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Opinión

Jesús Alberto Jiménez Peraza

Hace dos siglos, el 15 de diciembre de 1819, Simón Bolívar dictó en el Congreso de Angostura, lo que podría definirse una auténtica cátedra de sociología política, cuando definió un gobierno perfecto como aquél capaz de proporcionar a su pueblo “la mayor suma de felicidad posible, la mayor suma de seguridad social y la mayor suma de estabilidad política”.

La búsqueda de la felicidad individual y colectiva, ha sido una quimera en todas partes y en las diferentes épocas de la historia universal, de manera que no pareciera extraordinaria como consigna en el Siglo XIX. Pero incluir el concepto de seguridad social, cuando actualmente no hemos sido capaces de proporcionarla, entendiéndola como todo un sistema a través del cual el Estado moderno puede garantizar el bienestar de la sociedad, es decir, del individuo y su familia para hoy y para cuando deba retirarse de la vida productiva laboral, es de admirar. Bolívar la incluyó además, magistralmente, en el artículo 6 de la Constitución Política del Estado de Venezuela, sancionada el 15 de agosto de 1819 como producto de ese Congreso.

Pero el genio de Bolívar no carga demagógicamente al Estado, la responsabilidad exclusiva de garantizar la seguridad social, porque sabe que sería irrealizable de esa manera. Al contrario, al tipificar el dispositivo crea la corresponsabilidad del trabajador, imponiendo que “la sociedad desconoce a quien no procura la felicidad general; a quien no se ocupa en aumentar con su trabajo, talentos, o industria, las riquezas y comodidades propias, que colectivamente forman la prosperidad nacional”.

Hablar de la necesidad de estabilidad política, cuando apenas había concluido la Campaña Libertadora de Nueva Granada, con la Batalla de Boyacá (07 de agosto de 1819), ícono de la emancipación de Colombia y, dos años antes de la Batalla de Carabobo (24 de junio de 1821) que representaría la libertad de Venezuela, es reservado para hombres grandes, a quienes Dios proveyó de cualidades innatas, después desarrolladas por ellos mismos. Son los auténticos estadistas.

Rememoro a Simón Bolívar y su concepción del buen gobierno, como antítesis de quienes hoy nos dirigen. Bien sabemos que el pueblo hoy no es feliz, no puede serlo porque no tiene garantizadas sus necesidades básicas de alimentos, vestidos, trabajo, servicios públicos, educación y en esas condiciones no puede crearse un ambiente de bienestar colectivo.

La ausencia de estabilidad política se puede graficar fácilmente en Venezuela, con la existencia paralela de los órganos cabeza de los Poderes Públicos. Independientemente del sustento legal y de que, en la práctica, uno de ellos no ejerce el poder efectivamente, es indudable que el gobierno y la oposición formal, reconocen mutuamente la existencia de dos Asambleas, como órgano máximo del Legislativo. Juan Guaidó es aceptado como Presidente de Venezuela en sesenta países del mundo, entre ellos Estados Unidos, la Unión Europea y los principales de América.

La felicidad del pueblo, como producto del bienestar público, se mide hoy con la Encuesta Inmaver Gallup, la cual para diciembre del 2019, coloca al presidente Nicolás Maduro con un rechazo del 82%, más alto incluso que el señor Jimmy Morales, un actor de televisión Presidente de Guatemala desde el 14 de enero del 2016, hasta el mismo día y mes del 2020, quien alcanzó el 76% del rechazo popular.

Ese rechazo generalizado se fundamenta, por supuesto, en un mal gobierno, que por interpretación en contrario a lo dicho por Bolívar, sería aquél que nos proporciona la mayor suma de infelicidad; que genera la mayor crisis de inseguridad social y produce la máxima inestabilidad política. Pero si buscamos una causa primaria, tendríamos que señalar al esguince evidente entre la formación política de los venezolanos, su cultura histórica y la doctrina que se le trata de imponer, a la fuerza.

Nuestros gobernantes hoy, lejos de fortalecer el Estado propugnando la unidad nacional lo fraccionan, conduciéndolo sin convencerlo y bajo la apariencia de estado de Derecho, al socialismo como concepto político y al comunismo, como doctrina económica. El socialismo es centralismo, concentración de los Poderes y unipartidismo, todo lo contrario a los postulados de la CN99 y al mandato popular.

Decía Juan Pablo II que el comunismo nos roba el alma. Interpreto de sus palabras que el comunismo conlleva la degradación del hombre. El comunismo es una pandemia, pero desgraciadamente es un mal siempre latente en nuestra América.

