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Opinión

El ejemplo más claro de que las hiperinflaciones son deletéreas para los gobiernos lo pudimos observar con lo que le ocurrió a la República de Weimar, a pesar de que Haljmar Schacht, presidente del Banco Central, le puso término en 1923 al imponer una hipoteca legal sobre las tierras y bienes existentes en el pais, que constituirían el respaldo de la nueva moneda. En menos de una semana la hiperinflación desapareció, pero las consecuencias no, lo que como todos resultó en el triunfo posterior del nazismo.

La hiperinflación argentina de 1989, durante el gobierno de Raúl Alfonsín, fue un fenómeno social muy grave, con saqueos y manifestaciones populares, que abrió las puertas del gobierno del peronista Carlos Ménem, y luego a un periodo de alta inestabilidad política.

Mugabe en Zimbabwe pudo sortear una de las más graves hiperinflaciones después de la alemana, porque Nelson Mandela extendió la mano y permitió que circulara la moneda Surafricana y, además, ese país seguía siendo, relativamente, una potencia agrícola regional, lo que no era poca cosa.

En nuestro caso, ya tenemos una tasa de inflación diaria de 5%, lo que augura una tasa acumulada anual de más de 600.000%. Además, no disponemos de una producción de alimentos suficiente para alimentar a nuestra población, y con la caída de la producción petrolera tenemos cada día menos dólares para importar lo necesario para abastecer a la población.

La pregunta que todos se hacen es cómo se puede manejar al Estado en estas condiciones tan turbulentas, sobre todo si no hay propósito de enmienda en cuanto a la política económica y no se ve en el horizonte de los gobernantes actuales a ningún Fernando Henrique Cardozo, ni mucho menos a un Schacht, ni tampoco a ninguna Suráfrica u otro país que esté dispuesto a jugársela, ahora, por el régimen.

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Cualquier ciudadano, hoy más que nunca, siente en lo más profundo la urgencia de una sociedad que reclama justicia.

A mí me preguntan, en la creencia de que lo debería saber por mi profesión, si algún día podremos dar una respuesta afirmativa sobre esa legítima inquietud y, con gran dolor, debo responder que ello aparece como un sueño lejano, porque los venezolanos no hemos aprendido ni internalizado esa lección, ni nos hemos preocupado por sentar las bases que la puedan hacer posible, ya que las guerras, las confrontaciones internas, la debilidad institucional y los regímenes autoritarios caudillistas no han permitido la formación y consolidación de un verdadero Poder Judicial autónomo e independiente, que no pueda ser utilizado como instrumento de la política.

Eso sí, cultivamos y propiciamos el mito de la ley y de las constituciones como panacea para resolver todos nuestros problemas y para identificar un culpable de los males que debemos atacar con acciones y no con advertencias punitivas o pócimas legales insertadas en gacetas oficiales.

La leyes inoperantes y los administradores de una justicia dependiente, politizada y manipulada, han dado lugar al recurso perverso de los “caminos verdes” por los que transitan las causas promovidas para resolver los conflictos ciudadanos, y han creado así prácticas al margen de la Constitución y de las leyes formales, invocadas cuando se asumen cargos públicos, aunque ahora solo se jura por la revolución y el socialismo del siglo XXI.

Por lo demás, ante los requerimientos de justicia de una sociedad que hoy resiente su total ausencia y padece las consecuencias de la anomia y del caos jurídico, se han abierto trochas o caminos tortuosos que han sustituido los procesos como instrumentos idóneos para establecer la verdad de los hechos que afectan las bases morales de la colectividad, con la consecuente frustración ciudadana que solo tiene la certeza de la violencia, del atropello a sus derechos y de la trágica impunidad que liquida toda esperanza de justicia.

Los “caminos verdes” que se han sobrepuesto al orden normativo que rige el debido proceso son innumerables e inciertos. Pero son la más dura respuesta que puede tener un ciudadano que ha padecido en carne propia los abusos de quien detenta el poder y, de buena fe, ha recurrido a un tribunal demandando decisiones justas.

En esos caminos no se observan las normas que aparecen en nuestros códigos, aunque hay reglas que se respetan religiosamente, al igual que las que imponen los “pranes” en las cárceles, siendo la más importante la de la obediencia a “órdenes de arriba”, sin identificación de sus responsables.

