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Opinión

Maxim Ross

Antes que todo: Reciban mis lectores mis deseos por un 2021 mucho mejor que este inolvidable 2020. En lo personal, porque no estoy seguro de que podamos superar los grandes problemas nacionales, en especial rescatar la democracia y prosperidad económica sostenibles, temas sobre los cuales ofrezco la siguiente reflexión.

Comienzo por decir que no encuentro en los análisis que leo el “eslabón perdido” entre lo político y lo económico, porque veo separados ambos temas. Algunos promueven el cambio político y otros examinan y recomiendan medidas para el cambio económico, pero afirmo que no existe una mecánica simple de relación entre ambas y ese es el “eslabón” que hay que construir para alterar la ruta económica y política que estamos experimentando.

Por una parte, el cambio político no produjo una prosperidad económica sostenible esparcible para todos. El caso de esta revolución es la mejor prueba con un terremoto político que solo reprodujo ruina y miseria. Por la otra, el cambio económico que se intentó antes no fue acompañado de su versión política.

Frente a la situación actual hay quienes piensan que basta con conseguir un “buen piloto”, para enderezar la ruta pero de eso hemos tenido bastantes en el pasado y nunca se lograron esos objetivos[1]. Se perdieron en el conflicto político y en la miopía del corto plazo. Ahora que estamos ante una franca destrucción generalizada, sin una economía productiva e instituciones válidas para la reconstrucción y con un grave deterioro social que obliga a rescatar a la gran mayoría: ¿Basta un piloto?

Me temo que ese “eslabón perdido” entre economía y política está por definirse y encontrarse, si estamos realmente interesados en conseguir aquellos dos objetivos, pues, por un lado, podemos quedarnos en una recuperación económica endeble y, cuidado si transitoria a conveniencia del gobierno y sin avances democráticos significativos. Entonces, no se trata de cambiar al piloto, sea proveniente del poder actual o de uno nuevo, pues la profundidad de los daños obliga a una “cirugía mayor” que puede no lograrse con un gobierno de “salvación nacional” o con esa propuesta de “dialogo nacional”, de entrada sesgada y limitada políticamente.

Estamos, frente a un cuadro complejo que, por varias razones, no puede resolverse solo en el terreno político. Primero que nada porque ninguno pareciera representar genuinamente a la gran mayoría a juzgar por los recientes eventos electorales y consultivos. Segundo, porque la legitimidad de ambos actores ha sido cuestionada, por unos y por otros y, principalmente por sus propios soportes. Tercero, porque hay que construir ese eslabón entre economía y política.

Creo que este se encuentra en repensar un verdadero consenso entre ambos mundos y ese es el Acuerdo que hay que empezar a edificar, pues solo la coincidencia de un Acuerdo Político y un Acuerdo Económico, ambos en mayúsculas, podría lograr restaurar una democracia plena y una prosperidad sostenible que alcance a todos los venezolanos. Cualquier opción que sacrifique uno de estos dos objetivos, es mezquina y contraria al interés nacional.

¿Por qué abogar por esta alternativa? Primero y principal porque ya el gobierno entendió que sin las fuerzas productivas privadas, nacionales o extranjeras no puede sobrevivir. Ese arreglo es el que está buscando con declaraciones y con su nueva Ley Antibloqueo. Segundo porque hay que entender y aceptar, aun a regañadientes, que sin las fuerzas que lo apoyan, la oposición sola no puede. Tercero, porque un Acuerdo de esta naturaleza si garantizaría un futuro más estable y duradero y! quizás! ¡Quizás! unificar el apoyo de la comunidad internacional, inclusive de quienes se estado de lado y lado. ¿Utópico? Es posible, pero bastante mejor que un futuro inestable y regresivo para todos.

Finalmente: ¿A quién le toca la responsabilidad de construir esta posibilidad? Categóricamente respondo: A las fuerzas vivas de la sociedad venezolana que han sido los más afectados. A los antes expropiados o confiscados, a los marginados profesionalmente por salarios de hambre. A los educadores, maestros y profesores. A los gremios empresariales, a las Universidades abandonadas o condenadas a la desaparición.

Es allí, precisamente, donde se necesita al piloto que pueda conducir el vuelo a un aterrizaje suave y seguro y sepa sobrevolar en estos tiempos de turbulencia y tempestad. Ese “piloto” tiene, entonces dos tareas. La primera, tomar la iniciativa de convocar a la sociedad civil organizada para un encuentro en defensa de sus más vitales intereses. Luego, y, desde allí, intentar el encuentro de todos los venezolanos con una agenda sustantiva que ponga la mira en la prosperidad y en la consolidación de nuestra democracia.

[1] Excluyendo el Pacto de Punto Fijo cuando se lograron consensos mínimos.

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Fernando Mires

No siempre cuando pronunciamos un mismo significante aludimos a un similar significado. Sucede con uno de los más usados: populismo. Por lo general lo aplicamos en tres sentidos. Primero, el menos importante - y, como tal, lo descartamos de inmediato -: como descalificación de un movimiento, partido o persona. Segundo, como sustantivo concreto, vale decir, como una cosa en sí, perfectamente medible, descriptible, explicable. Tercero, como un significante difuso, elusivo y difícil de sustancializar.