No deja de preocupar cómo el principal precandidato demócrata de Estados Unidos, el senador Bernie Sanders inicia su campaña pregonando admiración por Fidel Castro, quien sumió a Cuba en la más espantosa crisis política y económica vivida en el hemisferio occidental, durante la última mitad del siglo pasado y principios del actual. Sus palabras alarman y obligan a revisar la situación actual de los gobiernos en todo el continente. Nada puede tenerse como consolidado.

¡Dios bendiga a Venezuela!

Jueves, 27 de febrero de 2020

@jesusajimenezp

jesusjimenezperaza@gmail.com

 3 min


La palabra lo dice: Líder es quien guía. Por lo tanto, ser líder supone ser reconocido como guía en función de un objetivo y, por lo mismo, como alguien que conoce los medios para alcanzar ese objetivo. Dicho al revés, ningún líder puede ser reconocido durante largo tiempo si no conduce a ningún lugar o meta, hecho que exige de cada liderazgo la capacidad de establecer una relación coherente entre fines y medios. Puede haber medios equivocados para conducir a objetivos correctos, pero medios correctos para conducir a objetivos errados no puede haber.

El reconocimiento del líder como tal es el punto de partida. Apoyándonos en, pero sin seguir al pie de la letra a Max Weber, podríamos afirmar que ese reconocimiento puede provenir de la tradición, de un carisma o de una determinada racionalidad. Visto así, el líder perfecto sería aquel que es tributario de tres vertientes: de una tradición cultural o religiosa, de cualidades o talentos personales, y de una racionalidad que le permite conjugar objetivos y medios en un sentido predominantemente comunicacional. En los tres casos el líder lo es gracias a su palabra, ya sea porque esta provenga del pasado (tradición), o porque señala con claridad el objetivo a cumplir o porque teje relaciones entre diversos actores a fin de alcanzar ese objetivo.

El líder que proviene de la tradición (puede ser un rey, un papa, un ayatolah, un mesías) pertenece al mundo de las sociedades pre-políticas. Su objetivo es resguardar el orden y preservar los valores que provienen del pasado. Pero eso no quiere decir que el líder político de los tiempos modernos no recurra a las tradiciones. Mas aún: cuando estas no existen, las inventan. Para poner un ejemplo, la mayoría de los líderes habidos en países latinoamericanos son conscientes de que actúan en un medio cuyo pasado poscolonial ha sido signado por la confrontación y la violencia, hecho que explica por qué ellos prefieren usar un lenguaje épico, incluso militarista, en contra de un gran enemigo -real o inventado- al que hay que derrotar sin piedad.

Podríamos afirmar que el clásico líder populista latinoamericano es un eslabón situado entre el líder de la tradición pre-moderna y el líder racional de la modernidad. Del primero hace suyo los mitos de una tradición real o supuesta. Del segundo, no olvida nunca su objetivo: el poder. La tradición a la que constantemente recurre (nación, patria, pueblo) solo en apariencias es irracional pues está puesta al servicio del poder que lo aguarda. En la escena latinoamericana hubo un trío clásico: Perón, Castro, Chávez. Los tres fueron seductores de masas, mitómanos y demagogos hasta el cansancio, pero extremadamente racionales a la hora de buscar el momento del poder. En otros términos, los líderes del populismo latinoamericano han sabido poner la irracionalidad de sus palabras al servicio de la racionalidad del poder.

Sin un mínimo de racionalidad, un líder está condenado a fracasar, ya sea antes o durante el ejercicio de su poder. Uno de los casos más patéticos fue el del peruano Alan García cuando durante su primer mandato intentó presentarse como líder tercermundista negándose a pagar la deuda externa contraída por gobiernos anteriores. Las consecuencias económicas y políticas fueron desastrosas para el Perú. En una dimensión mucho más grande, el fracaso histórico de Fidel Castro al intentar convertirse en líder de la revolución latinoamericana pasará a la historia de la psicopatía política. No solo dejó sierras y montañas de algunos países latinoamericanos pobladas con cadáveres. Además convirtió a Cuba en un desastre, tanto político como económico. Al final terminó destruyendo su propio liderazgo para terminar convertido en uno de los más crueles dictadores militares de Latinoamérica.

Somera revisión que lleva a deducir que un líder pierde su condición de líder cuando plantea objetivos imposibles de ser cumplidos, o cuando ya habiéndolos cumplido no se requieren liderazgos. Por eso ningún líder lo ha sido por demasiado tiempo. La mayoría de ellos han sido circunstanciales y sus liderazgos han durado el tiempo en que trabajaron para lograr su objetivo. A guisa de ejemplos: Winston Churchill dejó de ser líder después de la segunda guerra mundial. Michael Gorbatchov dejo de ser líder con el fin del comunismo. Adolfo Suárez quien lideró la transición de la democracia a la dictadura dejó de ser líder cuando la democracia fue restablecida en España. Y así sucesivamente.

