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Opinión

Mauricio Rojas

Estamos frente a un vacío de liderazgo y representación que tiende a ser llenado por una gran diversidad de nuevos actores sin mucha más legitimidad que el no pertenecer a la élite (o al menos así tratan muchos de hacernos creer) y ser capaces de hacerse escuchar mediante la fuerza, y en muchos casos la violencia con que irrumpen en el espacio público alterando la normalidad.

¿Estamos tropezándonos de nuevo con la misma piedra? ¿Estamos confirmando la célebre frase de Santayana que dice que aquellos que no recuerdan el pasado están condenados a repetirlo? ¿Vamos una vez más hacia el despeñadero de polarización y odio en el que sucumbió nuestra democracia en 1973? ¿Estamos acaso repitiendo aquel camino fatídico que Radomiro Tomic resumió de la siguiente manera en carta al general Carlos Prats de agosto de 1973?: “Sería injusto negar que la responsabilidad de algunos es mayor que la de otros, pero, unos más y otros menos, entre todos estamos empujando a la democracia chilena al matadero”.

Chile es hoy, qué duda cabe, un país muy diferente al de comienzos de los años 70 y sus problemas y urgencias corresponden a sociedades que se encuentran en niveles totalmente distintos de desarrollo. El país pobre y mediocre de entonces se ha transformado en una sociedad de clases medias que ha liderado el progreso de nuestra región. También su entorno internacional ha cambiado drásticamente, alejándonos de aquel clima de guerra fría que condicionó, de manera determinante, el intento revolucionario chileno de aquellos tiempos. Sin embargo, más allá de estas y otras diferencias evidentes, hay fenómenos que recuerdan inquietantemente aquellos tiempos tristes. Se trata, en particular, de cinco hechos clave que se analizarán a continuación: la pulsión refundacional, la polarización política, la irrupción de la violencia, la formación de un polo insurreccional y el deterioro institucional.

Puede que la historia no se repita, pero ha empezado a rimar de una manera altamente preocupante. Por ello, no está demás hacer un ejercicio de memoria histórica comparativa que, ojalá, nos llame a enmendar el rumbo y evitar que nuevamente nuestra democracia se encamine, con la drástica expresión de Tomic, “al matadero”, sobre lo cual se dirán algunas palabras hacia el final de este texto.

La pulsión refundacional

Característico del desarrollo político de los años 60 y 70 del siglo pasado fue la irrupción y pugna entre propuestas refundacionales que pretendieron darle un corte revolucionario a la evolución histórica del país para construirlo sobre bases completamente nuevas. Frente a este impulso, las posiciones pragmáticas y reformistas, basadas en la búsqueda de un progreso paulatino a través de negociaciones y acuerdos, perdieron vigencia y el país se encarriló hacía una lucha política donde todo estaba en juego y la perspectiva de ser arrasado por el adversario se hacía inminente.

La refundación del país implicaba, para los sectores radicales tanto de derecha como de izquierda, pasar la retroexcavadora sobre nuestro sistema económico-social y, no menos, sobre nuestra democracia, que fue considerada como ineficiente y corrupta por unos y falsa, burguesa y opresora por los otros. Tal como lo hace en nuestros días la Mesa de Unidad Social: “Es evidente que la actual democracia se muestra cada vez más insuficiente y no sirve a los intereses populares” (Manifiesto Fundacional de Unidad Social de agosto de 2019).

La diferencia es que hoy no existen, después del colapso de los experimentos socialistas y el descrédito generalizado de la experiencia chavista, modelos alternativos de sociedad que orienten la propuesta refundacional de la izquierda revolucionaria. De parte de estos sectores, prácticamente todo se define como una negación del sistema socioeconómico existente y para muchos su demolición parece haberse convertido en un fin en sí mismo.

De esta manera, el impulso nihilista o simplemente destructivo tiende a primar sobre el propositivo o constructivo, impulsando y dándole justificación a ese tipo de violencia vandálica que hemos visto desplegarse con fuerza inusitada en los meses recién pasados.

Una sociedad de enemigos

El segundo fenómeno, aún más grave que el anterior, que recuerda los hechos que condujeron a la debacle de 1973 es el deterioro de la civilidad y la polarización del país, que se va convirtiendo en un verdadero campo de batalla entre enemigos dispuestos a difamarse, atacarse, agredirse y, finalmente, aniquilarse los unos a los otros. Esta pendiente de incivilidad por la que se deslizó el país desde fines de los años 60 fue la condición indispensable del golpe militar con el que culmina aquel período.

La lección de este proceso de autodestrucción de la democracia es que la misma no puede sobrevivir si se extinguen sus condiciones imprescindibles de existencia, que no son otras que la tolerancia, el respeto a la legalidad, una amistad cívica que hace posible el diálogo entre personas que piensan distinto y, no menos, una voluntad de llegar a acuerdos y forjar consensos amplios que le den garantías al adversario de que no será arrasado por su oponente.

En resumen, sin civilidad no hay democracia posible y eso es lo se ha deteriorado de una manera aguda a partir del 18 de octubre. La diferencia es que lo que entonces tomó años en desarrollarse, pasando paulatinamente de la agresión verbal a la física, en esta ocasión ha irrumpido con una velocidad vertiginosa y de manera conjunta.

La normalización de la violencia

Lo anterior nos lleva al tercer punto que recuerda los acontecimientos que desembocaron en el 11 de septiembre de 1973: la irrupción, justificación y normalización de la violencia como método de acción político-social. Ello tuvo una larga historia en el Chile pre 1973, en la que se fue, paulatinamente, tolerando, legitimando y, finalmente, normalizando el uso de la fuerza para manifestar e imponer puntos de vista, demandas o proyectos sociales.

Este proceso marcó, de manera decisiva, el desarrollo de nuestro país a partir de 1967, yendo desde la masificación de las tomas (de terrenos, universidades, escuelas o fábricas) y los enfrentamientos callejeros hasta la declaración de parte de un actor tan relevante de la política chilena como lo era el Partido Socialista de que “la violencia revolucionaria es inevitable y legítima” y “constituye la única vía que conduce a la toma del poder político y económico” (resolución unánime del Congreso de Chillán de 1967). Los años subsiguientes vieron generalizarse el uso de la fuerza y la violencia como métodos de acción política, con actores que se ubicaban en ambos lados del espectro político y amenazaban de hecho el monopolio legítimo de su uso por parte de los agentes del Estado. Incluso se llegó al extremo de la formación de una guardia presidencial fuertemente armada al margen de las fuerzas de orden y seguridad de la República.

