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Opinión

Eddie A. Ramírez S.

Siempre hay alguien dispuesto a venderse al mejor postor. El concepto antiguo era considerar mercenario a alguien que no pertenecía a ninguno de los bandos en pugna, por lo que estaba dispuesto a morir por dinero y no por una causa. Desde tiempos remotos la historia narra infinidad de casos. Griegos, persas, romanos y otros los utilizaron en sus guerras. A veces el rey o el señor feudal, es decir quien contrataba, no tenía dinero, por lo que “pagaba” con el derecho al pillaje de las propiedades de los vencidos. “Soldados de fortuna”, los llaman algunos. Ahora, Putin anuncia descaradamente que está contratando mercenarios, incluso sin importar si tienen antecedentes penales. El tirano no quiere correr el riesgo de que caigan abatidos soldados rusos, ante la valiente resistencia de los ucranianos que se niegan a ser sometidos.

Hoy día, se considera despreciable al mercenario y a quien lo contrata. Sin embargo, no siempre fue así. Algunos lograron honores y unos cuantos son todavía considerados héroes. En mi etapa pre adolescente recuerdo una canción en francés ensalzando a Bertrand Du Guesclin. Ya en bachillerato, estudiando historia de España, aprendí que el héroe de la Guerra de los Cien Años, entre Francia e Inglaterra, fue también un mercenario que intervino en favor de Enrique de Trastamara , conocido como “el fratricida”, en la disputa por la corona de Castilla. Dicha intervención fue bochornosa, ya que facilitó que el Trastamara matara a su medio hermano Pedro I, llamado “el cruel” o “el justiciero”. Du Guesclin tiene estatuas en Francia.

Con el tiempo se ha ampliado la acepción del término mercenario. Ya no son solo los “perros de la guerra”, como los llamó Forsyth en su conocida novela ubicada en África. Mercenario es cualquiera que defiende un gobierno o una empresa, sin sentir simpatía o antipatía con determinada causa o ideología, ni importarle si es o no responsable socialmente. Solo lo hace para lucrarse. Hacen suya la frase de Du Guesclin de “Ni quito, ni pongo rey, pero ayudo a mi señor”, por cierto, choteada por Sancho Panza. Es decir, ayudo a quien me paga.

En tiempos de dictadura abunda este tipo de mercenario. En Venezuela tenemos el caso evidente de los grupos llamados colectivos, que son organizados, armados y financiados por el régimen. Este los utiliza, no solo para causar terror entre quienes protestan pacíficamente, sino para evitar en lo posible que funcionarios de la policía y de la Guardia Nacional sean señalados por asesinatos y por causar lesiones. La presencia de los colectivos proporciona al régimen la excusa para decir que fueron enfrentamientos entre civiles no identificados, intentando así eludir acusaciones de violaciones a los derechos humanos.

Mercenario no son solo quienes utilizan armas. También quienes portan toga y birrete, magistrados del TSJ, rectores del CNE y uniformados verde oliva, que se prestan a ejecutar medidas que violan la Constitución y las leyes. ¿Habrá alguno que lo haga por razones de afinidad ideológica con el régimen? Quizá haya alguna excepción, como los hermanos Rodríguez que lo hacen por resentimiento atávico.

A nadie debe extrañar que Maduro apoye a Putin. Ambos son tiranos que contratan mercenarios, armados o no. Solo las dictaduras de Bielorrusia, Siria, Corea del Norte y Eritrea no condenaron en la ONU la invasión Rusa a Ucrania. Maduro no pudo sumarse a este perverso grupo porque está moroso con la cuota, pero él y su ministro de Relaciones Exteriores lo han manifestado en declaraciones vergonzosas. Por otra parte, no podemos obviar mencionar que alguien, en su empeño en poner término a la dictadura de Maduro, actuó equivocadamente al contratar una empresa que alquila mercenarios. La llamada operación Gedeón estuvo integrada por jóvenes venezolanos valientes, románticos sin sentido de la realidad, pero con la mancha de incluir a tres mercenarios.

Como (había) en botica:

En relación a la cuestionada delegación del gobierno estadounidense que se entrevistó con Maduro y con el presidente Guaidó, es preferible esperar información. La percepción inicial es que solo benefició a los dos presos liberados. Los visitantes no pueden ignorar que Pdvsa está imposibilitada de suministrar crudo y productos para sustituir a Rusia ¿Podría ser que el poderoso lobby de Chevron esté intentando que el régimen ceda en algo para que, en reciprocidad, Estados Unidos le permita cierto margen de libertad comercial a esta empresa? Chevron, ha estado cerca del régimen. Incluso, en la empresa mixta que tiene con Pdvsa, aceptó despedir a profesionales por haber firmado la solicitud de revocatorio contra Chávez o por ser despedidos de Pdvsa durante el paro cívico, lo cual reclamamos en su oportunidad. Maduro quizá pudo tener algún beneficio mediático, pero quedó mal ante la Corte Penal Internacional, al ser evidente que nuestro sistema judicial depende de Miraflores.

Lamentamos el fallecimiento de nuestro compañero de Gente del Petróleo y de Unapetrol, Atilio Diaz Reyes.

¡No más prisioneros políticos, ni exiliados!

eddiearamirez@hotmail.com

 3 min


Fernando Mires

“Nosotros estamos luchando en esta guerra porque no queremos perder lo que tenemos;

no queremos perder nuestro país” (Wolodymyr Zelenski)

Si vamos a utilizar el concepto de hegemonía en lenguaje político no podemos hacerlo sin nombrar a Antonio Gramsci. Es su concepto central, el eje donde articula toda su concepción de la política. La hegemonía, en sentido gramsciano, no puede a su vez ser explicada sin utilizarse la palabra «consenso» el que, para serlo, tiene que surgir de las diferencias. No puede haber hegemonía sin diferencias y eso es lo que enlaza al concepto de hegemonía con la política.

1.

La política es lucha por el poder. En ese punto tuvieron razón, cada uno por su lado, Max Weber y Carl Schmitt. Pero a los dos les faltó agregar las dos palabras claves: poder hegemónico. Sin apelación a lo hegemónico, la lucha por el poder deja de ser política. Mucho más cerca de Gramsci que de los dos autores citados, Hannah Arendt hizo la diferencia entre poder –un concepto para ella político– y violencia -un concepto antipolítico-. Según Arendt, allí donde impera la violencia no hay lucha por el poder.

