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Opinión

Por más increíble que parezca, el monstruo que tanto daño ha infligido a los venezolanos, que es repudiado por la inmensa mayoría, desconocido por los gobiernos de más de 60 países democráticos, acusado de violar sistemáticamente los derechos humanos en foros internacionales, continúa usurpando el poder después de seis meses. Seis meses, tenemos padeciendo de un enfermo sin escrúpulo alguno para proseguir, al costo que fuera, con sus políticas de destrucción y expoliación nacional. Decían que dónde pisaba el caballo de Atila no crecía la hierba, expresión de la saña con que su jinete destruía todo vestigio de civilización (romana). El régimen de Maduro lo ha superado con creces.

Al verlo en la entrevista con el periodista Jorge Ramos, sorprende su empeño en eludir preguntas embarazosas repitiendo sandeces aprendidas de manuales comunistas de los años sesenta. Se presenta al entrevistador como presidente “obrero” (¡!), como si tal farsa confiriera a sus opiniones alguna autoridad. Sumido en la más absoluta estulticia, repite clichés acartonados para despachar a Ramos como de “derecha”, “militante político de la oposición” “agente del imperialismo”. En fin, un personaje de lo más patético, incapaz de abordar el mundo real sin muletillas ideológicas obsoletas, cayéndose repetidamente a embustes en un intento por obviar el juicio demoledor de sus compatriotas. Por si las dudas, se hizo patente que estamos en manos de un energúmeno totalmente ajeno a cualquier posibilidad de compartir salidas a la terrible situación del país.

Pero peor todavía son los militares que lo mantienen en el poder. Sorprende que, durante todos estos años, ninguno haya hecho nada para librar a los venezolanos de tanto sufrimiento. Son resultado de un proceso de “selección adversa” aplicado deliberadamente durante años para promover a los más viles y ruines como encargados de su custodia y para ocupar los cargos de mando de la Fuerza Armada y, en particular, de los cuerpos de seguridad de estado. Proporcionan una medida de las labores de limpieza y desintoxicación que habrá que emprender una vez desalojemos a las mafias del poder. Aun así, asombra que ninguno haya sentido siquiera la más mínima angustia ante los crímenes de Maduro y los suyos como para tomar la determinación de ponerles fin. Parece que estamos ante un núcleo duro y curtido de desalmados, que erradicaron toda sensibilidad o criterio moral ante tanto padecimiento.

Para los investigadores Yates y Farah, constituyen la Empresa Criminal Conjunta Bolivariana[1] que ha esquilmado centenares de miles de millones de dólares del país, extendiendo sus tentáculos a cuentas bancarias y negocios turbios a nivel internacional. El agravante es que, además de la solidaridad intermafiosa para depredar a sus anchas un coto de caza tan lucrativo como ha sido Venezuela, se inviste de una farsa “revolucionaria” para encubrir sus desmanes y legitimarse ante el pensamiento “progre” mundial. Este ardid tiene gran efectividad, no porque la mafia se crea realmente su impostura, sino porque está obligada a hacer de ella una realidad alternativa, inexpugnable, como refugio ante sus crímenes. Busca aislarse en una burbuja autocomplaciente cargada de epítetos con los cuales auto-absolverse y revertir la carga en contra de sus acusadores, como se evidenció con la patética actuación de Maduro con Jorge Ramos. Al haber traspasado todo límite moral, ético y humano en su trato con los venezolanos, los mafiosos se han trasladado a un limbo sin contacto con la realidad, cuyos únicos referentes son aquellos que los eximen de todo cargo de conciencia, Así pueden proseguir, sin remilgos, sus negocios. Representa una necesidad existencial, un asunto de sobrevivencia.

La gran pregunta es, ¿Con estos señores se puede negociar un acuerdo para que se vayan?

Por supuesto, cualquier posibilidad de resolver la grave situación actual sin derramamiento de sangre, es preferible. Pero hay que tener claro con quién se negocia y para qué. De tratarse de una dictadura militar habría un piso de racionalidad y de intereses definidos, con base en el cual una adecuada combinación de amenazas, concesiones y ofertas de perdón podría generar eventualmente una solución consensuada que abriese las puertas a la recuperación del país. Pero no es una dictadura militar porque los militares dejaron hace tiempo de ser una institución. No existe unidad de mando, respeto por las jerarquías, un cuerpo de valores y/o de directrices que los unifiquen en torno a objetivos compartidos, ni la confianza requerida para coordinar esfuerzos ni el apresto, los repuestos y servicios de apoyo requeridos para ser operativos. La mentida columna vertical del régimen fascista de Maduro está carcomida por la anomia que resulta de apetencias y prácticas mafiosas que se imponen a todo lo demás. Se trata de una mafia militarizada, no de una institución. Con Pinochet se pudo negociar porque detrás de él había una institución capaz de ponderar la gravedad de la situación a que se enfrentaban de desconocer los resultados del plebiscito de 1988.

Y, si se examina el resto de la oligarquía expoliadora, tampoco se consigue piso sólido como para sostener una negociación seria. A pesar de las expectativas creadas ante la imperiosidad de encontrarle salidas a la terrible crisis que está acabando con el país, los venezolanos nos enteramos de que el matrimonio reciente de la hija de Cabello dilapidó la bicoca de 16 millones euros, que el susodicho se fue para la Habana para organizar el Foro de Sao Paulo en nuestro país el próximo mes, que la fraudulenta asamblea constituyente se auto extendió su “vigencia” hasta finales de 2020, y que Maduro quiere elecciones, ¡pero de la Asamblea Nacional! Mientras, unos 33 parlamentarios son perseguidos o presos, habiéndoles allanado arbitrariamente su inmunidad. La vida de los mafiosos sigue como si nada. ¿En qué planeta habitan? Estamos frente a un estado fallido que no respeta a Maduro pero lo mantiene ahí como ”pararrayo” que los ampara ante toda crítica a sus negocitos particulares. ¿Quiénes serán los negociadores, qué garantías ofrecen?

