a Maduro que revirtiera la expulsión —que lo ha aislado más que nunca—, pero la política del régimen parece dictada por enloquecidos heraldos negros como los imaginó el gran poeta César Vallejo:

Serán tal vez los potros de bárbaros atilas;

o los heraldos negros que nos manda la Muerte.

Si esos son los que dirigen la política exterior, la muerte que anuncian los heraldos puede ser el desgraciado desenlace de esta crisis que nadie quiere revertir.

Hay, sin embargo, tres posibles salidas, si es que no son bloqueadas por la intolerancia y el odio oficialista.

La primera, la más sencilla, fácil y fructífera, sería avenirse a la negociación de elecciones libres postuladas por la comunidad internacional, incluida la UE. Lamentablemente, en el oficialismo no hay la valiente decisión de seguir esta senda, que es la única apta para servir a todas las corrientes políticas y levantar como una palanca la gravísima postración de Venezuela.

Temen una confrontación electoral con muchas probabilidades de perderla, pero, al mismo tiempo, evitando la violencia, la venganza y la ley del talión. Nadie quiere —ni en el país ni en la solidaria comunidad internacional— desenlaces de esa índole y quien lo intentara no tendría la menor posibilidad de imponerla a una nación que desea ardientemente la paz, la prosperidad y la democracia, y tampoco a un movimiento mundial que la acompaña en ese noble destino.

La segunda es la agravación al detal del conflicto, el dejar hacer, esperando que el otro se rinda.

La oposición no se va a rendir, entre otras razones, porque la solidaridad mundial se ha multiplicado y el acelerado deterioro del poder está a la vista. Y Miraflores tampoco da muestras en ese sentido. Tiene una percepción equivocada y parece no contar con que las turbulencias internas que lo afectan puedan lograr soluciones racionales.

Y la tercera, la que siempre he rechazado pero nunca descartado, es irse a las manos provocando la intervención reguladora de la comunidad internacional o derivaciones cruentas que pongan la sangre y la violencia en la mesa. Actualmente esta eventualidad no tiene padrinos, nadie la asume, pero podría sobrevenir como consecuencia de las chispas que, según Mao Zedong, incendian la pradera.

Hay demasiado combustible en áreas tensas. El lenguaje agresivo que emana de Miraflores y la proliferación de paramilitares y grupos ligados al narcotráfico son chispas andantes que pueden —ojalá no sea así— provocar rugidos de leones y risas de hienas.

El tercero, pues, el más inesperado y no querido de los desenlaces, desgraciadamente no es descartable.

Hay que redoblar los esfuerzos de paz, aunque por ahora los resultados no sean iridiscentes. Hay que cerrarle el paso a los potros de bárbaros atilas y a los heraldos negros.

Twitter: @AmericoMartin

 3 min


Carlos Raúl Hernández

Marx, Engels et. al inventaron una secuencia en el desarrollo humano, el llamado materialismo histórico. Según eso, la humanidad arranca con la comunidad primitiva, siguen la esclavitud, el feudalismo, el capitalismo, y terminará con el socialismo y el comunismo. Pero resulta que Asia, África y América nunca pasaron por ese chorizo, que por lo tanto no da la talla para teoría de la historia. Marx y los marxistas trataron de ponerle parches.
Hagiógrafos y enmendadores de plana marxistas argumentan que esa sucesión –chorizo es porque así lo llamaba cuando estudié sociología- es solo para Europa occidental, un cuadrito en el inmenso mapamundi. Pero eso tampoco es cierto, porque hubo feudalismo apenas en pocas partes de Europa y por lo tanto el materialismo histórico enturbia la secuencia clásica y mucho más útil, de antigüedad, medievo, modernidad y contemporaneidad, que no pretende profetizar sobre el futuro.
Todavía no terminan de contar la cantidad de muertos y desgracias en el intento de realizar el destino natural, el fin de la historia, el socialismo y el comunismo. Los autores no lograron librarse de la metafísica hegeliana y tratan de “¡ponerla sobre los pies!”. Lejos de representar progreso, donde hubo servilismo y feudalismo, fue un enorme retruécano con respecto a la esclavitud.