Es una tarea impostergable para la Venezuela del futuro sentar las bases de un Poder Judicial que, simplemente, cumpla con su tarea de impartir justicia y aplicar el derecho, único camino hacia la paz social y el logro del bien común.

aas@arteagasanchez.com

El Nacional

25 de mayo de 2018

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César Pérez Vivas

Nuestro país vivió, en diversas etapas de su evolución histórica, crisis de naturaleza variada. En el último medio siglo se presentaron crisis políticas, económicas, naturales y sociales. Ninguna había alcanzado las dimensiones de la actual situación nacional. En estos últimos tres años hemos pasado de la crisis a la catástrofe. Si, a una catástrofe cada día más dramática, y con visos de profundizarse hasta niveles aún más letales.

Nunca antes, VENEZUELA había aventado de su territorio a millones de sus hijos, huyendo de la muerte generada por una criminalidad desbordada, por el hambre y la falta de medicinas. O dicho de otra forma por un sistema político y económico nocivo, destructor.

Nunca nuestro pueblo había sido sometido a tan variados procedimientos para acceder a los alimentos: terminal de la cédula de identidad, marcaje de los brazos, huellas dactilares, carnets partidistas y otras formas.

Pero sobre todo, nunca el salario había sido tan insignificante como en estos tiempos del “socialismo bolivariano”. Maduro pulverizó el salario y lo hizo el más miserable del mundo occidental.

Nunca en nuestra historia la delincuencia había dominado extensas porciones de nuestro territorio. El Sub mundo del delito abarca a todos los sectores sociales y a toda la geografía nacional.

Frente a esa catástrofe, la angustia se apodera del ciudadano. A diario la pregunta es recurrente: ¿hasta cuándo debemos soportar esta tragedia?

¿Cuánto más tiene que ocurrir, para que los responsables de este drama sean aventados de los espacios del poder?

Los venezolanos buscan afanosamente un desenlace a esta tragedia. Buscamos un orden social, político y económico diferente. Un orden auténticamente democrático, moderno, eficiente, equitativo y próspero.

Y no solo los venezolanos que no respaldamos a la camarilla destructora. Sino que ya ese anhelo está entre quienes aparentemente están en responsabilidades de gobierno, o cercano a los personajes que participan o sostienen a la dictadura.

Parte de la burocracia que soporta a la cúpula roja es consciente de la incapacidad de su gobierno para enderezar ese rumbo, para rescatar un mínimum de calidad de vida. Saben que no hay forma de conseguir superar la trágica situación que afecta a la nación, y de la que ellos y sus familias no escapan. Ellos también quieren escapar de su laberinto. Entraron allí y no pueden salir. Esperan un desenlace que les permita zafarse de un compromiso que los ha traído a un mundo al que jamás pensaron llegarían.

Por momentos densos sectores de nuestra sociedad pierden la esperanza en el anhelado cambio, y limitan su acción y su lucha. Piensan que estamos frente a la definitiva cubanización de nuestra sociedad, con una camarilla instalada en los aposentos del poder, que se conforma con sostener una logia de civiles y militares usufructuando los pocos recursos que pueden transar, para atender sus necesidades operativas y de vida, en medio de una población famélica y desesperanzada que ya no tiene fuerzas, ni para salir a ejercer el derecho a la pacifica protesta, mientras otros, sacando fuerza de sus entrañas y rematando lo poco que aquí puede tener, buscan salir por las fronteras terrestres a buscar vida en otros confines del continente.

Lo cierto es que Maduro y su camarilla ya no gobierna. No tienen capacidad, ni posibilidad de tomar decisiones para hacer medianamente viable la vida del país. Su presencia y la de su entorno político y militar son de mera subsistencia en los escenarios del poder. Allí medran, amparados solo en el control institucional de la Fuerza Armada, a la que le exigen “máxima lealtad” para un régimen que ha perdido toda su legitimidad en el desempeño del poder, y su legitimidad de origen, luego del monstruoso fraude del pasado 20 de Mayo de 2018.

El desenlace vendrá por la total paralización de la sociedad fruto de la destrucción de la infraestructura y los servicios: transporte, metro, agua, electricidad, salud, y educación. Y saltarán del mismo cenáculo del poder, los actores que abrirán las compuertas hacia un cambio político. Simplemente porque este modo de vida es inviable.