El uso de la violencia -e inevitablemente estamos pensando en el ser más violento de nuestra era: Vladimir Putin– supone la negación de la política. Expresado en vocablos gramscianos, en la lucha por el poder prima una lucha hegemónica entre la política y la violencia. Allí donde reina la violencia, desaparece la política. Así lo subrayó Arendt.

De lo que se trata, según Gramsci, es oponer el poder de la política por sobre el poder de la violencia. Razón que llevo a Ernesto Laclau a disertar sobre el carácter impuro (difuso, opaco) de la hegemonía. Para ser hegemónica, o dirigente, la política necesita ser orquestada, y su musicalidad ha de surgir de diversos instrumentos. Sin heterogeneidad y antagonismo, no hay política.

La democracia, mirada desde esa perspectiva, es el campo de encuentro y confrontación entre diversas demandas, intereses e ideales, y para que tenga lugar, precisa de instituciones, entre ellas las de los representantes y las de los representados.

Quiere decir: La política, aún sin parlamentos, debe ser parlamentada (hablada, discurseada, gramatizada). Fue así como Gramsci nos llevó a pensar sobre la diferencia entre clase dirigente y clase dominante. La política democrática sería la lucha por obtener la dirigencia (hegemonía) y no la dominación. La primera es el objetivo de lo político, lo segundo, de lo militar.

2.

La lucha social, entendida por Gramsci, no es una confrontación brutal sino, sobre todo, una lucha cultural. Sin hegemonía cultural no puede haber hegemonía política, así puede ser resumido su dictamen. No obstante, como no vivió en la era de la globalidad, sus referencias solo apuntaban a las políticas internas de cada nación. Fue un politólogo y político norteamericano, Joseph Nye jr., asesor de Clinton y Obama, quien intentaría de modo explícito extender el concepto gramsciano de hegemonía hacia el plano de las confrontaciones internacionales.

Nye desarrolló su conocida teoría del «poder blando», en contraposición al poder «duro» basado en la dominación militar. De más está quizás decir que los escritos de Nye fueron alertas y después consecuencias de las atrocidades militares y antipolíticas cometidas por Bush jr., sobre todo en Irak. Gracias a Bush jr. EE UU perdió un enorme poder hegemónico (disuasivo) en extensas áreas del globo. Hoy intenta recuperarlo, a duras penas, Joe Biden.

En su libro más popular The future of Power (2011) Joseph Nye postula que el poder blando (o hegemónico) es un instrumento complicado: primero, muchos de sus recursos vitales están fuera del control de los gobiernos y, segundo, tiende a «trabajar indirectamente formando el entorno para la política, y algunas veces toma años para producir resultados esperados». El libro identifica tres amplias categorías de poder blando: «cultura», «valores» y «políticas». Atendiendo al primer punto, el de la cultura, Nye contradice a Samuel Huntington quien ve entre las culturas solo un choque o colisión. Según Nye, la lucha cultural –ahí recurre a Gramsci– se da por medio de la persuasión, del argumento, y del convencimiento.

Como Gramsci, Nye intenta devolver la política internacional a su concepción griega originaria: el antagonismo verbal, ya no en la plaza pública sino en el espacio de la polis global, virtual y real a la vez. La política debe ser convincente, si no para todos, para la mayoría. En ese sentido, las 141 naciones que en la ONU condenaron la agresión a Ucrania infligieron a Putin una de las más estruendosas derrotas políticas que haya experimentado gobernante alguno en toda la historia de la política internacional.

Derrota política que no ha menguado la furia del déspota sobre el martirizado pueblo ucraniano. Más bien parece haberla incentivado. Esa es la razón por la que se ha escrito tantas veces que no pese, sino gracias a la probable victoria militar que logrará Putin en Ucrania, solo obtendrá una derrota moral, cultural y política cuyas enormes consecuencias son todavía difíciles de mencionar.

No sería esa por cierto la primera vez que una victoria de la dominación por sobre la hegemonía se traduce en una fuerte derrota política. En las guerras de Esparta contra Atenas, Esparta aniquiló a Atenas. Pero, ¿quién habla de Esparta hoy día? Las ideas de Atenas, en cambio, iluminan el horizonte cultural de todos los tiempos.

Joseph Nye, descubrió donde reside la principal fuerza de Occidente: en su capacidad de hegemonizar. Lo prueban las mismas oleadas migratorias que avanzan hacia Europa. ¿Cuál emigrante quiere irse a Rusia? Naturalmente, a la gran mayoría los guía la posibilidad de prosperar, pero entre hacerlo con libertad o sin ella, eligen lo primero. Occidente sigue siendo, quiera o no, un faro luminoso que atrae a jóvenes musulmanes, chinos, rusos y de otras latitudes. Por eso Occidente es un peligro para las autocracias y las dictaduras. Como también lo fue Alemania Occidental para Alemania Oriental. Como era y es la democrática y próspera Ucrania, frente a la militarizada y despótica Rusia.

3.

China o Rusia no temen a la economía, ni siquiera a los ejércitos de Occidente, pero sí temen a la promesa de libertad que ofrece Occidente. A ese Occidente que en términos políticos no es un punto geográfico sino el significante que vincula a todas las naciones en donde impera la pluralidad política, la libertad de pensamiento, la división de los poderes públicos, y el estado de derecho. En breve: la democracia.

La democracia, para criminales como Putin –en eso concuerda con las tendencias más fundamentalistas del Islam- es obscena. En ese punto, fiel creyente del cristianismo más conservador, el de la iglesia ortodoxa rusa, Putin ha iniciado una cruzada antidemocrática en contra de Occidente. Ucrania debe ser castigada por su occidentalidad, o lo que es igual, por no querer ser rusa sino por querer ser occidental.

Putin ha llegado a convertirse en el portaestandarte de la contrarrevolución antidemocrática de nuestro tiempo. Pudo incluso haberse convertido en el núcleo hegemónico de esa contrarrevolución. Pero ya ni eso puede ser. Pues Putin, al recurrir a la violencia sin política en contra del pueblo ucraniano, ha renunciado a ejercer hegemonía, aún entre los países que lo siguen. Entre la hegemonía y la dominación, eligió definitivamente la dominación.

