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Opinión

Eddie A. Ramírez S.

Para actuar en cualquier evento es necesario tener un plan realista y que el mismo pueda ser flexible para no estrellarnos frente a un obstáculo. Las batallas en contra de un enemigo que dispone de mayor poder de fuego solo pueden ganarse con acciones de desgaste. La historia abunda en ejemplos. Cuando no se puede aplicar una blitzkrieg, se corre el riesgo de que cunda el desaliento en las propias filas, lo cual hay que contrarrestar para evitar una debacle.

Las primeras medidas para impedir que decaigan los ánimos consisten en 1- Identificar y expulsar a los infiltrados. 2- Marginar a los pesimistas que siembran dudas sobre la factibilidad de alcanzar el éxito y 3- Persuadir a los ciudadanos de a pie de no prestar atención a ofertas atractivas que ofrecen soluciones rápidas pero que solo están soportadas en el papel.

Algunos pueden alegar que es necesario actuar y que ya basta de consultas. Cabe recordar que tenemos muchos años luchando, sin lograr la salida de esta dictadura siglo XXI. Millones de venezolanos hemos batallado, unos más, otros menos, en contra de este régimen. Muchos han caído por balas o por enfermedades psicogénicas, otros están presos y más de cinco millones han sido expulsados del país por la represión policial y judicial o por el acoso del hambre. Evidentemente la indoblegable sociedad venezolana ha actuado y obtenido muchos logros.

Los rojos siguen con las riendas del poder porque inicialmente algunos dirigentes democráticos actuaron con mano de seda, prefiriendo el apaciguamiento a la confrontación. Hoy, quienes no son demócratas tienen las armas y la deshonestidad del sistema judicial. Además, han comprado a personas sin liderazgo, que por ello aceptaron usurpar el nombre y símbolos de los principales partidos de oposición; también cuentan con políticos fracasados que crearon partidos solo para negociar, ya que solo cuentan con un puñado de militantes.

Lamentablemente, hay que señalar que hay dirigentes opositores que luchan valientemente desde hace veinte años y que han participado en muchos eventos unitarios exitosos, como en las parlamentarias del 2015, pero que últimamente han marcado distancia de la mayoría. Es dolorosa esa terquedad de insistir en que se abandonó el compromiso del cese de la usurpación y del mandato del 16J, que les sirve de excusa para descalificar la Consulta ciudadana, que se inició ayer y durará hasta el día 12 por internet y será presencial en Venezuela este 12 de diciembre.

¿Que ya se realizó una consulta relativamente parecida, aunque con otros objetivos? Cierto, pero ¿acaso se debe abandonar la calle porque ya hemos marchado infinidad de veces? ¿Acaso debemos dejar de hacer denuncias sobre las violaciones a la Constitución porque algunos minimizan los logros alcanzados? ¿Acaso debemos cesar las exigencias de libertad para los presos políticos, porque ya lo hemos solicitado y el régimen no cede? ¿Acaso debemos suspender los foros y dejar de escribir artículos contra el régimen, porque este los ignora?

Esta Consulta es importante y estamos conscientes del riesgo que se corrió al convocarla, no solo por las amenazas y trabas del oficialismo, sino porque los ciudadanos están preocupados en conseguir el sustento diario y, si lo consiguen, tienen que resolver el problema de adquirir los alimentos, las medicinas, gasolina y las bombonas de gas, con el consiguiente desánimo que esto ocasiona. Entendemos el escepticismo de algunos, pero ojalá quienes están reacios a participar y apoyarla se percaten de que esa posición solo beneficia a Maduro. Los demócratas tenemos que desear que sea contundente ya que, entre otros puntos, permitiría reforzar el apoyo internacional a nuestra causa y la condena al régimen.

Como (había) en botica:

El régimen ha podido ahorrar los millones que gastó en la farsa electoral del domingo. Esa repartición de cambures con votos inventados la ha podido hacer sin tanta alharaca. Los nuevos usurpadores tendrán el beneficio de cobrar quincenalmente y recibir uno que otro bono, pero ni ellos, ni esa asamblea tendrán el reconocimiento de los demócratas del mundo.

En enero debe continuar la Asamblea Nacional legítima, presidida por Guaidó. Este es el único que tiene reconocimiento internacional y mayor aceptación nacional como presidente encargado.