La diferencia de hoy es la amplitud y velocidad de la irrupción y normalización de la violencia que ha caracterizado los últimos meses. Sin embargo, cabe recordar que los hechos más recientes fueron precedidos por la aceptación y el acostumbramiento al accionar violentista en La Araucanía o en centros emblemáticos de educación como en Instituto Nacional junto al creciente dominio territorial de delincuentes y narcos (el Observatorio del Narcotráfico en Chile, dependiente de la Fiscalía Nacional, estimó que más 400 barrios estaban controlados por las bandas de narcotraficantes en 2017).

Con todo, lo ocurrido desde el 18 de octubre no tiene precedentes, en particular por la extensión, así como por el carácter disperso y tremendamente destructivo que ha asumido el estallido de violencia desbordando de manera palmaria y prolongada a las fuerzas del orden. Es triste constatarlo, pero es evidente que la violencia le ganó la partida al Estado de Derecho, transformándose en un hecho clave de nuestro devenir político a partir de la ola de atentados de octubre.

El polo insurreccional

El cuarto elemento que es pertinente mencionar en este contexto es la formación de un amplio conglomerado de fuerzas orientadas hacia la destrucción inmediata del sistema imperante. Este “polo insurreccional” fue estructurado de una manera mucho más política en los años 60 y comienzos de los 70, yendo desde las tendencias dominantes del Partido Socialista, en particular sus elementos guerrilleristas que cobraron gran peso orgánico a partir del Congreso de La Serena de 1971, al MIR y otros grupos de extrema izquierda, pasando por sus diversos frentes y organizaciones de masas. Se trataba, por lo tanto, de un polo de corte claramente revolucionario que aspiraba a la toma insurreccional del poder. En este contexto, una importante voz discrepante que trató de contener o al menos moderar el accionar de este polo insurreccional fue, fuera del mismo Salvador Allende, el Partido Comunista, encuadrado por ese entonces dentro del marco de las políticas soviéticas de coexistencia pacífica y respeto a la división hegemónica del mundo entre la Unión Soviética y los Estados Unidos.

En el caso actual se observan una serie de diferencias importantes: el polo insurreccional es mucho menos político y tiene una dispersión notable, tanto en lo orgánico como en su inspiración ideológica y sus propósitos. Su extensión va desde el Partido Comunista y otros partidos y movimientos de izquierda radical, incluyendo un fuerte y novedoso componente anarquista así como al feminismo radical, hasta las barras bravas y las bandas criminales asociadas al narcotráfico que han asumido un gran protagonismo como organizadoras de las acciones más violentas. Entre sus componentes centrales se encuentran también diversas organizaciones sociales con directivas radicalizadas, como muchas de las reunidas en la Mesa de Unidad Social y otras enraizadas en el mundo estudiantil como la ACES.

Se trata de una multitud de “tribus antisistema” que confluyen y se apoyan mutuamente, sin por ello estar orgánicamente coordinadas ni ideológicamente unificadas, en el ataque a la institucionalidad usando una gran diversidad de medios, que van desde la promoción o apoyo de acusaciones contra distintas autoridades en el Congreso hasta la infiltración de las grandes manifestaciones pacíficas de descontento ciudadano, la guerrilla urbana, la destrucción vandálica de espacios públicos, el saqueo y los atentados incendiarios de carácter terrorista.

La movilización y sincronización de este accionar tiene una morfología dispersa e inestable, propia de las redes sociales y una insurgencia con niveles considerables de espontaneidad, lo que hace muy difícil tanto su comprensión como su contención. Sin embargo, lo más notable y significativo es la diversidad de objetivos estratégicos que se esconde detrás de su confluencia táctica. A grandes rasgos podemos distinguir dos grandes objetivos muy distintos: por una parte, tomarse el poder estatal, por otra, debilitarlo hasta hacerlo impotente.

Entre los sectores más políticos, es decir, el Partido Comunista y sus periferias frenteamplistas, la orientación es claramente hacia la conquista del poder estatal mediante el derrocamiento de los gobernantes actuales, lo que se concreta en la demanda de renuncia del Presidente, así como en un sinfín de acciones para hostigarlo, denigrarlo e incluso, como en el célebre caso del diputado comunista Hugo Gutiérrez, alentar de manera apenas velada la agresión en su contra. Ello junto a campañas sistemáticas de amedrentamiento de sus rivales y acoso a diversas autoridades y a las fuerzas del orden.

Muy distinto es el propósito de los grupos de orientación anarquista, cuyo antiestatismo es su componente ideológico central (así como su odio a la religiosidad que deriva en la profanación y quema de iglesias, con sus ejemplos clásicos de la España anterior a la guerra civil y sus tristes réplicas chilenas), pero también el de las organizaciones criminales cuyo objetivo fundamental es el debilitamiento del Estado y, en particular, de sus fuerzas policiales a fin de poder controlar y ampliar con plena libertad sus territorios por medio de sus propios aparatos de fuerza. Surge así una multitud de “Estados paralelos”, que se multiplican llenando el vacío que deja el Estado de Derecho en retirada y cuentan con un fuerte enraizamiento territorial y apoyo, voluntario o forzado, de muchos de quienes viven bajo su poder. Es desde esta base que este tipo de organizaciones acostumbra a corroer, corromper y, finalmente, someter a todo el resto de la organización social, tal como lo muestra el caso de los narcoestados latinoamericanos o la bien conocida experiencia de las mafias italianas.

En todo caso, hoy confluyen todas estas orientaciones muy diversas y se usan mutuamente, tal como también las usa a su manera, como elemento de presión, parte de la izquierda más moderada que de esta forma está jugando con un fuego letal que fácilmente puede hacerse incontrolable y del cual, dado el caso, difícilmente se libraría. La historia demuestra contundentemente que la violencia insurgente nunca ha sido clemente con los moderados que coquetean con ella para ganar ventajas momentáneas.

Este lamentable uso oportunista de la amenaza violentista se ha transformado en un argumento central de muchos de quienes proponen la opción Apruebo en el plebiscito de abril, como bien lo sintetizó recientemente la vicepresidenta de la DC y Coordinadora de la campaña “Yo Apruebo”, Carmen Frei, al decir que de no ganar la aprobación “vendrían tiempos muy difíciles para nuestro país”, sin entender que les puede salir el tiro por la culata en la medida en que más y más ciudadanos terminen reaccionando contra este impúdico chantaje que parece desentenderse de la responsabilidad conjunta que en una verdadera democracia se tiene por defender con absoluta firmeza el resultado de las urnas frente a quienes no lo acatan.