La particularidad de la dominación putinista había sido, antes de la guerra a Ucrania, la de un poder híbrido. Por cierto, Putin falsificaba resultados electorales, perseguía o asesinaba a disidentes, prohibía partidos, y a pesar de eso, conservaba algunas formas de una república democrática. Pero la guerra emprendida en contra del pueblo ucraniano, ha determinado la derrota política de Putin.

La violencia hacia afuera no ha tardado en convertirse en violencia hacia dentro. Las cárceles de Rusia están llenas de presos políticos. Ya no existe libertad ni de opinión ni de prensa. Hay palabras como «guerra» o «invasión» que han sido proscritas. En Rusia hubo un autogolpe de Estado y nadie lo quiere decir.

La imposibilidad de ejercer hegemonía hacia el exterior ha invalidado el poder hegemónico de Putin hacia el interior. Antes de la invasión a Ucrania, el dilema de Rusia era el de ser una autocracia o una democracia. Después de la invasión el dilema ruso es: o caer bajo una dictadura militar o bajo una dominación totalitaria.

Lo más probable es que sea más lo primero que lo segundo. En tiempos digitales será muy difícil ejercer el control total sobre las mentes como en la Rusia de Stalin. Ni siquiera Putin cuenta con una ideología integrista como fue el marxismo leninismo. Sus mentores ideológicos, como ayer Iván Ilyín y hoy Aleksandr Dugin, son defensores de un eslavismo atávico, racista, patriarcal y decimonónico que a nadie, excluyendo a fascistas (o putinistas, hoy son lo mismo) atrae en Occidente. En fin, todo indica que solo una nueva revolución democrática podría salvar a la Rusia de Putin. Pero esa alternativa es por ahora un deseo. No hablemos más de ella.

Lo que sí interesa remarcar es que la invasión de Putin a Ucrania ha marcado con líneas profundas los tres poderes geopolíticos que determinarán la historia del siglo XXI. China, como representante del poder económico tecnológico y militar. Rusia, como un poder militar. Occidente, como un poder político hegemónico que no renuncia a lo militar. La constante entre esos tres poderes es “lo militar”.

No sabemos si ya estamos dentro de la tercera guerra mundial, como afirma Noam Chomsky. Hasta el momento Rusia ha perdido la guerra política frente a Occidente y Putin, con una bomba atómica en cada mano, intenta vencer, mediante chantaje, en la guerra militar. Occidente, bajo esas condiciones, no puede renunciar, más aún, debe incrementar la atracción de su poder hegemónico.

Pero este, por muy importante y decisivo que sea, no puede excluir su defensa militar. Las atenas de hoy no deben dejase avasallar por las espartas que lo acosan. La hegemonía que propusieron ayer Gramsci y ahora Nye, debe ser también defendida con armas. La frase de Unamuno, «venceréis pero no convenceréis» no sirve en medio de la guerra que Putin ha declarado a Occidente con su invasión a Ucrania. Hoy no se trata solo de con-vencer sino de vencer.

Expliquémoslo: Hemos dicho que hay dos tipos de lucha, la lucha por la hegemonía y la lucha por la dominación. En Occidente prima la primera. Pero eso no impide que en la lucha en contra de potencias antidemocráticas, sobre todo frente a un sanguinario ultranacionalista como Putin, un canalla que excluye los medios políticos de lucha, no hay que defenderse en contra de la dominación. Todo lo contrario. Como dice el Eclesiastés (3.8) «hay un tiempo para la paz, y hay un tiempo para la guerra». Lo importante es no confundir los tiempos. Hoy vivimos en tiempos de guerra.

4.

La democracia liberal no puede ser liberal con sus enemigos cuando estos, como Putin, se han convertido en enemigos existenciales. Para vencer cuenta Occidente, además del militar, con un poder económico que Putin no tiene y con un poder político hegemónico que nunca tendrá. Ahora bien, debido al predominio de lo político por sobre lo antipolítico, Occidente está en condiciones de concordar ocasionalmente con naciones no democráticas. Y es evidente que ahora hablamos de China, propietaria de un inmenso poder económico y militar, pero con una baja intensidad hegemónica y/o política.

La concordancia puntual entre Occidente y China es una alternativa que no puede ser perdida de vista. Tanto China como Occidente tienen mucho que perder en una tercera guerra mundial. Nunca seremos aliados perpetuos de China, con eso hay que contar, y es bueno que así sea. Pero el arte político, que los chinos también conocen a escala internacional, podría y debería llevar a Putin al total aislamiento mundial. Por el bien de la hoy inmolada Ucrania. Por el bien de China y Occidente. Por el bien de la misma Rusia. Y sobre todo, por el bien de todos los habitantes de esta tierra.

Para decirlo de modo gramsciano, se trata de asegurar la hegemonía de la paz política por sobre la de la guerra, sin que esta última desaparezca como posibilidad. La guerra –la frase de Clausewitz está todavía vigente– es la continuación (pero también el origen) de la política bajo otras formas. Pero lo es en el mismo sentido como la muerte es la continuación de la vida bajo otras formas. Y este mundo, no debemos olvidarlo, pertenece a los vivos.

Fernando Mires es (Prof. Dr.), Historiador y Cientista Político, Escritor, con incursiones en literatura, filosofía y fútbol. Fundador de la revista POLIS, Político,

 10 min


Paulina Gamus

Hace años era muy popular un chiste en el que la manera para que un país económicamente deprimido lograra su recuperación, era declararle la guerra a los Estados Unidos de Norte América. Evidentemente la perderían y entonces los EEUU procederían a ayudar al país vencido y a levantar su economía. El chiste consistía en que el interlocutor preguntaba ¿Y si ganamos? El convencimiento general de ese proceder estadounidense estaba basado en el llamado Plan Marshall (European Recovery Program) que el país del Norte puso en práctica entre los años 1948 y 1952.

Su más entusiasta impulsor fue el General George Marshall, uno de los más destacados oficiales norteamericanos en la Segunda Guerra mundial y Secretario de Estado durante el gobierno de Harry Truman. El propósito fue ayudar a los países devastados por la guerra, incluidos aquellos que habían formado parte del Eje (Alemania e Italia) o colaboracionistas como Francia.