Excelente el nombramiento por la Asamblea Nacional del ingeniero petrolero Horacio Medina como presidente ad hoc de la Pdvsa digna. Además de su solidez y méritos profesionales, Medina tiene la cualidad de unir a los propios y tender puentes con quienes piensan diferente. Todos debemos agradecer a Luis Pacheco, por su labor al frente de la misma, principalmente orientada a proteger los activos de la nación que los rojos otorgaron irresponsablemente como garantía de préstamos para cubrir déficit de caja.

¡No más prisioneros políticos, ni exiliados!

eddiearamirez@hotmail.com

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Jesús Elorza G.

El ensayista argentino Juan José Sebreli en su libro, Comediantes y mártires. Ensayo contra los mitos (Debate, 2008), critica la deificación de Maradona, señalando sus hipocresías e incoherencias y su relación con dictadores.

Señala el autor, que fue en Nápoles, no en Villa Fiorito, donde descubrió la atracción de la hinchada futbolera por los símbolos de la guerrilla latinoamericana, aunque despojados de todo significado político concreto y reverenciados por sus costados de coraje y violencia. Los tifosi solían usar boinas con estrellas, camisas militares, pantalones de fajina inspirados en el uniforme guevarista. Así se le reveló la existencia de un tipo humano en boga, el joven rebelde setentista, y decidió unir su figura a la del Che, para añadir otro símbolo exitoso al suyo propio. Él fue más allá de la calcomanía en la camiseta; durante un carnaval en Río de Janeiro, se tatuó la imagen del Che en un brazo y después la de Fidel en una pierna.

Desde muy joven, la imagen de Maradona sirvió para la promoción de la dictadura de Videla en Argentina. Los militares advirtieron las condiciones carismáticas del jugador y decidieron aprovecharlo; este se dejó usar, y a su vez usó a la dictadura para su propia carrera. Su primer éxito, el Campeonato Juvenil en Tokio, fue utilizado por la dictadura para mejorar su imagen y distraer la atención de la gente de los crímenes que se estaban cometiendo. El dictador Videla dirigía, desde el canal de televisión estatal y por vía satélite al Japón, el operativo de saludo a Maradona. Las manifestaciones de festejo sirvieron para ocultar la visita de la delegación de la Comisión Internacional de Derechos Humanos que había ido con el propósito de investigar las desapariciones. A su retorno, lo recibieron en la Casa Rosada y Videla lo felicitó ante las cámaras de televisión.

A instancias de los militares, Maradona comenzó a dar discursos ajenos al fútbol y muy en el estilo del régimen, como el que pronunció después de firmar el trato con Austral, donde ya se alentaba el espíritu bélico que llevaría a la aventura de las Malvinas: “Ahora que soy muy feliz por servir a mi país como soldado, empiezo a entender el verdadero significado de la soberanía nacional. Significa todo. Es mi país y mi país es como mi propia familia, y si un día nuestras Fuerzas Armadas tienen que defender el país, ahí va a estar el soldado Maradona, porque antes que todo soy argentino”. Pero cuando llegó la guerra de las Malvinas, que provocó la muerte de tantos jóvenes como él, el soldado Maradona no se hizo presente.

Sintiéndose el ombligo del mundo, Maradona no dudo un instante en proseguir su camino de idolatría a los regímenes dictatoriales, sumando con su pelota de futbol, adoraciones fervorosas a Fidel Castro, Hugo Chávez y por Evo Morales, junto a quienes intervino en la Anticumbre realizada durante la Cumbre de Presidentes Americanos en Mar del Plata. A esa lista de líderes admirados sumó al presidente de Irán Mahmud Ahmadineyad, negador del holocausto.

Con la experiencia obtenida en largos años de servilismo a diferentes regímenes dictatoriales, siempre estaba atento para prestar su imagen en procura de fortalecer al dictador de turno que lo solicitara. Muerto Chávez y posteriormente Fidel, no dudo ni un instante en continuar su servil carrera apoyando a Nicolas Maduro. El acto de lealtad fue un bochorno más en la lista de Maradona, destacándose la cómica oferta que le hizo Maradona en una oportunidad al discípulo del dictador Chávez: la de convertirse en un soldado del ejército bolivariano para armarse en defensa de la revolución, con la finalidad de frenar una invasión norteamericana.

Con la pelota de futbol a sus pies, Maradona dribló a su antojo a los dictadores del mundo y supo vender su imagen entre ellos a cambio de grandes sumas de dinero. De Videla a Maduro lo que queda en evidencia es el servilismo rastrero de un jugador que vendió su imagen a la dictadura y al consumo de drogas.