Ahora bien, escuchen: aunque aparezca escandaloso, parece que la tercera interpretación es la más exacta. ¿Cómo puede ser más exacta una noción que apela a la difusión, a la elusividad y a la mutabilidad de un hecho? - preguntarán algunos -. Mi respuesta solo puede ser la siguiente: el populismo no es un “objeto-cosa” sino un “objeto-idea” y eso significa, antes que nada, que es un sustantivo abstracto cuya concreción puede ser múltiple, dependiendo del material que utilizamos como objeto de análisis.

Para usar ejemplos, los objetos de análisis privilegiados por los estudiosos del fenómeno populista han sido dos: el populismo latinoamericano, desde el matrimonio Perón y Getulio Vargas en los años cuarenta, hasta llegar a Chávez y Evo Morales en los ochenta, y el emergente populismo –nacional europeo que irrumpe como respuesta a las masivas migraciones, sobre todo a las provenientes de países islámicos. Autores que han analizado estos fenómenos suman cientos. No obstante, haciendo una selección extrema entre quienes han ofrecido “modelos” paradigmáticos, destacan dos: Ernesto Laclau, desde fines del siglo pasado y Yasha Mounk, en nuestros días. Para ambos autores, Laclau y Mounk, el concepto de populismo tiene un carácter libre de valoraciones morales y moralistas. Y esto es importante.

Para Laclau el populismo es un fenómeno que se define por la acción política del pueblo, entendido como un conjunto articulado por intereses diferentes y contradictorios entre sí. De este modo, una estrategia política con vocación de victoria, no puede, según Laclau, prescindir de su participación en un movimiento populista. Fue el caso del movimiento obrero argentino cuando al sumirse en la marea peronista obtuvo conquistas sociales imposibles de lograr si hubiera actuado, no como parte del pueblo, sino solo como “clase” (Hegemonía y estrategia socialista, 1987)

De acuerdo a la neutralidad del concepto aplicada por Laclau, puede haber populismos fascistas, democráticos, religiosos, dependiendo eso de la relación hegemónica que se constituye al interior del movimiento. Por esa misma razón, las demandas e intereses del movimiento forman cadenas de equivalencias que asumen formas difusas pero muy simbólicas de liderazgo y, por lo mismo, desde el punto de vista ideológico, muy incoherentes (La razón populista, 2005). La relación entre representación y representados, o lo que es parecido, entre significante y significado, aparece entonces como una relación necesariamente dislocada, desprovista de toda racionalidad previamente adjudicada.

Mounk (El pueblo contra la democracia), a diferencia de Laclau, sin desconocer las posibilidades de ampliación del término, enfoca su análisis solo sobre un tipo de populismo: el que se da en el periodo de transición entre una sociedad mono-étnica y una multi-étnica, aparecida esta última como consecuencia de uno de los fenómenos históricos que, al parecer, incidirá en la configuración de la historia del siglo XXl: un periodo probablemente largo donde tendrá lugar el fin del concepto tradicional de la nación política. En tal sentido, una de las formaciones hegemónicas de nuestro tiempo derivaría de una fusión muy peligrosa entre nacionalismo y populismo cuyos antecedentes históricos fueron, sin duda, los fascismos del siglo XX.

Sin citar a Laclau, Mounk reconoce que los movimientos populistas pueden portar demandas democráticas, pero - y ahí está el nudo de su argumentación - i-liberales. Sin proponérselo tal vez, concuerda con Laclau en que no todo lo que es liberal es democrático, ni todo lo que es democrático es liberal. La diferencia es que Laclau, siguiendo una tradición latinoamericana – sobredeterminante en sus escritos - toma partido por la democracia directa en contra del liberalismo político (en ese punto sigue a Carl Schmitt) y Mounk, de acuerdo a su tradición europea, levanta como bandera de lucha la defensa de los derechos liberales en contra del “democratismo” pregonado por determinados líderes y organizaciones populistas. En ese punto, Mounk avanzó hacia donde no llegó Laclau.

Mientras Laclau permaneció atrapado en sus análisis del populismo como movimiento, Mounk analiza al populismo como gobierno e, incluso, como forma de Estado. En ese punto llega a una conclusión ya esbozada en su tiempo por Hannah Arendt: las demandas de los movimientos de masas políticamente organizadas suelen terminar con la instalación de dictaduras. O como dijo en el Capítulo 10 de los Orígenes del totalitarismo: “La dominación total no es posible sin movimientos de masa y sin la, por ella misma, aterrorizada masa”. El populismo, visto así, se materializa en el Estado populista cuya dominación tiende a ser total.

Arendt, claro está, no utiliza el concepto de populismo. No obstante su alusión a los movimientos de masas que surgen de la “desintegración de la sociedad de clases” son compatibles con lo que los autores aquí mencionados entienden por populismo. De ahí que, si dejamos de lado el nombre baustismal, podríamos concluir en que Arendt proporciona herramientas para analizar el populismo contemporáneo llevándonos a deducciones diferentes a las que llegaron Laclau y Munk.