Las ayudas fueron, en millones de dólares: 1.316 Inglaterra, 1.085 Francia, 510 Alemania occidental y 594 Italia. A los economistas correspondería calcular cuánto serían esas cantidades trasladadas a 2022. Si uno se pregunta sobre la animadversión legendaria de los franceses contra los Estados Unidos, recuerda aquella frase: «no sé porque fulano me odia tanto si nunca le hice un favor».

El Plan Marshall inspiró dos clásicos del cine de humor: «Bienvenido Mr. Marshall», del español Luis García Berlanga (1953). La trama se desarrolla en el pequeño pueblo castellano Villar del Río. El alcalde y los habitantes, enterados de que Mr. Marshall va de visita a España y pasará por su pueblo, deciden organizarle un recibimiento con todos los ingredientes del folclore y de la cocina española. El objetivo, obtener la ayuda norteamericana en aquellos años tan aciagos del franquismo pos guerra civil. La caravana de Mr. Marshall pasa por Villar del Rio pero a más de 100 Kms por hora y todo el pueblo queda con los crespos hechos.

La otra gran película «Rugido de Ratón» es de 1959, inglesa y dirigida por Jack Arnold. La trama se inicia en el Ducado de Grand Fenwick , un minúsculo (e imaginario) país europeo cuya única fuente de ingresos es la exportación de su famoso vino pinot. Pero una empresa californiana inventa una copia, llamada «Pinot Grand Enwick», toda la economía del Ducado colapsa. La duquesa Gloria (Peter Sellers) convoca a una sesión del parlamento, donde el primer ministro Rupert Mountjoy (Peter Sellers) señala que todo país que haya declarado la guerra a Estados Unidos recibe después grandes ayudas materiales, por lo que propone declarar la guerra, enviando al Mariscal de Campo Tully Bascombe (Peter Sellers) con 23 hombres del ejército medieval de Grand Fenwick, a invadir Estados Unidos. Desembarcan en Nueva York y por allí sigue el hilarante argumento.

He recordado ambas películas con motivo de la sorprendente visita (al menos para los ciudadanos comunes y corrientes) de una misión de alto nivel del odiado Imperio para entrevistarse con el no menos odiado presidente írrito Nicolás Maduro. Vinieron James Story, embajador en Venezuela con sede en Bogotá; Juan González, asistente especial de la Casa Blanca para asuntos del Hemisferio Occidental; y Roger Carstens, el enviado presidencial especial de Estados Unidos para asuntos de rehenes.

Uno de los temas centrales fue la liberación de trece norteamericanos presos en Venezuela por distintos motivos. El otro, la posibilidad de que Pdvsa vuelva a ser un suplidor de petróleo para EEUU. Por supuesto con todas las complicaciones que significa reactivar una empresa y toda su infraestructura, destruida por décadas de abandono, impericia y corrupción. El efecto inmediato fue la liberación de dos de los ejecutivos de Citgo y el anuncio de Maduro de que reanudarán –con otro esquema– las negociaciones en México.

El primer chillido de indignación fue del senador (republicano) por Florida, Marco Rubio, con anatemas contra el gobierno (demócrata) de Joe Biden por ceder ante la dictadura de Maduro. A esa voz se han unido y se unirán otras de la oposición recalcitrante cuyo argumento es que todo acercamiento al régimen es una traición.

Son los mismos que han considerado que el proceso de negociaciones en México ha sido no solo ceder ante la dictadura sino también inútil.

Vuelvo al Plan Marshall porque, mutatis mutandis, Venezuela es un país devastado, no por una guerra pero si por el paso rasante del Atila que han significado veintidós años de chavismo-madurismo. Las sanciones que los Estados Unidos han aplicado contra Venezuela le han hecho cosquillas al régimen que se las ha arreglado para burlarlas y las ha usado para justificar su política hambreadora del pueblo.

Los verdaderos afectados hemos sido los venezolanos del común. Por supuesto que levantarlas debería tener una contrapartida: liberación de los presos políticos, cese de la represión contra los medios de comunicación y elecciones libres y transparentes en 2024. Las reanudación de negociaciones en México tienen que centrarse en estos temas ineludibles. Pero, aunque no produzca efectos inmediatos, el solo hecho de quitarnos de encima la sumisión al carnicero de Ucrania, Vladimir Putin, hace que el objetivo de la misión norteamericana merezca un voto de confianza.

Paulina Gamus es abogada, parlamentaria de la democracia.

Twitter: @Paugamus

 4 min


Ismael Pérez Vigil

Hay cosas de las que es necesario hablar a pesar de que algunas personas no les gusta que se las mencionen. Son temas delicados, dada la polarización política extrema en la que nos desenvolvemos y que ahora también exacerba la visión que tenemos de la política norteamericana.

Al observar la discusión política de esta última semana me viene a la mente una pregunta: ¿Cómo se resolvían las cosas en la “otra” Venezuela? La pregunta no es capciosa, porque aquí hubo otra Venezuela, una Venezuela que probablemente no conocen los menores de 30 años −más del 26% de la población−, que solo han vivido en el bochornoso régimen de oprobio que se instaló en el país desde 1999.

En esa otra Venezuela vivíamos bajo un régimen democrático – imperfecto, pero democrático. Y había las instituciones propias de un régimen democrático; había división de poderes, con un poder ejecutivo encabezado por el Presidente de la República y su gabinete de ministros; había un poder legislativo con un Congreso de dos Cámaras, en donde había control político del gobierno, debates y discusiones políticas sobre todos los aspectos de la vida nacional. Había un poder judicial encabezado por una Corte Suprema de Justicia en donde se controlaba la justicia del país y se tomaban decisiones que algunas veces afectaban a los demás poderes; por ejemplo, se enjuició y propició el allanamiento de la inmunidad parlamentaria a algunos diputados y senadores, e incluso se llegó a tomar la decisión de enjuiciar a un Presidente de la República en ejercicio y se precipitó su renuncia al cargo.