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José Rosario Delgado

A Venezuela se le llamó “ tierra de gracia" desde 1498, cuando Cristóbal Colón desembarcó en Macuro y la registró como "lo más parecido al Paraíso". Imaginemos, pues, al Jardín de Edén y tendremos una idea de aquella Venezuela, transformada hoy en asqueroso infierno.

Maracay, desde que tengo uso de razón, es conocida como "La Ciudad Jardín" de Venezuela, aunque los trujillanos nos regatean "El Jardín de Venezuela", como llamó Simón Bolívar a San Rafael de Boconó. Hay mucha diferencia entre ciudad y jardín.

Orgullosos pecadores éramos los maracayeros cuando en otra ciudad o país nos alababan al manifestar nuestra procedencia. Pero todo aquello acabó, todo quedó en olvido, y nuestras frondosas escenas de colores con el tiempo se han perdido, parafraseando una vieja canción.

Maracay no es ni su sombra porque los túneles vegetales que la unían con sus pueblos de la Costa y todas las ciudades de Aragua, Carabobo, Distrito Capital, Guárico y Miranda están secos, desérticos, y ya no dan sombra. Los hermosos y productivos cañamelares y cañaverales, a todo lo largo de la autopista regional o de la carretera vieja, desaparecieron de nuestra vista y sus paisajes borrados de la geografía.

Sus icónicas plazas Bolívar, Girardot, San Juan; su Tacita de Plata y la salerosa Maestranza "César Girón" ahora son adefesios de indignantes y degradantes espectáculos que muestran la decadencia de una dirigencia falaz y perversa. Los parques Guevara Rojas, Santos Michelena, El Ejército, Zoológico, Édgar Sanabria, Los Apamates. Avenidas Bolívar, Casanova Godoy, 19 de Abril, Ayacucho, Constitución, El Lago y Mariño Sur, con grama y arbolitos de plástico, dan asco, vergüenza.

Ni hablar de sus complejos recreacionales, culturales y deportivos, que sólo sirven para medrar presupuestos, mantener prosélitos y montar actos de utilería y shows de politiquería.

Maracay es la ciudad del desdén, sin duda alguna, y ya ni los medios de comunicación que quedan se ocupan de la importante contraloría social y supervisión moral que, por tradición y obligación, les corresponde como ojos de la ciudad y voz de sus ciudadanos...

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Humberto García Larralde

2020 cerrará como un año nefasto por los estragos producidos por la pandemia mundial y los efectos económicos y en nuestras formas de vida, que trajo. En Venezuela, adicionalmente, quedará marcado por la profundización del sufrimiento infligido a su población por parte del régimen fascista. No obstante, la devastación ocasionada por Maduro y sus cómplices ha sido tal que ha minado sus propias bases de sustentación, haciendo cada vez más precario su poder. De unirse la oposición en torno a una estrategia eficaz y un proyecto consensuado de sociedad, más pronto que tarde habremos de construir una Venezuela democrática. Claro está, forjar esa estrategia constituye la angustia y el reto principal de dirigentes y militantes de la oposición democrática. Y, respecto a la sociedad deseada, la actitud asumida por algunos opositores en las recientes elecciones de EE.UU., mueve a preocupación.

Chávez fue una expresión de un populismo funesto, llevado a extremos. Destruyó las instituciones de la democracia liberal y arruinó la economía. Escogió a Maduro para terminar de consolidar un estado mafioso, cuya despiadada depredación sumió a los venezolanos en la peor miseria conocida desde que se empezó a extraer petróleo en el país. La violación sistemática del orden constitucional se amparó en una falsa realidad construida con base en una retórica maniquea moralista, que polarizó a la sociedad entre patriotas (los buenos) y escuálidos (los malos). En esta narrativa, éstos conspiraban en contra del pueblo, por lo que había que descartar las instituciones que salvaguardan la pluralidad política, el respeto por la diversidad y el respeto por sus derechos. Eliminado el equilibrio de poderes, Chávez abusó de los recursos del Estado para atacar y someter a los medios de comunicación, criminalizar la protesta y perseguir a opositores. Los descalificó con campañas de odio, señalándolos como “enemigo del pueblo” y rebajándolos con ofensas de todo tipo. El poder sin contrapesos en manos de Chávez, Maduro y sus cómplices, degeneró en la transgresión de derechos civiles y humanos básicos, y en la discriminación de quien expresase ideas contrarias. El acoso a las universidades nacionales y a los gremios completó esta arremetida. A esas prácticas, y a la destrucción de las normas legales y de convivencia propias de una democracia liberal, debemos la miseria inhumana infligida hoy a tantos venezolanos.