Veamos: a diferencias de Laclau y Mounk, que parten de la existencia autónoma del hecho político, Arendt enlaza este hecho con un fenómeno social: la desintegración de la sociedad de clases. Así, las masas (populistas según categorías actuales) aparecen sobre el vacío político que deja detrás de sí la desintegración social. Dicha óptica permite contrarrestar la visión optimista de Laclau quien vio en la inserción de la clase obrera argentina en el marco populista, una expresión consciente de una conciencia de clase. Arendt, en cambio, siguiendo las huellas de los movimientos fascistas y comunistas, advirtió la masificación del movimiento obrero cuando, inserto en un conjunto social amorfo, acusa los síntomas de su contorno, para transformarse en un ingrediente más de la masa y, por lo mismo, “amasable” por un gobierno autoritario o dictatorial.

El destino de las organizaciones obreras bajo gobiernos comunistas y fascistas habla más favor de la tesis de Arendt que de la de Laclau. También en contra de algunas tesis de Mounk, para quien el conflicto fundamental tiene lugar en una esfera ideológica, a saber: la contradicción entre democracia liberal y democracia i-liberal que levantan los populismos modernos.

Arendt habría estado de acuerdo con Mounk en que el pueblo no es democrático por naturaleza y que, para serlo, precisa de instituciones democráticas, principal blanco de todos los populismos, habidos y por haber. Mounk, tal vez sin proponérselo, más cerca de Arendt que de Laclau, enfoca el populismo en sus dos formas: como movimiento y como gobierno. Pero Laclau a su vez, está más cerca de Arendt que de Mounk cuando ve en el populismo la articulación de demandas diversas, a veces disociadas entre sí.

En la práctica, todos los movimientos populistas han sido pluri- temáticos. Incluso los movimientos populistas actuales analizados por Mounk, quien los define como nacionalistas e i-liberales, han ido incorporando nuevas temáticas en el curso de su desarrollo. El mismo Mounk lo constata: en un comienzo antidemocráticos, tales movimientos han llegado a representar un democratismo radical, anti-institucional y anti-liberal (Le Pen-hija en contra de Le Pen-padre en Francia, es un buen ejemplo) dando origen a sub-movimientos que dependen de una sola cabeza. Hoy, por ejemplo, en medio de la pandemia, vemos a militantes organizados manifestando, haciendo alarde de un democratismo extremo, en contra de las medidas restrictivas aplicadas por los diversos gobiernos europeos. En Alemania por ejemplo, mientras un sub- movimiento de AfD llamado Pegida hace manifestaciones en contra de los emigrantes, otro sub-movimiento llamado los Querdenkers (algo así como “pensadores transversales”) agita a favor de una liberación de “la dictadura de los virólogos” encabezada por Angela Merkel.

Según Mounk – a quien deberemos analizar con más intensidad en próximas ocasiones - el populista más completo de nuestro tiempo es, sin duda, Donald Trump.

El trumpismo es pluri-temático y como el antiguo fascismo europeo, roba de todas partes. A los conservadores robó los emblemas de la familia, del orden público, del anti-aborto, del derecho a la defensa armada. A los izquierdistas robó la idea de la “democracia de base”, del anti-establischment, de la lucha en contra de las elites y del estado. A los liberales robó el liberalismo económico, llevándolo a sus extremos más salvajes. E incluso a los anarquistas, robó la idea de la lucha en contra de las instituciones a las que el mismo Trump se ha encargado de desprestigiar durante el periodo post-electoral. Y todo eso articulado con un nacionalismo extremo que convierte en enemigo externo a competidores como China y en enemigo interno a los emigrantes latinos.

El gobierno de Trump ha terminado. El trumpismo como movimiento, no. Si asumimos esa posibilidad, el asalto al Capitolio perpetrado el 6-E por el populacho trumpista, puede que no lleve al fin del carisma del populismo trumpista. Es de temer incluso que sea solo su comienzo. El trumpismo post-Trump podría llegar así a convertirse – precisamente porque ya no es gobierno - en el populismo matriz de nuestra era.

Vivimos tiempos interesantes y, por lo mismo, peligrosos. De eso no cabe duda.

8 de enero 2021

Polis

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TalCual

El Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad (Cedice Libertad), a través del Observatorio del Gasto Público, presentó un estudio correspondiente a diciembre de 2020 respecto a la calidad de vida en Venezuela, orientado al poder adquisitivo en el país y al estado de los servicios básicos.

De acuerdo a la información presentada, se midió la percepción de los venezolanos respecto al suministro de los servicios básicos esenciales, según el criterio de Cedice. Se tomó en consideración el internet, la gasolina, el agua potable y la electricidad, aunque no se conoció el número de encuestados para recabar la data, así como tampoco los estados en los que se participó.

Respecto al servicio de internet en Venezuela, el 76% de los venezolanos ha reportado que registraron intermitencias en el servicio durante diciembre de 2020, mientras que un 23% indicó haber experimentado entre dos y cinco fallas diarias. El 1% restante denunció no tener disponibilidad del servicio desde el pasado marzo de 2020, cuando inició la cuarentena en todo el país.