Es decir, existía un régimen imperfecto, que en lo económico trataba de garantizar igualdad de oportunidades y en lo político ofrecía la posibilidad de luchar y alcanzar el poder, desde cualquier posición u opción, como se vio en la alternabilidad de la presidencia y hasta en el triunfo de quien llegó amenazando con destruir todo −y lo hizo−; un sistema que contaba con partidos políticos, aproximadamente los mismos que tenemos hoy en día, pero que llegaban a acuerdos, que pactaban, porque para eso son los partidos políticos, para luchar por el poder y además para defender y negociar los intereses que legítimamente representan, para llevar adelante sus objetivos e intereses de sus seguidores y aceptar que los otros, aunque queden en minoría, también puedan defender los suyos.

Esa es la otra Venezuela; no la sórdida que tenemos ahora y no es que la lloremos, porque como bien señalé tenía sus imperfecciones, algunas muy gruesas, pero funcionaba la política, cumplía su función regulatoria del poder y la de conseguir que se llegara a acuerdos para que todos pudieran expresar y defender sus intereses.

En otras palabras, se negociaba, se establecían pactos entre los partidos políticos, para gobernar, o para regular y controlar a quien gobernaba, se pactaban en el Congreso el presupuesto, las leyes, las políticas, la composición de la Corte Suprema de Justicia, la designación de altos funcionarios, como el Fiscal General, el Contralor o la composición de los organismos electorales, etc.; sí, se pactaba, porque eso es la política: negociar, pactar. Negociar no es sinónimo de corrupción, de arreglo deshonesto, negociar es la esencia del ser humano que acepta sus limitaciones, que sabe que puede estar equivocado y sobre todo, que reconoce los derechos de los otros seres humanos.

Todo este largo rodeo viene a colación por lo que está ocurriendo en este momento en el país, donde todo se convierte en un escándalo y un exabrupto, donde cualquier intento de negociar es satanizado; cualquier intento de ponerse de acuerdo es visto como un acto de suprema corrupción.

Tomemos el caso más reciente, el de un grupo de funcionarios norteamericanos que vinieron a reunirse con diferentes personas en el país, con Nicolás Maduro y algunos de sus funcionarios, con el presidente Guaidó y con representantes de los partidos políticos y obviamente hablaron de diversas cosas, de lo cual no se tiene mayores conocimientos o si se llegó o no a algunos acuerdos que, pues aún no ha trascendido mucho de lo que finalmente se acordó.

Únicamente sabemos que tras la visita fueron liberados uno de los seis gerentes de Citgo, presos injustamente desde hace tiempo, más un turista cubano estadounidenses.

Tras la reunión, se produjo un comunicado del Gobierno Interino, explicando lo ocurrido y una declaración de Nicolás Maduro, en la que tras reconocer la reunión anunció su disposición de reanudar las negociaciones –cosa que por cierto ha dicho en varias oportunidades, sin que haya ocurrido nada− y se supone que en México, aunque eso no está muy claro; lo que sí manifestó fue su deseo de que se amplíe la composición de la delegación opositora en cualquier negociación.

Desde luego, la visita y la negociación que se llevó a cabo y los supuestos acuerdos a los que se llegó, fueron de inmediato satanizados y calificados con todo tipo de epítetos, tanto hacia los miembros de la oposición democrática, como hacia el gobierno de los EEUU.

Algunos han visto lo ocurrido con la visita con bastante recelo. Algunos lo ven con escepticismo, a otros les parece muy bien; pero, otros se han rasgado las vestiduras y algunos claramente han mentido acerca de la naturaleza de esta misión norteamericana, acerca de sus objetivos, acerca de lo que lograron y acerca del precio que tendrá que pagar la oposición venezolana, y el país en general, por los supuestos acuerdos a los que se llegó, aunque nadie sepa exactamente cuáles son. La opinión se ha formado sobre la base de elucubraciones y en algunos casos, sobre medias verdades o claras mentiras, con el objetivo político de desprestigiar más a la oposición democrática, al Gobierno Interino y a Juan Guaidó y en algunos casos al Gobierno de Biden.

Lo peor es que de nada sirve aclarar, pues ya hay una matriz de opinión formada sobre la base de elucubraciones e información parcial. De nada sirve aclarar que quienes vinieron fueron el Embajador James Story; Juan González, director del Consejo de Seguridad Nacional para el Hemisferio Occidental y Asesor Especial de la Casa Blanca para América Latina y Roger Carstens, enviado presidencial especial para asuntos de rehenes.

En todo caso no había funcionarios de empresas petroleras; de nada sirve decir lo que explican los expertos petroleros −que sí conocen de la materia− que el régimen venezolano, ni reuniendo todo el petróleo que le sobra y lo que vende a Cuba, está en capacidad de cubrir esos 300 mil barriles sobre los que se especula, ni en la posibilidad de producirlos de manera inmediata o en el mediano plazo

(Tampoco nadie explica porque los EEUU va a venir a buscar petróleo a un país con un gobierno hostil, enemigo declarado suyo, teniendo un vecino en el norte, Canadá, que le puede ofrecer todo el petróleo que necesite).

De nada sirve decir que hasta el momento lo único concreto que se ha visto es la liberación de dos de seis presos por el caso Citgo (y que son una minucia en comparación con los más de 300 presos políticos que hay en el país) y que el gobierno de Maduro, una vez más, de tantas que lo ha hecho, dice que va a sentarse nuevamente a negociar.

De nada sirve aclarar, como lo hizo la Subsecretaria de Estado, Victoria Nuland en el Congreso de los EEUU, que esta visita se coordinó desde Bogotá con la oposición con cuyos representantes se reunieron primero en Bogotá y luego aquí con Juan Guaidó. De nada sirve decir, como ha dicho el gobierno de Biden que no han comprado petróleo a Venezuela y que no tienen pensado hacerlo próximamente, etc.

Pero la verdad es que me ha parecido muy “característica” −y a la vez deprimente− toda la discusión y argumentación sobre la visita de la delegación norteamericana y que se reuniera con Nicolás Maduro.

Si es verdad lo que se ha especulado −y sobre lo que algunos han mentido− que vinieron a: 1) negociar petróleo, 2) liberar a los presos de Citgo; o/y 3) presionar para que Maduro continúe negociando en México −una de las tres cosas o las tres cosas− ¿Por qué se sorprenden que se hayan reunido con Maduro?, ¿Con quién iban a hablar? ¿Quién les puede vender petróleo? ¿Quién tiene presos a los de Citgo y cientos de presos políticos más? ¿Quién es, sino Maduro, quien no quiere seguir negociando con la oposición?; y por último, de todas maneras, a los que no creen en Guaidó, ni en el Gobierno Interino, ni en el G4, ¿Qué les importa si la delegación norteamericana se reunió o no con ellos?

