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Opinión

En una reunión de amigos la semana pasada, con motivo de la reconversión económica y las nuevas medidas, se abordó el tema de la influencia que tendrían estas en el pensamiento y la conducta de los venezolanos. Después de varias rondas de opiniones e ideas concluimos que el problema era de credibilidad. Aquí, la discusión se tornó polémica… contradictoria. ¡La credibilidad en el gobierno acaparó profusamente el tema de discusión! Como es conocido factores objetivos y subjetivos componen el grado de credibilidad de una persona o institución. Influyen creencias, valores, dogmas, opiniones y criterios. La carga de la credibilidad es la confianza. Como esté la confianza estará la credibilidad. Si es confiable tendrá alta credibilidad. Podrá ser poca, mucha o nula. Débil o fuerte. Es el transcurrir de la conducta personal o institucional la que determina, la imagen que haya proyectado y como haya sido percibida. El conocimiento, el comportamiento público y privado de tipo moral y ético constituyen elementos claves en la formación de una buena o mala credibilidad.
La credibilidad del político

Tal como es sabido y lo reflejan importantes estudios en muchos países del mundo, el político es uno de las funciones o actividades del ser humano con mayor desprestigio. En Venezuela, investigaciones (focus groups) dan cuenta de la mala imagen que tienen de los políticos. Entre las cosas que piensan están “Los políticos y los partidos no cumplen”. “Trabajan para sus intereses”. “Solo buscan nuestro voto”. “Les interesa su beneficio personal”. “Terminan traicionando a su gente”. Sobre las condiciones del nuevo liderazgo, dijeron: “Ser diferente”. “Que diga la verdad”. “Honesto y no defraude”. “Que proponga sin rodeos”. “Que asuma sus compromisos”. “Que trabaje por los ciudadanos”. La primera carga negativa de la imagen del gobierno entonces es lógicamente la imagen que de los políticos tiene la gente. Aquí y debemos decirlo pagan justos por pecadores. Sin duda, hay políticos creíbles y transparentes en su andar público y privado. Muchos tienen buenas convicciones, doctrina y propuestas. Sin embargo, “No todo está perdido”, como dijo Napoleón después de su derrota en Waterloo. ¡El hombre es un animal político! como expresó Aristóteles.

La credibilidad del gobierno

El otro componente de la credibilidad del gobierno es su modelo de comunicación política. La política es el arte de gobernar los pueblos y el modo de conducir un asunto. La comunicación política implica aquellos mensajes que afectan la distribución de poder, como la definiera Richard Merrit. Por eso, es necesario analizar el modo de comunicación oficial para ver su grado de credibilidad. En general, son peroratas largas y descriptivas, muy técnicas y carentes de pericias pedagógicas. Divulgan materias de gran complejidad y de claras dificultades para comprender y advertir. Cansan al receptor interesado y fastidian al predispuesto. No es una comunicación cercana al pueblo. Y la compra de esos mensajes exige alta credibilidad. Por ejemplo, la venta de los lingoticos de oro, la reconversión financiera, el pago del salario mínimo, el pago a los pensionados, el precio de la gasolina, la moneda petro y la relación dólar bolívar. Temática que ha sido además corregida y vuelta a corregir varias veces.

Una población confundida

Esta marcha y contra marcha en las cuales se rodea cada medida siembra la incertidumbre en la población. Aumenta la desconfianza y disminuye la empatía en las políticas gubernamentales. La poca comprensión aleja al ciudadano y multiplica las dificultades para su implementación. Una vocería gubernamental en muchos casos abrumada de galimatías y poses autosuficientes y presuntuosas. Un galimatías es un lenguaje enredado… confuso y poco perceptible. En el fondo, observamos improvisación y hasta falta de preparación. Deficiencia que es de algún modo reforzada con la propagación brutal y repetitiva de las medidas. ¡Hasta “una mentira repetida mil veces se convierte en verdad”!, de acuerdo a Joseph Goebbels. Reconocemos, no obstante, que es una materia compleja y que exige el uso de técnicas de la comunicación y de la psicología. Como resultado, una población confundida, subinformada y enredada en sus propias circunstancias y capacidades culturales y educativas. Pero, que al fin y cabo, aprenderá de acuerdo a su propia experiencia. Y a la comunicación persona a persona con amigos y familiares.

fcordero@eluniversal.com

efecepe2010@gmail.com

@efecepe2010

 3 min


Carlos Raúl Hernández

Donde triunfaron los movimientos totalitarios del siglo XX, se impuso en la política el pensamiento mítico sobre el racional y la acción se promovía a través de calumnias, himnos, consignas, que apuntaban a mover pasiones, al inconsciente y no a la conciencia. Tanto el comunismo como el nacionalsocialismo y el fascismo fabricaron el reino de la ideología, el engaño y las bajas pasiones, como decía Lucio Colletti. Movilizan al público con una jerga espuria que hablaba de clases y razas parásitas, otras oprimidas, del triunfo de los pobres, de los pueblos a los que se negaba la felicidad y cuyo destino era construir un nuevo mundo.
Para el bien era necesaria una etapa de destrucción de lo existente: la revolución. Por obra del mito, simples autocracias criminales, ineficientes y sinvergüenzas dejaron de llamarse gobiernos para convertirse en “la revolución” y así justificar todos sus fracasos y miserias. Y de ese mito matriz, deriva una mitología, un tejido de submitos, que contagian al resto de la sociedad, intrasistemas complejos de turbideces que se toman por valores morales o pos “verdades” (ahora tenemos también pos verdades) para éxito de los autócratas.

Esa mitología se extiende a toda la sociedad, incluidos los opositores. Trágicamente nos descubrimos pensando y hablando como quieren los seis demiurgos revolucionarios, que deben estallar en carcajadas cada vez que pisamos sus minas ideológicas. Parte del síndrome es lo ocurrido con el llamado carnet de la patria, un instrumento del gobierno para sus usos clientelares, reparto de la renta y tarjeta de racionamiento en otros casos. Pero grupos de nuestros sectores ilustrados (¿?) lo han convertido en una especie de batalla de las Termópilas.