De tal manera, nos encontramos frente a una paradoja: un líder pierde su liderazgo cuando no cumple su objetivo pero también cuando lo cumple. La diferencia es que en el primer caso no será recordado como líder. De ahí que no sería errado hablar de líderes fracasados y líderes exitosos. Estos últimos son los que han aplicado los medios correctos frente a objetivos reales y posibles. En otras palabras, el fracaso de un liderazgo tiene mucho que ver con la carencia de racionalidad política.

Carismáticos, magnéticos, mesiánicos, los líderes han llegado a serlo no gracias a esas virtudes o defectos sino cuando han establecido la relación más adecuada entre objetivos y medios. Por lo tanto, el liderazgo, lejos de ser irracional, es expresión de racionalidad política. No existen líderes irracionales exitosos. Un líder puede hacer delirar a multitudes pero sin una adecuada racionalidad derivada de la lógica medios-fines es imposible que lleve a cabo una función conductora. Ha habido incluso líderes carentes de carisma: fríos, calculadores, sin la menor empatía personal, pero dotados de una extrema racionalidad. Uno de los más racionales, incluso racionalista, fue sin duda Lenin.

Lenin: sin voz ni prestancia de líder, muy lejos de poseer la oratoria vibrante de un Trotzki, logró el poder (su objetivo) atravesando vericuetos, avanzando y retrocediendo y siempre pactando. No por casualidad Gramsci vio en Lenin la representación rusa del Principe de Maquiavelo. Del mismo modo, el conservador y ultracatólico Carl Schmitt lo presentó como reencarnación de la esencia de “lo político”. Sin escrúpulos no vaciló Lenin en retorcer las tesis de Marx sobre el papel del “proletariado”. Sin vacilar firmó acuerdos de paz muy desventajosos para Rusia (Brest Litovsk). Y sin complejos ideológicos afirmó que la tarea del partido no era construir el socialismo sino un capitalismo dirigido por el estado (algo que entendió muy bien ese otro témpano llamado Putin). Para Lenin, la práctica destinada a la conquista del poder era la reina y la ideología su sirvienta.

Ha habido líderes menos fríos y calculadores que Lenin, pero todos se han dejado regir por el principio de realidad. Ni Gandhi ni Mandela fueron santos pacifistas, pero se dieron cuenta que la no-violencia suponía el primado de la política por sobre la guerra. Así abrieron la posibilidad de realizar alianzas nacionales e internacionales en aras de la conquista del poder. El primero usó todas las artes de la diplomacia frente a la Inglaterra colonial. El segundo logró llevar a mesas de negociaciones a líderes racistas como Botha y de Klerk. De más está decir, Gandhi y Mandela fueron brutalmente atacados por fracciones extremistas de sus propios partidos. Al igual que Walesa en Polonia.

Lech Walesa fue un líder de integración nacional. Por una parte surgió como representante de los trabajadores sindicalmente organizados (el sujeto histórico de los marxistas) pero por otra profesaba el catolicismo más tradicional. Supo retroceder cuando tuvo que hacerlo (golpe de Jarucelzki) aunque mantuvo conversaciones con la dictadura al precio de ser acusado de colaboracionista por no pocos de sus seguidores. Habiendo llegado la hora de negociar con los comunistas, les abrió incluso vías de co-participación en el gobierno. Nunca se dejó llevar por fantasías ni entregó la conducción de su movimiento a instancias extranjeras. Escuchó a todo el mundo, siempre estuvo atento al debate, pero no fue portavoz de ningún poder detrás del suyo. Pasará el tiempo y Walesa será recordado como uno de los líderes más completos engendrados por la cultura política occidental.

En síntesis: todo liderazgo político, con o sin cuotas de emocionalidad, supone un alto grado de racionalidad. Dicha racionalidad es puesta a prueba no por la infabilidad de un líder sino por su capacidad para rectificar errores a tiempo, aún a riesgo de romper con quienes una vez lo apoyaron. Eso implica su autonomía política. No es necesario que sea un genio, pero sí ha de ser un conocedor del arte de lo posible y no de lo imposible.

La política es representación. La representación política es siempre personal. Pero si la representación no representa a la realidad, ninguna persona, por muy dotada que sea retórica o físicamente, puede ejercer las tareas encomendadas a un líder. Tarde o temprano la realidad, diosa de la política, le pedirá cuentas.