Es erróneo plantearse la negociación como alternativa a una solución de fuerza. Es, más bien, el último paso para evitar una solución de fuerza que, de otra manera, parece inexorable. El apaciguamiento no funcionó con Hitler. Tampoco lo va a hacer con los fascistas venezolanos y sus mentores cubanos. Para eso el blindaje ideológico. Pero la solución de fuerza no parece depender de nosotros, a menos que aparezca el mítico militar institucionalista venezolano dispuesto, como Larrazábal hace 50 años, a liderar el desplazamiento de Maduro. De no ser así, estamos a merced de nuestros aliados internacionales, la mayoría de los cuales son renuentes a una intervención militar. Un desafío de la diplomacia democrática es saber explicar las complejidades del problema que enfrentamos. Y, ante el reproche de que corresponde a los venezolanos resolver nuestros problemas, me remito a los alemanes bajo Hitler.

Dos grandes problemas acotan las posibilidades de una solución negociada factible. Una, que el gobierno de transición que surja sea económicamente viable. Dada la devastación sufrida, ello será imposible sin un generoso financiamiento internacional. Ahora bien, ningún ente va a prestar ingentes cantidades de dinero a un gobierno en que participen representantes de la mafia. ¿Es posible que las mafias accedan a una coalición en la que no estén? El segundo problema es la necesidad de contar con un estamento militar confiable que sirva, en última instancia, como sostén de un principio de autoridad en torno al orden constitucional. ¿Un contrasentido? Muy posible, pero estamos frente a un país que puede dejar definitivamente de ser ante el arrase que han hecho de sus instituciones, normas y valores de convivencia, las mafias y los contingentes de malandros “revolucionarios” empoderados. El demonio de la anomia y la anarquía. ¿Estaremos a la altura de este desafío?

[1] https://www.infobae.com/america/venezuela/2019/05/30/asi-opera-la-empresa-criminal-conjunta-bolivariana-que-mantiene-al-dictador-nicolas-maduro-en-el-poder/

Economista, profesor de la UCV

humgarl@gmail.com

 6 min


Pedro Vicente Castro Guillen

De acuerdo a un artículo del 5 de junio en el diario The Washington Post, Pompeo mostró su exasperación sobre las aspiraciones al poder de la oposición venezolana, según planteo, 40 líderes se disputan la posibilidad de dirigir la transición, lo que causó un pequeño sismo entre la opinión pública venezolana en virtud que todos consideramos que para poder acceder a la transición lo primero que tiene que pasar es que la banda roja deje el poder, antes de eso cualquier cosa es un ejercicio de ambiciones que obstaculizan el objetivo deseado.

Se ha mostrado infinidad de veces que para los opositores venezolanos el tema de la unidad es un punto fundamental para salir de la pesadilla castro-chavo-madurista, cualquier cosa que conspire contra eso es visto como desfavorable, es por ello que las declaraciones de Pompeo sembraron pesimismo entre los sufrientes venezolanos.

No obstante, tampoco puede asombrar a nadie que, frente a expectativa de resolver esta situación catastrófica de Venezuela, que el propio gobierno de los Estados Unidos a través de sus diferentes voceros ha venido anunciando como inminente en virtud de la grave situación interna y el cerco a la kakistocracia roja que ha impuesto el mundo democrático surjan como la verdolaga aspiraciones varias en el campo de la oposición, que por ser democrática es plural y diversa y sostiene posiciones políticas diferenciadas. Lo importante es que los sectores que se agrupan mayoritariamente en la Asamblea Nacional mantienen un nivel de unidad mínimo a partir de la ruta trazada: cese de la usurpación, gobierno de transición, elecciones libres.

Sabemos que a esta estrategia se le es infiel por algunos sectores en diferentes sentidos. Pero mientras se mantenga la unidad alrededor del Presidente (E) Juan Guaidó, lo que prevalece como estrategia que tiene el apoyo masivo de la población es el mantra antes señalado, que cuenta con el apoyo inquebrantable de la alianza internacional que pugna por el fin de la tiranía madurista.

Por otro lado, más importante aún, es el descalabro del régimen que se puso en evidencia el 30 de Abril pasado cuando el propio Pompeo revelo como altos funcionarios del régimen estaban negociando para entregar a su jefe, en medio de una falla masiva en los organismos de inteligencia del régimen, se sabe además, que amplios sectores del madurismo negocian abiertamente para procurar salvar el pellejo, saben que esto se acabó, que tienen que lograr un puesto en el autobús que les permita una salida.

La situación de grave descalabro nacional en todos los sentidos, que ahora se simboliza con la falla masiva del suministro de gasolina que conduce a la parálisis total del país le da un nuevo sentido de urgencia a la necesidad de negociación del régimen porque el tiempo lo tienen cortico. Esto hace que se quieran servir de agentes diferentes o ambientes más benévolos como los de Noruega tratando de saltarse al Presidente (E) Guaidó para lograr mejores condiciones de negociación, pero eso no es posible, cualquier negociación para que sea viable debe ser aceptada por los EE.UU. y ya está claro por donde pasa y cuales son las condiciones para que se acepte como buena.

Quiero manifestar mi solidaridad con La Patilla y todo su personal quienes han mostrado una gran valentía en defensa de la comunicación libre han mantenido el espacio para que los venezolanos puedan estar objetiva e ilustradamente informados sobre todo el acontecer nacional. Prueba de ello son las protervas agresiones que el régimen ha mantenido contra sus directivos y periodistas.