La dignidadddddddd

En ella se prueba el valor, el heroísmo, la dignidad, palabra que se gastó de tanto usarla. Algunos de los que dignamente no lo tienen, se sienten en homérica beligerancia al lado de Leonidas contra cientos de miles de persas. Los millones de ciudadanos normales y sensatos que tienen su carnet o lo tendrán (en este último grupo me incluyo) han sido declarados traidores a los sagrados principio que inventaron entre el gobierno y ciertas ramas de seudo opositores con mucho tiempo libre. Bastante se ha dicho que tal dignidad no se veía afectada por Cadivi.

Para obtener dólares baratos hacían llevar al solicitante unas carpetas que de tan bien hechas parecían obra de Benvenutto Cellini. Ahí no se les empañaba el honor a estos catones, pero si cuando la gente humilde tuvo que comenzar a hacer cola para comprar alimentos y algunos atorrantes llegaron hasta la agresión física contra ellos. Desde la desaparición de los partidos tradicionales y la emergencia de grupos improvisados de clases medias, sin experticia en el arte político, los mitos mayores y menores proliferan en la ingenuidad.

Los mitos siempre han existido y tuvieron gran fuerza en sociedades del pasado, las llamadas prelógicas por el antropólogo francés Lucien Levy-Bruhl. Con la modernidad, la ciencia y la razón analítica ocuparon gran espacio ideológico, pero la redención social trajo otra vez el engaño, los falsos problemas para disfrazar los verdaderos. Los movimientos totalitarios juegan fríamente con las emociones de las clases medias, las más fácilmente manipulables al tocarles supuestos valores, no así las clases populares, obligadas a ser más pragmáticas.

Anzuelos de colores

El gobierno hace lo que le da la gana con sectores críticos al ponerlos a morder coloridos anzuelos éticos. Otra de esas trampas cazabobos es la tal Asamblea Constituyente, una fórmula estrafalaria para llamar a un simple ministerio de triquiñuelas. Fuimos tan ilusos como para preferir que se sacrificaran los pocos gobernadores electos con tal de no profanar la dignidad ¿o virginidad?, al juramentarse en la “constituyente”. ¿Y qué pensarán los dignos de que Zulia cayera en manos que lo destruyen premeditadamente por venganza. En el exilio hay gente respetable, muchos a quienes aprecio y considero amigos.

Pero de la chapucería de algunos fallidos políticos surgen aberraciones que dieron K.O a la oposición. Esenciales para la mitología cosas tales como la abstención (hasta que lo lograron el 20-M con efectos conocidos), la prédica de “con ese CNE”, la virtud del voto manual frente al electrónico. Ahora parece que inventan una presidencia en el exilio sin entidad y que dice muy poco de bueno al país. Eso de disfrazar la política de moral es propio de la antipolítica, el autoritarismo y el totalitarismo y algunos cabecillas opositores solo hablan de esas tonterías, aderezadas del alto precio de los huevos o de las papas.

No existe razonamiento estratégico y todo se derrumbó. Y dentro de la oleada destructiva, calumnias, fake news de la fauna radical tuitera, de la que nos ocupamos con frecuencia, pareciera que ahora le toca a este periódico. Algunos que gracias a El Universal tuvieron renombre no muy merecido y que hoy no están en sus páginas, conspiran para desacreditar uno de los pocos diarios que sobreviven y montan una tramoya con la excusa del carnet de las Termópilas en la que el impudor hace que algunos hablen de grabaciones hechas a reuniones privadas de trabajo. Volveremos.

@CarlosRaulHer

 4 min


Ningún asesino dirá jamás que mata porque le gusta matar. El ser humano intenta legitimar sus maldades, está en su naturaleza. Son las trampas de la razón de la que nos hablaba Kant. Con mayor motivo si se trata de asesinatos colectivos, genocidios, o grandes matanzas como las acontecidas a granel a lo largo de la historia universal de la infamia. Incluso Chile, tan alejado del mundo, un país de transcurrir pacífico y relativamente democrático, fue testigo de una de las tragedias más sangrientas conocidas a nivel continental.

La tragedia que comenzó a tener lugar a partir del 11 de septiembre de 1973 está documentada en fotos, en filmes, en testimonios. Es inocultable. Y mientras más lo es, más grande ha sido el esfuerzo de sus ejecutores y de quienes los aplaudían (y aplauden) por otorgarle legitimación histórica. La mayoría de esas legitimaciones utiliza la coartada del golpe bajo la rúbrica “necesidad histórica” como si la historia siguiera una lógica y una razón pre-determinada.

Desde los primeros días del golpe, la dictadura buscó su legitimación. El golpe fue llevado a cabo, propagaron los generales, en contra de un Plan Z, destinado a asesinar a quienes no eran marxistas. La UP guardaba arsenales secretos y un ejército clandestino estaba presto a asaltar al estado y declarar la “dictadura del proletariado”. Y muchos creían esas mentiras no porque fueran verosímiles sino porque necesitaban creer en ellas. Hoy todavía hay quienes arguyen que Chile mantiene una deuda histórica con “su” ejército. Pinochet, pese a uno u otro “error”, habría salvado a Chile de convertirse en una segunda Cuba.

Cuarenta y cinco años después del golpe, el mito “Pinochet defensor de la patria” ha aumentado su intensidad, entre otras razones por la orfandad política en la que se encuentran las víctimas de tres dictaduras latinoamericanas: Cuba, Nicaragua y Venezuela. No faltan incluso quienes en esos países anhelan el aparecimiento de un Pinochet, alguien que expulse a los comunistas, que imponga disciplina y orden y, sobre todo, que conduzca a sus naciones por la vía de la prosperidad. Todas estas, y otras más, son razones que llevan a indagar nuevamente sobre esos hechos que ocurrieron hace 45 años.