Debilitamiento institucional

Finalmente, el hecho decisivo de la crisis que llevó al golpe del 73 fue el agudo debilitamiento y deterioro institucional. Nuestras instituciones estatales, así como todo el entramado que sostenía nuestra democracia, terminaron penetradas y devastadas por la confrontación en marcha. Las instituciones republicanas se transformaron en una trinchera más de una guerra entre bandos opuestos y la legalidad fue sobrepasada reiteradamente o usada mañosamente incluso por la autoridad máxima del Estado. En consecuencia, la disputa política tendió a desplazar su eje fundamental fuera de las instituciones y de los cauces democráticos, dejando paso a “la calle” y al uso de la fuerza como instancias decisivas de canalización de las demandas de diferentes sectores y de resolución de los conflictos políticos.

En el caso actual, el desprestigio y debilitamiento extremo de las instituciones es algo evidente y se refiere no sólo a las instituciones estatales, sino que abarca desde los partidos políticos hasta las iglesias pasando por los medios de comunicación y las organizaciones empresariales y sindicales. Se trata de un proceso prolongado que ha culminado en nuestros días y que se caracteriza por el descrédito del conjunto de la élite del país.

Frente a este descalabro de las élites, la calle se hace protagónica y la acción directa desplaza a los mediadores políticos y las vías institucionales, tal como en gran medida ocurrió en 1972 y 73. Estamos, en otras palabras, frente a un vacío de liderazgo y representación que tiende a ser llenado por una gran diversidad de nuevos actores sin mucha más legitimidad que el no pertenecer a la élite (o al menos así tratan muchos de hacernos creer) y ser capaces de hacerse escuchar mediante la fuerza, y en muchos casos la violencia con que irrumpen en el espacio público alterando la normalidad.

El matadero

En 1973 el “matadero” de la moribunda democracia chilena terminó siendo un sangriento golpe de Estado y una larga dictadura militar. Podría haber sido distinto, pero de ninguna manera indoloro dados los odios suscitados y la polarización fratricida del país. Cuando se llega al punto al que se llegó ese año fatídico ya no hay salidas buenas. Esta debería haber sido la gran lección de esos tiempos, pero parece no haber sido así. Un relato histórico parcial y manipulado no ha dejado, especialmente entre las generaciones jóvenes, entender en plenitud cómo se destruyó aquella democracia que alguna vez fue no sólo un orgullo nacional, sino incluso un ejemplo internacional.

En la actualidad no sabemos cómo terminará el proceso en marcha ni cuál podría ser, en el peor de los casos, el matadero que al final del camino le espera a nuestra democracia. Lo que sigue es, por lo tanto, una especulación que a muchos les podrá parecer descabellada, tal como el 17 de octubre hubiese parecido absolutamente descabellado un pronóstico que al menos se acercase a lo que verdaderamente ha ocurrido. Por ello, más vale empezar a pensar lo impensable si es que queremos ser realistas.

Mucho indica que los preocupantes fenómenos recién descritos pueden llegar a profundizarse, no menos ante la incerteza constitucional a la que estamos abocados, la irresponsabilidad rampante de una oposición que en medio del incendio le sigue echando leña al fuego, la debilidad del gobierno, el desconcierto y la dispersión de la centroderecha y, no menos, un deterioro económico que será una gran desilusión para muchos que creyeron que de la tormenta de octubre saldría un Chile mejor y más próspero. Las fuerzas que impulsaron y medraron del brote de violencia y anarquía están no sólo incólumes, sino que con toda probabilidad han incrementado su capacidad de reclutamiento, movilización y destrucción ante el repliegue del Estado de Derecho, el desbordamiento de los agentes del orden y la falta de determinación para confrontarlas de una manera efectiva.

A su vez, poco indica que nuestra actual crisis, de profundizarse y hacerse duradera, pueda llevarnos a una disyuntiva que se parezca a la de 1973: revolución o contrarrevolución, toma del poder por parte del polo revolucionario o intervención militar o incluso guerra civil, en el caso más trágico de todos. El polo insurreccional actual no tiene ni la consistencia orgánica ni ideológica ni de propósito como para aspirar a una disputa seria por del poder. Su heterogeneidad y dispersión la hace tremendamente efectiva como fuerza destructiva, pero la incapacita como aspirante al ejercicio del poder a nivel nacional. Además, sus elementos más temibles –los de carácter delincuencial– no se prestarán para ser simples “compañeros de viaje” o los “tontos útiles” de una izquierda radical que, como lo muestran todas las encuestas, poco o nada ha capitalizado de la crisis. Su fuerza es tal que son ellos los que, en gran medida, conducen este viaje mediante el manejo, junto a los grupos anarcos y el lumpen, de la pieza clave de todo este drama: la violencia.

En este horizonte de crisis permanente e impotencia tanto de los defensores del Estado de Derecho como de los revolucionarios existe la probabilidad de que nuestro país se deslice paulatinamente hacia una especie de narcoestado, donde la debilidad político-institucional se traduzca en la fortaleza creciente, ampliación y multiplicación de las organizaciones criminales y violentistas. En nuestra región hemos visto demasiados ejemplos de este tipo de desarrollo que ha desembocado en lo que, en realidad, es una de las peores pesadillas que podamos imaginar. Sobre ello debiéramos todos reflexionar, porque de ese pantano es muy difícil salir una vez que, por debilidad, oportunismo, falta de valor o ceguera, hemos dejado que se expanda y fortalezca.

Ello podría derivar, como salida desesperada a un estado de cosas insoportable, en el surgimiento de políticos y movimientos autoritarios que ofrezcan la restitución del orden al precio que sea y hagan suyo el tristemente célebre apotegma de Lenin de que se necesitan métodos bárbaros para combatir la barbarie. De ser así, serían los sepultureros definitivos de una democracia que, más allá de sus defectos, nos dio casi treinta años admirables y que dejamos morir ejerciendo ese triste derecho que ya hace un tiempo nos recordó el historiador Niall Ferguson: el derecho a ser estúpidos.

27 Jan 2020

Fuente: https://ellibero.cl/opinion/mauricio-rojas-con-la-misma-piedra-chile-202...