@pedrovcastrog

 2 min


Para efectos de este artículo entendemos por transición un período relativamente corto, posterior a gobiernos democráticos o dictatoriales, con un poder ejecutivo de facto. Concretamente nos referiremos a las siguientes: 1- Junta Revolucionaria de Gobierno del 18 de octubre de 1945 a febrero de 1948. 2- Junta Militar del 24 de noviembre de 1948 a diciembre de 1952. 3- Junta Cívico Militar del 23 de enero 1958 al 13 de febrero de 1959. 4- La presidida por Ramón J. Velásquez, del 5 de junio de 1993 al 2 de febrero de 1994. 5- La iniciada este año presidida por Guaidó, con las restricciones conocidas.

1- La transición producto de la llamada Revolución de Octubre fue presidida por Rómulo Betancourt, con participación de otros tres militantes de Acción Democrática, un independiente pro adeco y dos militares. Sus principales logros fueron establecer el voto universal y directo, y dejar sentado que las petroleras debían aportar al Estado el 50% de sus ganancias. Aplicaron la polémica política de no más concesiones para explorar petróleo, lo cual hoy muchos consideran que fue un error. Años después, miembros de AD reconocieron que fue un período de mucho sectarismo, incluyendo enfrentamientos con la Iglesia. Otro error fue aplicar medidas retaliatorias injustas en contra de algunas personalidades del medinismo. Todo ello fue caldo de cultivo para el injustificable golpe militar de noviembre de 1948. Hay que reconocer el desprendimiento de Betancourt al no aceptar ser candidato presidencial en 1947. Fue una transición con aspectos positivos y negativos.

2- La transición iniciada en 1948 puede dividirse en dos etapas. La primera, desde esa fecha hasta el asesinato de Carlos Delgado Chalbaud en noviembre de 1950, período autoritario sin muchas persecuciones políticas. Posteriormente asumió la presidencia de la Junta el abogado Germán Suárez Flamerich quien, incomprensiblemente, se prestó para sustituir a Delgado. Este período fue puente para que Pérez Jiménez fuese designado en 1953 presidente “constitucional”, por un Congreso fraudulento. Fue una transición injustificable.

3- El 23 de enero de 1958 se produjo la tercera transición a raíz de la huida de Pérez Jiménez por perder el apoyo de los militares debido al descontento popular. Después de algunos cambios, la Junta Cívico-Militar quedó integrada por tres militares y dos civiles. La presidió el contralmirante Wolfang Larrazábal. Esta transición estableció el llamado Plan de Emergencia, criticado por muchos. Durante este período hubo varias crisis por el descontento de los militares. A Larrazábal se le criticó por ser populista, quizá porque quería ser candidato en las próximas elecciones, lo cual logró con el apoyo de URD y Partido Comunista. También se le criticó por entregar armas a civiles, principalmente de extrema izquierda, punto que poco se menciona. Larrazábal renunció para ser candidato presidencial, siendo sustituido por Edgar Sanabria, quien elevó los impuestos a las petroleras. Fue una transición que permitió que regresara la democracia.

4- El periodista e historiador Ramón J. Velásquez fue designado presidente encargado cuando el Congreso, el Fiscal General y el TSJ defenestraron a Carlos Andrés Pérez, en 1993. Velásquez evitó que hubiese otro intento de insurrección militar y permitió la elección de Rafael Caldera por segunda vez. Fue una transición sin pena, ni gloria. Quizá solo se recuerda por el indulto presidencial al narcotraficante Larry Tovar, del cual el doctor Velásquez no fue responsable.

5- Ahora hay una transición sui generis encabezada por el ingeniero Guaidó, quien asumió la presidencia interina acatando la Constitución, pero sin poder ejercerla como corresponde debido al soporte de la Fuerza Armada al usurpador Maduro. Desearíamos que logre ejercer efectivamente la transición. De concretarse, sin duda será un período difícil, ya que los rojos destruyeron las instituciones, el aparato productivo, los servicios públicos y empobrecieron la población. Esta tiene grandes expectativas de que un cambio de gobierno solucionará los problemas a corto plazo, lo cual no pareciera posible. Si los ciudadanos perciben que la transición no logra resultados tangibles, el riesgo en la próxima elección puede ser alto.

La posición de la Fuerza Armada dificulta visualizar el futuro. Por ahora, no hay duda de que Guaidó es el dirigente que aglutina a la mayoría. Los demás tienen poca aceptación en las encuestas. Quizá no sea políticamente correcto plantear hoy que, en una negociación bien manejada, podría obviarse la transición y acordar la realización de elecciones transparentes. Para ello hay que ofrecer al electorado y al mundo un equipo de gobierno que inspire confianza, por competente y libre de sectarismo. La dirigencia debe evaluar esta opción.

Como (había) en botica:

Los argumentos esgrimidos por algunos para descalificar a Noruega como facilitadora no son válidos.

La demanda en contra de La Patilla es otro acto de cobardía de Diosdado y de los tribunales mal llamados de justicia.

¡No más prisioneros políticos, ni exiliados!

eddiearamirez@hotmail.com

 3 min


Carlos Raúl Hernández

Hace décadas viajaba de Maracaibo a Caracas vía San Antonio, el DC-9 tuvo un accidente en la escala y los pasajeros decidieron no proseguir el viaje. Vine solo, entonces, con la tripulación y amablemente me pasaron a la cabina. Volando sobre Barquisimeto, el piloto me cuenta que está deprimido por una separación sentimental y me toma de confidente. En algún momento me dice “no sé cómo trabajo en esto, porque tengo miedo a volar. Además estoy seguro de que este avión se va a caer… recuerda -me dijo- lo reconoces porque tiene los emblemas de las dos líneas, Avensa y Aeropostal ¡No te montes. Se estrellará cualquier momento!”.
Me recorrió un velado ataque de pánico al verme en manos de un piloto despechado que temía volar y anunciaba la ineluctable catástrofe de la nave que conducía. La misma turbación me aparece cuando descubro los esquemas mentales de varios dirigentes, expresados por ellos o por sus escuderos y comentaristas en los chats. Circulan profusamente y hay abundante evidencia de que demasiados carecen de la menor idea de cómo se resuelve un diferendo (sueñan rendiciones). La sociedad destruyó sus partidos en busca de un príncipe azul, no tuvo tiempo de formar adecuadamente relevos y hasta ahora ha besado quintales de sapos.

