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Ignacio Avalos Gutiérrez

El mundo patas arriba

Ignacio Avalos Gutiérrez

La pandemia parece que nos ha pasado en vano. A pesar del susto inicial y de los discursos épicos que generó, no nos hizo más conscientes de la situación del mundo en el que vivimos, convertido en la metáfora de una enorme crisis, de la que el coronavirus se suponía que funcionaría como alarma para que reparáramos en la necesidad de revisar los parámetros que gobiernan la actual civilización.

El desmadre planetario

El mundo hace agua por todas partes. No hay necesidad de extenderse en la lista, por demás conocida, de los problemas que lo agobian: la contaminación ambiental y el cambio climático, el aumento notable de la pobreza y de la desigualdad, la expansión del terrorismo en sus diversos formatos, el desplazamiento masivo de migrantes en busca de refugio hacia lugares en donde esperan que su cotidianidad pueda fluir de manera más amable, no obstante, los muros (religiosos, raciales, culturales…) que buscan impedirlo. Una lista larga, como dije, a la que habría que añadir, entre otras cosas, los dilemas que se desprenden del surgimiento de un conjunto de tecnologías disruptivas capaces de transformar radicalmente todos los escenarios e igualmente, la existencia de un mundo armado hasta los dientes, gracias a enormes presupuestos que en demasiados casos, rebasan escandalosamente los recursos orientados hacia la educación o la salud.

Estamos hablando, así pues, de asuntos que conciernen a toda la humanidad. El confinamiento al que nos vimos obligados sirvió para que recordáramos que hoy en día lo que ocurre en un lugar del planeta, ocurre en todas partes, consecuencia de la globalización. Sin embargo, aún no salimos de la pandemia y ya volvimos a mirar las cosas desde el ombligo local, como lo muestra a nivel emblemático, el reparto inequitativo de las vacunas.

El mundo se encuentra partido en pedazos de distintos tamaños, bajo la creencia de que las rayas dibujadas en los mapas, los hace ajenos los unos a los otros. La solidaridad y la fraternidad se han convertido en palabras vacías de uso meramente retórico, a pesar de que el planeta manda señales de peligro cada vez más claras, con visos de ultimátum.

La nostalgia de Putin por la URRS

En medio de semejante entorno, hace pocos días y luego de conversaciones que en algún momento insinuaron la esperanza de una negociación, Rusia invadió a Ucrania, mostrando el rostro de un evento que excede el conflicto entre los dos países y despliega su sombra a lo largo y ancho del mundo, en medio de una gran incertidumbre respecto a su alcance e implicaciones y de un gran susto colectivo, recuérdese que hay armas nucleares de por medio, al lado de las cuales la bomba lanzada en Hiroshima semeja, permítaseme la desmesura, la bala disparada por un revolver. Estamos, así pues, frente a un episodio que coloca en segundo plano los peligros que han ido desvertebrando el planeta y la urgencia resolverlos.

Los entendidos indican que durante las varias décadas que cubrieron el período de la Guerra Fría, no faltaron los pleitos bélicos parciales (“conflictos de baja intensidad”, se los calificaba), originados dentro del marco de una bipolaridad trazada por discrepancias ideológicas (Capitalismo vs Comunismo, por decirlo de manera simple), mezclados con los intereses políticos y económicos de las naciones más fuertes.

Sin necesidad de consultar su decisión con nadie, pues para eso es un dictador que se ha mantenido en el poder alrededor de dos décadas y tiene experiencia de varios años como jefe de la KGB, además de ser cinta negra en judo, Putin, preso de su nostalgia por la antigua URRS, declaró que “a cualquiera que considere intervenir desde afuera, enfrentará consecuencias más grandes que las que haya enfrentado en la historia. Todas las decisiones relevantes ya se tomaron. Espero me hayan escuchado”. Y, para que no hubiera duda alguna respecto a sus propósitos, remató afirmando que “No habrá ganadores y ustedes serán arrastrados a un conflicto contra su voluntad. No tendrán tiempo ni de pestañear”.