En las elecciones recientes de EE.UU., una cantidad no despreciable de compatriotas --algunos con derecho a votar allá--, todos furibundos antichavistas, llenaron las redes sociales en apoyo al presidente Trump. Sirvieron de eco a un candidato que basó su campaña en construir una falsa realidad con base en mentiras y alegatos ridículos sobre sus adversarios, para polarizar a los estadounidenses entre los MAGA buenos (Make America Great Again) y aquellos que estarían amenazando su modo de vida. Además de los demócratas, los intelectuales y los dueños de los grandes medios de comunicación, culpabilizó de ello a los inmigrantes. Aupó a grupos de supremacía blanca y atizó los odios contra manifestantes de conciencia (Black Lives Matter; contra el calentamiento global), a quienes tildó de “terroristas”. Descalificó a periodistas críticos, acusándolos de fabricar “fake news” y de ser “enemigos del pueblo”. Alimentó, así, un imaginario en el que el estadounidense genuino –el pueblo—se enfrentaba a una conspiración internacional de “socialistas”, financiada por George Soros y Bill Gates, cuya punta de lanza sería la candidatura de Joe Biden. En desafío a las reglas de juego democrático de su país, denunció con anticipación que, de no ser reconocida su triunfo electoral, se habría cometido, invariablemente, un masivo fraude. Y, en previsión de ello, forzó a destiempo el nombramiento a la Corte Suprema de una juez aliada, de manera de asegurar una mayoría aplastante de magistrados que pudieran interceder en su defensa.

Al quedar claro que, efectivamente, no había sido favorecido ni por el voto popular, ni por la mayoría de los colegios electorales de los estados, se negó a reconocer su derrota y desplegó los poderes a su alcance para denunciar supuestas trampas que le habrían robado su triunfo, sin presentar evidencia alguna al respecto. De hecho, las demandas legales que su equipo interpuso contra el proceso electoral han sido rechazadas abrumadoramente por jueces estadales –muchos pro-Republicanos—y, una tras otra, las autoridades electorales en cada estado han ido certificando el triunfo de Biden. Pero, a mes y medio de las elecciones, Trump sigue insistiendo en que ganó, poniendo en entredicho la confianza del sistema electoral estadounidense. Un 80% de Republicanos, según los sondeos, creen que hubo fraude.

Sorprende, entonces, que muchos venezolanos antichavistas, apoyaran a un candidato quien, con un signo diferente, utilizó los mismos ardides contra la institucionalidad liberal que alimentaron a Chávez. Y lo hicieron con igual pasión e intensidad que mostraron los seguidores de éste al comienzo. De hecho, más de un furibundo Trumpista –hoy arrepentido—, fue un furibundo chavista. Y, al igual que entonces, hicieron suya la falsa realidad maniquea que dividió a la sociedad entre buenos y malos, aunque ahora éstos son los “socialistas” de Biden quien, entre otros horrores, ¡aboga por una medicina social! Conozco de venezolanos residentes en España, beneficiarios de la excelente salud pública de este país y a quienes el Estado Español ha suministrado otras ayudas, anotados en esta campaña.

Lo anterior revela una preocupante tendencia de algunos a fanatizarse tras líderes populistas que falsean la realidad con soluciones simplistas --blanco y negro-- a situaciones que, por su naturaleza, son complejas. Y, al reducir el debate entre la verdad única (la mía) y la conspiración artera de los otros, se convierten en secta refractaria a toda razón. El sectarismo ancla la mente en mitos y supersticiones, refractarios a la verificación (fact checking). Embrutece y cierra las puertas a la convivencia democrática.

Desafortunadamente, los venezolanos nos formamos en una cultura política en la cual un Estado Mágico –denominación con que el antropólogo, Fernando Coronil, tituló un libro suyo--, alimentado por una renta petrolera prodigiosa, resolvía los problemas básicos de nuestra existencia. El culto a Bolívar nos hizo vulnerables a prédicas populistas que se proponían traspasar las restricciones de la democracia liberal para hacer realidad la gloria que él quiso legarnos. Chávez fue el caudillo que, por excelencia, supo explotar estas esperanzas de redención. No es descabellado afirmar que el apoyo a Trump de algunos venezolanos se debe, precisamente, a ver en él al salvador que nos liberaría de la terrible dictadura de Nicolás Maduro. Y el presidente de EE.UU. no cesó de proyectar esta idea para ganarse el voto latino. Confieso que hubo un momento en que yo también le creí. ¡Buche y pluma no más!