En resumen, lo que sabemos por fuentes distintas −prensa nacional e internacional, el gobierno de los EEU, el gobierno de Juan Guaidó y el gobierno de Nicolás Maduro− es:

– que un grupo de altos funcionarios norteamericanos hicieron una visita a Venezuela;

– que vinieron a tratar asuntos energéticos y otros temas, como parte del plan del gobierno norteamericano de aislar al gobierno de Putin;

– que la visita fue preparada hace tiempo en Bogotá y consultada con lideres de la oposición democrática, antes de realizarse;

– que se entrevistaron con Nicolás Maduro y funcionarios de su gobierno y con Juan Guaidó y miembros de la oposición venezolana;

– que después de la visita Nicolás Maduro liberó a dos de los seis rehenes o presos de Citgo que tiene en su poder y anunció su disposición a continuar negociando con la Plataforma Unitaria;

– que el Gobierno de Biden, tras la visita, anuncio que únicamente sigue reconociendo a Juan Guaidó como el legítimo Presidente de Venezuela; y

– que no ha comprado ni piensa por lo pronto comprar petróleo a Venezuela y tampoco levantar sanciones si no hay avances en las negociaciones en Venezuela entre el régimen de Maduro y la Plataforma Unitaria.

Claro, se bien que siempre habrá quien diga que nada de esto es cierto y que todo es para disimular.

A lo mejor es una ingenuidad de mi parte pero permítanme pensar fuera de la caja, como dicen los anglosajones. ¿Cabe la posibilidad de tener un pensamiento positivo acerca de la intención de la Administración Biden al reunirse con Nicolás Maduro?

Por ejemplo, conocido el manifiesto interés de Maduro de negociar directo con los EEUU, tratar de reducir las sanciones y dado que fue él quien solicito esta reunión: ¿Es posible pensar que el Gobierno de Biden decidiera aprovechar la coyuntura para rescatar a los presos de Citgo, presionar a Maduro para que aceptara negociar en México, de una manera más flexible y se lograra unas elecciones libres?, ¿O ese pensamiento está negado, pues rinde mejores dividendos políticos, aquí y allá, afirmar que fue una negociación, a espaldas de la oposición? ¿Qué no fue más que una negociación de petróleo por sanciones y que todo lo demás −la liberación de los presos de Citgo, reanudar negociaciones en México, o donde sea, etc.− fue algo colateral o para disimular?

Como quiera que haya sido esta misión norteamericana para mí está claro que vinieron hacer algo que nos hace falta hacer en el país: política. Vinieron a hacer política, vinieron a negociar, vinieron a llegar a acuerdos; el problema es nuestro, pues para nosotros todas esas son malas palabras, más allá de que no se haya conducido la información de la forma más adecuada por los dirigentes opositores, que tenían y tienen el deber de informar.

Politólogo

https://ismaelperezvigil.wordpress.com/

 9 min


Alejandro J. Sucre

Es realmente un avance en el respeto a la población que el equipo de gobierno haya mantenido el tipo de cambio del bolívar estable en los últimos tres meses. Esta política de mantener el tipo de cambio, aún cuando Venezuela tiene pocas reservas internacionales y poco acceso al crédito internacional es un verdadero logro. Es un verdadero reconocimiento al manejo con parámetros de gerencia profesional de la política monetaria, no para satisfacer capricho de los políticos tipo Caligula. Ahora que hay estabilidad cambiaria, y reconociendo que hay mucha improductividad en el gasto fiscal, algunos proponen la política del crawling peg de devaluaciones suaves mensuales. El crawling peg es igualmente desastrosa. Saber y anticipar devaluaciones constantes, aunque pequeñas genera una incertidumbre que impide a los empresarios concentrase en mejoras de su productividad y los obliga a concentrarse no en invertir para crecer sino usar el flujo de caja para comprar dólares.

La estabilidad cambiaria acaba con el atropello que viene ocurriendo desde el año 1983 del "viernes negro" donde los gobiernos venían usando la emisión de dinero inorgánico para financiar el gasto fiscal y convertirlo en un gasto clientelar y sin productividad. Carreteras que no se hacían, represas y desarrollos eléctricos con sobre precios, aeropuertos, escuelas, hospitales que se hacían a medias y además con sobreprecios. Todo eso generó dinero inorgánico y pasmó al país que crecía poblacionalmente y no con educación, infraestructura, urbanismo ni medicina suficiente. Pero sí con inflación. Y también las emisiones de dinero inorgánico fue la que ocasionó los desbastadores controles de cambio y precio que aniquilaron al sector productivo de la nación. Con la inyección incesante de dinero inorgánico desde los años ochenta, noventa, y luego del 2000, los gobiernos han mantenido un sistema de gasto fiscal gigantesco y les ha servido para disimular la hiper corrupción, hasta que llegó el colapso de Pdvsa. Este cinismo monetario arrasó con el poder de compra de los venezolanos. Incluso los programas fondomonetaristas en Venezuela fracasaron por que las devaluaciones del Bolívar que se usaron como gasto fiscal, quisieron frenar la liquidez monetaria ocasionada subiendo hasta el 90% las tasas de interés.

Por corrupción y por emitir dinero inorgánico, y por perseguir a los empresarios, Venezuela terminó perdiendo 4/5 de su producción al 2020.

Manteniendo el tipo de cambio en los últimos meses por la vía de una mejor administración de la liquidez monetaria es cambio económico realmente alentador. Eso quiere decir que el gobierno ya no tiene a quien echarle la culpa por la inflación. También sabe que las hiperinflaciones no son del gusto de los ciudadanos. También hay un reconocimiento implícito que las devaluaciones deben hacerse solo para mejorar la productividad del país, no por excesos monetarios. Tener dos monedas circulando en el país además es algo muy superior a dolarizar 100 % o a bolivarizar 100%. Esta competencia de monedas y libertad para elegir entre los ciudadanos es una exigencia más para el gobierno y que beneficia a la nación. Teniendo dos tipos de moneda, el país sigue teniendo un Banco Central que es clave para poder desarrollar y financiar sectores incipientes, y con ventajas comparativas para que no dependan del petroleo. Y por otra parte, teniendo el US dólar corriendo en la misma pista cabeza a cabeza con el bolívar obliga al Estado a controlar la liquidez monetaria y el gasto fiscal con productividad.