27 de febrero 2020

Polis

https://polisfmires.blogspot.com/2020/02/fernando-mires-el-lider.html?ut...(POLIS)

 7 min


Ayer quedé impactado por la gravedad del atentado que sufrieron los manifestantes de Barquisimeto, incluyendo al joven presidente Juan Guaidó. Y hoy leí los comentarios de una profesora hablando de la innegable valentía de Guaidó y de la aparente apatía de los opositores, que no reaccionan ni siquiera ante un intento de asesinato. Esto motiva la presente nota, que intenta comentar los rasgos principales de la estrategia en las que muchos creen para poner fin a la dictadura.

En primer lugar, no se puede negar que Guaidó es muy valiente y arriesga su propia seguridad con frecuencia. En segundo término, se ha descubierto que pocos opositores están dispuestos a atender los llamados a la calle que hace Guaidó, ni siquiera ante los atentados de los cuales él ha sido víctima.

Y es que creo que “la calle” y el liderazgo carismático pueden influir en promover el desenlace que buscamos, pero no necesariamente forman la combinación fundamental que necesitamos para romper el nudo actual.

Puede que estemos errando al seguir intentando “Calle” sin alguien cuyo espíritu logre encender los corazones de todos los venezolanos y sin una expectativa siquiera mediana de que las manifestaciones harán que los militares reaccionen, al menos no asesinando a los muchachos que manifiestan.

Tal vez nuestras mentes generarían ideas para una acción más eficaz si nos saliésemos del círculo vicioso en el que reclamamos más carisma a quien no tiene más y más arrojo a la inmensa mayoría que tiene miedo a morir y pareciera haber perdido la esperanza.

Tal vez el camino está efectivamente fuera de nuestro propio alcance. Tal vez solos no podemos.