Sobre la gasolina, un 97% de los ciudadanos que participaron en el estudio refieren haber experimentado largas colas en las estaciones de servicio de las principales ciudades; Un 2% indica tener la percepción de «algo de cola» para repostar combustible mientras que el 1% informa tener pocos inconvenientes para llenar su tanque.

Un 39% de los venezolanos denunció un suministro «irregular y de baja calidad» del agua potable en el país; Otro 39% advierte sufrir de la falta del recurso por más de una semana, mientras que el 21% dice que tiene fallas similares pero que la ausencia del líquido es por 15 días. Solo el 1% dice no tener problemas.

Acerca del suministro eléctrico, el 80% de la población que participó en el estudio señala que han tenido dos o más apagones que se extienden por más de cuatro horas, al tiempo que un 19% acusó registrar en diciembre dos o más apagones de más de una hora.

En estados como Cojedes, Guárico, Aragua, Distrito Capital, Miranda, Monagas y Anzoátegui se reporta un servicio más estable de electricidad, mientras que en entidades como Bolívar, Delta Amacuro, Sucre, Yaracuy, Portuguesa, Mérida y Lara indican tener más fallas en el suministro. Zulia y los estados más al occidente del país son los que sufren por las fallas frecuentes en la luz.

A pesar de esto, los estados donde se han registrado más horas sin luz son Mérida, Zulia, Trujillo, Táchira, Nueva Esparta y Barinas donde denuncian que entre 10 y 17 horas han estado sin el flujo de electricidad. Apure, Bolívar, Delta Amacuro, Falcón, Vargas y Yaracuy tuvieron periodos de nueve horas a oscuras durante el último mes de 2020.

Sobre el agua, los estados más al occidente de Venezuela son los que más se ven perjudicados. Incluso, Barinas, Mérida, Portuguesa, Aragua, Miranda y Sucre tienen más fallas en este servicio público que en Guárico, Trujillo, Delta Amacuro, Bolívar, Apure, entre otros.

Zulia y Miranda lideran la posición de las entidades con más fallas de agua al contabilizar entre 14 y 16 horas sin el suministro.

Poder adquisitivo

Sobre el poder adquisitivo de los venezolanos, Cedice señaló que de mayo a diciembre el consumo promedio de una familia de tres personas varió considerablemente si se hace la medición en bolívares, lo que refleja el acelerado paso de la hiperinflación en el país. Para mediados del quinto mes de 2020, se gastaban unos 56,81 millones de bolívares. Ya para diciembre del mismo año, el gasto pasó a estar cerca de 350 millones.

Si se equipara el mismo gasto pero en dólares, se ve una cierta estabilidad en el consumo promedio de la familia. Esos 56,81 millones de bolívares en marzo eran unos $306,03 y en diciembre llegó a un poco más de $360, donde el tipo de cambio llegó a situarse en Bs 1.031.447,11 por dólar y donde el salario mínimo aún se situaba oficialmente en 800.000 bolívares.

De mayo a diciembre se registró una inflación acumulada de 2.411,26%, siendo igual a la cifra interanual.

El Observatorio Venezolano de Finanzas informó que en diciembre los precios de bienes y servicios aumentaron 21,2%, en promedio. Con este resultado, Venezuela cerró 2020 con una inflación de 3.713%, que si bien es una cifra muy inferior a la de 2018 (1.698.844,2%) y a la de 2019 (7.374,4%), reportadas por la Asamblea Nacional, evidencia que el país no ha salido del ciclo hiperinflacionario en el que se encuentra desde noviembre de 2017.

Este fenómeno de alza acelerado de los precios continuó el año pasado en medio de una pandemia que ha afectado los ingresos de la mayoría de los venezolanos, que dependen en buena medida de remesas que envían familiares en el exterior y/o de los trabajos que hacen en el día a día. También terminó de colapsar los sistemas contables, en los que ya no caben tantos ceros. Es por esta razón que el Observatorio de Finanzas prevé que el gobierno de Maduro prontamente anuncie una nueva reconversión monetaria, que sería la tercera desde 2008.

12 de enero 2021

TalCual

https://talcualdigital.com/estudio-de-cedice-refleja-grandes-fallas-en-s...

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Eddie A. Ramírez S.

Un parapeto es una pared o baranda para evitar caídas. Parapetear es un venezolanismo usado para indicar el arreglo de algo a medias, es decir poco profesional. Una piratería, como dicen los jóvenes. Los dirigentes del Totalitarismo Siglo XXI se caracterizan por parapetear la infraestructura del país y los servicios públicos. Las refinerías de petróleo son parapeteadas y por eso son frecuentes los accidentes que obligan a importar gasolina, mientras que antes la exportábamos. Ante la crisis política que se desencadenó con el no reconocimiento de Maduro por parte de la Unión Europea, la OEA y Japón, el régimen montó el parapeto del 6 de diciembre.

Los rojos pensaron que el mundo democrático aceptaría la designación írrita de unos representantes del régimen como si fuesen diputados de una Asamblea Nacional. Perdieron el tiempo. Los principales países democráticos no se tragaron el cuento. Ese parapeto no aguantó ni una leve brisa.