Es la machtpolitik, la prepolítica, la antipolítica. Hegel la llama política del corazón, frenesí de la arrogancia, de respuestas simples y agresivas como el puñetazo contra la palma de la mano que usamos hasta hace poco. El crimen a nombre de la moral, declamado por el bien. Dice Hegel, “simula ser una muestra de excelencia, como si procurara el bienestar de la Humanidad… cuando se atraviesa esta etapa de destrucción, la ley del corazón es la perversión de sí misma, es la conciencia enloquecida”. Arteras embestidas, canalladas contra personas rectas como Mibelis Acevedo, María Eugenia Mosquera, Eduardo Fernández, entre tantas.

El aporreador digital

Revolucionarios de izquierda y de derecha llevan veinticinco años de destrucción y rechazan acuerdos. El pensamiento crítico, democrático y la política racional están condenados y perseguidos por disposición de prepolíticos. Durante algún tiempo pensamos que la “conciencia enloquecida” contra la convivencia se debía a aludes pasionales, pero la explicación es básicamente otra: el gamberro digital, ni sus patronos, tienen más nada que decir ni otra manera de enfrentar un argumento. Sus cabezas eriales como las de Marat y Desmoulins suelen terminar olisqueadas por los perros, reales o figurados.

La machtpolitik practica la infamia contra el interlocutor, como en el pasquín jacobino El amigo del pueblo, y mientras llega el momento de la agresión física, siembra calumnias sobre aquél, que “le pagan” por lo que dice. Hegel ironizó esa peste ética aunque le preocupaban las tragedias que produce. La primera revolución moderna, la francesa que comenzó imbuida del humanismo y la Ilustración, terminó chapoteando en el lodo sangriento de Robespierre, como toda revolución de izquierda o de derecha.

El Incorruptible intentó convertir Notre Dame en templo de la Diosa Razón, deidad que no era más que el otro nombre de la guillotina. Si alguien daba un paso hacia el centro y la convivencia, fuera de la estupidez criminal, le caía el hacha. A Condorcet símbolo de la sabiduría y la tolerancia, lo obligaron a suicidarse. No hay razón sino odio y muerte. Los jacobinos estaban intoxicados de principios, estupideces éticas y potenciales crímenes, igual que todos los revolucionarios. Después del Incorruptible vienen Lenin y Stalin, Mao, Hitler, Mussolini, Fidel y demás.

Mente de pollo

A ellos les importaban tanto los muertos como al que pide una invasión militar. Quienes no han vivido más política que la revolucionaria actúan así por reflejo, y vale como escribió Bertold Brecht, matar, hacer trampa, engañar, para salirse con la suya. Los reos siempre son los demócratas, los que practican el pensamiento crítico y quieren convivir. El gamberro fanático de la actualidad apela a lo único contundente: el machete de carnicero digital hasta que le toque uno de verdad. Es más fácil romper que transar y si decido que encarno el bien, la justicia, los grandes ideales, una opinión contraria es contra el bien, la justicia y los grandes ideales.

La visión del mundo del gamberro es primitiva, hormonal y se caracteriza por la incapacidad para concatenación. La realidad para él es un montón de episodios desarticulados, mientras el proceso comprensivo nace de establecer conexiones. Así piensan que Chávez fue un benefactor y Maduro traicionó el legado, cuando lo cierto es que ahora cosechamos lo que sembró aquél, y éste es su continuador. Otros no vinculan abstenerse en 2005 con la subsecuente entronización del chavismo y la caída de la alternativa democrática por una década, raíz de nuestras desgracias.

Ni cómo se relaciona la presión de no juramentarse hecha al gobernador electo en 2017 y el infierno que vive el Zulia. Ni cómo el skeetch del 30 de abril trae el arrase contra la AN. Ni qué tiene que ver la debilidad extrema de los demócratas hoy, con los errores precedentes. Los que decidieron abandonar todo en las elecciones regionales y municipales y en la presidenciales de 2018, nos privaron de mecanismos de poder y solo les queda rogar a Dios, los militares y EEUU, como el perrito que ante un perro grande se tira patas arriba y gime.

@CarlosRaulHer

 4 min


Jesús Elorza G.

El deporte presupone la igualdad, pero la naturaleza es injusta y la respeta poco. Recordemos a Eero Maentyranta quien ganó en 1964 tres medallas de oro en la modalidad de esquí en los Juegos Olímpicos de Innsbruck. Pero tenía una mutación genética debido a la cual gozaba de un 40% más de glóbulos rojos que el resto de los humanos. Charles Wegelius, corredor británico, sufrió un accidente que le supuso que le extrajeran el bazo, lo cual generaba que su cuerpo produjera un mayor volumen de glóbulos rojos, y con ello, que tuviera un mejor rendimiento físico. ¿Qué decir de aquellos jugadores de la NBA, como Yao Ming y Gheorghe Muresan que han nacido con una altura de 2,29 y 2,31 m, superior a la media, lo que les otorga una ventaja frente al resto de humanos para jugar a baloncesto? Y así podríamos seguir ofreciendo una lista casi inacabable de casos en los que la lotería genética ha favorecido a algunos atletas para que puedan rendir deportivamente por encima del resto.