Vista la gravedad de las precedentes declaraciones, resulta justo decir que el escenario anterior también es producto de los desatinos cometidos desde de organismos y países occidentales. En este capítulo bélico nadie está libre de culpa, ni puede lanzar la primera piedra, aun cuando, sin duda, la responsabilidad en lo que en lo que esta ocurriendo en estos días, cae sobre todo del lado de Putin.

Así las cosas, no es absurdo imaginar que pudiéramos estar ante la posibilidad de una guerra mundial, la primera interconectada gracias a los diversos dispositivos tecnológicos hoy en día disponibles. El asalto ruso a territorio ucraniano ha involucrado directamente a la Unión Europea y a los Estados Unidos, al igual que a China, aunque esta última que lo hace con cierta discreción, manteniendo un equilibrio con el fin de preservar su rol como una de las tres grandes potencias mundiales y cuidando de paso, sus vínculos comerciales con Ucrania, más fuertes que los que tiene con Rusia. Todos los países han fijado posición, la mayor parte repudiando los intentos de ocupación. Por otra parte, hace pocos días, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas condeno a los rusos y la Asamblea General decidió discutir lo ocurrido, cosa que aún no ha hecho al momento de escribir estas líneas.

El desgobierno de la globalización

Como apunte antes, el mundo se ha globalizado. Expresado en pocas palabras, las relaciones internacionales se han multiplicado; hay una mayor interdependencia entre los Estados; se han acortado las distancias físicas; los espacios se han vuelto comunes; la economía no tiene fronteras y emerge una nueva división internacional del trabajo; la comunicación es inmediata y está generando patrones comunes de conducta que perfilan una suerte de identidad global.

Dentro de este cuadro el Estado-Nación demuestra cada vez más sus limitaciones y debilidades para mantener los requisitos básicos a fin de asegurar la convivencia y la seguridad, de allí que tome impulso la idea de repensar el siglo XXI, en una perspectiva que incluya las “lógicas transnacionales”, que dicho en cristiano implica concebir la institucionalidad apropiada para enfrentar los problemas globales, mediante soluciones globales. Supone, por tanto, tejer una red de intereses comunes que fundamenten la elaboración y cumplimiento de una agenda pública compartida. “No hay mejor prueba del progreso de la civilización que el progreso del poder de la cooperación”, escribió John Stuart Mill antes de que el mundo fuera el que es hoy en día.

Ciertamente se han creado nuevas instituciones internacionales, se han ideado nuevos esquemas para cooperación internacional y hay sin duda un conjunto de iniciativas relevantes, pero quedan cortas ante las complejidades envueltas en la gobernanza del planeta. El conflicto entre rusos y ucranianos lo ha hecho claramente visible. En efecto, varios días marcados por daños de diversa índole, por migraciones y por muertos cuya muerte no pareciera doler, no han tenido respuesta.

Toda guerra es una estupidez, señaló el escritor uruguayo Eduardo Galeano. La de estos días también, claro, pero más que ninguna otra, porque en su despliegue podría enrollar a todo el mundo.

Especie en extinción

Así se refiere a los humanos Jeremy Rifkin, reconocido sociólogo norteamericano, asesor en el tema del cambio climático de la Unión Europea y varios países.

¿No será la humana también una especie “autosuicida”? Quiero pensar que no. Supongo que todavía quedan grandes reservas de cordura, sentido común y compasión entre los terrícolas. Ojalá la disputa entre rusos y ucranianos, se resuelva mediante la política que, como predica el filósofo vasco Daniel Innenarity, a quien cito con frecuencia, es la manera de hacer cosas con la palabra.

El Nacional, miércoles 2 de marzo de 202

La pandemia autoritaria y la izquierda perezosa

Ignacio Avalos Gutiérrez

Vamos ya, los humanos, para casi dos años en medio de la pandemia desatada por ese bichito, el así llamado Coronavirus, sin que en verdad se hayan despejado todas las interrogantes sobre su origen ni respecto a su evolución a partir de su último disfraz como Omicron.