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Fermín Sánchez Carracedo

¿Es la especie humana la única especie inteligente del universo? No parece que haya ninguna razón para pensar que así sea. Si la vida y la inteligencia son el fruto de un proceso fortuito producido por millones de años de evolución, como defiende la mayoría de científicos, este proceso podría (y debería) haberse repetido en diferentes puntos del universo. Según Christian de Duve, Premio Nobel de Medicina en 1974, la vida debe surgir casi necesariamente en un planeta si se producen unas condiciones físicas similares a las que tenía la Tierra hace 4 000 millones de años. Existen miles de millones de estrellas del mismo tipo que nuestro Sol (tipo G) en la Vía Láctea, y la nuestra es tan solo una entre las más de diez mil millones de galaxias del universo observable. Además, nada impide que la vida pueda desarrollarse en planetas que giren alrededor de otras estrellas que no sean de tipo G, aunque probablemente esta vida sería muy diferente de la vida que conocemos. Sin agujeros de gusano, sólo nos quedan los vecinos próximos Lo cierto es que no debería importarnos demasiado la posibilidad de existencia de vida extraterrestre inteligente en otras galaxias, ya que lo más probable es que jamás consigamos establecer contacto con esos seres. La Vía Láctea tiene un diámetro de cien mil años luz. Esto quiere decir que, si recibiésemos una señal procedente de seres extraterrestres del otro extremo de la galaxia (nosotros estamos en uno de sus brazos espirales), esa señal habría sido enviada hace cien mil años, y nuestra respuesta tardaría otros cien mil años en llegar a su destino. No parece una buena forma de mantener una conversación. Sería todavía más complicado establecer algún tipo de comunicación con seres de otras galaxias. La más cercana, Andrómeda, está a dos millones de años luz de nosotros. Es decir, necesitaríamos cuatro millones de años para escuchar a alguien que nos dijese “hola” y que ese alguien recibiese nuestra respuesta. En definitiva, la comunicación con seres extraterrestres solo podría producirse con criaturas que viviesen en un sistema planetario situado a unos pocos años luz del nuestro. A menos, claro, que la física que conocemos esté equivocada y la velocidad de la luz no sea un límite insalvable, o que aprendamos a construir agujeros de gusano y descubramos cómo enviar señales de radiofrecuencia a través de ellos. Y de paso, aprendamos a viajar en el tiempo. Civilizaciones que se autodestruyen En 1950, el gran físico Enrico Fermi enunció lo que se conoce como la paradoja de Fermi: “Hay una contradicción entre la probabilidad de la existencia de vida extraterrestre y el hecho de que no hayamos tenido ningún contacto con ella”. La respuesta de Fermi a la paradoja, probablemente influenciada por su participación en el proyecto Manhattan, donde trabajó en el diseño de la primera bomba atómica, fue que todas las civilizaciones inteligentes desarrollan una tecnología con la capacidad de destruir la propia civilización, y la utilizan. ¿Puede una civilización colonizar la galaxia? El tiempo necesario para que una civilización inteligente se desarrolle y colonice una galaxia es muy inferior a la edad de la Vía Láctea. Por lo tanto, desde que existe la Vía Láctea ha habido tiempo suficiente para que sea colonizada muchas veces por diferentes civilizaciones. Una civilización capaz de colonizar una galaxia debe ser de tipo 3, según la escala de Kardashov. Esta escala clasifica las civilizaciones en función de cuánta energía de su entorno son capaces de aprovechar. Una civilización de tipo 3 debería ser capaz de aprovechar toda la energía disponible en una galaxia. Las civilizaciones de tipo 2 son capaces de aprovechar toda la energía de un sistema planetario, y las de tipo 1 toda la energía de un planeta. Nuestra civilización aún no es ni siquiera de tipo 1, y le quedan más de 100 000 años para ser de tipo 3. Justo el tiempo que tardaría un mensaje nuestro en llegar a la otra punta de la galaxia. Si lanzásemos un mensaje ahora, probablemente llegaríamos antes que él (si no nos autodestruimos ates, claro) ¿Cuántas civilizaciones inteligentes hay en la Vía Láctea? En 1961 Frank Drake, famoso radioastrónomo y presidente del instituto SETI, presentó una ecuación para responder a esta pregunta. Según la ecuación de Drake, el número de civilizaciones presentes en nuestra galaxia con capacidad de comunicarse con otras civilizaciones es el producto de siete factores: El ritmo anual de formación de estrellas que son adecuadas para la vida en la galaxia. El porcentaje de estas estrellas que tienen un sistema planetario. El número de planetas de este sistema que orbitan dentro de la zona de habitabilidad de la estrella. El porcentaje de estos planetas en los que se ha desarrollado la vida inteligente. El porcentaje de planetas donde la vida inteligente ha desarrollado una tecnología capaz de comunicarse con otra civilización extraterrestre e intenta usarla. El tiempo durante el que puede existir una civilización inteligente que intenta comunicarse con otras civilizaciones. Actualmente no disponemos de datos suficientes para asignar valores específicos a los siete factores de la ecuación de Drake, pero numerosos científicos han tratado de calcularlos para resolverla, obteniendo resultados muy dispares. El propio equipo de Drake, por ejemplo, obtuvo que el número de civilizaciones que podríamos detectar en nuestra galaxia es de 10. Michael Shermer estableció valores distintos para algunos parámetros, y calculó que actualmente debería haber 4 975 civilizaciones detectables en todo el universo. El número de civilizaciones de nuestra galaxia sería solo de 0,000000014, que es equivalente a la existencia de una civilización cada 70 millones de años. Si se usa la teoría de Olduvai para calcular alguno de los factores, el número de civilizaciones de nuestra galaxia es aún menor: 0,0000000008. Esto significa que en la Vía Láctea habría existido una civilización tecnológica cada 1 240 millones de años, y en todo el universo observable habría 282 civilizaciones emitiendo señales de radio en este mismo momento. Aunque ya sabemos que las civilizaciones de fuera de nuestra galaxia no llegarán nunca a contactar con nosotros sin agujeros de gusano. Otros científicos han calculado valores tan dispares como que existe una única civilización o que hay diez millones. Todo depende de los criterios que se usen para estimar los diferentes parámetros. La ecuación de Drake tiene siete incógnitas y algunas de ellas solo pueden ser estimadas, no medidas. Además, la evolución tecnológica y nuestro propio conocimiento del universo podrían hacer que los valores asignados a cada una de estas variables cambien considerablemente. Por eso, la ecuación de Drake es un ejercicio intelectual de dudosa aplicación práctica. Otros autores han hecho propuestas similares a la ecuación de Drake. Por ejemplo, Sara Seager propuso en 2013 una ecuación para estimar el número de planetas habitables de la galaxia (aunque no viva en ellos una civilización tecnológicamente avanzada). ¿Son los estallidos cortos de rayos gamma la respuesta? En el año 2001 tuve la oportunidad de asistir a una conferencia del profesor Matteo Cavalli-Sforza (que actualmente trabaja en el Institut de Física d'Altes Energies) sobre la posibilidad de que exista inteligencia extraterrestre. Una charla, celebrada con motivo del 33 aniversario de la película 2001, una odisea en el espacio, de la que extraje algunas ideas que luego utilicé en mi novela de ciencia ficción Odisea. El profesor Cavalli-Sforza sugería que los estallidos cortos de rayos gamma explican el gran silencio, como se denomina al hecho de que en ningún radiotelescopio de la Tierra se haya conseguido captar jamás ninguna señal extraterrestre. Los estallidos cortos de rayos Gamma son los fenómenos que emiten más energía en todo el universo observable. Los astrofísicos piensan que se producen por el colapso de dos estrellas de neutrones. Estos destellos podrían generar radiaciones, a escala galáctica, capaces de interferir en la vida de los planetas destruyendo, por ejemplo, su capa de ozono. Actualmente se estima que se produce un colapso de estrellas de neutrones cada 100 o 200 millones de años, pero en el pasado, cuando el universo era más joven, estas explosiones eran mucho más frecuentes. Según el profesor Cavalli-Sforza, algunas hipótesis sugieren que una civilización inteligente con capacidad tecnológica no puede desarrollarse hasta que el intervalo entre dos colapsos de estrellas de neutrones es suficiente para permitir esta evolución. Tal vez sean necesarios al menos 100 millones de años para conseguir el grado de evolución necesario para que se desarrolle una civilización tecnológica en nuestra galaxia. Tal vez, si esta teoría es cierta, no haya extraterrestres en ninguna parte y estemos solos en el universo. Febrero 27, 2020 The Conversation https://theconversation.com/donde-se-esconden-los-extraterrestres-132405