Esclavo y “sin derecho”
Mientras en Grecia y Roma antiguas, los amos proveían las necesidades de los esclavos y los fámulos de la casa tenían vidas privilegiadas, los siervos de la gleba en el medievo eran esclavos, pero “sin derecho”. Se compraban y vendían con la tierra, como ganado, trabajaban hasta la muerte para mantener al señor y medio sobrevivir. Estaban obligados a entregarle su mujer la primera noche, para que él se encargara de despejar la vía.
Tenían que morir cuando el señor desataba una guerra. Pero los marxistas y demás radicales rechazaron el lucro, la sociedad abierta y crearon la malévola superstición de que “hay pobres porque los ricos les roban su trabajo” y la llamaron capitalismo o sociedad capitalista, la que se dispara en la revolución industrial y produjo uno de los saltos civilizacionales. más grandes de la historia, la belle epoque.
Pese a la lucha de clases que propone, el Manifiesto Comunista es una oda modernizadora al industrialismo. El autor se burlaba de que la mentalidad romántica sublimaba el amor a la naturaleza de los poetas del sturm und drang, la supuesta pureza de la vida natural, de los labriegos, de los ludistas que rompían las máquinas porque temían la modernidad productiva y la corrupción de la ciudad y el conocimiento (“Dios es un poeta, no un matemático”, dice William Blake).
Un siglo después el novelista polaco Jerzy Kosinsky, describió en El pájaro pintado como la cultura campesina del centro de Europa practicaba la simpática tradición de vaciar las cuencas con una cuchara a los niños que los tenían negros, porque eran los ojos del diablo (la cultura popular tiene amigos a montón) Marx los detestaba y hacía fiesta cada vez que colonizaban algún pueblo “bárbaro”, como cuando Inglaterra tomó India y EEUU destazó a México como un pollo frito.
Marx escribió que la sociedad capitalista había sacado a los labriegos de “la vida reptante del campo”) pero acariciaba una terrible utopía: la dictadura del proletariado en la que “los medios de producción” pasaran al control colectivo. El realizador práctico del sueño revolucionario, Vladimir Ilich, como después Mao, Fidel Castro y el poeta campesino Ho Chi Min, demostraron que no existen dictaduras amorosas, populares, consideradas, educadas, salvo por momentos.


Veo el futuro
Nociones, falsas, dañinas, retorcidas, simplistas, abortos intelectuales del marxismo, destrozaron los países que siguieron la idea de una dictadura del pueblo, una democracia verdadera y tuvieron un destino terrible. Su fuerza estuvo en que la prédica es música agradable a los oídos. Una ideología que sabe a dónde va el mundo, cuál es la avenida que conduce al futuro, y está dispuesta llevarnos colectivamente. Una ideología que odia a quienes producen, se destacan, que glorifica la envidia.
“Que está del lado de los pobres, los débiles, contra clases de parásitos explotadores y políticos ladrones”, representa el bien y gana adeptos incluso hoy después de muerta. Como buena ideología dura, tiene respuestas para todo, es una visión holística del mundo, una religión laica, la nueva moral. Con la ceguera del determinismo, todo ocurre por la indetenible “rueda de la historia”, y es reflejo, superestructura, de las condiciones objetivas “las relaciones de producción”.

Toda libertad humana es aparente y actuamos según un libreto pre escrito: la depauperación capitalista, su desastre económico producirá la revolución, aunque la realidad aplasta a diario esa idea. Hace poco un visigodo magazolano declaraba como marxista, que las sanciones destruirían la economía y derrocarían al gobierno. Pero el gobierno se impuso, lo que revela cuál es la incidencia de la economía en la política. El marxismo es banal.

@CarlosRaulHer

 3 min


Francisco Russo Betancourt

Decía Cicerón, antiguo orador, filósofo y político romano, que no saber lo que sucede antes de nosotros, es como ser incesantemente niños. El pasado 14 de este mes de febrero, se cumplieron nada menos que 85 años de una de las fechas más famosas de Venezuela. Con los sucesos del 14 de febrero de 1936, Venezuela entraba, atrasada, política y socialmente, al siglo veinte, luego de la desaparición física del dictador más longevo que hemos tenido. Fue el nacimiento de las libertades conculcadas brutalmente durante 27 años.