La normalidad como nostalgia

Cualquiera recuerda los discursos que se dieron, llamando a la solidaridad mundial para que nadie se quedara sin vacunas, que se flexibilizaran las normas de propiedad intelectual, que los hospitales aumentaran su disponibilidad, en fin. Sin necesidad de entrar en mayores detalles, los diversos informes que dan cuenta de la situación a estas alturas de la pandemia revelan, por ejemplo, que el 80 por ciento de las vacunas ha ido a parar a diez países, que las medicinas han crecido considerablemente como negocio y los ricos se han vuelto notablemente más ricos y los pobres trágicamente más pobres. La idea la “Casa Común” nos sigue siendo ajena a los terrícolas, la fraternidad es un bien muy escaso.

Muchos pensaron que de esta suerte de paréntesis global al que nos sometió el microscópico animalito, nos daríamos a la tarea de repensar y cambiar la ruta que la humanidad ha venido transitando hace ya bastante tiempo. Que el encierro, nos haría conscientes de una crisis que ha tocado todos los ámbitos a lo largo y ancho del planeta, haciéndose patente en la desigualdad social, los desajustes ambientales, las disputas geopolíticas, la violación de los derechos humanos, el desgobierno de la globalización, así como otros muchos aspectos que han venido empañando, por decir lo menos, la vida de una gran parte de la población.

Sin embargo, el resultado no ha sido el que se esperaba. De a poco la nostalgia por la vida anterior se ha vuelto nuestra esperanza. La vuelta a la normalidad asoma como nuestro mejor horizonte, retocado hasta cierto punto por la mano de las tecnologías digitales que supuestamente nos abrirán nuevos cauces, en ciertas áreas. Se prefirió torear, así pues, el hecho de que fueron los vientos de esa normalidad los que trajeron estos lodos que desde hace rato, nos entraban el camino de cada día.

La humanidad en aprietos

Además de lo anterior, el mundo se está transformando de pies a cabeza. Nos encontramos con una fuerte aceleración en la mundialización de la economía, al paso que aumenta extremadamente la desigualdad social; una crisis ecológica que los científicos asocian a un patrón de crecimiento económico que, no obstante los parches, sigue orientándose por el engordamiento del PIB; la recomposición del mapa del poder mundial que muestra a China como la segunda potencia del planeta, nuevos conflictos regionales alimentados por motivos de distinta índole y algunos aspectos más dentro de un nuevo (des) orden internacional que aún no dispone de los las instituciones y mecanismos apropiados para procurar su gobernabilidad; el surgimiento de grandes movimientos migratorios, convertidos en un factor importante en el debilitamientos de la cohesión social en diversas partes, al lado de temas como el racismo y el género. Súmese a la lista el impacto radical que están produciendo un conjunto de tecnologías disruptivas que modifican de manera profunda todos los espacios de la vida humana, asomando desafíos para los que aún no se tienen respuesta.

Este nuevo contexto, visto apenas a través de estas pocas líneas, ha sido identificado como una “crisis civilizatoria”. Y en medio de ella se nos desapareció la política, con toda su caja de herramientas, indispensables para bregar la concordia social y asumir conjuntamente los cambios que se precisen.

Otra epidemia recorre el mundo: el autoritarismo

Distintos informes coinciden en reseñar el deterioro de la democracia a lo largo y ancho del mundo. América Latina es la región del mundo que reportó el mayor descenso en el Índice de Democracia 2021 de The Economist. Su encuesta anual, que califica el estado de la democracia en 167 países sobre la base de cinco medidas (proceso electoral y pluralismo, funcionamiento del gobierno, participación política, cultura política democrática y libertades civiles) encuentra que más de un tercio de la población mundial vive bajo un gobierno autoritario, mientras que solo el 6,4% disfruta de una democracia plena.