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La decidida valiente y ejemplar expresión de resistencia civil merideña, muestra categóricamente el rechazo y desprecio de la ciudadanía democrática venezolana mayoritaria hacia la tiranía madurista-militarista, cobarde y alevosa, que se empeña -mediante las bocas de fuego- imponer el socialismo marxista-militarista en contra de los Repúblicos. La resistencia civil merideña, llama al “Regreso de la Nación” y al retorno de la venezolanidad toda, como expresión de contra-violencia propia de una sociedad que entiende el valor de la “Resistencia Civil”, como método de lucha al régimen anacrónico y perverso vendido a la ideología marxista y al cubanismo.

Los Merideños y Mérida-estado, nos llaman a todos los demócratas como nación, actuar en contra del terrorismo y el carnaval cínico e inmoral de espalda al hombre y al desconsuelo de los venezolanos decentes, que saben que el uso de los medios políticos reforzara desde ya nuestra convicción para desplazar la barbarie. Mérida muestra a un liderazgo político emergente, a sus operadores políticos regionales y ante todo… a sus líderes políticos vecinales llenos de energía, conocimiento y fe para enviarle un mensaje a Venezuela: Desobedecer al Estado bestiario, ese es nuestro derecho. Accionemos como resistencia civil activando una lucha colectiva, que terminara paralizando esta farsa del militarismo cobarde que defiende a un gobierno de trúhanes.

Mérida, con su participación contendiente social, registra un liderazgo probo tan asertivo, que le ha “tocado diana a muchos operadores partidistas”, que todavía se escudan en el partidismo y olvidaron la virtud de la política como ciencia y arte. Política que llama a la Acción Colectiva Transformadora, movida por la venezolanidad y amparada por la Constitución y las leyes de la República, mostrando además, que no es la conspiración y menos la violencia, sino la civilidad, es decir, la capacidad política para profesar y defender los derechos civiles del ciudadano: conforme al derecho civil.

La participación política contendiente, más la Resistencia Civil, más la lucha política colectiva sin violencia auto-regulada como expresión de sociedad civil –nos dicen los Merideños- permitirán que retornemos a la nación. Nación civil, como forma democrática que impone sabiduría y paciencia civilista con rechazo a la fuerza, con control sobre las fuerzas políticas y muchos más al proceso desquiciado del militarismo. La nación habla de República, en una República existirá estamento militar -no y nunca partido político en armas como gobierno- si para que sirva de instrumento a la política internacional vinculada a la geopolítica. En consecuencia, el Retorno a la Nación impone desde ya la reconceptualización del estamento militar y su regreso a los cuarteles.

Mérida y su Resistencia Civil es expresión civilizada, igualmente es un reclamo al liderazgo político “fatuo” que desconoce el Ambiente Político Real Violento y sus graves consecuencias, que ya hacen insoportable la vida de miseria, agonía y descontento que sufre el ciudadano. Mérida, su Resistencia Civil y su liderazgo político han comprendido su delicado quehacer como Resistencia Civil, que no es otra cosa más que hacer política, política distinta al exhibicionismo en la mass media comunication de espalda a la nación. Lo que Mérida como sociedad excelsa dejó claro, es que es intolerable el régimen y ello obliga a la definición de una Transición Política Contendiente, que como cambio político del sistema nos aproxime a la Democracia.