No seremos los actores políticos de la oposición quienes vamos a producir el desalojo físico de la camarilla de sus burbujas de poder. No somos nosotros quienes tenemos armas o ejercemos influencia en quienes las tienen.

Serán los mismos que hoy les cuidan las puertas y los muros de sus centros de poder, lo que crearán las condiciones para que se produzca ese desenlace.

Pero si nos corresponde la obligación ética y política de acompañar la lucha, la limitada protesta que se genera, y ofrecer una alternativa para trabajar en la reconstrucción de la patria, una vez que el desenlace positivo se produzca.

Mantener encendida la luz de la esperanza, el espíritu de lucha, y la voluntad de resistencia que repudia la inmoral actuación de la barbarie roja, es una tarea de todo venezolano de bien, que de verdad desea un nuevo amanecer.

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Arnold Toynbee, en su monumental obra “Estudio de la Historia” escribió que “Una civilización crece y prospera cuando su respuesta a un desafío tiene éxito y desaparece cuando no encuentra respuesta”. Con los países, instituciones y empresas debe suceder algo similar, aunque en el caso de estas dos últimas su ciclo vital es más corto. A veces la decadencia y muerte está escrita desde su propia gestación, por ser imposible su viabilidad a mediano plazo.

En otras la desaparición es por culpa de quienes toman decisiones. Cabe preguntar sobre el caso de Venezuela y de su empresa vital Petróleos de Venezuela S.A. (Pdvsa) ¿A qué factores debió su auge y cuáles determinaron su caída? ¿Pdvsa declinó porque Venezuela cayó o vice versa? El excelente libro de Ernesto Fronjosa titulado “Auge y caída de un petroestado” la historia del petróleo en Venezuela es de discusión obligatoria para entender nuestra historia reciente y decidir si el Estado debe seguir siendo el amo y señor de vidas y haciendas, así como si debe o no rescatarse su principal empresa.

La investigación de Fronjosa es la más completa que hemos leído sobre la historia de nuestra industria petrolera y tiene el mérito de presentar diferentes apreciaciones sobre temas polémicos, sin eludir proporcionar su opinión. Tiene seis capítulos: 1- Importancia del petróleo a nivel mundial, 2- Desarrollo de la industria petrolera en el mundo. 3- Una industria con antecedentes remotos. 4- El régimen de concesiones. 5- La industria en manos del Estado y 6- La inexorable politización. Aquí solo haremos algunos comentarios generales e instamos a leer el libro.

El petroestado se caracteriza, según este autor, por “la impresionante prosperidad económica que marcha a la par de una notable disminución de la diversificación económica. Además, esa riqueza es administrada exclusivamente por el Estado. Esto crea expectativas en la población que espera recibir prebendas. El medio político utiliza esta mentalidad con fines clientelares y la consecuencia es la injerencia de la política partidista en todo lo relacionado con el petróleo”. Nuestro Estado es rentista. Este hecho se deriva de que los dueños de la tierra donde se encuentra petróleo no participan de ningún beneficio. Además, desde 1934 la política fue mantener una moneda sobrevaluada, con lo que se perjudicaron las exportaciones no petroleras.

Antes de la estatización los conflictos fueron entre las empresas petroleras extranjeras y el Estado representado por el gobierno de turno. La Ley de Hidrocarburos de 1943 constituyó un hito importante. Las compañías recibieron el mensaje de que los venezolanos se preocupaban por su petróleo. Al momento de la nacionalización, en 1975, el 96,5% del personal era venezolano.

La nacionalización o quizá mejor dicho la estatización de la industria de los hidrocarburos ocasionó muchos temores y esperanzas. Hoy se discute si fue una medida favorable o perjudicial para el país. Fronjosa destaca que, por lo general en Latinoamérica se piensa que una empresa del Estado debe tener mayor contenido social, ser independiente de cualquier participación extranjera y que su aporte se deriva exclusivamente de los ingresos fiscales que genera. Debido a que nuestros gobiernos tienen una concepción primitiva de lo que es estratégico, se preocupan por garantizar que la estructura organizativa esté identificada con los lineamiento políticos del gobierno de turno, por lo que tienen la tendencia a ejercer control político sobre la organización. Además, señala el autor del estudio, “existe la opinión generalizada de que una organización con ese poder no puede restringir su actividad a aquella para la cual fue creada y es necesario dotarla de un mayor contenido social”.