Estos ejemplos son pertinentes para cuestionar la normativa del 2011 de la Federación Internacional de Atletismo (IAAF) sobre hiperandrogenismo, en que se establecía que las atletas debían tener un nivel de testosterona en sangre por debajo de los 10 nmol/l para poder competir en categoría femenina, al entender que no existía evidencia científica de que con esos niveles las mujeres obtuvieran una ventaja competitiva.

El 26 de abril de 2018 aprobó una nueva normativa determinando que las atletas con un nivel natural de testosterona superior a los 5 nmol/l que le provoquen efectos androgenizantes solo podrán competir en la categoría femenina de las pruebas de 400, 800, 1500 metros y 1 milla si se someten a tratamiento farmacológico para bajar esos niveles. En caso contrario podría competir en categoría masculina.

La normativa fue ampliamente criticada por la comunidad científica y por diferentes organismos de derechos humanos. El British Medical Journal, una publicación científica, señala que si la testosterona sola no sirve para diferenciar hombres de mujeres, tampoco es un elemento definitivo para el rendimiento, ni hace de las mujeres hombres ni de atletas mediocres súper campeones. “No se pueden definir ni el sexo biológico ni la función física ateniéndose solo a los niveles de testosterona”, señala. Una conclusión que también pone en duda la asunción habitual de que la testosterona es lo que hace hombre al hombre.

La principal afectada por esta normativa fue la campeona mundial y olímpica de 800 metros Caster Semenya, quien la impugnó ante el TAS, junto con la Federación Sudafricana de Atletismo, lo que provocó la suspensión de su entrada en vigor.

También, la Organización de las Naciones Unidas ONU en su resolución del 20 de marzo, expresó su preocupación, porque obligar a mujeres y niñas con diferencias de desarrollo sexual y de sensibilidad a los andrógenos a reducir médicamente sus niveles de testosterona en sangre “contravienen las normas y los principios internacionales de derechos humanos”. “El reglamento de la IAAF no es compatible con las normas y los principios internacionales de derechos humanos”, añade la resolución. “No hay pruebas legítimas que justifiquen el reglamento, de modo que podría no ser razonable ni objetivo”.

El 8 de mayo de 2019, el Tribunal Arbitral del Deporte (TAS), al mejor estilo cantinflerico “Si pero No” toma como posición de partida que esta normativa de la IAAF es discriminatoria, pero considera que resulta proporcionada para lograr el objetivo de preservar la equidad competitiva en estas pruebas.

La decisión del TAS deja muchos interrogantes en el aire y una honda preocupación entre los defensores de los derechos humanos de las personas intersexuales. La lucha por una categoría femenina en que no se discrimine por razón de condiciones naturales, vuelve a quedar en entredicho en el año 2019. El laudo del Tribunal Arbitral del Deporte (TAS) ha establecido que Caster Semenya, cuya fisiología la convierte en hermafrodita, no puede competir en sus circunstancias normales en las categorías femeninas, sexo en el que ella se siente persona. Como la segregación de testosterona es superior en aproximadamente un 12% al resto de las mujeres, Semenya tiene una evidente ventaja cuando compite con mujeres.

El argumento del TAS para justificar su decisión es interesante. No parece apelar para justificar la discriminación a la pureza del cuerpo, ni tampoco a la salud, dos argumentos recurrentes hasta el momento para castigar a todo deportista que se hubiera dopado. En el laudo se señala que si Semenya quiere competir con mujeres debe someterse a una operación para rebajar la testosterona, aunque ello suponga intervenir artificialmente en su cuerpo (sobre su integridad física) y a pesar de que ello le pueda generar efectos secundarios sobre su salud. Ahora bien, esto es más que discutible, en especial, cuando esa decisión conduce a contravenir principios y derechos fundamentales de las personas intersexuales, y deja en evidencia la incoherencia de las autoridades deportivas (IAAF-TAS) cuando obligan a la atleta a un “Dopaje a la inversa” pero simultáneamente sancionan el dopaje clásico.

La Justicia tarde o temprano se presenta. El Tribunal Federal Supremo de Suiza, que conocía de la apelación, dio ayer la razón a la atleta sudafricana Caster Semenya en su prolongado conflicto con la Federación Internacional de Atletismo (IAAF) y ordenó a ésta que suspenda de manera temporal hasta el 25 de junio, cuando podrá presentar nuevos argumentos, su nueva regulación sobre las mujeres atletas con elevados niveles de testosterona. La corte federal suiza ordenó la inmediata suspensión de esa norma y permitir que la bicampeona olímpica y tricampeona mundial de 800m pueda competir sin restricciones, según lo señala un comunicado de la defensa de Semenya desde Lausana, sede de este tribunal.

La decisión del alto tribunal suizo y de la ONU, deja establecido claramente que a la máxima autoridad del atletismo internacional le salió “El tiro por la culata” al ordenar el “Dopaje Inverso”

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John Gray

La situación del planeta lo está empujando al centro de la mente humana. Para un número cada vez mayor de personas, el cambio climático es un hecho tangible. Las comunidades isleñas y las ciudades costeras sufren los efectos del aumento del nivel del mar, y todos somos testigos de los fenómenos meteorológicos extremos y el dislocamiento de las estaciones. Los políticos moderados han reconocido que se ha hecho urgente alguna clase de acción más radical que cualquiera de las emprendidas hasta el momento. Todo el mundo, excepto los negacionistas más contumaces, se da cuenta de que, en el mundo que los seres humanos han habitado a lo largo de su historia, está teniendo lugar un cambio sin precedentes.