Este suceso, liderado por la Federación de Estudiantes de Venezuela (FEV), hacía presumir, que a sangre y fuego el pueblo comenzaba a vivir el nacimiento de los valores democráticos, negados por los dictadores de turno y los militares que ejercieron el poder luego de la independencia, a través de guerras intestinas y que permitieron graves pérdidas territoriales, exilios, cárceles y muerte, salvo el fugaz ejercicio del doctor Vargas. Pero vale subrayar que constituyó, sin duda, la génesis de un proceso de libertades democráticas que luego viviría el país a saltos, interrumpido por el golpe de 1945, retomado en 1958 y conculcadas desde el año 1999. Ese 14 de febrero culminaba el descontento que se había apoderado del país contra el recién instalado gobierno, heredado del gomecismo, por el general Eleazar López Contreras.

Lo que había comenzado como una manifestación contra el Decreto del Gobernador de Caracas, que ordenaba la censura a la prensa, se convirtió en un gigantesco movimiento que partió desde la Universidad, ubicada a la época en lo que es hoy el Palacio de las Academias, hasta la plaza Bolívar de Caracas. Allí fue baleada sin piedad la multitud, que en número de 50.000 personas manifestaban, en una ciudad que no pasaba de 200.000 habitantes y que revela la inmensa protesta y el deseo de cambio del país. 4 muertos y 136 heridos fue el saldo de aquel día. Algo así, en menor proporción, a la respuestas que recibieron los caraqueños desde Puente Llaguno, cuando pedían pacíficamente la renuncia del teniente coronel-presidente, sólo que en esta manifestación, nunca vista en Venezuela, los muertos fueron muchos, baleados por francotiradores afectos al gobierno, presos los policías que protegían a la población y absueltos los tiradores, en una acción asesina, arbitraria y de claro tinte dictatorial.

Pero no fue en vano ese 14 de febrero, ello permitió que López Contreras comenzara a desprenderse del estilo gomecista de gobernar. Hay que destacar, que antes, el gobierno había suspendido las garantías para así defender la estabilidad del régimen y proteger las propiedades gomecistas que comenzaban a ser quemadas y saqueadas. Tales disturbios iban parejos con la llegada de los exiliados que regresaban al país, el regreso de los presos y la presencia de una prensa que se había acostumbrado a ser un apéndice del gomecismo, pero que ahora comenzaba a interpretar la nueva realidad. De modo que, el Decreto de censura a la prensa, dictado por el gobernador de Caracas, fue la válvula de presión que contenía las angustias populares y los deseos de cambio en la sociedad. El gobierno hizo responsable de todos los disturbios a los líderes estudiantiles y los políticos que recuperaban su libertad o regresaban del exilio. Simplismo puro.

Luego del discurso de Jóvito Villalba, presidente de la FEV, frente a Miraflores, el presidente López decidió conversar con los estudiantes y así se designó una comisión integrada por el rector de la UCV, Francisco Antonio Risquez, además de Jóvito y un grupo de personalidades representativas de gremios, y organizaciones civiles, lo que ocurrió en ese momento en Miraflores. Que se exigía en esa entrevista? Lo resume Villalba, quien fue el líder de aquellos sucesos, en una valiosa entrevista con motivo de los 40 años de la histórica manifestación que cambió el régimen de silencio y de inactividad política que durante medio siglo estuvo sometida la sociedad venezolana.

Nombramiento de un gobierno nuevo, con personas distintas del gomecismo; 2.- Nombramiento de gobernadores de Estado que representaran la nueva realidad, acreditados en la lucha contra la tiranía; 3. – Libertades democráticas, supresión de la censura y plenas garantías para la expresión del pensamiento; 4.- Libertad sindical y 5.- Eliminación de los monopolios y del feudalismo, así como del atraso en la vida política de Venezuela. Siete días después, el presidente López anunciaba lo que se llamó el programa de febrero en el cual se fijaron las directrices para el cambio político, social y económico que se demandaron en aquel suceso, tales como la reafirmación las garantías constitucionales suspendidas, y el respeto al régimen de legalidad, la iniciativa de promover partidos políticos y grupos gremiales, etc.

Ese 14 de febrero constituyó entonces, un hecho fundamental en la historia contemporánea de nuestro país, pues, marcó el nacimiento de otro país, sin estar infectado, en aquel momento, de la ambición ni el personalismo de algún dirigente, ni el deseo de llegar al poder a cualquier costo, como ocurrió posteriormente; el éxito de aquellos sucesos fueron entonces, fruto de la unidad y del naciente movimiento democrático.