 15 min


El pasado viernes 24 de enero concluyó la 50ª reunión anual del Foro Económico Mundial. El mismo tuvo lugar donde siempre, en Davos, Suiza, y se dieron cita políticos, empresarios e intelectuales, con el fin de mirar cómo anda el planeta, identificar sus problemas y asomar las posibles soluciones. En función de ese propósito se abordaron los desafíos cruciales que enfrenta el mundo hoy en día: “… impulsar la ecología y una respuesta a los retos del cambio climático, disminuir radicalmente la desigualdad, crear un consenso global sobre el despliegue de tecnologías de la cuarta revolución industrial, la re invención de internet, volver a capacitar y mejorar a mil millones de personas en la próxima década, crear puentes para resolver conflictos globales y ayudar a las empresas a crear los modelos necesarios para impulsar la emergencia de las nuevas tecnologías…”. La interrogante que envolvía la discusión de estos temas era, me parece, como combinar la sustentabilidad ambiental, la justicia social y la democracia, en el marco de lo que pareciera estar configurando una crisis civilizatoria.

Como resulta fácil suponer, hubo un tema que, de una u otra forma, recorrió el evento. Me refiero al cambio climático y a los escasos resultados obtenidos a pesar de los acuerdos firmados en París y de la aparición de ciertas iniciativas auspiciosas, entre las que cabe mencionar particularmente el “El Pacto Verde”, suscrito por la Unión Europea. De nuevo se denunció la fragilidad institucional para encarar un asunto del que, literalmente hablando, depende la vida de los terrícolas. Se insistió, en este sentido, en la evidente incapacidad para globalizar la política.

Imposible no hacer referencia, por lo emblemático del hecho, al enfrentamiento que hubo entre Donald Trump y Greta Thunberg. El Presiente norteamericano, fiel a la posición que asumió desde el principio de su mandato, señaló que había que rechazar las "predicciones del apocalipsis " y que Estados Unidos defendería su economía de la desmesura de los ecologistas. Por otra parte, al referirse a los activistas climáticos, afirmó que … "estos alarmistas siempre exigen lo mismo: poder absoluto para dominar, transformar y controlar cada aspecto de nuestras vidas". Son "los herederos de los tontos adivinos del pasado". Greta, por su parte, aludió a Trump sin nombrarlo reiterando su mensaje : “¿qué le dirán a sus hijos sobre la razón por la que fracasaron y los dejaron enfrentando el caos climático que trajeron a sabiendas?". Se ha renunciado, añadió “… a la idea de asegurar las condiciones de una vida futura sin siquiera intentarlo". Trump confirmó, así pues, que la gravedad de la crisis climática no ha sido digerida por una buena parte del liderazgo mundial y Greta que se trata de una presión cada vez más fuerte de los “millenials”.

¿Qué será del capitalismo?

Vinculado a la crisis ambiental, en Davos – recuérdese que es el cónclave del capitalismo mundial, ahora con la inclusión entusiasta y militante de China, algo que el camarada Mao jamás habría podido imaginar-, se pasó revista a los principales indicadores económicos y sociales que dibujan al planeta y que, según diversas fuentes, no lucen muy bien desde hace unos cuantos años, al punto de que el capitalismo se esta repensando como lo muestra, por citar un solo ejemplo, el último libro del premio Nobel Joseph Stiglitz.

Por otra parte, toma fuerza, así mismo, una corriente de economistas más radicales, que no figuraron entre los invitados el evento, quienes argumentan que el capitalismo está alcanzando el límite de su capacidad para adaptarse a las nuevas realidades, en buena medida porque las tecnologías emergentes les resultan incompatibles. En otras palabras, la mayor amenaza a la supervivencia del capitalismo proviene, ¿irónicamente?, del conjunto de “innovaciones disruptivas” que fundamentan a la Cuarta Revolución Industrial, las cuales han abierto nuevos ámbitos a otras formas de producción más allá de los mercados.

¿Y la democracia?

Este es un asunto que vuelve a ser preocupación en Davos. Tal y como lo escribe el renombrado filósofo español, Daniel Innenarity, nuestros sistemas políticos no están siendo capaces de gestionar la creciente complejidad del mundo. De haber sido invitado a la reunión - lamentablemente no lo fue -, habría dicho, además, que… “la política que opera actualmente en entornos de elevada complejidad no ha encontrado, todavía, su teoría democrática. Tenemos que redescribir el mundo contemporáneo con las categorías de globalización, saber y complejidad. La política actual debe suponer la capacidad de gestionar la complejidad social, las interdependencias y externalidades negativas. Se requiere otra forma de pensar la democracia, otro modo de gobernar si queremos que la democracia sea compatible con la realidad compleja de nuestras sociedades. En suma, llama a reflexionar sobre si puede sobrevivir la democracia “ … a la complejidad del cambio climático, de la inteligencia artificial, de los algoritmos...”.

Yendo un poco más allá, pero en parecida dirección, el historiador israelí, Yuval Noah Harari, a veces más considerado como profeta que como científico y, seguramente, la voz más alarmante que se escuchó en Davos, esbozó algunos temas que califico de inquietantes, asociados a los cambios tecnológicos y que generan interrogantes para las que aún no se tienen respuestas. A manera de ilustración expresó que “quizá en el siglo XXI las revueltas populistas se organicen no contra una élite económica que explota a la gente, sino contra una élite económica que no la necesita…”. Tenemos que reconocer, dijo, que no sabemos lo que está ocurriendo, al tiempo que recalcaba la urgencia de formular una nueva Agenda Humana que determine qué hacemos con nosotros mismos

El Nacional, viernes 7 de febrero de 2020.

 4 min


En la fantasía del régimen que impera en Venezuela, la agricultura ha sido uno de los principales protagonistas. El realismo mágico continúa. Los voceros gubernamentales insisten en querer hacer creer a la población que ellos apoyan la producción agrícola, pero ya estamos en una situación en la que es imposible aceptar esas mentiras oficiales. Cada año que pasa disminuye el área sembrada y, de manera concomitante, disminuye la producción de alimentos. Para el 2018 se estimó que se produjo un 20% de los requerimientos alimenticios básicos de la población, y para el 2019 no se tienen cifras, pero esa tendencia de pendiente negativa ha continuado.

En la segunda mitad del año 2017, en el mes de septiembre, el militar que funge de ministro de agricultura mencionó que iban hacia la siembra de 800.000 hectáreas de maíz y 1.000.000 de hectáreas de soya. Además señaló que con el “Plan de Agricultura Soberana 2017-2018”, se reduciría el uso de plaguicidas y fertilizantes, y van orientados hacia la sustitución de híbridos por variedades. Efectivamente, lo único que se cumplió fue que se redujo enormemente el uso de plaguicidas y fertilizantes, pero por la gran caída de la superficie sembrada, y los híbridos de calidad se han sustituido, en muchos casos, por semillas que reciclan los mismos agricultores ante la imposibilidad de poder obtener semillas certificadas de los mejores cultivares para cada región y cada época. Sin embargo, de aquellas millón ochocientas mil hectáreas de maíz y soya no vimos nada.