Mérida nos ha recordado la virtud de la democracia y el retorno a la nación. Este será entonces el vector único de la Venezuela-Estado, cualquier otra acción y/o maniobra, será incomprensible por cuanto se retraería a un hecho pre-político, pre-político ya que la conflictividad articulada por el régimen y su partido político en armas son contrarios a la Constitución y a la mayoría de venezolanos que reclaman su cumplimiento. De cuanto se trata entonces, nos recuerda Mérida es generalizar y potenciar la Resistencia Civil, mediante la desobediencia para alcanzar, la Decencia Cívica, la cual es igual: acción política con ética y con acción transformadora social que nos permita el derecho de reponer la Ecuación Democrática.

¡La Resistencia Civil de los merideños! es una realidad que llama a la Nación, que motoriza a que el liderazgo político tome nota y proceda a construir una Resistencia Civil política organizada, entrenada y dispuesta a reponer una democracia tal como reza en la Constitución. La nación y su retorno a la política, a la venezolanidad de sus ciudadanos, sobrepasa un liderazgo fatuo y acomodaticio que todavía no siente lo que sufre y amarga a una mayoría de demócratas. Mayoría que hoy tiene claro la abulia e incapacidad de quienes todavía no asimilan el impacto que ha producido la ideologización marxista-militarista sobre el venezolano que rechaza y que reclama el “Regreso a la Nación” para como ser civilizado vivir según la Constitución y las leyes de un país en pleno siglo XXI.

Director Cátedra Simón Bolívar-CEPPRO

@JMachillandaP

Caracas, 26 de febrero de 2020

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Mariza Bafile

Roberto Saviano dijo una vez que una de las armas que usan las mafias contra sus detractores es el desprestigio. Denigrar, humillar, descalificar: verbos todos que han marcado y marcan la vida de miles de mujeres. Y el irrespeto se vuelve injusticia cuando, en las más altas esferas del poder, no aceptan que el asesinato de una mujer no es un asesinato cualquiera, sino un feminicidio, y que como tal debe ser sancionado.

Ningún hombre corre el riesgo de ser víctima de homicidio por el simple hecho de ser hombre. Una mujer, sí. Su identidad sexual es su gran “culpa”. Un sistema patriarcal que no conoce de diferencias sociales ni geográficas, la considera de “propiedad” de padre, hermanos, novios, esposos, amantes. Cualquier conato de rebelión puede ser causa de maltratos, violaciones y muerte. Por cada mujer que muere asesinada hay muchísimas otras que son víctimas de abusos. Es una realidad que las cifras de las estadísticas muestran con frialdad descarnada.

En América Latina se encuentran 14 de los 25 países con los índices más altos del mundo de crímenes por violencia de género, según una encuesta citada por ONU Mujeres en 2018.

En México, cada día, 10 mujeres mueren asesinadas. El año pasado se registraron 1.006 feminicidios, eso sin contar los que ocurren en estados que no consideran feminicidios los asesinatos de mujeres. Y, siempre según datos del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP), cada cuatro días la víctima es una menor. En los últimos cinco años los feminicidios contra menores han aumentado de un 96 por ciento. En la inmensa mayoría esos crímenes quedan impunes.

El país aún no se había recuperado de la indignación y dolor por la muerte de la joven Ingrid Escamilla de 25 años descuartizada por su pareja, como muestra un video en el cual el homicida confiesa sus atrocidades, cuando otro feminicidio llegó a sacudir la población. La pequeña Fátima, de tan solo 7 años, tras desaparecer a la salida del colegio, fue encontrada muerta en una bolsa de plástico. Su cuerpo desnudo mostraba señales de tortura.

Incapaz de dar una respuesta adecuada frente a la ola de protesta e indignación de la población que se volcó en las calles, Andrés Manuel López Obrador, intentó achacar el horrible crimen a la delincuencia creciente en México, al neoliberalismo etc. etc.

Al Presidente de México pareciera darle miedo llamar las cosas por su nombre y admitir que Ingrid, Fátima y otras miles de mujeres en México son víctimas de crímenes de odio, odio contra su sexualidad, odio contra sus cuerpos y mentes, odio contra su vitalidad y energía. Esos crímenes, señor Presidente, tienen un nombre: FEMINICIDIOS.