Como figuras visibles de ese parapeto, Maduro designó a Jorge Rodríguez Gómez como presidente y a Iris Varela y a Didalco Bolívar como vicepresidentes. Ni siquiera disimularon un poco nombrando vicepresidente a un representante de la comparsa que participó en la patraña como “oposición”. Para mayor desprecio a sus “compañeros de ruta”, la primera vez que intentó hablar Luis Romero, del micropartido Avanzada Progresista, lo mandaron a callar.

Jorge Rodríguez es psiquiatra, fue presidente del Consejo Nacional Electoral que realizó los fraudes en varias elecciones, y durante un año fue vicepresidente de la república designado por Chávez. Es hijo de Jorge Rodríguez, activista en la época de la guerrilla castro comunista y supuestamente cómplice en el secuestro en 1976 del estadounidense Niehous, a quien tuvieron más de tres años en cautiverio. En un hecho repudiable, Rodríguez padre fue torturado para sacarle información y como consecuencia falleció. Esta acción bárbara marcó al hijo, quien no puede ocultar su resentimiento, que lo hace incondicional de Chávez -Maduro. Esa horrible experiencia lo debería convertir en defensor de los derechos humanos; sin embargo, avala las violaciones que a diario practica el régimen. Esa es la doble moral de la extrema izquierda.

Iris Varela es abogada. Chávez la llamaba la diputada fosforito. No solo es agresiva, sino grosera en sus intervenciones públicas. Fue designada ministra de Asuntos Penitenciarios, destacándose por su relación amistosa con los pranes que mandan en las cárceles. No resolvió el hacinamiento, mala alimentación, ni los asesinatos que se cometen en las ergástulas. Descaradamente reconoce que ha adiestrado a los presos comunes para defender al régimen.

Ahora, como vicepresidenta del parapeto de Asamblea ha informado que hay que confiscar los bienes y revocar la nacionalidad de los venezolanos que están fuera del país y que los bienes incautados serán asignados a personas que deberán responder por su productividad. Cabe preguntarle si algún chavista-madurista ha respondido por la quiebra de las numerosas empresas incautadas, sin compensación, como Agro Isleña, las empresas de prestación de servicios a Pdvsa, las cementeras, Sidor, agroindustrias del café, caña de azúcar, aceiteras y otras ¿Acaso ahora funciona mejor la compañía de teléfonos y la de electricidad?

El segundo vicepresidente del parapeto es Didalco Bolívar, tránsfugo de los partidos MAS, Podemos y hoy en el Psuv, después de haber pedido asilo en Perú por supuesta persecución política de Chávez. Un caso con cierta similitud con el de Arias Cárdenas y de Lucas Rincón, quienes se le voltearon a Chávez, después le pidieron perdón y regresaron bajo su cobija.

Con este parapeto y con los parapeteadores reseñados, el régimen intenta ganar credibilidad internacional.

Aunque ya es pasado, no podemos eludir referirnos al caso Trump, ya que el mismo lo asumieron algunos venezolanos con gran vehemencia. Trump montó un parapeto para intentar evitar su salida del poder. Menos mal que allá funciona la división de poderes, por lo que el sistema judicial y el Congreso rechazaron su parapeto. Las abundantes banderas de la Confederación, franelas antisemitas y de QAnon evidencian la mentalidad de muchos de los bárbaros que asaltaron el Capitolio, instigados por un ególatra que niega fue derrotado. Por otra parte, consideramos un abuso de Twitter y de Facebook silenciar al ya casi expresidente. La censura es inadmisible. Para cualquier delito existe la justicia en ese país.

Como (había) en botica:

Rechazamos la incautación de equipos de VPI Tv y de Radio Fe y Alegría en Monagas. Otro atropello a la libertad de expresión.

El Observatorio Venezolano de la Violencia denunció que en el 2020 hubo 11.891 muertes violentas, 45,9 por cada cien mil habitantes, de las cuales 4.231 fueron muertes por resistirse a la autoridad, es decir ajusticiamientos extrajudiciales. La semana pasada fueron abatidos 22 supuestos criminales en La Vega.

¡No más prisioneros políticos, ni exiliados!

eddiearamirez@hotmail.com

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Jesús Elorza G.

Con evidentes signos de preocupación llego el jefe del G2 cubano al despacho del camarada Maduro para informarlo de las últimas investigaciones de inteligencia realizadas.

-Óyeme tu, que hay de nuevo, fueron las palabras de Nicolas para recibirlo.

Bueno camarada, estamos siguiendo muy de cerca al Ministro de Educación.

-Que paso? no me digas que el negrito saltó la talanquera....

No, nada de eso. es que últimamente lo hemos notado muy callado y taciturno, conducta atípica en el que se caracteriza por ser un eterno jodedor aun en los momentos difíciles y por eso queríamos notificarlo para que usted camarada este pendiente y pueda ayudarlo.