Las ocultas razones del golpe

Hagamos un poco de historia: desde mediados de 1973, el gobierno de Allende había alcanzado su fase de declive. De hecho, ya no contaba con el apoyo de las capas medias. Estudiantes y escolares llenaban las calles protestando. La SOFOFA (Sociedad de Fomento Fabril), la SNA (Sociedad Nacional de Agricultura) y CONFECO (Confederación de Comercio), vale decir, los tres pilares de la economía, habían declarado la guerra al gobierno y la negociación con ellos ya no era posible. Peor aún: la UP ya había perdido a los sindicatos del cobre y del acero. Las elecciones de la CUT (Confederación Unitaria de Trabajadores) tradicional reducto comunista-socialista, fueron objetivamente ganadas por la Democracia Cristiana (DC). Allende, sin las dos cámaras, gobernaba por decretos.

Todas las encuestas daban al gobierno un número menor de votos al obtenido en las presidenciales de 1970. Para aparentar la fuerza que ya no tenía, Allende nombraba generales en los ministerios, de modo que, de facto, el gobierno ya estaba tomado desde dentro por los militares. El golpe había comenzado, efectivamente, antes del golpe. Los militares realizaban allanamientos sin órdenes judiciales y en las calles se veían, ya en agosto, soldados armados por doquier, mientras el cielo era cruzado por aviones haciendo “ejercicios”. La Armada había entrado en un proceso de “depuración” y los marinos allendistas, acusados de complotar, eran hechos prisioneros y torturados. En fin, Allende había perdido el poder antes de perderlo.

Estos hechos hay que tenerlos en cuenta a la hora de emitir un juicio. Pues el golpe del 11 de septiembre no fue realizado en contra de una revolución triunfante sino en contra de un gobierno débil, al punto del colapso. ¿Por qué entonces fue tan sangriento? La versión oficial del pinochetismo fue unánime: para impedir que Chile se convirtiera en otra Cuba.

Sin embargo, para que Chile se convirtiera en una nueva Cuba se requería de dos condiciones: un ejército leal y/o un fuerte apoyo internacional. El ejército ya había sido ganado por la derecha, sobre todo entre los oficiales y suboficiales y Allende lo sabía. La segunda condición era internacional: una nueva Cuba solo podía ser posible con el apoyo de la URSS y es un hecho, no una especulación, que la URSS negó su apoyo al proceso chileno.

Desde el punto de vista económico, Chile no podía avanzar un solo centímetro si no pagaba la deuda externa. De modo casi humillante, Allende viajó a la URSS a solicitar un crédito (diciembre del 1972) que le permitiera saldar en parte la inmensa deuda (en la práctica, la conmutación de 350 millones de dólares que Chile pagaba a la URSS) Pero Allende volvió con los bolsillos vacíos. La URSS sufría bajo Breschnev un periodo de estagnación. Cuba por si sola costaba más de un millón de dólares diarios. Además, se avecinaba un periodo de distensión con USA en donde debía ser negociada la retirada de tropas norteamericanas en Vietnam y Kissinger exigía, como parte del negocio, la no intromisión de la URSS en Sudamérica. Razón por la cual el comercio internacional de Chile con la URSS se mantuvo durante el socialista Allende por debajo del mantenido por la URSS con Argentina, Brasil, Uruguay y Colombia.

La URSS no quería otra Cuba. Hecho geopolítico que explica por qué la URSS mantuvo poco después relaciones comerciales y -sobre todo- políticas con la Argentina de los generales. En efecto: donde prima la geopolítica no hay política. Eso lo sabía Pinochet: después de todo fue profesor de geopolítica. En fin, Chile no podía ser otra Cuba y, aunque la cubanización de Chile le sirviera de propaganda, Pinochet decidió dar un golpe por razones que tenían poco que ver con Cuba. ¿Con qué tenían que ver?

Recordemos que Allende, después de su fracaso en la URSS, reunió a todos los dirigentes de la UP y planteó crudamente la situación. Su gobierno estaba aislado nacional e internacionalmente. Para evitar la total capitulación solo cabía una posibilidad: el plebiscito. La reflexión era correcta. En caso de triunfar Allende, su gobierno emergería fortalecido. En caso de perder, había que convocar a nuevas elecciones. Si en esas elecciones triunfaba la DC -era lo más probable- no sería por mayoría absoluta y en consecuencias, un gobierno DC estaría condicionado al apoyo de la UP, invirtiéndose la relación que se había dado en octubre de 1970 gracias a las cual Allende pudo ser elegido presidente después de intensas negociaciones con la DC. Vale decir, aun perdiendo el plebiscito, la UP podía conservar algunas posiciones hacia el futuro.

El buen plan de Allende topaba, no obstante, con dos obstáculos. El primero se sabía: el PS, el partido de Allende, bloqueaba la alternativa plebiscitaria. El segundo se supo después: el propio ejército, mejor dicho Pinochet, vio en el plebiscito una amenaza para una salida militar al conflicto. Así fue que precisamente en los días en los que Allende se aprestaba a anunciar un plebiscito, Pinochet decidió apresurar el golpe. De tal modo Pinochet no dio un golpe solo en contra de la UP, sino en contra de una salida política que, en las condiciones imperantes en septiembre, no podía sino ser plebiscitaria. En cierto modo, la lucha contra el “marxismo” fue un pretexto de Pinochet para hacerse de todo el poder estatal.

Hábil como pocos, Pinochet había establecido una alianza tácita con el sector dominante de la DC: el de Eduardo Frei Montalva. De este modo Pinochet neutralizaba a los partidarios de la salida plebiscitaria dentro de la DC (Fuentealba, Tomic) a cambio de la promesa de realizar una transición de corta duración para después apoyar a un gobierno de centro-derecha presidido por Frei. Pero esa salida “bonapartista”, como sabemos, no estaba en el plan de Pinochet. Su objetivo, por el contrario, era formar un gobierno militar de larga duración, uno que diera fundación a una nueva república de inspiración “portaliana” (sin partidos políticos) En fin, no se trataba de cambiar un gobierno por otro sino de realizar una revolución bajo la conducción de un ejército libertador conducido por Pinochet. El golpe, visto desde esa perspectiva, fue una declaración de guerra a todo el orden político y social prevaleciente.