Según esta apreciación, la cual compartimos, es evidente que más temprano que tarde alguien tomaría a Pdvsa y filiales por asalto para ponerlas al servicio de su proyecto político.

Fronjosa narra en forma amena las diferentes etapas de nuestra historia petrolera, con algunas anécdotas interesantes. Las concesiones y sus consecuencias, las leyes sucesivas mediante las cuales el Estado fue tomando cartas en el negocio petrolero. Las discusiones sobre las leyes de Reversión, de Nacionalización y sobre la llamada Apertura Petrolera. Los logros alcanzados como consecuencia de la adquisición de refinerías en el exterior para garantizar mercados, los Convenios Operativos y Asociaciones Estratégicas que permitieron obtener un petróleo que de otra manera estará todavía en el subsuelo. La eliminación de las filiales, con sus más y sus menos. Por último el conflicto del 2002, el cual era inevitable, y la consecuente destrucción. Pareciera que Pdvsa estaba condenada a caer en manos irresponsables, tal y como sucedió con el país. Sin duda todos fuimos culpables al permitir el deterioro gradual de las instituciones.

Fronjosa recomienda identificar oportunidades dentro del mercado petrolero, que los recursos obtenidos no sean para mantener el rentismo, sino para diversificar la economía, que sirva para darle mayor poder al ciudadano , desarrollar su sentido de emprendimiento, responsabilidad e independencia, que entienda que su bienestar no depende de dádivas del Estado.

Como (había) en botica:

Nuestra dirigencia sigue siendo sorda y muda ante el clamor de unidad. O atienden esta necesidad o inevitablemente pasarán a un segundo plano.

Lamentamos el fallecimiento del distinguido colega José Joaquín Villasmil, excelente profesor de estadística en LUZ y buen ciudadano.

También de la señora Hilda Mendoza, hija de don Eduardo Mendoza Goiticoa, quien fue un destacado ingeniero agrónomo que le renunció a Betancourt por estar en desacuerdo con la adquisición de carne de Argentina que introdujo la aftosa a nuestro país. También era tía de Leopoldo López

¡No más prisioneros políticos, ni exiliados!

eddiearamirez@hotmail.com

26/06/18

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Alberto Hernández

Nuestra metáfora: Piedra Roca. ¿Roca Tarpeya? Nuestra metáfora: la macana de Pedro. ¿Con el mazo dando? Nuestra estirpe vencida: carros destartalados, empujados con los pies. Venezolanos de Piedra Roca colgando de mastodontes de metal, arrasados por el sol y la lluvia. Ciudades desvencijadas. Y aunque no se trata del sueño juvenil hecho realidad de Joseph Barbera y William Hanna, nuestra realidad no tiene nada que ver con aquella ficción que nació en septiembre de 1960 en blanco y negro y nos llenó de alegría todas las tardes hasta 1966 cuando cerró la serie.

Se trata, nada más y nada menos que de una hipérbole que nos destroza. Se trata de un pantagruelismo que no tiene comparación en América Latina. Y mientras Pedro, Vilma, Betty, Pablo, Bam-bam y demás personajes se movían entre dinosaurios y casas empedradas, nosotros, los nuevos personajes, la metáfora que somos, aparecemos militarizados, cuestión que en Los Picapiedra no existía, porque el gobierno de los casi cavernícolas era el humor, una inteligencia para que los niños soñáramos con otro mundo, en pasado, pero mundo feliz, como el que decimos que hemos perdido pese a que muchos embozados se niegan a admitir que era muchísimo mejor que esta cosa prehistórica que nos jode la vida.

Que no vengan los antropólogos y sociólogos del reseco marxismo a inventar premisas, a desahogar sus ímpetus machistas en las páginas de nuevos libros. No, les queda saberse parte de ese mundillo criminal, infame, ladrón y desquiciado en el que han hundido a Venezuela.

No se puede concebir una Nación en la que un sujeto que se dice político aparezca con una macana en pantalla. Pues, Pedro Picapiedra era más civilizado. O una rolliza señora que insulta, entrevistada por un delincuente callejero que se hace pasar por periodista. O un sujeto que se dice jefe de estado mandando al carajo a todo el mundo que le lleva la contraria.