Maduro, en la presentación de la Memoria y Cuenta del año 2018 y el Plan de la Patria período 2019-2025, indicó que se aprobaron 1.037 millones de euros para garantizar la siembra de 3.235.000 hectáreas. Por supuesto, asignar dinero a un programa no “garantiza” la siembra de los cultivos. Como de costumbre, de esa millonada de hectáreas no se sembró nada. Sería interesante conocer el destino de esos fondos asignados a este programa imaginario.

La más reciente noticia apareció en Visión Agropecuaria del 30/01/2020, la cual expresa lo siguiente: el Ejecutivo Nacional aprueba destinar un millón de hectáreas al PSUV para una producción agrícola extraordinaria, las cuales se sumarían a las superficies planificadas por el MAT. Esta superficie será administrada por Movimientos Campesinos Revolucionarios durante el año 2020. Maduro concluye que estos planes activados y en pleno proceso de desarrollo, demuestran que el año 2020 es de victorias y de trabajo. ¿Cuál será el desenlace de esta nueva fantasía gubernamental?

Sabemos que un programa agrícola necesita una planificación seria, basada sobre qué se va a producir, cuánto, dónde, con qué y con quién se realizará dicho programa. A estas alturas del año, mes de febrero, nos podemos hacer múltiples preguntas, como por ejemplo ¿dónde está ese millón de hectáreas acondicionadas para la siembra? ¿dónde están los insumos; dónde la maquinaria y equipos agrícolas; dónde la infraestructura para la recepción, acondicionamiento y almacenamiento de las cosechas? ¿dónde está la infraestructura para el procesamiento de esa extraordinaria cosecha?

Evidentemente, la eterna improvisación que caracteriza al régimen conducirá al fracaso de esta nueva ilusión, cargada de un fuerte componente demagógico.

La mejor manera de impulsar la agricultura venezolana, es apoyando a los agricultores de tradición, que se encuentran organizados y dispuestos a trabajar en los campos del país, a soportar el radiante sol, los días calurosos, las noches infinitas cuando las plagas atacan ferozmente a los cultivos, esperar las lluvias oportunas y en cantidades adecuadas, coordinar las actividades de recolección y despacho de los productos. Ellos necesitan un acceso seguro a los insumos agrícolas, sin los cuales, tal como se ha visto en los años recientes, la superficie sembrada es poca, los cultivos son pobres por una mal nutrición y los rendimientos son muy bajos. De otra manera, continuará el sueño oficialista de una soberanía alimentaria para los venezolanos.

Pedro Raúl Solórzano Peraza

Febrero de 2020

 3 min


Juan Carlos Zapata

Eso que dijo este lunes Diosdado Cabello en su programa de televisión de que son libres, que Venezuela es libre, que ellos son libres, y que “no nos importa lo que diga Estados Unidos”, está en línea con lo que dijo hace unos días en una reunión que celebró en la ciudad de Maracay con un grupo de confianza. Un cara a cara reducido. En el que analizaron el entorno. Lo que había que hacer. Y la necesidad de resistir.

Por algún lado siempre ocurre la filtración. Y la fuente reveló que el encuentro no tenía el propósito de analizar lo que le ocurrió en Madrid a la vicepresidenta Ejecutiva, Delcy Rodríguez, pero el hecho sirvió para colocarlo en la bandeja de los argumentos. La conclusión es que las sanciones son reales, y en tal sentido, no cabe otra opción que aguantar y resistir porque el poder no se entrega. La posición de Cabello no es televisiva. Es el mensaje que transmite puertas adentro.

En esa dirección se mueve también Nicolás Maduro. Diosdado Cabello y Maduro destacan el problema de las sanciones en tres vías. El impacto sobre la economía. El impacto en lo personal, para cada uno de los sancionados y sus familiares. Y el impacto político interno. Y en esta última consideración es donde cabe el caso de Delcy Rodríguez en España. Se transforma en referencia para argumentar que el riesgo existe, que no puede ser subestimado, y hay que extremar las medidas de seguridad y protección. Ya en el diario ALnavío se adelantó que con Delcy Rodríguez se sentó un precedente en Europa y que puede ser copiado por otros países.

Hacen el análisis porque hay malestar interno. Hay comentarios internos. Entienden que el gobierno se quedó sin plata, que en el Banco Central de Venezuela no hay reservas operativas, la producción petrolera no levanta, las operaciones de venta de oro se hacen más complicadas, igual que el tráfico de euros en efectivo. Los ministros, a pesar del convencimiento que expresan de seguir adelante, se quejan. Maduro ordena que se les grabe. Que se les espíe. Hacían lo mismo cuando el ministro de Educación Elías Jaua comenzó a hacer críticas. Hizo tantas, y al hacerlas públicas fue apartado del anillo del poder. Pero ya estaba en el punto de mira. Y en las escuchas. Pero Jaua no está sancionado. Y sigue siendo crítico.

Una fuente de inteligencia dice que los sancionados son vistos como rehenes, pero no de Estados Unidos o la Unión Europea, o Canadá, sino de Maduro. Es un elemento que aparece en los debates internos. Las sanciones son como un recordatorio. ¿Para dónde te vas a ir? ¿Para dónde se van a ir? Ahora dirán: Miren lo que le pasó a Delcy. Y Delcy Rodríguez rumia su orgullo y suelta la sonrisa que no es sonrisa; tiene rabia Delcy Rodríguez de que la hayan herido como la hirieron. Pero hasta ahora no la han visto flaquear. Por el contrario. Y Maduro tal vez la consuele. Y al mismo tiempo enfatiza en su caso, y el rol que debe seguir jugando en la revolución, manteniéndose firme, leal y decidida. Que este elogio es una forma de decirle: No tienes para dónde ir. Y esta insinuación hay que traducirla de otra manera: Eres rehén de la revolución.

Este es un mensaje extendido. Más desde que el 30 de abril quedaron en evidencia aquellos que se inclinan por negociar y también por la conspiración. Quieren irse. Hay peces gordos que quieren abandonar. Los presionan las esposas. Los presionan los hijos. Pero esos peces gordos no encuentran vía de escape. Aunque siempre están comentando que se van. Señalan que son técnicos, o jueces, o magistrados, y que no son políticos, ni del ala militar ni del ala civil. Quisieran vivir en Italia, o que los envíen a Rusia, a Turquía, al menos.