Al mismo tiempo, como escribió Eliot en Cuatro cuartetos, la humanidad no puede soportar mucha realidad, y pensar en el tema resulta cada vez más ilusorio. El cambio, efecto colateral de la industrialización mundial basada en los combustibles fósiles, ha sido desencadenado por los seres humanos. Esto no significa que ellos mismos puedan pararlo. Como han señalado los climatólogos, el calentamiento global se prolongará cientos o miles de años después de que sus causas próximas hayan cesado. El rigor de las exigencias de Extinction Rebellion —unas emisiones netas de CO2 iguales a cero para Reino Unido en 2025, por ejemplo— las convierte en imposibles. Pero incluso si se pudiesen poner en práctica, no tendrían excesiva repercusión sobre las emisiones de gases de efecto invernadero ni evitarían una alteración del clima que ya forma parte inseparable del sistema. Los actuales movimientos ecologistas son expresión de un pensamiento mágico, intentos de ignorar la realidad o evadirse de ella, más que de entenderla y adaptarse.

Una de las realidades que el ideario ecologista pasa por alto es la geopolítica. Pensemos en la idea, tan de moda, de que el mundo —o, por lo menos, el Occidente capitalista— debería dejar de utilizar combustibles fósiles. Desde el punto de vista medioambiental sería algo altamente deseable aunque no detuviese el cambio climático ni las perturbaciones que lo acompañan. Desde el punto de vista geopolítico, la receta provocaría turbulencias en todo el mundo. Algunos de los Estados más importantes necesitan estos combustibles para su existencia. El reino de Arabia Saudí se hundiría sin los ingresos que recibe del mercado del petróleo. Las rentas nacionales de Irán y Rusia dependen en gran medida de que el crudo sea caro. Para todos ellos, el final repentino del consumo de hidrocarburos supondría un descenso brutal del nivel de vida, así como una fractura política a gran escala. Tanto mejor, dirán los ecologistas. No son regímenes demasiado deseables.

Pero sería una estupidez suponer que lo que surgiría a continuación sería mejor. El reino saudí se fragmentaría o sería sustituido por un régimen islamista más radical. Una Rusia empobrecida podría ser más belicosa y temeraria en su política exterior y de defensa. Con Irán privado de los ingresos del petróleo y sin perspectivas de seguir obteniendo beneficios, habría menos, no más posibilidades de un giro democrático en el país. La probabilidad de éxito de los cambios de régimen inducidos por las políticas ecologistas no es mayor que la de los cambios de régimen impuestos por la fuerza militar.

Otra realidad obviada por el pensamiento ecologista es la historia del siglo XX. Las protestas contra el cambio climático, como Extinction Rebellion, son hijas de los movimientos antiglobalización de hace más o menos una década, y al igual que estos, creen que el capitalismo occidental contemporáneo es defectuoso y se dirige hacia el desguace de la historia. En eso tienen razón. El mercado libre mundial ha sido siempre una entelequia, y la estructura tambaleante de los precios de los activos financiados a base de endeudamiento y de las crecientes rivalidades comerciales es frágil. Otra crisis crediticia como la de 2007-2008 probablemente la haría pedazos.

Esto no quiere decir que una economía socialista fuese más beneficiosa para el medio ambiente. Las peores catástrofes ecológicas del siglo pasado sucedieron en la antigua Unión Soviética y en la China maoísta, en las que —bajo la influencia de la ideología marxista, según la cual el mundo natural tiene que ser "humanizado"— la naturaleza sufrió un menoscabo y una degradación peores que en cualquier país occidental.

Las agresiones al medio ambiente incluyen una de las extinciones masivas de otras especies animales más rápidas de la historia. Hace 50 años, alrededor de 180.000 ballenas desaparecieron de las aguas que circundaban la Unión Soviética. En una muestra extraordinaria de vandalismo medioambiental, la industria ballenera soviética acababa con estos mamíferos con la simple finalidad de cumplir los objetivos de producción fijados por los planes quinquenales. Apenas al 30% de las ballenas masacradas se les dio algún uso económico. Era normal que los barcos regresasen con animales en estado de putrefacción inservibles como alimento. Cumplir con el plan quinquenal solo dependía de cuántas se matase. Las tripulaciones que no alcanzaban la cuota eran penalizadas con descensos y despidos, mientras que las que superaban las exigencias del plan recibían gratificaciones. Aparte de los equipos que igualaban o excedían la cuota, nadie obtenía provecho de la matanza. Algunas especies de ballenas quedaron al borde de la extinción, y los efectos del sistema sobre las poblaciones de cetáceos son visibles aún hoy. (Ver Charles Homans, The most senseless environmental crime of the twentieth century [El crimen medioambiental más absurdo del siglo XX], Pacific Standard, 14 de junio de 2017).

Por supuesto, los ecologistas les dirán que quieren un sistema económico diferente de una economía socialista planificada por el Estado, pero nunca han aclarado cómo funcionaría ese nuevo sistema, y en la práctica sus exigencias se resumen en poco más que lo que ellos llaman desarrollo sostenible. El problema es que las propuestas ecologistas implican un descenso del nivel material de vida de gran número de personas, lo cual sería insostenible políticamente. El impuesto de Macron al gasoil impulsó el avance del movimiento de los chalecos amarillos en Francia, y el principal beneficiario de la promesa electoral de Hillary Clinton de clausurar la industria del carbón ha sido Donald Trump. Cuando las políticas ecologistas imponen graves costes a los pobres y a la mayoría trabajadora —como ocurre con frecuencia—, el resultado es una reacción popular.