El autoritarismo viene dentro de un formato caracterizado generalmente por la emergencia de una figura mesiánica, que se comunica permanentemente y sin intermediarios con “su” pueblo, a través de un discurso que reinterpreta la historia y resignifica el lenguaje al mejor estilo orweliano y compra, vía el asistencialismo, la fidelidad política de la gente. Adicionalmente, polariza a la población (patriotas y antipatriotas, por ejemplo), constantemente esgrime la presencia de un enemigo externo como responsable de las calamidades nacionales, domestíca a las instituciones y diseña las leyes a su medida, a la vez que cuenta con el apoyo las fuerzas armadas y grupos paramilitares.

La política ha desaparecido en esta situación enmarañada a tal grado, que le viene bien la metáfora de un caballo desbocado. Tiene enfrente un muro que se levanta imposibilitando los necesarios acuerdos que hacen posible la convivencia dentro de cada sociedad y que hoy en día también muestra ribetes mundiales. En suma, los consensos cayeron en desuso, mientras los problemas continúan agravándose.

La posverdad y la vigilancia

Recuerdo haber leído hace unos cuantos años “El conocimiento inútil”, una obra de Jean Francois Revel, intelectual francés, varios de cuyos capítulos se vertebraban en torno a la idea de que “la primera de todas las fuerzas que dirigen el mundo es la mentira”, haciendo particular referencia a la política.

En este sentido, la descripción del sistema autoritario quedaría incompleta si se pasa por alto el término posverdad, como uno de sus elementos. Se trata de una expresión propia de la sociedad actual, permeada por la circulación permanente de información, en la que internet y las redes sociales aportan a los usuarios información que confirma lo que ya piensan o sienten, en detrimento de hechos contrastados y verificables, apelando más a las emociones que a la razón, a los prejuicios que a la objetividad, generando, así, decisiones basadas en creencias, y no en hechos reales Al final de cuentas, y en términos menos académicos, es una palabra que pone de manifiesto cómo se juega con la realidad, y se la desconoce, se la cambia, se la mutila o se la versiona para que no se parezca a ella misma. Así las cosas, se le ha dado otra energía a la mentira política, haciéndola más extendida y eficaz. Por otra parte, habrá que sumar el aumento de la vigilancia social, que se lleva a cabo a través de distintos dispositivos tecnológicos que violan la privacidad de las personas, a la vez elevan su capacidad para anticipar y modelar su conducta.

Dentro del saco autoritario caben figuras muy disímiles de la política mundial, no importa que se califiquen de izquierda o de derecha. Los emparenta la manera como llegan al poder, el tiempo que lo conservan y sobre todo la forma como lo ejercen, sin rayas amarillas que le fijen límites. Así pues, caben en el mismo saco Trump, Maduro, Orbán, Bolsonaro, Bukele, López Obrador y otros cuantos, quienes han convertido a la política en un chicle, maleable al punto de que, en Venezuela, por citar un ejemplo, se ha pasado del Socialismo del Siglo XXI al llamado Capitalismo de Bodegones, sin siquiera intentar una explicación que disimulara semejante salto cuántico.

La izquierda perezosa

Cabe esperar que desde los lados de la política, aparezca una alternativa que represente un cambio de paradigma. Hay actualmente numerosas iniciativas con esa orientación, ordenada en torno a la equidad y la libertad de los seres humanos. En otras palabras, alrededor de la articulación entre la justicia social y la democracia de cara a este nuevo mundo delineado por condiciones que, perdóneseme la reiteración, ponen de manifiesto una crisis en el modo como los terrícolas nos plantamos y organizamos para vivir en el planeta.

Uno piensa, como lo ha señalado en numerosas ocasiones la reconocida economista Marianna Mazzucato, que la izquierda debe reflexionar y repensarse con el propósito de convertirse en opción política, pero, advierte, “se ha vuelto perezosa”. Sin embargo, ella misma es un ejemplo de que están teniendo lugar esfuerzos importantes con el propósito de armar una alternativa política, a partir de las claves que rigen la actualidad.

El Nacional, miércoles 16 de febrero de 2022

El Qatargate

Ignacio Avalos Gutiérrez

El deporte es un fenómeno social que se perfila con cada vez más fuerza en la vida humana. Entre sus diferentes disciplinas se destaca el futbol como el más global, el más practicado y el que cuenta con mayor audiencia. Además, y, sobre todo, es el más importante desde el punto de vista comercial, origen de distintos negocios que suelen ocurrir de maneras no muy santas.