La búsqueda de un salvador destruye la confianza en las instituciones y socava a la democracia liberal. Son éstas las que, al asegurar los derechos civiles frente al poder del Estado, constituyen la base de las libertades y de la convivencia entre personas que piensan distinto. Fortalecer al poder ciudadano y resguardar el equilibrio entre poderes que propuso Montesquieu, son antídotos inapelables contra caudillos autoritarios que destruyen las libertades en nombre de una voluntad única del pueblo.

Señaló el filósofo, Daniel Innerarity en un artículo reciente[2] que, “El desafío de la democracia liberal consiste en desplegar tanto poder como sea necesario, pero no más, para asegurar la libertad de todos.” ¿Estamos realmente ganados para la idea de instaurar una democracia liberal en Venezuela?

Economista, profesor (j), Universidad Central de Venezuela

humgarl@gmail.com

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Américo Martín

El Partido Liberal Colombiano fue fundado en 1848 y el Conservador en 1849. El caso es que, lógicamente menoscabados en comparación con lo que en sus grandes momentos llegaron a ser, conservan un anhelo de recuperar alguna vez su fuerza impulsiva y determinante en el proceso que la Sociología y Politología han convenido en llamar “la democratización” del Estado y las organizaciones políticas contemporáneas o, para decirlo en otras palabras: la Democracia de Partidos (Alfredo Ramos Jiménez, Las formas Modernas de la Política, Estudio sobre la democratización de América Latina Cipcom, Centro de Investigaciones de Política Comparada, junio 2008.

Es un caso curioso el de los partidos de nuestro hermano país, los mencionados son los más antiguos de Latinoamérica y están entre los de más edad del mundo. El torbellino crítico ha devorado partidos, ideologías, liderazgos políticos con la implacable voracidad de Saturno hacia su propia progenie. Liberales y conservadores colombianos, no obstante, no terminan de ser borrados del mapa y ya no se puede apostar a su definitiva extinción, dados los caminos de negociación que se abren con frecuencia en el deteriorado mapa político. Por cierto, Guzmán Blanco veía a Venezuela –y a lo mejor también a Colombia– como un “cuero seco”, que se levanta por un lado cuando lo pisan por el otro.

El Partido Liberal de Venezuela fue fundado en 1840, alcanzó su más alta cima a partir del acceso al poder de Antonio Guzmán Blanco en 1870, y feneció en 1899, siendo el de Ignacio Andrade, el último gobierno Liberal amarillo. El Partido Conservador tuvo su auge y su caída con José Antonio Páez, una personalidad fuerte y singularmente meritoria (Ramón Velásquez, Caudillos, Historiadores y Pueblo. Fundación Bancaribe. Caracas. 2014).

Con los enormes aportes proporcionados por el genio de Guzmán Blanco, tanto en el orden físico-material como en el cultural, el liberalismo no sobrevivió mucho más al fallecimiento del llamado con razón “Ilustre Americano” pero con no menos razón, “Autócrata Civilizador”.

Las crisis políticas y la deslegitimación de los partidos se retroalimentan, de allí que la democratización mencionada supra, pase por la recuperación de los partidos. En el conjunto estratégico dirigido por el oficialismo prevalecen las elecciones parlamentarias y, dentro de ellas, las organizaciones tradicionales que han sido objeto de divisiones profundas fomentadas desde las alturas del poder contra los partidos democráticos que dirigen la Asamblea Nacional. Grupos fraccionales de partidos históricos como AD y Copei monopolizan sus nombres y símbolos. Igual suerte han corrido jóvenes partidos como Voluntad Popular, Primero Justicia e incluso de índole oficialista crecientemente insumisos como PPT, UPV y Tupamaros. El mapa partidista ha sido objeto de una arbitraria e impresionante modificación, todo con el fin de mutilar de partidos la democracia y de hecho las instituciones, de modo que no cabe hablar aquí de “democratización” sino de agudo retroceso institucional.

El eje de la estrategia de la oposición mayoritaria, la encarnada en la Asamblea Nacional, gira en torno a la Consulta Popular. La idea en sí no puede ser mala puesto que, en circunstancias como las actuales, implementar formas de consulta a los venezolanos es inaplazable e insustituible, pero sobre todo debería dar lugar a rápidas medidas políticas susceptibles de impulsar los cambios urgentes que reclama el país.