Y de nada servirá el “amor al prójimo”, como dijo a una periodista, para frenar la matanza sistemática de mujeres. Se necesita crear leyes justas, sensibilizar a los policías, ampliar las estructuras que puedan garantizar protección a las mujeres víctimas de violencia y educación, educación, educación. Hasta tanto no se combatirán los estereotipos machistas las mujeres seguirán siendo víctimas de violencia y asesinatos.

López Obrador no es el primer político, Jefe de Estado o de Gobierno, quien rehúsa la palabra feminicidio. Muchos más son aquellos que siguen humillando a las mujeres con insinuaciones machistas. Un ejemplo para todos: el del Presidente de Brasil Jair Bolsonaro quien, en estos días, ha ofendido con vulgaridad a una periodista que tiene la valentía de investigar y denunciar.

En Perú se necesitaron casi cuatro años para encontrar a los culpables de la muerte de la activista feminista Solsiret Rodríguez quien desapareció en agosto de 2016. Y fue posible únicamente por la persistente búsqueda de los padres y otras personas que lograron superar el muro de indiferencia de las autoridades y de la policía.

Las mujeres mueren por el simple hecho de ser mujer. Mueren solas, entre agonías y terror. A veces sus cuerpos y almas ya están marcados por cicatrices viejas dejadas por golpes y maltratos.

El peligro nos acecha a todas. Cualquier mujer puede ser la próxima víctima. Y entonces nos preguntamos: ¿Cuándo podremos vivir en un mundo con: #NiUnaMenos?

Photo by: luzencor ©

24 de febrero de 2020

ViceVersa

https://www.viceversa-mag.com/cuando-podremos-vivir-en-un-mundo-sinuname...

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Jesús Elorza G.

En el budismo japones, el “Manji", es un símbolo espiritual muy importante. Representa la interacción armoniosa de los opuestos, cielo y tierra, día y noche etc, etc. La esvástica, es su símbolo de paz, prosperidad y buena suerte para cerca de 2.300 millones de personas, un tercio de la población mundial. En el budismo japones, el “Manji", es un símbolo espiritual muy importante. Representa la interacción armoniosa de los opuestos, cielo y tierra, día y noche etc, etc. La esvástica, es su símbolo de paz, prosperidad y buena suerte para cerca de 2.300 millones de personas, un tercio de la población mundial. La mayoría de ellos se encuentra en Asia, donde es un emblema sagrado para el budismo, el hinduismo, el jainismo y el odinismo. Es probable que hayas visto alguna vez en un templo budista de Japón ciertas esvásticas. Estas esvásticas se llaman "Manji" en japonés y se dice que son un símbolo de la suerte. Antiguamente, el Manji repelía los malos espíritus. Luego, se extendió por toda Asia convirtiéndose en un símbolo de la vida asociado a la imagen de Buda, se puede apreciar en los mapas y en los templos budistas.​

Con motivo de la celebración de los Juegos Olímpicos 2020 en Tokio, el Comité Organizador de ese mundial evento, realizó una consulta al pueblo japones sobre la posibilidad de eliminar el uso de la esvástica "Menji" como un símbolo durante la celebración de los juegos. La consulta obedecía fundamentalmente a la relación del referido símbolo con el nazismo.

Adolf Hitler, la secuestró en 1920 para convertirla en la marca registrada del Tercer Reich, transformándola en la representación gráfica del antisemitismo, el odio y la superioridad racial. Mucho antes de que los nazis la adoptaran como emblema de su partido, las esvásticas tenían un significado realmente alejado y distanciado de la maldad y la crueldad que ahora las caracteriza. Este choque cultural fue precisamente tema de debate en Japón, donde el Manji (la esvástica nipona) se utiliza para situar en los mapas los templos budistas, religión que profesan unos 46 millones de personas en el país.​

Los resultados de la consulta, expresaron en amplia y significativa mayoría mantener la utilización pública del "Manji". Para el pueblo japones es un símbolo meramente sagrado. En todos los países de Asia este símbolo es conocido. Para ellos, este símbolo es realmente positivo, representa la salud, la buena suerte, la felicidad, la prosperidad.

Por lo tanto, en los próximos Juegos Olímpicos de Tokio 2020 tendremos que acostumbrarnos a la presencia de esvásticas en muchos sitios, pero, nada que ver con las Olimpiadas de 1936 en Berlín, que se desarrollaron en un escenario nazi. Los estadios fueron colmados con banderas representativas de la esvástica nazi y el saludo de los atletas alemanes era "Heil Hitler" mientras simultáneamente hacían sonar los tacones de sus zapatos como los miembros de las SS y la Gestapo.

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