Solo así podemos explicarnos el carácter sanguinario del golpe militar. Un golpe que no fue solo un golpe: fue el inicio de una guerra en contra de la política, sus instituciones y por supuesto, sus personas. Una guerra llevada a cabo por el ejército mejor armado del continente en contra de una ciudadanía desarmada. Pues hablemos seriamente: los pocos grupos armados de la izquierda chilena -comparados con los Montoneros y el ERP argentino, o con los Tupamaros uruguayos- eran una risa. Ni hablar del Sendero Luminoso que enfrentó Fujimori y mucho menos de los ejércitos de las FARC, las que no lograron, pese a controlar vastas extensiones territoriales, derrumbar los pilares sobre los cuales se sustentaba la república colombiana.

La guerra de Pinochet duraría a lo largo de todo su gobierno. El llamado pronunciamiento del 11 de septiembre fue solo el comienzo de una revolución en contra de toda la clase política chilena de la cual la eliminación física de la izquierda había sido solo su comienzo. La derecha, en abierta complicidad, no hizo resistencia y se autodisolvió. El atentado cometido al general Óscar Bonilla (marzo 1975), hombre de Frei dentro del ejército, marcaría un punto de inflexión. El freísmo y Frei ya no tenían nada que hacer. El posterior asesinato a Frei solo sería la consecuencia lógica de la revolución pinochetista. Una revolución que no se hizo solo en contra de la izquierda y sus partidos, sino, reiteramos, en contra de la política como forma de vida ciudadana. Pinochet mismo lo decía al referirse con desprecio, cada vez que podía, a “los señores políticos”. En esa lucha en contra de la política, la izquierda “solo” puso a los torturados, a mujeres violadas, a los prisioneros, a los exiliados y, sobre todo, a los muertos.

Las desproporcionadas masacres -innecesarias desde todo punto de vista militar- no se explican solo por las alteraciones sádicas de Pinochet y los suyos, propias al fin a todos los dictadores. Ellas formaban parte de la lógica de la revolución militar: la de crear un punto de no retorno. Vale decir: mientras más ensangrentaban sus manos los seguidores de Pinochet, mientras más estrecha era la complicidad de los pinochetistas con la muerte, más lejana aparecería la posibilidad de un regreso a la vida democrática.

Durante Pinochet, Chile se convirtió en una nación-cuartel: sin debates, sin partidos, sin política. Razón por la que Pinochet, a diferencia de otros dictadores, no intentó fundar un partido pinochetista. Su partido ya estaba formado: era el ejército. Sin embargo, sí intentó durante un breve periodo, una nueva asociación: una alianza entre el estado militar y los gremios económicos. Fue el periodo de gloria de su entonces yerno, el fascista Pablo Rodríguez. La alianza duró poco. Pronto comprendería Pinochet que toda alianza funciona en base a compromisos y se deshizo rápidamente de Rodríguez y su poder gremial. El lugar de Rodríguez -el de la eminencia gris- fue ocupado por el “portaliano” Jaime Guzmán.

Asesorado por Guzmán, Pinochet comenzó a fraguar su proyecto histórico: el de un Estado antipolítico “en forma”, situado por sobre las instituciones, pero con un margen de deliberación entre ex-políticos elegidos desde arriba. En otras palabras, los miembros del Estado Mayor del Ejército serían convertidos en una suerte de ayatolas uniformados, secundado por “notables” fieles al régimen.

El “milagro económico chileno”

Lo que nunca pasó por la cabeza del dictador fue que en nombre de la lucha en contra del marxismo, estaba creando, solo bajo otras formas ideológicas, un sistema político muy similar al que regía en Cuba. Pues así como en Europa los regímenes de Hitler y Stalin se parecían entre sí, el de los Castro y el de Pinochet también estaban marcados por signos de semejanza. La diferencia es que en Chile la clase política demostró tener una mayor capacidad de resistencia que la clase política cubana. Pero es inevitable pensar que, durante Raúl Castro, con la apertura violenta de Cuba al capital extranjero, comenzó a tener lugar la alianza perfecta entre el mercado y el estado militar que una vez imaginaron Pinochet y Guzmán para Chile. Ambos murieron sin saberlo. Y los pinochetistas, aunque lo supieron, lo aceptaron en nombre de las, según ellos, milagrosas obras económicas de la dictadura. Pocos términos han sido más falsos que referirse a algunos éxitos numéricos, como un “milagro económico”. Expresión muy infeliz de Milton Friedman.

Friedman conocía el origen alemán de esa expresión y por cierto, sabía también que aludía a un proceso no solo diferente sino completamente contrario al que se dio en el Chile de la dictadura: la recuperación de la economía de post-guerra alemana gracias a la alianza de tres fuerzas: el estado, el sector empresarial y los obreros sindicalmente organizados. Esta última fuerza imprimió un sentido keynesiano al proceso y daría, además, origen a otro término: “economía social de mercado” (Ludwig Erhard). La de Pinochet en cambio fue una economía anti-social de mercado. O para decirlo así: mientras Allende intentó llevar a cabo una política de equidad sin crecimiento, Pinochet llevaría a cabo una política de crecimiento sin equidad.

Citando a una de las voces más autorizadas de la academia económica chilena, Ricardo French Davis: “Es cierto que durante la dictadura de Pinochet se produjeron diversas modernizaciones en Chile. Sin duda, varias de ellas han constituido bases permanentes para las estrategias democráticas de desarrollo, pero otras constituyen un pesado lastre. El crecimiento económico del régimen neoliberal de Pinochet, entre 1973 y 1989, promedió sólo 2,9% anual, la pobreza marcó 45% y la distribución del ingreso se deterioró notablemente”.

Cabe entonces hacerse una pregunta: ¿puede ser caracterizada como exitosa una economía que si bien muestra números positivos en el papel lleva a una nación a niveles de desigualdad sin precedentes, a uno de los más altos del mundo? Si el objetivo de una política económica no son los seres humanos, uno se pregunta cuál puede ser.