No se puede entender un estado (con minúscula) donde el atropello militar sea el diario plato de consumo. Donde ancianos y niños deambulen por las calles con la ropa ajada, con hambre y la miseria en sus ojos. Un país donde trabajar no vale nada. Un país esclavizado. Mientras las colas para adquirir lo poco que encuentran rebasan las aceras y los centros comerciales que ya no lo son.

Un país que ha sido arrollado por una manada de insensatos. Un país cuya cultura ha sido convertida en un diccionario de insultos y groserías, atropellos, disparos, empujones, degollamientos, incendios, linchamientos, asaltos, niñas a quienes premian por salir preñadas mientras abandonan las aulas escolares. Niñas que se venden en terminales de autobuses, en plazas y callejones para poder comer. Un país donde los intelectuales que apoyan al régimen sonríen y guardan el silencio más asqueroso.

Esa no Piedra Roca. Este país en Roca Tarpeya: una cárcel vigilada por soldados, policías y soplones. Un país mancillado, irrespetado, convertido en burdel y vendedores de ilusiones, desfalcadores, estafadores, hechiceros, curas perversos, mafiosos…todos protegidos por el poder de un régimen que se dice humanista.

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En la Cumbre de Desarrollo Sostenible, realizada del 25 al 27 de septiembre de 2015 en Nueva York, 193 países, Venezuela entre ellos, se comprometieron con 17 Objetivos Mundiales para lograr 3 cosas importantes e indispensables en los próximos 15 años:

  • Erradicar la pobreza extrema
  • Combatir la desigualdad y la injusticia
  • Solucionar el cambio climático

Los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible abarcan diferentes facetas del desarrollo social, la protección medioambiental y el crecimiento económico, habiendo sido establecidos de la siguiente manera:

  1. Poner fin a la pobreza en todas sus formas en todo el mundo
  2. Poner fin al hambre, lograr la seguridad alimentaria y la mejora de la nutrición y promover la agricultura sostenible
  3. Garantizar una vida sana y promover el bienestar para todos en todas las edades
  4. Garantizar una educación inclusiva, equitativa y de calidad y promover oportunidades de aprendizaje durante toda la vida para todos
  5. Lograr la igualdad entre los géneros y empoderar a todas las mujeres y las niñas
  6. Garantizar la disponibilidad de agua y su gestión sostenible y el saneamiento para todos
  7. Garantizar el acceso a una energía asequible, segura, sostenible y moderna para todos
  8. Promover el crecimiento económico sostenido, inclusivo y sostenible, el empleo pleno y productivo y el trabajo decente para todos
  9. Construir infraestructuras resilientes, promover la industrialización inclusiva y sostenible y fomentar la innovación
  10. Reducir la desigualdad en y entre los países
  11. Lograr que las ciudades y los asentamientos humanos sean inclusivos, seguros, resilientes y sostenibles
  12. Garantizar modalidades de consumo y producción sostenibles
  13. Adoptar medidas urgentes para combatir el cambio climático y sus efectos
  14. Conservar y utilizar en forma sostenible los océanos, los mares y los recursos marinos para el desarrollo sostenible
  15. Proteger, restablecer y promover el uso sostenible de los ecosistemas terrestres, gestionar los bosques de forma sostenible, luchar contra la desertificación, detener e invertir la degradación de las tierras y poner freno a la pérdida de la diversidad biológica
  16. Promover sociedades pacíficas e inclusivas para el desarrollo sostenible, facilitar el acceso a la justicia para todos y crear instituciones eficaces, responsables e inclusivas a todos los niveles
  17. Fortalecer los medios de ejecución y revitalizar la Alianza Mundial para el Desarrollo Sostenible

A las puertas del tercer aniversario de la mencionada declaración todo el mundo debe estarse preguntando cuantos de los buenos e indispensables propósitos acordados han sido trabajados seriamente por los países signatarios y la magnitud de los avances alcanzados, si ese fuese el caso.

Si nos tomamos el tiempo para releer la lista de los objetivos y los contrastamos con el estado de los mismos en nuestra Venezuela encontraremos clara y sencillamente expuestas, 17 razones para ratificar sin temor a equivocarnos que el régimen ha fracasado de manera indiscutible y que cuanto más se prolongue su permanencia en el poder, más lejano estará nuestro país de poder ofrecernos lo que todo ser humano demanda para la sociedad en la que desea vivir.