Lo más importante es definir el instrumento del cambio democrático y los medios de activación. Quisiera ratificar que el país no debe, no puede ser arrastrado a prodigarse en formulas invasoras o de fuerza que Venezuela no necesita ni merece. Debemos entender que la solidaridad democrática para con Venezuela no cesa sino que sigue creciendo y es parte fundamental de la visión de la Unión Europea, la OEA y muy probablemente de EEUU, después del reconocimiento de la victoria del presidente Biden. Todos esos poderosos factores, más España y América Latina, ratifican que nuestro país saldrá de la tragedia que lo oprime mediante elecciones universales, directas y secretas, para lo cual es vital sumar, sumar y sumar factores nuevos, incluso procedentes de filas de desengañados del oficialismo, y adicionalmente unir, unir y unir las filas opositoras y disidentes con mucha mano tendida y descargando los espíritus de odio, venganza, revanchismo y paremos de contar.

Si en los primeros días del próximo año pudiéramos echar los cimientos de la unidad y avanzar hacia los importantes comicios que nos esperan, lo natural y lógico será el florecer de los partidos democráticos armados de vocación electoral comprobada.

Para que así ocurra hay que nadar contra las pantanosas aguas del desprestigio acumulado contra la idea misma de “partido”. Mientras no nos liberemos de ese error que con el tiempo se ha consolidado como prejuicio, nos negaremos a hacer uso de las muchas variantes utilizables de la política en tanto que arte y ciencia. Semejante automutilación intelectual marca el hondo abismo que la separa de la piratería.

En conclusión, para salvar y reactivar la democracia hay que salvar y reactivar los partidos democráticos. Solo así podrá hablarse de la democracia posible, la democracia de partidos.

Twitter: @AmericoMartin

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Carlos Raúl Hernández

La voluntad conjuga razón y pasión, hace a los hombres cambiar sus vidas, y dominar la naturaleza para ponerla a su servicio, según Schopenhauer. La voluntad hizo que el homo sapiens saliera de las cuevas a posesionarse del planeta, viva hoy en rascacielos y lance misiones a Marte. Pero la política es la emperatriz de la voluntad, la negación de los determinismos que nos conciben papagayos de fuerzas ciegas sobre las que no tenemos incidencia.

En la Edad Media éramos esclavos del designio divino, y en la modernidad el nuevo amo son las leyes de la naturaleza. En desmedro de los determinismos, podemos volar derrotando la gravedad y alguien caminó por un cable entre las fenecidas torres del World Trade Center. Las condiciones son meros obstáculos a dominar para existir. Hace años, la esposa de un amigo dio a luz un niño que al nacer enfermó gravemente.

Lo acompañaba en la clínica y ante mis insustanciales palabras de aliento, muy triste me dijo “hermano: él da la batalla contra la primera prueba que le pone el mundo. Yo lo espero”. La enorme influencia del marxismo en la cultura (de cada diez términos políticos, siete provienen de él) nos grabó la ficción de Marx de que somos “reflejo” de las condiciones materiales, especialmente económicas, las relaciones sociales de producción.

Esa es una puerilidad mecanicista de la era del positivismo que impide comprender la condición humana. Funda una nueva teleología. El destino está escrito y el socialismo y el comunismo son etapas necesarias, naturales, inevitables, el final da la evolución social, por lo que Popper se pregunta con candidez “¿será necesario hacer partidos políticos para que llegue la primavera?”. La voluntad no es voluntarismo, repetir acciones vacías como una máquina dañada, según a veces se entiende.


Lo imposible es lo necesario
Si queremos algo, la voluntad nos hace buscarlo con pasión y razón, decisión e inteligencia, y lo obtendremos conforme nuestra capacidad de entender lo real, y por sobre los que se nos oponen. Que los rusos juegan no es un chiste, sino verdad esencial en un mundo contradictorio. Napoleón destruido y prisionero, se fugó de la isla de Elba, invadió Francia con treinta soldados, y en tres meses estaba de nuevo al mando (nunca pidió condiciones).

Colón tampoco las exigió para asaltar el Mar de las Tinieblas, sino con inmenso coraje, sabiduría de cartógrafo y navegante, se lanza a una empresa “suicida”. Leónidas, con trescientos hombres, bloqueó la estrecha garganta de las Termópilas y el paso a tres cientos mil persas, para dar tiempo a que los griegos se reorganizaron y detuvieran la invasión.