El milagro económico de Pinochet es, si no un mito, una de las grandes mentiras del neo-pinochetismo. Como señala el mismo French Davis, el crecimiento económico de Chile comenzó a darse con vigor desde el momento en que los gobiernos de la Concertación incorporaron políticas públicas y sociales a sus programas. “La Concertación logró mejores niveles de crecimiento económico, del empleo, y de los ingresos de los sectores medios y pobres. El crecimiento económico entre 1990 y 2009 fue de un 5% (5,3% si se excluye la recesión de 2009). (....) “Dicho crecimiento económico más políticas públicas activas redujeron la pobreza del 45% al 15,1% de la población. En la dimensión social, no sólo se redujo la pobreza mediante políticas públicas. En efecto, los salarios promedios reales eran 74% superiores en 2009 que en 1989 y el salario mínimo se había multiplicado por 2,37; agudo contraste con los salarios durante la dictadura, que en 1989 eran menores que en 1981 y que en 1970. (...) “Así Chile avanzó más rápido que los otros países de América Latina, y acortó significativamente la distancia que lo separa de las naciones más desarrolladas. El PIB por habitante se expandió a un promedio anual de 3,6%, en comparación con 1,3% en 1974-89”. (Leer versión extendida en: http://www.asuntospublicos.cl/2012/06/el-modelo-economico-chileno-en-dic... )

Hay que agregar por último que no hubo una sola política económica durante Pinochet. Por lo menos hubo cuatro: entre 1973- 1979, la llamada “política de shock” (alzas de precio, recortes presupuestario, disminución de la demanda, desocupación laboral masiva). Entre 1979-1982, un neoliberalismo clásico. Entre 1982-1986, motivada por la contracción del sistema exportador, una política económica de neto corte estatista, incluyendo expropiaciones, control de precios y emisiones monetarias. Desde 1982 hacia adelante, una política pragmática que combinó la libertad de mercado con inyecciones monetarias de tipo keynessiano. Lo único que une a esas cuatro políticas al fin, es el constante ensanchamiento de la tijera social y una baja pero también constante tasa de crecimiento numérico.

Reflexión final

Al llegar a este punto, una reflexión: ¿Y si de todas maneras la política económica hubiese sido tan exitosa como dicen sus partidarios de ayer y de hoy, estaría entonces Pinochet legitimado frente al altar de la historia? De ningún modo. Ni aunque Chile fuese hoy el país más rico del mundo, no hay ninguna razón para justificar crímenes de estado. Pero hay quienes sí lo hacen. Apartando toda ética, reducen la historia a una relación costos-beneficios, aunque los primeros se paguen en vidas humanas, cuerpos torturados, familias destruidas, biografías rotas y violaciones sistemáticas a todos los derechos humanos.

De acuerdo a esa noción sacrificial entre medios y fines, ellos podrían, efectivamente, justificar a los regímenes más monstruosos de la historia moderna. Pues con el mismo criterio con que hoy justifican a Pinochet, pudieron haberlo hecho con Hitler ayer. ¿No puso fin Hitler al desorden generado por la República de Weimar? ¿No terminó con la inflación y el paro? ¿No construyó las mejores carreteras de Europa? ¿No tuvieron todos los alemanes acceso a un Volkswagen? ¿No mejoró el sistema previsional? Y por último, ¿no impidió el avance del comunismo desde dentro y desde fuera de Alemania? ¿Y el Holocausto? Sí, un “pequeño error”. ¿Y no está iniciando Putin, en estos mismos momentos, una reivindicación de la memoria de Stalin? ¿No convirtió Stalin un país de siervos de la tierra en una potencia económica y militar de carácter mundial? ¿Y los millones que murieron en el Gulag? Sí, quizás fue “algo” duro. ¿Y Franco? ¿No dio estabilidad y disciplinó a un país salido de una guerra fratricida? ¿No salvó a su país del comunismo? ¿Y Fidel Castro? ¿No liberó a Cuba del imperialismo? ¿No eliminó el analfabetismo? ¿No tienen los cubanos asistencia médica gratuita? Y así sucesivamente.

A esos, los defensores de tiranos, sean de derecha o de izquierda, los vamos a seguir encontrando en todas partes, dispuestos a inclinarse frente a los del pasado y frente a los que en el futuro vendrán. Sin esa gente, ninguna dictadura habría sido posible.

¡Malditos sean todos!

07 Septiembre 2018

POLIS: Política y Cultura

 14 min


El comentario de la semana

Las últimas décadas se han caracterizado por la acelerada rotación de hechos extraordinarios, uno más extravagante, sorprendente, increíble o bizarro que otro, que mantienen a la población en continua zozobra y cambios del estado de ánimo. Con los continuos dislates gubernamentales, se pasa rápidamente de la emoción, asombro o la sorpresa al otro extremo: el desconcierto o la apatía, y generalmente hay irritabilidad. Es un continuo y permanente sube y baja, como en las montañas rusas, que llevan al estrés crónico que ya se sabe es de por si generador de enfermedades, pero también es una demostrada estrategia psicológica perversa para la dominación total de una población. En los últimos años y, sobre todo meses, las fluctuaciones emocionales se han acelerado de manera extraordinaria, difícilmente manejables por el común de los mortales, llevando a muchos a la incertidumbre permanente, la desesperanza y la inacción.

Un ejemplo de la aceleración de la “montaña rusa”, es el “plan para la recuperación económica nacional”, anunciado por Maduro el 20 de agosto, alegrándose muchos al inicio por el aumento del salario, para luego comenzar a preguntarse de donde sacaría el gobierno tan ingentes recursos, luego han visto la rápida escalada de precios de alimentos, medicinas y productos de primera necesidad, de seguidas se están percatando los beneficiarios del nuevo sueldo que se convertía en sal y agua, sin que hubieran recibido un solo bolívar, pasando de nuevo a la frustración.