El gobierno de transición, al que tendrá que llegarle su tiempo por mucho que algunos se empeñen en obstaculizarlo, puede ahorrarse mucho esfuerzo aclarándole a los que claman sobre “el que proponen”, que cumplir con la obligación asumida de instrumentar políticas para el logro progresivo de los objetivos del desarrollo sostenible es el único camino hacia el futuro que queremos, los venezolanos y la humanidad, ese todo del que somos parte, aunque muchas veces pensemos equivocadamente en clave singular.

https://www.un.org/sustainabledevelopment/es/objetivos-de-desarrollo-sostenible/

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Quizá sea el momento de decirlo con claridad: el turismo no es el sector o rama de actividad sobre el que deba sostenerse el crecimiento económico de un país. Tampoco es, entiéndase bien, una fuente de ingresos despreciable, todo lo contrario. Es un mercado que merece ser tenido en cuenta, porque proporciona ingresos considerables a los países que saben explotarlo. Ahí está el caso de Estados Unidos, Francia o España para demostrarlo; o países como Italia, que han hecho del turismo un arte de extracción eficiente de rentas. El problema es que la producción turística es incapaz de fundamentar un patrón de crecimiento sostenido en el tiempo y de alto valor añadido. La experiencia del caso español demuestra que el turismo captura ingresos muy necesarios para la balanza por cuenta corriente, pero genera negocios de estructura muy débil. Básicamente, una mayoría de esos negocios (las excepciones son obvias) progresan gracias al uso de empleo precario y no suelen sobrevivir en fases de recesión, como ha quedado demostrado en la última crisis.

Esta advertencia es necesaria para entender que la opción de poblar un país de empleo de discutible calidad y, por añadidura, del sector servicios, no es la mejor opción de futuro. Es un patrón de crecimiento poco recomendable. Ahora bien, es evidente que América Latina no ha explotado su capacidad turística potencial; no se ha fabricado un mercado turístico a su medida. Ni siquiera Brasil, porque extraer rentas de su litoral (las playas) equivale a quedarse en la superficie del negocio.

El turismo requiere una definición estratégica previa (sol y playa, ocio cultural, rural, ocio deportivo); la aparición de inversiones en infraestructuras privadas (hoteles, alojamientos, redes de transporte) y públicas (carreteras, redes de ferrocarril); y unas condiciones mínimas de estabilidad, entre las que destaca la seguridad. Pocas de estas condiciones se han cumplido en los países del área, con muy honrosas excepciones.

Hay un argumento añadido, aunque episódico: la recesión ha provocado descensos en la afluencia turística en el subcontinente. No obstante, es fácil establecer que no es la recesión ni la coyuntura económica lo que explica la debilidad del turismo en América Latina (apenas el 3,1% del PIB), sino la mencionada ausencia de infraestructuras y la falta elemental de redes de captación de visitantes. Los atractivos locales, que suelen ser el primer cebo para el turista, existen, están ahí. Hay materia prima para el turismo de sol y playa, para el monumental y para el cultural. Pero en ausencia de las estructuras necesarias, el esfuerzo final no puede realizarse o no tiene los resultados esperados. Así que puede decirse que las economías latinoamericanas no están orientadas hacia el negocio turístico... en general.

Si el turismo es o debe ser en el futuro un mercado estratégico para América Latina —aunque no su patrón de crecimiento— es lógico suponer que deben ser los estados quienes tomen la iniciativa para impulsarlo. En consecuencia, es obligado aplicar inversión pública a su diseño y desarrollo; y, por lo tanto, es necesario contar con recursos públicos excedentes con el fin de conseguir las infraestructuras deseadas. Y es en este punto donde aparece la realidad de fondo en las economías latinoamericanas: sufren de una debilidad fiscal congénita, porque carecen de instituciones estatales firmes para recaudar y no está extendida la cultura tributaria.

No hay Estado sin impuestos y, aunque suene heterodoxo, sin represión del fraude; y si el Estado realmente existente, con una estructura fiscal demediada, no puede actuar en los intersticios de la actividad económica privada, como estímulo o como estratega final, el aprovechamiento de los mercados básicos bien desarrollados en otras áreas económicas (dólar, euro) es insuficiente.

El País

24 de junio de 2018

https://elpais.com/economia/2018/06/21/actualidad/1529603185_937026.html

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