Lenin era un cadáver político en abril de 1917 (“pobre Lenin. Iré a visitarlo” dijo el presidente Kerensky), seis meses después, era el nuevo zar de Rusia. Perón estaba preso el 17 de octubre y el 18 era el jefe virtual de Argentina, gracias a que Evita no se consoló con lamentarse, e hizo lo necesario para lo imposible: que las masas lo liberaran.

Muchos tratadistas subestiman que en la política la esencia es la acción y no las condiciones. Describen los fenómenos como si estos ocurren, sin ver que lo fundamental es que ocurren porque los protagonistas los hacen. Vivimos en sociedades estables, funcionales, pacíficas y eso lo damos por normal, igual que al despertar no preguntamos si el piso estará ahí.


Los que gobiernan
La política mantiene (o destruye) la cohesión social, porque contrarresta (o estimula) las fuerzas entrópicas, desorganizadoras, consustanciales a los sistemas. Las ciudades tienden a producir basura, y gobernarlas significa contrarrestar esa tendencia. Las sociedades no se desestabilizan, sino que las desestabilizan los actores. Gran parte de la sociedad no entiende, no se da cuenta o desconoce esa función de la política.

Por eso es imperativo categórico kantiano: si el gobierno es caos, que la oposición sea el orden. Aparecen antipolíticos, que irrumpen desde otros oficios, y hacen política denigrando de la política. Son antisistema, rompen el consenso básico de las instituciones y la cohesión social. Encarnan fracciones de las clases medias ilustradas, poseedoras de la razón técnica, los conocimientos profesionales, y desprecian ese oficio porque no se aprende en academias.

Muchos premios nobel viven en EEUU, pero su presidente fue un gañán adorado por media ciudadanía. El neurocirujano tiene en su bisturí una vida, pero quien gobierna hace o evita la guerra. Un brillante biólogo Ph. D. subestimó la política en un debate con un ejemplo nacional corriente. Alguien le respondió que la academia es invalorable capital social, pero que los presidentes, malos o buenos, de todos los físicos, biólogos, neurocirujanos y demás, se hacían en la política.

Platón en su madurez abandonó la utopía del gobernante sabio que él mismo había creado, por el gobierno de las leyes. Quien dirige debe saber específicamente de política, o sea conducir, conciliar, trazar estrategias y metas viables, y rodearse de quienes complementen su normal falta de sapiencia en diversas ramas. Dirigir no es saberlo todo, ser un erudito, sino contrarrestar la entropía del sistema. Los antipolíticos suelen ser más bien saltapericos que queman al público.

@CarlosRaúlHer

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Fernando Mires

Para Luis Manuel Otero Alcántara, líder del recién aparecido Movimiento San Isidro (MSI), el fin del “diálogo” no fue una sorpresa, solo “una reacción avisada” (sic).

Luis los conoce, sabía a lo que se enfrenta: un gobierno sin capacidad de diálogo con sus ciudadanos que, si dialoga, lo hace como maniobra de guerra destinada a distraer al enemigo. Así ocurrió después de las casi cinco horas del infructífero diálogo que tuvo lugar entre el ministro de cultura Fernando Rojas y representantes del MSI.

Siguiendo la versión del diálogo dada a conocer por los jóvenes del MSI, el ministro no respondió a la mayoría de las intervenciones, mucho menos a las preguntas de los participantes. Fue un diálogo entre seres parlantes con un ministro semisordo y monosilábico.

Puede ser que Rojas al aceptar dialogar hubiera sido activado por un rayo de buena voluntad. El problema es que ni él, ni ningún miembro del gobierno, sabe dialogar. Los silencios del ministro son los de un régimen afónico y, por lo mismo, anti-político. En cualquier diálogo están condenados a ser derrotados.

Ningún miembro de la nomenclatura está en condiciones de lidiar gramaticalmente. En un no lejano pasado repetían frases de Fidel y con eso se las arreglaban. Pero hoy no pueden repetir las de Díaz Canel pues el primer mandatario solo es un engranaje más de una maquinaria burocrática y represiva, un funcionario oscuro, un Breschnev a la cubana. Con esos autómatas – sobre todo cuando no están programados - nadie puede dialogar. Cuba ya no es castrista pero nunca será canelista.