En teoría, la solución a la crisis ambiental es lo que John Stuart Mill, en sus proféticos Principios de economía política (1848), llamó una economía del Estado estacionario, en la que el progreso técnico no se emplea para expandir la producción y el consumo, sino para aumentar el ocio y la calidad de vida. El problema es que una economía sin crecimiento es políticamente imposible. La reacción de los populismos y la agitación geopolítica darían al traste con cualquier transición a un Estado estacionario. Detrás de estos obstáculos se esconde otra realidad que se ha excluido del pensamiento actual. A pesar de todo lo que se dice del descenso de la fertilidad en buen número de países, el crecimiento de la población humana sigue siendo la causa última de la actual extinción masiva. Las especies desaparecen a gran escala porque sus hábitats están desapareciendo, y la causa principal es la expansión humana. Puede que, efectivamente, entrado el siglo el crecimiento demográfico se estabilice en torno a los 9.000 o 10.000 millones de habitantes. No obstante, la biosfera ya estará arrasada. Si entonces el número de seres humanos desciende, lo hará en un mundo terriblemente depauperado.

Es interesante observar que John Stuart Mill ya predijo este futuro en 1848, cuando concibió la idea del Estado estacionario en sus Principios de economía política. No produce “mucha satisfacción", decía, "... contemplar un mundo en el que nada se deja a la actividad espontánea de la naturaleza; en el que hasta el más minúsculo pedazo de tierra capaz de dar alimento al ser humano se ha puesto en cultivo y el último retazo de pastizal florido ha sido arado; en el que los cuadrúpedos y los pájaros no domesticados por el hombre han sido exterminados como rivales que le disputan los alimentos; cada seto y cada árbol superfluo ha sido arrancado de raíz, y apenas queda sitio en el que una flor o un arbusto silvestre puedan crecer sin ser erradicados como malas hierbas en nombre del progreso agrícola. Si la tierra debe perder la enorme parte de su placidez que debe a las cosas que el aumento ilimitado de la riqueza y la población extirparía de ella con el mero propósito de sostener a una población mayor, pero no mejor o más feliz, espero sinceramente, por el bien de la posteridad, que se contenten con estar estacionarios mucho antes de que la necesidad los obligue a ello".

Más de 170 años después no parece que nadie se contente con estar estacionario. Nada en el actual clima de pensamiento goza de tan poca popularidad como el neomalthusianismo de Mill. Es verdad que él lo vinculaba a la emancipación de la mujer, y que llegó a pasar una noche en la cárcel por el delito de distribuir panfletos a favor del control de la natalidad entre las mujeres de clase trabajadora. Sin embargo, los liberales de hoy en día lo consideran una débil excusa para lo que denuncian como la siniestra misantropía del filósofo y economista, que prefería un mundo con una población reducida y grandes superficies de territorio salvaje a otro asfixiado y desolado por miles de millones de seres humanos luchando por sobrevivir.

Aquí es donde la crisis de la extinción asoma en el horizonte. La economía industrial no aceptará los límites al crecimiento porque la civilización a la que sirve ha rechazado cualquier restricción a su capacidad de logro. Según la mentalidad actual, el hecho de que un objetivo sea imposible de alcanzar no es motivo para no intentarlo. Más bien todo lo contrario. Los sueños imposibles —nos dicen innumerables predicadores laicos— hacen a los seres humanos únicos y especiales. En esta religión moderna, aceptar cualquier límite último al poder humano es el peor de los pecados. En consecuencia, el pensamiento mágico —que descansa sobre la creencia en la omnipotencia de la voluntad humana— es obligatorio.

Sobrevivir a la crisis climática no es un objetivo irrealizable por naturaleza. Lo que se necesita no es un desarrollo sostenible, sino algo más parecido a lo que James Lovelock, en su obra A Rough Ride to the Future [Una dura carrera hacia el futuro] (2014), denominaba una "retirada sostenible". Utilizando las tecnologías más avanzadas, entre ellas la energía nuclear y la solar, y abandonando la agricultura en favor de los medios sintéticos de producción de alimentos, se podría alimentar a la todavía creciente población humana sin seguir haciendo demandas aún más intolerables al planeta. La intensificación de la vida urbana podría permitir la recuperación de territorios salvajes que hubiesen quedado despoblados. Los recursos se podrían concentrar en construir defensas contra el cambio climático, que tendrá lugar hagamos lo que hagamos ahora los seres humanos. Los sueños soberbios de "salvar el planeta" se sustituirían por ideas sobre cómo adaptarnos a vivir en un planeta que nosotros mismos hemos desestabilizado. Si los seres humanos no se amoldan, el planeta los reducirá a un número menor a los condenará a la extinción.

Esta clase de programa es lo contrario de lo que proponen los ecologistas. También es profundamente incompatible con la cultura dominante. Una consecuencia de la decadencia de la religión es el declive simultáneo de la idea de que el mundo natural impone límites a la voluntad humana. En vez de verse a sí mismos como un animal entre tantos, como la especie que domina en el presente, pero que, al igual que todas las demás, no tiene asegurada su permanencia en la Tierra, los seres humanos se han crecido hasta pensar que tienen el poder sobre la naturaleza del Dios en el que ya no creen. Si Dios no hizo el mundo, la humanidad puede —y debe— rehacerlo a su imagen. Esta es la base sobre la que se asienta nuestra civilización supuestamente laica, y también la fuente última de la crisis de la extinción.

En estas circunstancias, cualquier programa fundamentado en el hecho de que los seres humanos se enfrentan a un cambio climático imposible de detener será tachado de fatalismo desesperado. Tratándose de una civilización que se enorgullece de su devoción por la ciencia, es una actitud curiosa. El propósito de la ciencia es la formulación de leyes universales independientes de las creencias y los valores humanos. Si estas leyes debilitan nuestras esperanzas y ambiciones, que así sea. Si el sentido del ejercicio es la verdad objetiva, se deben dejar de lado las emociones subjetivas. Y también la fe, ya sea religiosa o de otra clase. Si creemos a sus ideólogos, la ciencia es una indagación del mundo natural del cual el ser humano es parte consustancial. De hecho, la ciencia se ha convertido en un canal de la creencia ‒heredada del monoteísmo‒de que la humanidad puede trascender el mundo natural.