Estando en pleno proceso de aterrizaje a la nueva realidad económica, el régimen lanza la nueva escala salarial, donde viola acuerdos internacionales, la Constitución Nacional, la ley Orgánica del Trabajo y los contratos colectivos, echando por la borda conquistas laborales adquiridas a través de los años. Implica la desaparición de los contratos colectivos, la extinción de la tabla salarial de la administración pública, haciendo que las diferencias salariales entre cada nivel de las escalas sean muy pequeñas, desapareciendo la meritocracia y los incentivos para mejorar en el trabajo. Capacitarse en el trabajo, hacer estudios de postgrados, diplomados o cursos de mejoramiento, deja de tener sentido, porque no habría mucha diferencia entre el trabajador menor remunerado y aquel con doctorado.

Pareciera que los autores de tanto disparate esperan que los trabajadores se calen una propuesta tan absurda e inaceptable. Es probable que calculen que pueden seguir avanzando en someter a la población, en este caso los trabajadores, en vista que lo han logrado sin muchas resistencias en otros aspectos de la vida nacional, como la ilegítima constituyente, las irregulares elecciones del 20-M, la eliminación de los principales partidos democráticos e inhabilitación de sus líderes más aceptados, la recentralización de la salud que en este momento se profundiza al impedir el nombramiento de las autoridades regionales por el gobernador electo, siendo su competencia… y pare de contar.

Sin duda han avanzado, pero puede que el tiro les salga por la culata. La molestia de los trabajadores y los dirigentes sindicales es manifiesta. El gobierno tiene la ventaja inicial por la división de las fuerzas alternativas, su inmovilismo, el ego recrecido de muchos dirigentes y la ceguera ante los requerimientos unitarios de este momento histórico. Pero hay hechos que apuntan a un cambio en la calidad de la situación política. La lucha de los trabajadores de la salud, encabezadas por las enfermeras, Corpoelec, las quejas de trabajadores del sector público, antes silentes por el control gubernamental y, sobre todo, por lo que podríamos llamar el “síndrome de los pensionados”, quienes andan protestando día a día, demostrando que no aceptan los atropellos y las mentiras gubernamentales. Esta actitud luchadora se puede contagiar y extender a otros colectivos sociales, y dar con el traste de los planes de sometimiento gubernamental. Por allí podrán venir los tiros.

 3 min


Lester L. López O.

Con el agravamiento del caos económico en las últimas semanas y el colapso de los servicios públicos que cada día es más evidente, el régimen ha logrado su propósito fundamental para ganar más tiempo en el poder: mantener a la gente ocupada y discutiendo como pagará los servicios como la conserjería, vigilancia privada, matrículas en colegios privados y un largo etcétera, así como, sobrevivir a la hiperinflación y no ocuparse de lo fundamental que es salir de este gobierno inmoral e incapaz que nos ha llevado a la tragedia que ya tenemos como país.

Es por eso que las protestas aisladas que se producen en diferentes ciudades reclamando mejores sueldos y salarios, carencia de gas doméstico, agua y electricidad no suman voluntades porque la gente debe dedicarse a hacer colas para obtener efectivo en los cajeros, reclamar el pago de las pensiones, conseguir donde hay pan y otros rubros de la cesta alimentaria y, de paso, cumplir con el trabajo. Todo un plan perverso para que la voluntad de cambiar el gobierno continúe diluida en las urgencias diarias que hay que resolver cada día.

Mucha gente se sorprende, por ejemplo, que los marabinos que están afectados por constantes cortes eléctricos no hayan protestado e “incendiado” la ciudad reclamando la regularización del servicio eléctrico. Pero después de estar sin electricidad 8 o más horas ¿Cómo puede salir nadie a protestar? Si tiene que esperar que llegue el agua porque no había electricidad o ir a algún establecimiento a comprar algo pero que no hay despacho porque no les ha llegado la electricidad, otros tienen que aprovechar que les llegó para cargar los celulares, esperar que la nevera enfríe o congele para no perder los alimentos. Así es muy difícil sumarse a una protesta en contra del gobierno.

Pero que no se pueda organizar una protesta nacional que desestabilice al gobierno, no quiere decir que más del 80% de la población continúe descontento con el mismo y desee su cambio lo antes posible. A estas alturas, la clase política debe trascender lo cotidiano y enfocarse en lo único que puede desestabilizar al gobierno: Una consulta popular para que la sociedad, por iniciativa propia y con la dirección adecuada, organice unas elecciones para elegir un gobierno de transición antes de que finalice el presente año.

Tres factores favorecen esta posibilidad: a) el inmenso deseo de la mayoría de los venezolanos de salir de este gobierno para comenzar a superar la crisis; b) la resolución de la Asamblea Nacional el pasado 21 de agosto ratificando el vacío de poder y. en consecuencia la necesidad de elegir un nuevo presidente y; c) la mayoría que desconoce el fraude electoral del pasado 20M siendo que la presidencia está siendo usurpada de facto, y la tradición republicana de celebrar elecciones presidenciales el mes de diciembre del último año del periodo constitucional, como es el caso.

La Asamblea Nacional, con su mayoría calificada, tiene el deber de llamar y organizar estas elecciones sin el actual CNE -que también es ilegítimo y fraudulento- y la sociedad civil organizada de apoyar la iniciativa, promoverla y ayudar a su realización.

¡Que el régimen no va a aceptar esas elecciones! Bueno, eso ya lo veremos…

@lesterllopezo 07/09/18

 2 min


​José E. Rodríguez Rojas

.La vicepresidente del gobierno Delcy Rodríguez, en una alocución reciente, ha tratado de enmascarar la magnitud de la oleada migratoria venezolana. Ella y otros miembros del gobierno de Maduro, han presentado las imágenes de los venezolanos huyendo del infierno bolivariano, como una campaña mediática del “Imperio” y de sus lacayos (los países del llamado “Grupo de Lima”) contra la revolución bolivariana.