-Ustedes tranquilos, dijo Nicolas, el esta así desde que los imperialistas lo emboscaron y agredieron cuando fue a mostrar la solidaridad del gobierno con las familias afectadas por la tragedia de Güiria. Los mercenarios contratados por el imperio, lo rodearon y lo sacaron a empujones cuando lo vieron llegar. Le rompieron las “canaimitas” que le había enviado a los familiares para que se distrajeran un poco y regaron los alimentos de las cajas Clap que también llevaba el negrito. Desde ese día, cayó en un mutismo y no quiere hablar con nadie. No quiere entender, que el rechazo no fue del pueblo, sino de los mercenarios contratados por el imperialismo.

¿Y cómo podemos ayudarlo? pregunto el cubano G2.

-Bueno, ya hablé con nuestro loquero Jorge Rodríguez para que lo acostara en el diván y me orientara en las acciones a tomar. Y llegamos a la conclusión de hacerle, al negrito, un acto vergatario de reconocimiento a su papel revolucionario.

Para ello, consideramos, dada su condición de docente, que la mejor fecha sería el próximo 15 de enero "Dia del Educador". Resaltaremos, mediante una nueva versión cinematográfica de la famosa película "Al maestro con cariño", todo el trabajo que ha realizado el camarada Aristóbulo en el área educativa para fortalecer la revolución socialista del Siglo XXI.

-Será recordado como el nuevo Sidney Poitier; asere esta de pinga, dijo el cubano.

Esa película la vamos a pasar ese día, simultáneamente en todas las escuelas, liceos, universidades y salas de cine del país, resaltando que:

.....Aristóbulo ha sido un factor clave en la utilización de la educación como mecanismo de cohesión ideológica en torno al nuestro proyecto político orientado hacia el socialismo del siglo XXI. Trabajo que ha sido altamente fructífero en el control político de docentes, la ideologización de estudiantes, la puesta en práctica de diseños curriculares dirigidos al fortalecimiento del Pensamiento Único, el cerco presupuestario para doblegar a la universidad contrarrevolucionaria y dejar como centro de formación de profesionales a nuestra gloriosa Universidad Bolivariana, así como la creación de misiones educativas que han servido para captar adeptos a favor de nuestro gobierno revolucionario.

.....En materia gremial, su trabajo ha sido insuperable. Nos quitó de encima el lastre sindical de estar discutiendo Contrataciones Colectivas, reduciendo los movimientos salariales de los educadores a los Bonos que otorgamos y silenció las voces de protesta con el impulso creativo de Federaciones y Sindicatos paralelos, con dirigentes identificados con la revolución. Hay que destacar, una expresión significativa de Aristóbulo en esta materia: “Los educadores que no estén conforme con los bonos, mejor que se vayan del país a dar clase en otro lado" o aquella que dijo "les suspendí el pago de los aguinaldos por los llamados a huelga y se los voy a pagar cuando me de la gana....la revolución se respeta" En materia de Seguridad Social centralizo bajo su mando el HCM de los educadores generando así grandes recursos económicos para la revolución.

....En materia deportiva, creó el viceministerio del sector para generar una política revolucionaria que hiciese posible el control de las Federaciones y el Comité Olímpico alcanzando su máximo nivel al ser nombrado Presidente del Comité Organizador de la Copa América de Futbol en el 2007. Especial reconocimiento en este punto, merece el hecho de que hoy está sometido a juicio el Presidente de la FVF de ese momento y al negrito no lo han tocado "por ahora".

El afiche que servirá de promoción a la película" Al Maestro con Cariño Revolucionario" contendrá la figura de Aristóbulo con el uniforme de miliciano, para dejar en claro que no solo se parece a Sidney Poitier sino también a Rambo, a la hora de enfrentar a los invasores imperialistas.

-Excelente camarada Nicolas, mejor ayuda al amigo imposible, exclamo al final el jefe del G2. Solo me permito hacerle una sugerencia: que el arreglo musical del filme sea el de Un Solo Pueblo " Quien ha visto negro como Yo / con tremendo yate como Yo.

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Alberto Barrera Tyszka

Esta es la imagen: en un cuidado y elegante jardín, sentados a sana distancia, están Nicolás Maduro e Ignacio Ramonet. El gobernante venezolano viste de traje y corbata, y es ostensible que no está pasando hambre. El periodista francoespañol viste de manera más informal pero con mucha elegancia. Es evidente que se tiñe el cabello y el bigote. Ambos se agradecen y celebran mutuamente la tradición de estar juntos. Todo parece una puesta en escena para un comercial esperanzador: 1 de enero de 2021. ¿Qué le ofrece Nicolás Maduro a Venezuela este año?

En rigor, no es una entrevista. Ramonet no pregunta: acaricia. Sus interrogantes están diseñadas para que Maduro se autoelogie. Es un espectáculo inocuo, predecible. Maduro habla bien de sí mismo y Ramonet asiente. Maduro se repite y Ramonet sonríe. Maduro no dice nada y Ramonet casi aplaude. El gobernante, señalado por la Corte Penal Internacional de cometer crímenes de lesa humanidad, habla de la fortaleza de la “unión cívico-militar-policial” y dice que aspira a “la reconciliación de los venezolanos”. El periodista vuelve a asentir, sonríe de nuevo. Parece que, aun antes de que Maduro hable, Ramonet ya está de acuerdo. Más que una conversación, mantienen una complicidad.