Para alguien como yo, que desde los cuatro años ha transitado la vida con un balón a su lado y que por estos días hasta le prende velitas al entrenador José Peckerman para que haga un milagro con la Vinotinto, resulta difícil y hasta desagradable, ponerse el sombrero de sociólogo para meterle la uña y analizar los aspectos que degradan al balompié.

El gobierno del fútbol

Creada en París, año 1904, la longeva Federación Internacional de Futbol Asociado (FIFA por sus iniciales en inglés) es el organismo que rige el balompié a nivel mundial, en todas sus categorías y niveles, además de que vigila el cumplimiento de las reglas con las que se debe jugar, una suerte de catecismo que ha tenido pocos cambios y todos contando siempre con su sagrada bendición.

Históricamente, la corrupción en sus distintos formatos ha caracterizado su desempeño, replicado también en todos sus organismos subalternos. Me viene a la memoria el que hace unos pocos años destapo el FBI y que comenzó siendo una investigación sobre la evasión de impuestos y el blanqueo de dinero de procedencia incierta y terminó revelando una gran escándalo a propósito de asuntos tales como elecciones manoseadas y tramposas, sobornos en la designación de la distintas sedes para eventos internacionales, manejos turbios en la firma de patrocinios con grandes corporaciones, sospechas en la contratación de los derechos comerciales para la televisión y como éstas, otras cuantas menudencias, que por cierto ocurren en una institución que lleva el ropaje inocente de una ONG sin fines de lucro (?), cuando en realidad es una multinacional que actúa casi a sus anchas en todo el globo terráqueo.

El Qatargate

Un informe publicado hace algún tiempo, reveló que en 2010 tuvo lugar una conversación en el Palacio del Eliseo entre el Presidente Sarkozy, el príncipe heredero de Qatar, el entonces presidente de la UEFA, Michel Platini y Sebastián Bazin, propietario del París Saint Germain (PSG). En la reunión se acordó que Platini votaría a favor de Qatar y que a cambio de ello su gobierno ayudaría a superar la grave crisis financiera que sufría el club francés. Dicho y hecho, el país árabe alcanzo la sede para el Mundial 2022 y pocas semanas después, el fondo Qatar Investment Authority adquirió el 70% de las acciones del PSG. Se ratificó, así, una práctica que viene dándose desde hace casi una eternidad, como lo ejemplifica Benito Mousolini, quien logró el apoyo el mundial de 1934 con el fin de legitimar su dictadura militar en Italia. Es éste, reitero, apenas un caso de una lista muy extensa.

Qatar no es, ni mucho menos, una potencia en el escenario del balompié internacional, aunque tiene algunos pergaminos, por ejemplo, el haber ganado en 2016 la Copa de Asia. Sin embargo, ha cobrado una enorme influencia en el futbol, dada su riqueza natural (cuenta con el ingreso per cápita más alto del planeta), consecuencia, sobre todo, de la exportación del gas, lo que le ha permitido ser un actor muy importante en el espacio deportivo, en especial en el del balompié.

Se entiende, entonces, que en 2010 Qatar haya sido designado por la FIFA, como el país sede del próximo Campeonato Mundial, a celebrarse este año. Sus grandes recursos le han permitido echar la casa por la ventana y no me refiero sólo a los imponentes estadios, sino a la mejora notable de Doha, su capital, mediante la construcción de hoteles y edificios y la renovación de buena parte de su red de transporte, incluida la construcción de un nuevo sistema ferroviario de metro.

La doble moral de la FIFA

Me parece que desde cuando en 2016, Giovanni Infantino asumió su presidencia como sucesor de Joseph Blatter, la FIFA ha subrayado como parte de su discurso oficial, el respeto a los Derechos Humanos, lo que no alcanzó a impedir que se optara por Qatar como sede del Mundial. Se trata de una nación gobernada por una Monarquía Parlamentaria, en la que no hay democracia ni libertad de expresión ni de pensamiento ni de culto, las mujeres no son enteramente libres y existe la esclavitud. Se ha llamado la atención particularmente sobre las muy precarias condiciones de trabajo de miles de obreros, en su inmensa mayoría migrantes, que han participado en las labores de construcción emprendidas con motivo del evento, habiendo muerto alrededor de 6.000 de ellos, de acuerdo a estimaciones que algunos estiman conservadoras.