Mientras, la lucha por el poder no se detiene. En estos procesos, el movimiento es lo constante. Lo peor es quedarse quieto. Por eso se inventó la Asamblea Nacional Constituyente que estuvo primero en manos de Delcy Rodríguez y ahora de Diosdado Cabello. Y Cabello no la va a soltar así Maduro se haya inventado la Asamblea Nacional paralela con un grupo de diputados mercenarios que se prestaron para la operación contra Juan Guaidó.

Para Cabello esa Asamblea Nacional no existe. Por eso las materias importantes siguen pasando por la Constituyente que preside. Por eso Maduro rinde la memoria y cuenta ante ella y dice que está subordinado a este poder. Y lo dice con tanto énfasis que pocos se lo creen. Y el que menos se lo cree es Cabello, lo cual explica que se atrinchere en ese poder que para el chavismo es legítimo aunque no lo sea para el mundo. Y se atrinchera porque ambos, Maduro y Cabello, juegan a quién es rehén de cada quién, o juegan a ver quién se rinde primero, quién afloja primero.

Entonces, se vuelve al principio. En la reunión de Maracay -ciudad militar ubicada a una hora de Caracas- la línea expresada era la de la resistencia. Hay que dar por sentado que es Cabello reunido con un grupo que le es afín. Que lo sigue. Y que saben de antemano que la expresión de Cabello de no entregar el poder ni por las buenas ni por las malas no es un mensaje dirigido sólo a la oposición y a Washington sino también hacia Maduro y el grupo más cercano de Maduro. Por lo pronto, Maduro cree que Cabello es su rehén. Y Cabello que Maduro es el suyo. Pierde el que sufra el síndrome de Estocolmo.

Martes 04 de febrero de 2020

AlNavio

https://alnavio.com/noticia/20337/informe-confidencial/como-analizan-dio...

 4 min


Este artículo es parte de un itinerario. Tiene que ver con un tema que me persigue desde hace una porrada de años: el de las tensas relaciones que se dan entre la historiografía y la así llamada novela histórica. Tema reactivado hace solo algunas semanas, cuando hube de ocuparme de la muy buena novela de Mario Vargas Llosa “Tiempos Recios”. Una novela sobre la historia de un momento: la invasión norteamericana a la Guatemala de Jacobo Arbenz a la que Vargas Llosa trabajó transitando por dos vías: la de la historiografía y la de la imaginación.

En “Tiempos Recios” Vargas Llosa nos muestra la verdad de “la verdad de las mentiras”, esa que nos dice que, a diferencia del “historiador puro” - vamos a suponer que ese espécimen existe – el novelista tiene un pasaporte que le permite indagar más allá de datos escuetos, y es el que le da su capacidad de imaginar lo que “podría” haber sucedido entre seres reales antes del momento en que sus decisiones pasaran a figurar en los anales de la historia.

Entonces acuñé un término que deberé patentar: “intra-historia”. Usado para diferenciarlo de esa meta-historia a la que mal nos acostumbraron historiadores positivistas y marxistas según quienes los actores de la trama histórica no son más que epifenómenos de procesos determinados por leyes pre-establecidas.

Pues bien, al escribir sobre “Tiempos Recios” recordé de pronto una polémica que tuvo lugar el año 2002, cuando ese buen escritor llamado Javier Cercas escribiera su gran novela “Soldados de Salamina” en la que, según el mismo Cercas, “todo es verdad”. Y aquí comenzó un lío ¿puede ser llamada novela una donde todo lo que sucede es verdad? Y si así fuera, ¿dónde situamos los límites entre la novela histórica y la historiografía? Menudo problema.

Al fin se impuso la tesis salomónica de Vargas Llosa: “Soldados de Salamina” es una novela donde todo es verdad y por lo tanto es un libro de historia, pero a la vez es novela porque la estructura de la narración corresponde con los cánones de una clásica narración literaria.

Pero cuando todo parecía resuelto, el problema se nos ha vuelto a complicar gracias a Arturo Pérez-Reverte, un escritor que desde hace mucho se pasea por la historia de su país como Pedro por su casa.

El nuevo problema puede ser formulado en clave de pregunta: ¿A cuál genero pertenece la historia de una nación cuando no es escrita por un historiador sino por un novelista? Visto al revés el problema sería más fácil: si un historiador escribiera una novela, la suya sería una novela. Pero si un novelista de la talla de Pérez-Reverte escribe un libro de historia, aunque sea saliendo de las normas que hacen de una novela una novela ¿será la suya un libro de historia? La verdad, no lo sé. A veces hay que saber decir “no lo sé”.

Lo que sé es que Pérez-Reverte tituló su libro “Una Historia de España”. Una, es decir la suya y de nadie más. Si para otros la de Pérez-Reverte no fuera una historia, para él lo es. Por lo demás, aunque Pérez-Reverte no hubiera escrito una historia, no sería el primero que titula como historia un libro que no es de historia. Acordémonos por ejemplo de “la historia de la sexualidad” de Michel Foucault cuyos tomos tienen que ver muy poco con la sexualidad y nada con la historia.

Pero vamos al hueso: “su” historia de España es un libro fascinante. Si lo tomas no lo soltarás hasta terminarlo, algo que nunca podría suceder leyendo a un historiador “de verdad”. Aunque la conocíamos en capítulos publicados por entregas, la fascinación no disminuye al ser leída como conjunto. Todo lo contrario. Y, por si fuera poco, Pérez-Reverte cumple con todas las exigencias que supone escribir un libro de historia. Primero: sigue una cronología. Segundo: se atiene a los hechos y no inventa ninguno. Tercero: narra. Cuarto: interpreta. Y quinto, lo más difícil para un historiador, busca (y encuentra) líneas de continuidad que se extienden desde la pre-historia de la nación hasta llegar a nuestros días.

El quinto punto marca todo el texto. La intención parece ser clara: Pérez-Reverte busca entender el carácter adquirido por España a partir de su historia siguiendo una premisa: una nación no es lo que es sino lo que ha llegado a ser. Veamos:

Las guerras: Como todas las naciones, España nació de las guerras. Ya antes de ser nación sus generosos campos fueron ensangrentados por interminables guerras de godos, visigodos, íberos, celtas y no sé cuanto más. Pero mientras en otras latitudes llega un momento en que la lluvia de guerras amaina, España siguió guerreando, cuando no frente a otras naciones, consigo misma, hasta llegar a ostentar el récord mundial de guerras civiles.