Al saber de la orfandad en que se encontraba el ministro de cultura frente a los jóvenes artistas e intelectuales, los burócratas decidieron patear la mesa. ¿Qué ofrecieron a cambio? Lo que Otero Alcántara esperaba: detenciones, arrestos domiciliarios y, sobre todo, injurias a los miembros del MSI (mercenarios al servicio del imperialismo, enemigos de la revolución, traidores a la patria: lo usual).

Hasta Silvio Rodríguez, casi siempre más castrista que Fidel, no pudo ocultar su indignación. Sus palabras fueron balas: “Sí, da la impresión de que se agarraron de lo que fuera para suspender el diálogo, para quitárselo de arriba. Suena a orientación superior”. Puede que después, de acuerdo a su costumbre, Silvio Rodríguez tenga que retractarse de sus palabras. Pero lo dicho, dicho está.

Lo cierto es que con el rechazo al diálogo, la nomenclatura cubana ha marcado un punto de ruptura con el propio castrismo. En gran medida Fidel y Raúl intentaron mantener vínculos con grupos artísticos e intelectuales afines al régimen. Los astutos hermanos sabían que toda dictadura requiere de un mínimo de legitimación y que esta solo puede ser producida por artistas, intelectuales o – en los países islámicos – sacerdotes e imanes. Con la ruptura del diálogo la dictadura cubana ha renunciado a su legitimación cultural. De ahora en adelante solo dominará sobre las bases de un pasado que nadie recuerda ni quiere recordar y de un futuro que cada día se ve más tenebroso. En Cuba gobierna una secta a la que la palabra “revolución” le queda muy grande.

Toda dictadura necesita de una ideología o por lo menos de un consenso cultural. Hitler, Stalin, Castro, entre otros, gustaban rodearse de intelectuales y artistas. Sin ellos sus regímenes habrían sido dictaduras sin carisma. La de Díaz Canel es ya una dictadura sin carisma.

El último intento por rescatar algo del carisma cultural de la “revolución” tuvo lugar hace algunos años (2016), cuando Raúl utilizó el proyecto de distensión económica que le brindó Obama. Durante un corto lapso, artistas e intelectuales, entre ellos los Rolling Stones, viajaban a Cuba llenos de ilusiones, creyendo de buena fe que con sus talentos aportaban a la recuperación de la democracia en la isla. Pero esa primavera cubana duró muy poco tiempo. Raúl y sus esbirros se dieron cuenta de que toda apertura democrática conduce a su sepultura política.

La de Díaz Canel ya no es más que una dictadura de subsistencia; su único objetivo es sobrevivir. Durante Trump obtuvo cierto respiro. El boicot que nunca fue tal, permitió a los detentores del poder presentarse como víctimas ante las izquierdas del mundo. Con el liberal Biden ni siquiera ese pretexto les servirá. Como toda dictadura, sin comunicación con el mundo interno ni externo, la cubana habrá entrado en su última fase. Una última fase que puede ser muy larga. El aparecimiento del MSI solo anuncia una dura lucha por la democracia. Probablemente le sucederán otras iniciativas civiles.

Naturalmente, los disidentes políticamente organizados necesitarán del apoyo de la comunidad internacional. Pero el centro de la lucha deberá ser mantenido en la isla. Los del MSI conocen mejor que nadie el terreno que pisan. Frente a una dictadura sin ideas pero con mucho fierro, deberán tragar algunas derrotas y fracasos. Los procesos liberadores nunca han sido verticales.

Ojalá Biden no incurra en el horrible error que cometió Trump en Venezuela al cooptar a la dirigencia de la oposición y subordinarla a los aparatos operativos de su gobierno. Si movimientos como el MSI conservan su independencia política y mantienen la línea pacífica, democrática y cultural que en estos momentos buscan imprimir a sus acciones, los signos agónicos de la dictadura no tardarán en manifestarse. La democracia, al fin y al cabo, solo puede ser conquistada por demócratas.

Lo más importante de todo, y ese es el mérito grandioso del MSI, es que el silencio ya ha sido roto. El silencio es hoy un grito. Como dice la canción Ángel para un final de Silvio Rodríguez:

Cuentan que cuando un silencio aparecía entre dos

era que pasaba un ángel que les robaba la voz

y hubo tal silencio el día que nos tocaba olvidar

que de tal suerte, yo todavía, no terminé de callar.

Los jóvenes y los no tan jóvenes disidentes cubanos tampoco terminarán de callar. Esto se está poniendo bueno chico.

6 de diciembre 2020

Polis

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