Hoy seguimos reclamando la unidad de todos, por encima de personalismos y partidos, para constituir un gobierno nuevo, democrático y sin vinculaciones con quienes hoy humillan al país y se reparten el botín de lo queda de nuestras riquezas explotables; seguimos reclamando libertades democráticas conculcadas a la vera de una conducta judicial infectada de corruptelas desde los más altos funcionarios y de uniformados más antojados de una visión mercantilista y menos interesados en el respeto a la Constitución. La censura que no permite la libre expresión del pensamiento y el atraso en la vida política venezolana es la moneda corriente del socialismo del siglo 21.

Mientras tanto, la unidad que tanto reclamamos parece ser la quimera de estos tiempos. Son 22 años de un gobierno que no es una dictadura, es otra cosa peor, que presume alcanzar en tiempo a la del longevo dictador andino.

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Maracay, 26 de febrero de 2021

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José Antonio Ocampo, Joseph E. Stiglitz, Jayati Ghosh

Estimado Sr. presidente,

El mundo le ha dado la bienvenida a su elección y a su promesa de volver a colocar el compromiso diplomático con la comunidad internacional en el centro de la política exterior de Estados Unidos. Al movilizar a los gobiernos a crear las condiciones para una recuperación económica global equitativa y ambientalmente sustentable, su liderazgo puede fomentar cambios transformadores.

Durante demasiado tiempo, las instituciones internacionales no han sabido lidiar con uno de los aspectos más tóxicos de la globalización: el fraude fiscal y la evasión de las corporaciones multinacionales. Una tributación justa de las multinacionales es necesaria para crear el tipo de sociedades a las que aspiramos, y debe ser una parte central de cualquier sistema fiscal progresista destinado a impulsar el crecimiento económico y crear altos estándares de vida para todos. Poner fin a la evasión impositiva de las empresas también es una de las mejores maneras de hacer frente a la creciente desigualdad de riqueza e ingresos.

Al desviar sus ganancias a paraísos fiscales, las grandes empresas privan a los gobiernos en todo el mundo de por lo menos 240.000 millones de dólares por año en ingresos fiscales. Este déficit afecta no sólo a Estados Unidos, donde alrededor del 50% de las ganancias en el exterior generadas por multinacionales norteamericanas se transfiere a paraísos fiscales cada año, sino también al Sur Global, donde las fuentes de ingresos son más limitadas y donde, en consecuencia, la dependencia de la recaudación impositiva corporativa para financiar los servicios públicos es mayor.

En calidad de miembros de la Comisión Independiente para la Reforma de la Fiscalidad Corporativa Internacional (ICRICT), le solicitamos que cumpla con su promesa de “liderar esfuerzos a nivel internacional para aportar transparencia al sistema financiero global, ir tras los paraísos fiscales ilícitos, recuperar activos robados y hacer que a los líderes que le roban a su pueblo les resulte más difícil ocultarse detrás de compañías ficticias anónimas”. Para lograrlo, su administración debería involucrarse activamente en los esfuerzos en curso destinados a remodelar el sistema tributario internacional para garantizar una fiscalidad justa de las multinacionales, lo que hoy en día se está discutiendo dentro del proceso de la OCDE encomendado por el G20.

Desafortunadamente, estas negociaciones no han ido bien. Los gobiernos de los principales estados miembro (incluyendo la administración norteamericana previa) han negociado bajo la presunción errónea de que la mejor manera de servir su interés nacional es protegiendo a las multinacionales cuyas sedes centrales están al interior de sus fronteras. Las discusiones sobre la reforma de la fiscalidad internacional, por lo tanto, han sacrificado la ambición común a manos del menor denominador común.

Mientras tanto, las multinacionales siguen evadiendo impuestos que podrían ayudar a pagar el gasto público para respaldar la recuperación post-pandemia. El mundo no se puede permitir esto.

El proceso de negociación, de todos modos, ha llegado al acuerdo de que las multinacionales deberían ser consideradas como empresas unitarias. Esto significa que sus ganancias a nivel mundial deberían ser gravadas en línea con sus actividades reales en cada país. Es un concepto familiar en Estados Unidos, donde las ganancias corporativas son asignadas a diferentes estados en base a fórmulas, según los factores clave que generan ganancias: empleo, ventas y activos. Pero la propuesta actual aplica este criterio de asignación sólo a un pequeño porcentaje de las ganancias globales de una empresa –particularmente aquellas de multinacionales altamente digitalizadas, que están radicadas esencialmente en Estados Unidos.