La muerte: En esa lucha que tiene lugar en cada individuo, tradición, cultura y nación, la que se da entre el principio de la vida y el de la muerte, el segundo, el de la muerte, va ganando hasta ahora por puntos. Por supuesto, no es particularidad española. Lo que sí es muy español (y de rebote, latinoamericano) es la glorificación de la muerte, su culto, el deseo colectivo de morir y de matar en nombre de algo, sea Dios, la raza, el linaje, la patria, el futuro o el pasado. La historia universal es una degollina, pero mientras la mayoría de las naciones la oculta, los españoles (con excepción de algunos hombres buenos) la enaltecen y la exaltan. La razón la da a conocer Pérez-Reverte: la historia de España ha sido la historia de sus ejércitos, de su Santa Iglesia y de una agobiante mayoría de malos monarcas. Razón que ha impedido al país avanzar hacia la modernidad sin cojear.

Los mitos: Todas las naciones han sido construidas sobre mitos y España está lejos de ser una excepción. No obstante, mientras en los países donde las tradiciones liberales y democráticas no han sido impuestas sino adquiridas y, por lo mismo, los mitos relegados a los más recónditos lugares del pasado, las historias oficiales españolas los estatuye. Hecho que ha llevado a marcar al país con una contradicción aún no resuelta: la que se da entre los detentores del poder (obispos, monarcas, generales) y los representantes de la cultura, de las artes y de las letras. Pérez Reverte se encuentra situado en la tradición de los segundos, los defensores de la inteligencia y de la razón. Visto así “su” historia no es imparcial. Como tantos de sus dignos predecesores – desde Cervantes, Lope, Quevedo, Calderón, hasta llegar a los grandes escritores hispanos de nuestros días (entre los cuales Pérez-Reverte ocupa un merecido sillón) – libra una lucha sin cuartel en contra de la mitomanía oficial y colectiva. Tarea que asume con pasión, con fuerza y, no por último, con sentido del humor. Destruir mitos es su goce personal y político a la vez.

Digo goce en dos sentidos. Por una parte Pérez-Reverte se divierte escribiendo. Por otra – sentido lacaniano del goce – sus pulsiones van dirigidas en contra de los heraldos de la mitología. La verdad sea dicha, no dejó mito con cabeza. El mito de que España nació como España lo contradice afirmando que - aún después de la unificación de Castilla y Aragón- seguía siendo un conglomerado de reinos. El mito de que el latín ha muerto lo niega afirmando de que todavía vive al interior de las lenguas latinas. El mito de la heroica resistencia a las invasiones musulmanas lo enfrenta con la verdad de miles y miles de católicos convertidos al Islam. El mito del Al-Andaluz tolerante según el cual cristianos, judíos y musulmanes poco menos que se amaban, lo contradice afirmando que “las tres culturas” no se soportaban entre sí. El mito de que el castellano fue impuesto a sangre y fuego como idioma oficial lo disuelve al decir que esa fue una simple casualidad de la historia. El mito de reyes justos y piadosos lo elimina mostrando como la mayoría, salvo honrosas excepciones, formaron una larga fila de tarados, viciosos y cornudos, a la vez que no pocas santas reinas resultaron ser más putas que la María Martillo. A los heroicos guerreros que luchaban por el rey y Dios los ve como turbas peleando contra quien fuera, a cambio de un plato de comida caliente. A la mitomanía catalana tampoco le deja un pelo en la calva. Afirma que nunca hubo un rey catalán llamado Wilfredo y, ni por casualidad, un rey catalán, pues nunca Cataluña fue una nación, cuando más una unidad territorial del reino de Aragón. Para rematar presenta a las elites catalanas como una manga de oportunistas quienes, cuando los bolsillos suenan, declaran ser más españoles que el pasodoble, y cuando no, furiosos independentistas.

Con la historia moderna no se lleva mejor. Después del ataque de cordura que tuvo lugar bajo el reinado de Alfonso Xll, los socialistas, Largo Caballero a la cabeza, lanzaron por la borda la posibilidad de construir una república liberal y democrática. Los falangistas a su vez, antes de la Guerra Civil no pasaban se ser cuatro gatos. Y hablando de la Guerra Civil (la última entre tantas) desmonta el mito del que se ufanan los ultras con y sin coleta, el de “nuestros heroicos abuelos republicanos”, aduciendo que esos abuelitos fueron tan crueles, sanguinarios y saqueadores como los abuelos franquistas. Y todo eso lo dice haciendo galas de un humor que te hace soltar carcajadas. Aunque después uno recuerde que el humor, en sentido freudiano, es solo un invento que usamos para hacer soportables las angustias y tragedias de la vida. Creo que en ese sentido lo usa Pérez-Reverte: “Reír para no llorar”.

Al llegar a los últimos capítulos Pérez-Reverte morigera un tanto su excelente sentido del humor. Más bien lo vemos preocupado. Y no es para menos. Después de haber alabado a ese milagro que fue el periodo de transición de la dictadura a la democracia, cuando los políticos – quizás por primera vez en la historia de España - hicieron bien lo que había que hacer, avista nubarrones en el horizonte. Ya no vienen del pasado sino del futuro. De esa España que nuevamente parece haber perdido contacto con la centralidad política, de esa nación otra vez polarizada en dos extremos, uno minoritario de izquierda enquistado con inigualable astucia en las oficinas del Estado y otro que crece y crece desde las más extremas derechas.

Apartando malos augurios, corresponde al autor de estas líneas hacer una autocrítica. Si dudé que la de Pérez-Reverte fuera una historia, las dudas han sido disipadas. Por eso ahora puedo afirmar: claro que es una historia. Pérez-Reverte, mientras escribía su libro, fue efectivamente un historiador de tomo y lomo. Quiero decir: la suya no es solo “su” historia. Es, además, historia de España. Y de las buenas, no joda.

Enero 31, 2020

Polis

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La decisión del presidente Trump en su definitivo y público apoyo para lograr el retorno de la democracia a Venezuela, muestra la necesidad de resolver en el hemisferio occidental un grave problema de inseguridad para los Estados Unidos y la región, así como la clara existencia de una nueva amenaza en el continente. Nueva amenaza es el gobierno de Maduro parte de ese Islam turbulento, que se ha asentado en el Caribe y aparece fortalecido en Venezuela por el castro-madurismo militarizado, que hoy avergüenza a la República. Ese régimen autocrático, que de espalda a la postmodernidad, se empeña ir en contra de las leyes, la libertad y la dignidad de una sociedad para instaurar una ecuación política primitiva, inhumana y, sobretodo, corrupta y peligrosa hasta convertirse en una Amenaza para el Continente.