La revista The Economist publicó recientemente un artículo (ver síntesis al final de este texto) sobre la crisis migratoria, utilizando cifras de la Organización Internacional para las Migraciones de las Naciones Unidas. El artículo revela que es el más grande movimiento humano que se ha producido en la historia reciente de América Latina y ha involucrado a 2,3 millones de personas. Rivaliza en su magnitud con los movimientos migratorios impulsados por la guerra en Afganistán y el sur de Sudan. El fenómeno se ha incrementado en la medida que la crisis económica de Venezuela se ha agravado. Si bien algunos países han impuesto restricciones a los venezolanos, la mayoría han mantenido una política de fronteras abiertas. Nuestro hermano país Colombia ha sido el principal obstáculo a la imposición de restricciones y ha mantenido una política de regularización de la situación de cientos de miles de inmigrantes que han llegado a su frontera. En ese sentido ha correspondido a la generosidad que mostró Venezuela en otros tiempos, duros para nuestros vecinos, cuando cientos de miles de colombianos se desplazaron a Venezuela huyendo de la guerra. Sin embargo en algunos casos como en la frontera con Brasil se han presentado casos de xenofobia contra los venezolanos. Ésta se ha institucionalizado, debido a razones electorales, un reflejo de ello es que el gobernador del estado ha solicitado el cierre de la frontera. Pero esto no detendrá a los venezolanos, pues como dice un sacerdote español que ayuda a los inmigrantes “aquí es el purgatorio, pero allá es el infierno”.

Síntesis del artículo publicado en la revista The Economist: “La ola bolivariana. Una ruda recepción espera a muchos venezolanos que abandonan su país” *.

El éxodo venezolano es el más grande movimiento de personas en la historia reciente de América Latina. Desde que la economía venezolana comenzó a contraerse en el año 2014 bajo el gobierno de Nicolás Maduro, alrededor de 2.3 millones de venezolanos han buscado refugio en los países vecinos. El éxodo rivaliza en su magnitud con los movimientos migratorios impulsados por la guerra en Afganistán y el sur de Sudan.

A diferencia de muchos países ricos que han cerrados sus puertas a los inmigrantes provenientes del norte de África y el medio oriente, los gobiernos latinoamericanos en su mayoría han mantenido sus fronteras abiertas a los venezolanos. Los gobiernos de izquierda como el de Bachelet en Chile relajaron sus leyes de inmigración, dice Luisa Feline Freier de la Universidad del Pacifico de Lima, Perú. Los gobiernos de derecha y de centro que les sucedieron en varios de los países han mantenido esas políticas como una censura al régimen de Maduro.

En la medida que la crisis económica de Venezuela se ha agudizado el número de personas que abandona el país se ha incrementado. A diferencia de las oleadas migratorias iniciales, los nuevos emigrantes tienden a ser pobres. El éxodo ha presionado a algunos países a tomar medidas para imponer restricciones en sus fronteras. La señora Freier teme que los países latinoamericanos llegaran pronto a estar tan cansados de los inmigrantes como los países europeos.

Algunos países como Ecuador y Perú han impuesto requerimientos de pasaporte para poder entrar a su país. Muchos de los inmigrantes carecen del documento debido a la crasis de papel en Venezuela y otras carencias; el trámite burocrático toma dos años, se puede agilizar el mismo por los caminos verdes pagando 1000 dólares, que la gran mayoría no tiene. Sin embargo la mayoría de los países hacia donde se han dirigido los venezolanos han mantenido una política más flexible, como ha sido el caso de Chile, que se ha convertido en un imán para los inmigrantes debido a la fortaleza de su economía. El número de extranjeros registrados allí se ha elevado cinco veces en una década, hasta alcanzar la cifra de 750.000 personas en el último año (alrededor de 4,5 % de la población). Quizá 300.000 o más están viviendo ilegalmente en Chile. El último año el número de venezolanos en Chile creció en 100.000 personas. Más de 100.000 personas vienen también de Haití. Una encuesta el último año encontró que 2/3 de los chilenos desean que se restrinja la migración. El recién electo presidente Sebastián Piñera ha impuesto restricciones a los haitianos, pero en el caso de los venezolanos se ha mantenido un tratamiento más generoso, concediéndoles una visa de “responsabilidad democrática” que les permitiría trabajar.

La principal resistencia contra una tendencia hacia un tratamiento más duro a los migrantes venezolanos es Colombia, el principal destino de los venezolanos. Alrededor de 900.000 se ha desplazado allí, un tercio de estos este año solamente. Juan Manuel Santos firmó un decreto que regularizó la situación de 442.000 venezolanos indocumentados antes de abandonar la presidencia. Ello les permitiría en los próximos dos años trabajar, obtener seguro medico y estudiar. El nuevo presidente Duque ha mantenido la política de Santos. El Director de Inmigración de Colombia criticó las restricciones en Perú y Ecuador y reafirmó el compromiso de Colombia en ayudar a los venezolanos. En parte la generosidad de Colombia es una forma de agradecer a Venezuela, país que recibió a más de 700.000 colombianos durante el largo conflicto con las narcoguerrillas de las FARC. La guerra terminó en el año 2016. Cerca de 250.000 colombianos han regresado de Venezuela lo que ha incrementado la carga que ha impuesto la migración venezolana.

Activistas y algunos políticos están tratando de mantener la frontera de los países abiertas. En Ecuador la Defensora del Pueblo criticó abiertamente la exigencia de pasaporte y planteó un recurso a la Corte Suprema, lo que obligó al gobierno a revisar la medida. El Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados señaló que los venezolanos califican como refugiados de acuerdo a la ley internacional y pide a los países afectados que emitan vidas humanitarias y permisos de trabajo. La ayuda de los países ricos como los Estados Unidos pudiera aliviar la situación y facilitar la apertura de las fronteras. Ecuador ha convocado a una reunión de los países afectados a fin de discutir una respuesta común a la crisis.

Sin embargo puede que la diplomacia no sea suficiente para aliviar los problemas de xenofobia y rechazo que se han presentado en algunos lugares como en el estado de Roraima, en la frontera con Brasil, donde el gobierno ha militarizado la asistencia a los venezolanos. En el caso de Brasil la cercanía de las elecciones ha viabilizado la institucionalización de la xenofobia, el 19 de agosto el gobernador del estado renovó una petición a la suprema corte para cerrar las fronteras. Ello no tendrá efecto alguno. Como lo señala un sacerdote español, que ayuda a los inmigrantes, los venezolanos no tienen alternativa “Aquí es el purgatorio, pero allá es el infierno”.