Detrás de esta simple simulación, sin embargo, hay una historia difícil y trágica. Durante los últimos cinco años, con una gran violencia del Estado, se han ido agotando los posibles escenarios de salida de la crisis. Con la instalación de la nueva Asamblea Nacional (AN), realizada esta semana, se cierra un ciclo. El parlamento electo de manera democrática en diciembre de 2015 era el último espacio legítimo e independiente, el único ámbito institucional para el ejercicio de la democracia. Al ser invadido y tomado por el chavismo, después de unas elecciones llenas de irregularidades, en las que no participó la oposición ni el 80 por ciento del electorado y que no fueron reconocidas por buena parte de la comunidad internacional, las posibilidades de un cambio en Venezuela son todavía más complicadas.

Para la mayoría de los venezolanos, golpeados duramente por la crisis, el futuro es ahora más incierto y más pobre: se acabaron las alternativas.

El chavismo insiste, inútilmente, en tratar imponer su simulacro. No renuncia a su proyecto totalitario, pero, encima, pretende maquillarlo, venderlo como si fuera una democracia ejemplar. Su cinismo ya no es indignante sino patético. Cuando el canciller Jorge Arreaza condena “la polarización política y el espiral de violencia” en Estados Unidos, ya no resulta irritante sino ridículo, rebaja la diplomacia al nivel del absurdo.

Cuando Jorge Rodríguez, como presidente de la nueva AN, celebra la diversidad y promete impulsar un proceso de diálogo nacional no logra ya ni siquiera molestar a sus adversarios más radicales. Su sarcasmo es un monólogo tedioso que no le interesa nadie. Destruir la política también tiene consecuencias para el propio chavismo: su simulacro es ahora más frágil. Queda todavía más desnudo.

El liderazgo opositor ha cometido errores pero —hay que repetirlo— estos errores no hacen que el chavismo sea más democrático. Durante estas dos décadas y más allá de sus adversarios y de las coyunturas —incluidas las sanciones económicas—, el chavismo ha ido construyendo su escalada autoritaria. En el congreso del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) de 2009, Chávez abiertamente trazaba líneas para el desmontaje del capitalismo y la eliminación del “Estado burgués”. En ese proceso han terminado destruyendo casi todo. Han saqueado las riquezas nacionales y arrasado con el aparato productivo. La economía está dolarizada y el país está en quiebra. La corrupción es un trámite cotidiano, parte de la cultura de la supervivencia. La nación está sometida por una difícil mezcla de poderes donde conviven la fuerza militar y el crimen organizado. La oposición política ha sido aniquilada. El chavismo sigue avanzando hacia su verdadera utopía: el control absoluto, el fin de la democracia, un país sin política.

En ese camino, el próximo paso ya está en marcha: eliminar o controlar a los medios de comunicación y organizaciones sociales independientes que trabajan en el país. Esta semana, el chavismo ha incrementado desde distintos flancos la descalificación y ataques a oenegés y medios digitales que apoyan procesos de base, desarrollan reportajes de investigación, realizan denuncias y ofrecen una versión distinta de lo que ocurre, una versión del país que no aparece en las entrevistas de Nicolás Maduro. Ya neutralizado el parlamento, ahora el chavismo arremete directamente contra el espacio cívico, contra la ciudadanía. El ataque a estos medios y a estas organizaciones es la primera promesa de futuro que ofrece el Estado chavista en 2021. La comunidad internacional debe estar atenta y tratar de detener esta brutal campaña de asedio.

Mientras Nicolás Maduro e Ignacio Ramonet, en su lujoso escenario, juegan su coqueto y tierno ping pong simbólico, muy cerca de ahí agoniza Salvador Franco, un indígena de la etnia Pemón, preso político desde 2019. Franco está desnutrido y enfermo. Desde el 21 de noviembre del año pasado, un tribunal ha ordenado su traslado a un centro de salud y, sin embargo, la orden nunca se ha cumplido. Muere el 3 de enero en la cárcel El Rodeo.

Maduro habla de la fortaleza de la “unión cívico-militar-policial” y dice que aspira a “la reconciliación de los venezolanos”. Ramonet sigue asintiendo. Esta es la imagen completa.

10 de enero 2021

New York Times

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Fernando Mires

Ni el edificio devastado, ni los heridos, ni los muertos, son simbólicos. Pero sí lo es el asalto al Capitolio perpetrado por las turbas enardecidas de un presidente electoralmente derrotado, quien intenta ahora ocupar otro sitial: el del máximo caudillo populista de la nación.

Sería un error interpretar el asalto como el aullido postrero de un presidente enloquecido por el poder. Menos errado es verlo como parte de una estrategia que ha tomado formas en diversas partes del mundo y que ahora ha hecho acto de presencia en los propios EE. UU.

Estamos hablando del avance del populismo-nacional cuyo objetivo claro y preciso es demoler los fundamentos sobre los cuales reposa la democracia liberal.