La paradoja de los movimientos ecologistas actuales es que fomentan esta religión antropocéntrica. La crisis de la extinción solo se puede mitigar reorientando nuestra mente para que aborde la realidad. El pensamiento realista, sin embargo, está prácticamente extinguido

John Gray es catedrático emérito de Pensamiento Europeo en la London School of Economics.

Traducción de News Clips.

8 de junio 2019

El País

https://elpais.com/elpais/2019/06/08/opinion/1559993302_726412.html

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George Soros

La elección del mes pasado para el Parlamento Europeo tuvo resultados mejores que los que uno hubiera esperado, y fue por una sencilla razón: la mayoría silenciosa pro europea habló. Su mensaje fue que quiere preservar los valores fundacionales de la Unión Europea; pero también quiere cambios radicales en su funcionamiento. Su principal inquietud es el cambio climático.

Esto favorece a los partidos proeuropeos, especialmente los Verdes. Los partidos antieuropeos, de los que no se puede esperar nada constructivo, no consiguieron los avances que esperaban. Tampoco pudieron formar el frente unido que necesitarían para aumentar su influencia.

Una de las instituciones que necesita cambios es el sistema de Spitzenkandidat, que supuestamente provee una forma de selección indirecta de la dirigencia de la UE. Pero en realidad, como explicó Franklin Dehousse en un artículo brillante, pero pesimista, en el EU Observer, es peor que si no hubiera ningún proceso de selección democrática. Los estados miembros tienen partidos políticos reales, pero su combinación transnacional produce construcciones artificiales que sólo sirven para promover las ambiciones personales de sus líderes.

Esto es evidente sobre todo en el Partido Popular Europeo (PPE), que se las arregló para capturar la presidencia de la Comisión desde 2004. El líder actual del PPE, Manfred Weber (que no tiene ninguna experiencia en un gobierno nacional), parece dispuesto a entrar en casi cualquier acuerdo con tal de permanecer en la mayoría parlamentaria, incluso aceptar al autocrático primer ministro de Hungría, Viktor Orbán.

Orbán le generó un grave problema a Weber, al incumplir abiertamente las normas europeas y establecer el equivalente a un estado mafioso. Casi la mitad de los partidos nacionales que forman el PPE querían expulsar al partido de Orbán, Fidesz. Pero en vez de hacerles caso, Weber consiguió convencer al PPE de plantearle a Fidesz una demanda relativamente fácil: que permita a la Universidad Centroeuropea (de la que soy fundador) seguir funcionando libremente en Hungría, como universidad estadounidense.

Fidesz no cumplió. Aun así, el PPE no lo expulsó, sino que sólo lo suspendió, para que pudiera contar como parte del PPE en la elección del presidente de la Comisión. Ahora Orbán está tratando de restablecer la participación plena de Fidesz en el PPE; hay que ver si Weber encuentra un modo de darle lugar.

Como el sistema de Spitzenkandidat no se basa en un acuerdo intergubernamental, cambiarlo no presenta mayores dificultades. Sería mucho mejor que la presidencia de la Comisión Europea surgiera directamente de una lista cuidadosamente elaborada de candidatos cualificados, pero eso obligaría a cambios en los tratados. En cuanto a la presidencia del Consejo Europeo, puede seguir eligiéndola una mayoría cualificada de estados miembros, como estipula el Tratado de Lisboa.

La reforma que sí demandaría modificar los tratados se justifica por la cada vez mayor legitimidad democrática conferida por las elecciones para el Parlamento Europeo. La participación en la elección reciente superó el 50%, un marcado aumento desde el 42,6% de 2014. Es la primera vez que la participación aumenta desde la primera elección en 1979, cuando participó el 62% de los votantes habilitados.

Inesperadamente, parece que esta vez del sistema de Spitzenkandidat puede salir un equipo soñado. Esta novedad se debe en gran medida al presidente francés Emmanuel Macron (que se opone al sistema de Spitzenkandidat por principio). En una cena con el presidente del gobierno español, Pedro Sánchez (ganador de la elección general nacional en España, que precedió a la votación para el Parlamento Europeo), ambos líderes acordaron apoyar a dos Spitzenkandidaten que sean ideales para la Comisión y para el Consejo.

El principal sostén del sistema de Spitzenkandidat es Alemania. Si Weber pierde la competencia, Alemania tratará de conseguir que Jens Weidmann, presidente del Bundesbank, asuma la presidencia del BCE; pero esa designación distaría de ser ideal. De hecho, lo descalifica haber dado testimonio contra el BCE ante el Tribunal Constitucional Federal de Alemania en un caso en el que se pretendía invalidar las “transacciones monetarias directas” del Banco, una política que fue crucial para superar la crisis de la eurozona a principios de esta década. Espero que este hecho se vuelva más conocido.

Cualquier otro candidato cualificado sería preferible a Weidmann para la presidencia del BCE. Como están las cosas, Francia no se quedará con ninguno de los puestos principales. Sería bueno que Alemania tampoco los tenga, para dejar más espacio a otros países.

Hay muchas instituciones de la UE además del sistema de Spitzenkandidat que necesitan una reforma radical. Pero eso puede esperar hasta que sepamos si la promesa que se expresó en la última elección parlamentaria se cumple y en qué medida. Todavía no es tiempo de cantar victoria, relajarse y celebrar. Hay mucho trabajo que hacer para convertir a la UE en una organización funcional que haga realidad su enorme potencial.

7 de junio de 2019

Project Sybdicate

https://www.project-syndicate.org/commentary/europe-silent-majority-want...

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