La única opción que le queda a la Administración Maduro es mejorar la productividad del gasto fiscal. Los centenares de empresas del Estado quebradas y la caída de Pdvsa solo puede ser recuperada con trabajo, buena gerencia, inversión real y estrategia que aumenten las ventas y la producción. Ya no hay los paliativos de inyectar dinero constantemente sin que suba la producción. Venezuela fue una de las economías más prosperas del siglo XX justamente porque había conciencia por parte de Juan Vicente Gómez hasta Rómulo Betancourt de la importancia de una política monetaria fijada en la productividad y en un gasto fiscal que aumentara la misma. Luego de los años 70 comenzó a usarse el gasto fiscal y la política monetaria en forma clientelar como si fuese una piñata para los amigotes del BCV y del fisco.

En el 2022, Venezuela no está para seguir perdiendo tiempo. La única opción que le queda a la Administración Maduro es mejorar la productividad del gasto fiscal. Ya esta más que demostrado Rusia, aliado de Venezuela, se benefició de vender más petróleo a EEUU luego de las sanciones a Pdvsa. También Rusia muestra que mas le importan sus propios intereses cuando entra en una guerra y pone un corralito a los fondos de los bancos donde Pdvsa guarda dinero luego de las sanciones. México, Argentina, Irán y otros supuestos aliados de Venezuela también se pelean el nuevo mercado de petróleo que deja Rusia al ser sancionada. También la Administración de Biden también demuestra que su supervivencia es mas importantes que los temas humanitarios. La Administración Maduro para mantener el tipo de cambio a $4,3 debe poner los intereses de Venezuela primero, negociar para aumentar la producción, el levantamiento de sanciones, y recuperar las empresas del Estado con inversión privada.

Twitter @alejandrojsucre

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Carlos Raúl Hernández

Cancelan conciertos de Ana Netrebko, suspenden en Varsovia Boris Godunov de Mussorgsky, despiden a Valery Gergiev director de la sinfónica de Munich, Placido Domingo no puede cantar en Moscú, suspendido curso sobre Dostoievsky en Italia.

Los equívocos sobre el concepto de fascismo son frecuentes. En España, por ejemplo, la izquierda califica de fascista a Vox, un movimiento de extrema derecha, xenófobo, confesional, pero no fascista. Suelo decir que el fascismo es un comunismo de derecha y el comunismo un fascismo de izquierda porque, condición sine qua non, utilizan cancelación y violencia contra quienes no comparten sus opiniones y dan materialidad física a la baja pasión. Escraches, ultrajes personales, boicot a presentaciones de libros y conferencias, manifestaciones de repudio contra obras de arte, son propios de los movimientos identitarios de izquierda y derecha. Declaran “enemigos del pueblo” a personas concretas que rechazan sus concepciones parroquiales, equivocadas, mera ignorancia, mentiras y monstruosidades. Es la prepolítica, estado de barbarie sicológica, y pueden ser palizas físicas, verbales o morales. El fascismo no es de izquierda ni de derecha sino todo lo contrario.

Es una reacción química primaria, animal. Ante un estímulo adverso, el cerebro manda a segregar adrenalina, contrae la musculatura, el semblante se hace lívido porque la sangre abandona rostro y tórax, y va a las extremidades para combatir o huir. Miles de años de desarrollo cultural y más de doscientos de democracia controlaron un poco a Hulk, las pulsiones, hostilidad hacia ideas ajenas, y superamos la bioquímica mejor que lo haría un jabalí. Bufar con espumarajos en la boca es una pulsión de lo que denominamos fascismo y puede desembocar en acciones políticas. Sustituye los razonamientos por chorros de emoción, moralina o sentimentalismo, recurso gemelo al vacío de instrumentos racionales y emotivos requeridos para hacer sinapsis política. Y por el reverso, es tan esforzado controlar el estrés y la respuesta agresiva, como lo contrario, los impulsos eróticos que dilatan las pupilas, relajan los músculos y concentran la sangre en otras partes del cuerpo, ante personas o situaciones placenteras, pero también estamos obligados a hacerlo.

Cuentan que Burt Lancaster tuvo que repetir por varios días una escena en traje de baño en la que besaba a Deborah Kerr en la playa (De aquí a la eternidad: Zinnemann, 1953) por ser incapaz de disimular las ostensibles manifestaciones de entusiasmo hormonal que ella le producía, pero jamás saltaría sobre ella. Un Cro-Magnon le hubiera dado a Deborah un estacazo en la cabeza para arrastrarla a la cueva. En la modernidad aparece la teoría de la tolerancia, el control de la pasión en la política con Locke y Voltaire, contra la violencia identitaria desatada por dos religiones rivales. La Iglesia Anglicana embiste en 1670 contra las disidencias, con asesinatos, torturas, quemas de libros. A monjas acusadas de herejes daban anchoas en el calabozo y luego les negaban agua. La reacción de Locke fue desafiante y heroica: en Carta sobre la Tolerancia fundamenta filosóficamente el libre albedrío, la libertad de conciencia, y la necesidad de que la autoridad acepte la existencia de diversas concepciones religiosas.


De otro lado del Canal de la Mancha, en Francia católica, décadas después Voltaire reacciona con el mismo coraje: la frase “no comparto tu opinión, pero estoy dispuesto a morir por tu derecho a expresarla” aun siendo apócrifa, contiene la substancia de su obra y de su vida. Indignado por el espurio proceso contra Jean Calas, un honorable comerciante calumniado y ahorcado por los católicos por protestante, escribe su valiente Ensayo sobre la Tolerancia. La esencia de ambas obras es la misma. El poder está obligado a “consentir”, “tolerar”, “condescender”, las opiniones disidentes. La sociedad contemporánea asumiló la tolerancia, el “buen talante” y lo convirtió en obligación de las instituciones democráticas que tanto desprecian los radicales. Se transforma en huesos y sangre del Estado de Derecho y cuando una sociedad ya está regida por la separación de poderes que frena la tiranía, la tolerancia pasa a ser una virtud privada más que política.