El asalto al Capitolio tiene, repetimos, un enorme poder simbólico. Sobre todo si se toma en cuenta que la diferencia de la democracia liberal con otras formas de gobierno reside en la existencia de un parlamento que actúa como representación delegada y no directa del pueblo. En ese contexto, Trump, visto desde una perspectiva mundial, es un líder del populismo-nacional, uno más de una larga galería que, a veces en nombre de la derecha, otras veces en nombre de la izquierda, levantan, como objetivo estratégico, la transformación de la democracia liberal en una democracia personalista y autoritaria.

Trump no es un fenómeno aislado, por el contrario, él es miembro de una familia política formada por autócratas como Putin, Lukashenko, Kaczyński, Orban, Erdogan, Bolsonaro, Bukele, Ortega, Maduro y otros. Casi ninguno de esos autócratas puede ser catalogado como un dictador tradicional pero sí, todos, como exponentes de un tipo de posdemocracia que incorpora elementos dictatoriales (¿democraturas?) entre ellos, la renuncia a la representación delegativa y su sustitución por lo que ellos llaman democracia directa.

Como ya ocurrió en el periodo fascista del siglo pasado, los trumpistas intentan imponer una relación sin mediaciones entre el mandatario y el pueblo que sigue al mandatario. Ese punto es el que conecta al populismo-nacionalista del siglo XXl con el fascismo del siglo XX.

Baste recordar que el jurista Carl Schmitt, quien fuera por un breve periodo coautor de una constitución nunca aprobada por el nazismo, no se pronunció en contra del orden democrático sino a favor de una democracia directa que en nombre del Führerprinzip (principio del caudillo) estableciera la comunicación sin dilaciones entre el pueblo representado por un líder y el Estado. Vladimir Ilich Lenin por su cuenta —no por casualidad admirado por Schmitt— imaginaba representar un nuevo tipo de formación democrática cuyo organismo no era el parlamento sino los consejos del pueblo, los soviets. Comunistas y fascistas no imaginaban que defendían a una dictadura sino, como acostumbraban a repetirlo, “una forma superior de democracia”: el directo gobierno del pueblo representado en el líder colectivo (partido) o en un líder personal.

La marca de fábrica del populismo-nacional del siglo XXl es el antiparlamentarismo. No hay dictadura moderna que no haya sido antiparlamentaria. Por eso, el asalto trumpista al Capitolio no lo vemos como un hecho aislado. No es necesario remontarse muy lejos en la historia para comprobarlo.

Hace pocos meses, el 31.08 del 2020, turbas alemanas, tan enardecidas como los trumpistas norteamericanos del Capitolio, asaltaron el Reichstag, dirigidos por neofascistas articulados al populismo nacionalista de AfD. El pretexto fue la lucha en contra de las restricciones impuestas por el gobierno en contra del Covid-19. Y, al igual que las turbas trumpistas, lo hicieron en nombre de un “poder popular” antiélites, antipartido y, por supuesto, antiparlamentario.

Como sus recientes antecesoras alemanas, las turbas trumpistas entraron gritando al Capitolio: “El Parlamento es nuestro”. Efectivamente, es de ellos, siempre y cuando sus partidos los representen en su interior. El parlamentarismo directo no existe.

¿Por qué el Parlamento? Primero, porque es el lugar de la representación popular por medio de sus partidos organizados. Segundo, porque es el lugar donde, después de debatidas, son promulgadas las leyes. Tercero, porque es el lugar donde la nación debate consigo a través de sus representantes. En virtud de esa triada, puede afirmarse que el Parlamento, en sus más diversas formas y estructuras, es el organismo que una nación se da para pensarse a sí misma. El Parlamento es el corazón de la democracia moderna.

Hay autores que afirman —entre ellos, uno de los más lúcidos politólogos actuales, Yascha Mounk— que una de las contradicciones históricas contemporáneas es la que se da entre las democracias liberales y las democracias iliberales (o autocracias). Conclusión que, si la aceptamos completamente, nos llevaría a un callejón sin salida, pues una democracia, para ser liberal, debe otorgar a sus enemigos la misma libertad que a sus seguidores y, por lo mismo, autoprivarse de los medios necesarios para defenderse a sí misma. Para salir de ese callejón sin salida parece ser necesario, entonces, llevar esa contradicción a un plano más político que ideológico.

La contradicción de nuestro tiempo —digámoslo así— sería la que se da entre los que defienden una democracia con parlamento y los que defienden una democracia sin parlamento o, lo que es casi igual: con un parlamento convertido por el ejecutivo en una caricatura de sí mismo.

El asalto al Capitolio fue una declaración de guerra del trumpismo a la razón parlamentaria, ahí no hay cómo perderse. No es la primera ni será la última. Ha llegado, por lo tanto, la hora en la que los verdaderos demócratas, aún a riesgo de abandonar algunos principios liberales, acepten el desafío y libren, de modo decidido, e incluso militante, la lucha por la defensa del parlamento.

El populismo-nacional —escuchando las arengas de Trump queda muy claro— es el fascismo de nuestro tiempo.

Sobre ese tema continuaremos insistiendo en próximos artículos. Este es solo un enunciado.

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