El comercio electrónico creció casi un tercio durante la pandemia y es crucial que no sólo las multinacionales digitales sino las operaciones comerciales digitales de todas las multinacionales paguen lo que les corresponde en materia de impuestos. Por lo tanto, debería adoptarse una reforma ambiciosa e integral que replique el sistema norteamericano a nivel internacional, sin distinción entre empresas digitales y no digitales. Una regla de esta naturaleza ayudaría a establecer un campo de juego más nivelado, reducir distorsiones, limitar las oportunidades para la evasión fiscal y brindar certeza a las multinacionales y a los inversores.

Este sistema debería estar respaldado por un impuesto mínimo global a las multinacionales, poniendo fin a la nociva competencia tributaria entre países y reduciendo el incentivo para que las multinacionales desvíen ganancias a paraísos fiscales. Pero la tasa mínima del 12.5% que se está discutiendo en la OCDE y en otras partes podría convertirse en el techo global, en cuyo caso la iniciativa loable de obligar a las multinacionales a asumir su parte justa de los impuestos terminaría logrando exactamente lo contrario.

Su campaña prometió aumentar el impuesto mínimo en Estados Unidos sobre las ganancias en el exterior de las corporaciones norteamericanas (conocido como “GILTI”) al 21%. Esta medida no sólo tendría el mérito de aumentar los ingresos fiscales de su país; también ofrecería el respaldo político para que los responsables de las políticas en otros países siguieran el ejemplo.

Un impuesto mínimo global ambicioso podría ser un punto de inflexión en la lucha contra la evasión fiscal. Si los países del G20 acordaran imponer un impuesto corporativo mínimo del 25% (como recomienda la ICRICT) sobre el ingreso global de sus empresas multinacionales, más del 90% de las ganancias mundiales automáticamente estaría gravado con el 25% o más. Por supuesto, también es esencial que un impuesto de estas características esté diseñado para asignar potestad tributaria de manera justa entre los países de origen y los países receptores de las empresas.

La secretaria del Tesoro, Janet Yellen, dijo en su audiencia de confirmación que su administración aspiraba a “trabajar activamente con otros países” para “intentar frenar lo que ha sido una carrera destructiva y global hacia el abismo en materia de fiscalidad corporativa”. No existe ninguna evidencia de que la tendencia reciente hacia tasas más bajas del impuesto corporativo haya estimulado una inversión y un crecimiento productivos. El recorte de la tasa en Estados Unidos en 2017 esencialmente terminó financiando pagos de dividendos y recompras de acciones.

La fiscalidad corporativa es, en efecto, un impuesto a las ganancias puras, de manera que reducir la tasa tiene poco efecto en la actividad económica. En otras palabras, los impuestos corporativos son esencialmente una retención a cuenta sobre los dividendos y así un impuesto a las rentas de los ricos, porque las participaciones (directa o indirectamente a través, por ejemplo, de fondos de pensiones) están distribuidas de manera aún más desigual que los ingresos.

Le pedimos que garantice que Estados Unidos una vez más lidere con el poder del ejemplo y coopere con otros países dispuestos a generar una reforma integral que sea equitativa para Estados Unidos y para el resto del mundo. Hasta que no se adopte una reforma equitativa de estas características, las sanciones comerciales contra los países que ya han decidido gravar a las empresas digitales –muchos de ellos, países en desarrollo desesperados por ingresos adicionales- serán contraproducentes.

Volver a involucrarse en el sistema multilateral aceptando a la vez un compromiso internacional débil en materia de tributación de las multinacionales, lejos de restaurarla, erosionará aún más la confianza en el sistema. Está plenamente en nuestro poder construir un mundo post-pandemia que sea más sustentable, cooperativo y justo, donde las multinacionales paguen los impuestos que deberían pagar. Para la ICRICT sería un honor apoyar a su administración para alcanzar este objetivo crucial.

Este comentario también está firmado por Edmund Valpy Fitzgerald, Kim Jacinto-Henares, Eva Joly, Ricardo Martner, Suzanne Matale, Léonce Ndikumana, Irene Ovonji-Odida, Thomas Piketty, Magdalena Sepúlveda Carmona, Wayne Swan y Gabriel Zucman.

Feb 26, 2021

Project Syndicate

https://www.project-syndicate.org/commentary/letter-to-biden-on-internat...

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