En Dinamarca o Canadá a los ciudadanos les importa muy poco si el presidente tiene mal carácter, si al gobierno le gustan o no sus opiniones, sus costumbres sexuales, sus credos religiosos o el negocio a que se dedican para ganarse la vida. Si el gobierno se pone “intolerante”, peor para él. Nadie más vigilado que el mandatario de una nación libre y tiene que cuidarse más bien de la factura electoral o, en casos extremos, del impeachment. Los dictadores son especies anómalas que se reconocen por su mal halitosis. Donde hay uno, las cosas son al revés y allí los cuasi-ciudadanos, meros habitantes, accidentes demográficos sin derechos, deben vivir aterrados porque al que gobierna no se le ocurra ocupar propiedades, insultar, mandarlos a la cárcel contra la Ley, o lanzar tropas de asalto dirigidas por perdedores desquiciados. Los cuasi-ciudadanos trémulos, agradecen que sea “tolerante”, permita “un poco” de libertad y que no asesine gente, que no haya “excesiva” represión, que no se torture “mucho”, como si se estuviera ante Robespierre.

@carlosraulher

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Francis Fukuyama

Estoy escribiendo esto desde Skopje, Macedonia del Norte, donde estuve la última semana enseñando uno de nuestros cursos de la Academia de Liderazgo para el Desarrollo. Seguir la guerra de Ucrania no es diferente aquí en términos de información disponible, excepto que estoy en una zona horaria adyacente y el hecho de que hay más apoyo para Putin en los Balcanes que en otras partes de Europa. Mucho de esto último se debe a Serbia y al alojamiento del Sputnik en Serbia.

Me arriesgaré y haré varios pronósticos:

1- Rusia se dirige a una derrota absoluta en Ucrania. La planificación rusa fue incompetente, basada en la suposición errónea de que los ucranianos eran favorables a Rusia y que su ejército colapsaría inmediatamente después de una invasión. Evidentemente, los soldados rusos llevaban uniformes de gala para su desfile de la victoria en Kiev en lugar de municiones y raciones adicionales. Putin en este punto ha comprometido la mayor parte de su ejército en esta operación; no hay grandes reservas de fuerzas que pueda llamar para agregar a la batalla. Las tropas rusas están atrapadas en las afueras de varias ciudades ucranianas, donde enfrentan grandes problemas de suministro y constantes ataques ucranianos.

2- El colapso de su posición podría ser repentino y catastrófico, en lugar de ocurrir lentamente a través de una guerra de desgaste. El ejército en el campo llegará a un punto en el que no podrá ser abastecido ni retirado, y la moral se evaporará. Esto es al menos cierto en el norte; a los rusos les está yendo mejor en el sur, pero esas posiciones serían difíciles de mantener si el norte se derrumba.

3- No hay una solución diplomática a la guerra posible antes de que esto suceda. No existe un compromiso concebible que sea aceptable tanto para Rusia como para Ucrania dadas las pérdidas que han sufrido en este momento.

4- El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas ha demostrado una vez más su inutilidad. Lo único útil fue el voto de la Asamblea General, que ayuda a identificar a los actores malos o prevaricadores del mundo.

5- Las decisiones de la administración Biden de no declarar una zona de exclusión aérea o ayudar a transferir MiG polacos fueron buenas; han mantenido la cabeza durante un momento muy emotivo. Es mucho mejor que los ucranianos derroten a los rusos solos, privando a Moscú de la excusa de que la OTAN los atacó, así como evitando todas las posibilidades obvias de escalada. Los MiG polacos en particular no agregarían mucho a las capacidades ucranianas. Mucho más importante es un suministro continuo de jabalinas, aguijones, TB2, suministros médicos, equipos de comunicaciones e información compartida. Supongo que las fuerzas ucranianas ya están siendo dirigidas por la inteligencia de la OTAN que opera desde fuera de Ucrania.

6- El costo que está pagando Ucrania es enorme, por supuesto. Pero el mayor daño lo causan los cohetes y la artillería, sobre los que ni los MiG ni las zonas de exclusión aérea pueden hacer mucho. Lo único que detendrá la matanza es la derrota del ejército ruso sobre el terreno.

7- Putin no sobrevivirá a la derrota de su ejército. Recibe apoyo porque se le percibe como un hombre fuerte; ¿Qué tiene para ofrecer una vez que demuestra incompetencia y es despojado de su poder coercitivo?

8- La invasión ya ha causado un gran daño a los populistas de todo el mundo, quienes antes del ataque expresaron uniformemente su simpatía por Putin. Eso incluye a Matteo Salvini, Jair Bolsonaro, Éric Zemmour, Marine Le Pen, Viktor Orbán y, por supuesto, Donald Trump. La política de la guerra ha expuesto sus inclinaciones abiertamente autoritarias.

9- La guerra hasta este punto ha sido una buena lección para China. Al igual que Rusia, China ha construido fuerzas militares aparentemente de alta tecnología en la última década, pero no tienen experiencia en combate. El miserable desempeño de la fuerza aérea rusa probablemente sería replicado por la Fuerza Aérea del Ejército Popular de Liberación, que tampoco tiene experiencia en la gestión de operaciones aéreas complejas. Podemos esperar que los líderes chinos no se engañen a sí mismos en cuanto a sus propias capacidades como lo hicieron los rusos al contemplar un movimiento futuro contra Taiwán.

10- Esperemos que Taiwán se dé cuenta de la necesidad de prepararse para luchar como lo han hecho los ucranianos y restablecer el servicio militar obligatorio. No seamos prematuramente derrotistas.

11- Los drones turcos se convertirán en los más vendidos.

12- Una derrota rusa hará posible un “nuevo nacimiento de la libertad” y nos sacará de nuestro miedo al estado de decadencia de la democracia global. El espíritu de 1989 seguirá vivo gracias a un puñado de valientes ucranianos.

Este artículo fue publicado originalmente en American Purpose el 10 de marzo de 2022. Traducción libre del inglés por morfema.press

11 de marzo 2022

Morfema Press

https://morfema.press/opinion/preparandose-para-la-derrota-por-francis-f...

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