Profesor UCV

josenri2@gmail.com

*Referencia: The Bolivarian wave. A rude reception awaits many venezuelans fleeing their country. The Economist, 26 de agosto, 2018.

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Paul Krugman

“¿Por qué no tomar otro nombre?”, preguntó alguna vez Shakespeare. Pero como yo soy economista, haré esa pregunta de manera algo distinta: ¿por qué no usar otro número?

Parece que eso se preguntan también los senadores estadounidenses Chuck Schumer y Martin Heinrich, quienes recientemente presentaron un proyecto de ley para que la Oficina de Análisis Económico, que elabora cálculos del producto interno bruto (PIB), elabore estimados sobre quién se beneficia del crecimiento: por ejemplo, cuánto termina en la clase media.

Esa es una idea magnífica.

No soy una de esas personas que piensan que el PIB es una estadística tremendamente defectuosa ni inútil. Es una cantidad que necesitamos para muchos propósitos. Sin embargo, en sí misma no es una medición adecuada del éxito económico.

Existen varias razones por las cuales esto es cierto, pero un elemento clave es que solo nos dice qué está ocurriendo con el ingreso promedio, que no siempre resulta pertinente para la forma en que vive la mayoría de la gente. Si Jeff Bezos, de Amazon, entra en un bar, la riqueza promedio de quienes están en ese bar se dispara repentinamente por varios miles de millones de dólares, pero ninguno de los clientes que no son Bezos se ha vuelto más rico.

Hubo una época en la que preguntarse quién se beneficia del crecimiento económico no parecía imperioso, porque el ingreso aumentaba de manera constante para casi todos. No obstante, desde la década de 1970, el vínculo entre el crecimiento general y el ingreso personal parece haber desaparecido en el caso de muchos estadounidenses. Por un lado, los salarios reales se han estancado para muchos; con el ajuste por la inflación, el trabajador promedio gana menos de lo que ganaba en 1979. Por el otro, algunos han visto cómo sus ingresos han crecido mucho más rápido que el ingreso de la nación en general. Por lo tanto, los directores ejecutivos de las grandes empresas ahora ganan 270 veces más que el trabajador promedio en Estados Unidos, un aumento veintisiete veces mayor que en 1980.

Parece haber una desconexión similar entre el crecimiento general y la experiencia personal en la falta de entusiasmo de la gente hacia el estado actual de la economía y el menosprecio al recorte fiscal de 2017. Las cifras del PIB estadounidense han sido buenas en los trimestres recientes, pero una parte significativa del crecimiento ha terminado en ganancias corporativas desorbitadas, mientras que los sueldos promedio reales se han quedado igual.

¿Cómo es que hechos como estos encajan en la narrativa general del crecimiento económico? Para responder esta pregunta, necesitamos “cuentas nacionales distributivas” que rastreen cómo se reparte el crecimiento entre distintos segmentos de la población.

Esas cuentas son difíciles de hacer pero no imposibles. De hecho, los economistas Thomas Piketty, Emmanuel Saez y Gabriel Zucman han hecho estimados muy detallados durante el último medio siglo. El principal mensaje es que el crecimiento se va de manera desproporcionada a los más ricos y no se comparte con la mitad inferior de la población, pero también hay algunas sorpresas en el otro sentido. Por ejemplo, a la clase media le ha ido mejor que lo que indican algunas medidas gracias a los beneficios adicionales, aunque todavía sigue rezagada.

No obstante, hay una gran diferencia entre los cálculos elaborados por economistas independientes y los informes habituales del gobierno estadounidense, tanto porque el gobierno tiene los recursos para hacer el trabajo con mayor facilidad como porque la gente (y los políticos) prestan más atención. Por eso, el Washington Center for Equitable Growth, un grupo progresista de expertos, se ha pronunciado a favor de algo similar al proyecto de ley Schumer-Heinrich.

¿Por qué no hacerlo?

Algunos podrían argumentar que crear cuentas distributivas es complicado, que requiere hacer algunas predicciones bien fundamentadas sobre cómo agrupar distintas fuentes de información. Sin embargo, ¡eso ya aplica a los procesos utilizados para crear las cuentas nacionales existentes, incluidos los cálculos del PIB! Las cifras económicas no tienen que ser perfectas ni estar por encima de las críticas para ser extremadamente útiles.

Entonces, en un mundo razonable, algo como el proyecto de ley Schumer-Heinrich se volvería ley en el futuro próximo. En el mundo real, claro está, la propuesta no avanzará por el momento, porque los republicanos quieren que se mantenga oculto lo que podrían revelar las cuentas distributivas nacionales.

Ahora, ya todos saben que los conservadores acusan a alguien de “¡Socialista!” siempre que propone hacer algo para ayudar a los miembros menos afortunados de nuestra sociedad, una razón clave para que tantos estadounidenses vean el socialismo con buenos ojos: si socialismo es tener servicios médicos garantizados, bienvenido sea. No obstante, la derecha no solo hace aspavientos ante cualquier intento de limitar la desigualdad, sino que hace lo mismo siempre que alguien trata de hablar sobre clase económica o medir cómo les va a las distintas clases.

Mi ejemplo favorito es el exsenador Rick Santorum, quien denunció que el término “clase media” era “marxista”. Esa fue solo una versión particularmente risible de un intento general de la derecha por suprimir el diálogo y la investigación sobre a dónde va el dinero de la economía. La postura básica del Partido Republicano es “ojos que no ven, corazón que no siente”.

Además, para ser justos, a los progresistas les gusta la idea de las cuentas distributivas, en parte, porque creen que más conocimiento en esta área ayuda a su propia causa. Pero la cuestión es que el conocimiento es objetivamente mejor que la ignorancia y en el Estados Unidos moderno, saber quién se beneficia realmente del crecimiento económico es importante de verdad. Así que hagamos que descubrirlo y divulgar los resultados sea parte del trabajo del gobierno.

3 de septiembre de 2018

New York Times

https://www.nytimes.com/es/2018/09/03/krugman-medir-crecimiento-economic...

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