Trump como actor político internacional, en cuenta de la conflictividad que crece y sufre el hemisferio occidental, insinúa su apoyo acompañado por 59 países democráticos dispuestos a lograr la transición política de los venezolanos. Esta acción definitiva e importante de política internacional, tiene que ser asimilada y entendida por la clase política, por la ciudadanía democrática y por las organizaciones políticas del país. Esos tres factores de la Venezuela democrática están obligados a desarrollar una actitud de apresto político, con la intención de comprender y desarrollar críticas responsabilidades, que significan desplazar la perversión o regresión político del castro-madurismo militarizado.

Trump actor político internacional, asume que la clase política venezolana entenderá que se trata de un proceso político complicado, lento y peligroso, que demanda de una clase política venezolana postmoderna, una actitud inteligente y acuciosa, que sepa leer la variable tiempo, las acciones políticas a desarrollar a lo interno de Venezuela y sobretodo la preparación psicológica, económica y organizacional para la Transición Política en el país. Todo lo anterior, habla de un empeño multinacional, delicado, con imprevistos y, de allí, que la clase política se convertirá por vía de la necesidad en un sólido liderazgo visionario y sobretodo convencido de un modo e importante futuro para la decencia política y la paz.

Trump actor político internacional se imagina que la masa de ciudadanos demócratas convencidos de su dignidad de mujeres y hombres libres, que los llamará a vivir en democracia, estarán dispuestos a participar de manera contendiente hasta mediante la Resistencia Civil para que por la vía de la Desobediencia Civil, desplacen al bestiario político-militarista y se reinstale la Democracia. Democracia donde el individuo está por encima de la Comunidad y el Estado, y las leyes ordenan la República, siendo así, los ciudadanos demócratas desde el 5F en la noche deberán estar activos y dispuestos para actuar inteligentemente y para prepararse para construir la máxima participación política, que requiere una Democracia Real.

Trump actor político internacional requiere que los partidos políticos democráticos venezolanos activen su más intrigante acción organizacional, a objeto de que todas las toldas políticas comprendan la magnitud, compromiso y ejecutorias políticas, por parte de todas las organizaciones políticas responsables del cambio histórico que requiere Venezuela. Cambio hacia una democracia comprometido como el gentilicio del venezolano. De igual manera, con la necesidad impostergable de ejercitar la política desde la cuna de la nación-Estado, ese territorio donde los venezolanos sencillos, reclaman organizaciones políticas consustanciadas con la postmodernidad y con las leyes para construir una verdadera República.

República entendida como lo establece el Contrato Social, donde la Separación de Poderes muestren que se apunta a una Democracia Liberal y Popular, democracia en la cual el gobierno simplifique las tensiones y se valide un Ambiente Político Real que propicie el crecimiento espiritual, económico y social para que se fortalezca la paz y se restablezca el orden social. Ambiente para el desarrollo individual y colectivo en el cual las instituciones sean controladas por las leyes y por una ciudadanía celosa y guardia en cuanto acontezcan en esas instituciones que se llaman primero Gobierno y después Estado.

República con Republicanos, que es lo que se requiere en esta grave coyuntura en la cual UN ACTOR POLITICO INTERNACIONAL y el Gobierno de los Estados Unidos, han tenido que ser el motor-activador-orientador para una Transición Política en un país que resulta confundido y apocopado, frente al primitivismo, brutalidad y corrupta conducta de un régimen autocrático militarista y militarizado con instituciones perversas. Instituciones perversas carcomidas por el facilismo, el simplismo y sobre todo una gran corrupción en los que están abrigadores por el comunismo socialista.

La República y los Republicanos líderes, ciudadanos demócratas y partidos políticos, están llamados al consenso, hacer política, a beber en la fuentes primarias del libertador Simón Bolívar que leyó a Rousseau, David Hume, y construye una serie de Repúblicas para que fueran reales democracias y jamás Estado Cuartel como ha venido ocurriendo en Venezuela atacada por las perversiones del socialismo marxista, violento, compulsivo y de espalda al desarrollo de la postmodernidad de la humanidad. El actor político Trump, la geopolítica y la democracia serán la prueba de la reconstrucción democrática de los venezolanos.

Es autentico,

Director CSB-CEPPRO

@JMachillandaP

Caracas, 06 de febrero de 2020

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Maxim Ross

En mi artículo anterior discuto el antagonismo entre el desarrollo económico y el conflicto político y dejo por sentado que este ultimo causa estragos en el segundo y ahora toco el tema de la relación entre la dimensión política y la necesidad de enfrentarse a un programa de estabilización, en especial de aquellos diseñados por el Fondo Monetario Internacional, en coordinación o el apoyo del Banco Mundial.

Primero que nada, hay que definir de que tratan esos programas y porque tienen su origen en esas instituciones. “Estabilizar” significa poner orden en un cierto desorden, en los términos más generales, “equilibrar lo que está desequilibrado” y, en lo económico, estabilizar la tasa de cambio, la balanza de pagos y el déficit fiscal, estimular el crecimiento económico y, especialmente, alinear los precios de bienes y servicios al mercado.

Lo diseñan y los ejecutan estas dos instituciones porque son las únicas que realizan préstamos para déficits de balanza de pagos y para el desarrollo y, por consecuencia, aplican una serie de condiciones (condicionalidades), todas ellas dominadas por principios de austeridad y de mercado.

En general su aplicación implica convencer a los gobiernos y al país entero que deben aceptarlos, a veces, con duras o graves consecuencias políticas, tales como perder elecciones y, aun peor, entrar en crisis recurrentes de sostenibilidad política y económica. Se comprenderá que se trata de un tema de alta complejidad, porque afecta todos los componentes del aparato económico y tienen serias implicaciones sociales y políticas.

Hasta ahora, esas instituciones no han evaluado el tema de la conexión entre la dimensión política y la económica, de tal forma que su diseño y ejecución sea lo menos dolorosa posible. Tanto el FMI, como el Banco Mundial han pagado bien caro sus resultados y su respuesta, a mi juicio insuficiente, ha sido desarrollar programas auxiliares para proteger su impacto sobre la pobreza y unas consideraciones de lo que denominan “costo social”, colocándolos en un plano subordinado, cuando ellos deberían ser, precisamente, sus objetivos primarios. (*)

Una reflexión sobre la necesidad de un consenso político para ponerlos en práctica debería entrar en su ecuación valorativa y no darle un privilegio excesivo al programa mismo, lo cual termina etiquetándole como “tecnocrático”. Quizás, el caso venezolano de los 90’s sea un buen ejemplo de ello, porque la ausencia de un consenso político bien estudiado y concebido nos habría evitado las dolorosas consecuencias que aun se viven.

(*)IMF/World Bank Comprehensive Review of the Poverty Reduction Strategy Papers.

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