En suma, la lista de abusos no es corta, a pesar de ciertas reformas más o menos recientes y que sirven para barnizar en cierta medida la situación del país. Human Rights Watch ha declarado al respecto en un informe reciente, que “… los flujos del deporte globalizado vinculan a atletas, fanáticos, instituciones deportivas, órganos de gobierno, medios y financiamiento a través de las fronteras, sin que importen los mapas morales que se dibujan desde los Derechos Humanos, permitiendo que sus violadores remodelen su imagen como anfitriones deportivos glamorosos”,

El poder blando

Se sabe, por obvio, que el concepto de poder es fundamental en las relaciones internacionales. En el marco de la politología se formuló, en los años noventa, una distinción entre “poder duro” y “poder blando”. El primero supone el uso de medios económicos y militares por parte de un país, para hacer que otros hagan lo que él quiere, en tanto que el segundo, opinan los especialistas, radica en conseguir el mismo resultado “ … mediante un efecto de atracción, de influencia y de persuasión, la imagen positiva, un papel que durante décadas lo ocupó la cultura, por ejemplo, a través de Hollywood y de canciones. Ahora es más el deporte y especialmente el fútbol".

En efecto, últimamente el fútbol ha cobrado fuerza y aumentado un espacio como herramienta política. Nuevos actores y nuevas estrategias han puesto el tema sobre el tapete, sobresaliendo en esa tarea, aunque no son los únicos, ni mucho menos, los Estados autoritarios de Oriente Medio –sobre todo Qatar, Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudí– a los que ya no les basta con organizar grandes eventos deportivos, sino que están comprando equipos de fútbol en las mejores ligas del mundo, sobre todo en la europea.

El futbol más allá del Qatargate

Fuera de la cancha ocurre todo lo que he descrito y más. Pero ya sobre la grama verde, es otra cosa. El balón es redondo y rueda libremente sin más interferencia que las piernas de los jugadores, las de los hábiles y las de los no tanto. El fútbol se vuelve, entonces, una metáfora de la vida durante noventa minutos, aún si se lo mira en una pantalla.

En ningún sitio aprendía tanto de mi y de los demás como en una cancha, señalo Jorge Valdano. Aprendí todo en la vida con una pelota en los pies, ha repetido mil veces Ronaldinho. En lo personal siento que poner un pie sobre el terreno de juego o sentarse frente al televisor equivale a la recuperación semanal de la infancia, según lo escribió el novelista español, Javier Marías.

HARINA DE OTRO COSTAL

La semana pasada Nicolás Maduro, haciéndose eco del club de presidentes latinoamericanos que se califican de progresistas (?), se sumó al reclamo que varios de ellos han formulado contra los españoles, haciéndolos responsables de una lista larga y variada de crímenes contra nuestra población indígena. Luego de haber transcurrido quinientos años pienso que semejante demanda de justicia, luce ilógica, por decir lo menos, y que, con buena suerte y viento a favor dará lugar a un breve memorándum en el que algún funcionario del gobierno de España pedirá perdón, sin entrar en mayores detalles, dando por terminado el asunto.

Ojalá que Maduro y los que lo asesoran en el tema, observen lo que está ocurriendo durante los últimos años en algunas zonas de nuestro país. Que vean las condiciones de vida por las que pasan los indígenas venezolanos, tanto niños como mujeres y hombres. Que observen como son violados sus derechos y reparen en sus frecuentes protestas contra la destrucción del ambiente. Que imaginen lo que pueden esperar del futuro. Y que se pregunten, por no dejar, si alivia las cosas el hecho de que le cambien el nombre a una autopista de Caracas.

Ojalá que encaren, así pues, un problema seguramente menos épico que el litigio con los conquistadores españoles, pero cuya solución es urgente y necesaria. Cuestión de justicia, sobre todo.

El NACIONAL, miércoles 2 de febrero de 2022

El metaverso de Maduro

Ignacio Avalos Gutiérrez

Hugo Chávez acaparó el último tramo de la historia venezolana. Su figura ocupó, sin duda, el epicentro político y en más de un sentido puede afirmarse que se extendió a todos los ámbitos de nuestra sociedad. Su interpretación del país, difundida permanentemente por su agobiadora presencia en los medios de comunicación, se convirtió en la referencia sobre cualquier asunto, desde la geopolítica hasta la crisis del capitalismo mundial, pasando por el beisbol, a cuenta de que fue pícher, y por la música, a cuenta de que tenía buena voz. No pareciera exagerado señalar, por otro lado, que el chavismo represento una manera de ser en la tarima política, que incluso contagió de alguna medida a no pocos de los que lo adversaban.

Chávez: el poder simbólico de la nostalgia.

A Chávez la duda no le acompaño nunca. Su interpretación sobre nuestra sociedad, su pasado, su presente y su futuro, se convirtió en el libreto que progresivamente trazó el rumbo del país. Asumió el rol de caudillo, al principio con cierto disimulo, luego más abiertamente, incluso dejando ver su talante autoritario. Empezó por propiciar la redacción de una nueva Constitución, “la mejor del mundo”, y asomó el “socialismo del Siglo XXI como proyecto para Venezuela, sin que hubiera, salvo algunos amagos, ninguna consulta al respecto.

En efecto, durante su gobierno fueron mínimos los espacios para el diálogo y las demás herramientas propias de la democracia, esenciales para la construcción de los consensos básicos que requiere la convivencia social. En suma, desapareció la política y surgió un país extremadamente dividido y poco cohesionado, atravesado de un lado a otro por la desconfianza, situación en la que, es bueno decirlo, también tuvo responsabilidad, aunque en grado menor, la propia oposición.

Así, durante casi dos décadas, Chávez condujo al país con algunos aciertos, pero sobre todo en medio de grandes errores y omisiones que, sin embargo, alcanzaron a disimularse porque su gobierno tuvo la bendición de un boom petrolero (2008 – 2014) y le permitió transitar un buen tiempo y sin mayores aprietos, el irónicamente denominado camino del “socialismo rentista”, armado en torno a un amplio repertorio de políticas asistencialistas que, temporal y parcialmente, mejoraron la vida de la gente, mientras la Venezuela Potencia cobraba el formato de un espejismo, que cada año se anunciaba como el gran objetivo estratégico de la nación. En síntesis, la obra que dejó tuvo poco que ver con los enormes recursos financieros de los que dispuso durante buena parte de su gestión.

Los desacomodos actuales del país se venían observando, así pues, durante el final del período de Chávez. Desde entonces, el “proceso” empezó a mostrar desviaciones y señales de agotamiento, dejándose ver como una ruta equivocada e inviable, no obstante lo cual en la memoria colectiva ha permanecido como la figura política mejor valorada de la actualidad. Chávez se convertido en nostalgia política, son muchos losvenezolanos convencidos de que si estuviera vivo no pasaría lo que esta pasando.

La realidad paralela

Nuestros problemas se han agravado considerablemente durante la administración de Nicolas Maduro, designado como sucesor en la presidencia por el propio caudillo, poco antes de morir. Aparte de su falta de tino en el abordaje de los temas nacionales más medulares, el nuevo mandatario tuvo que lidiar con muchas dificultades a poco de ocupar el cargo, consecuencia de que la mano invisible del mercado internacional bajó los precios del oro negro.

El nuestro es hoy en día un país roto, esto es, mal cosido, desarticulado, anómico, violento además de fragmentado desde el punto de vista territorial. Un país con lunares notables en todos sus ámbitos (económico, social, educativo, ambiental y paremos de contar), cada vez más autocrático y en el que sus habitantes parecieran “no tener derecho a tener derechos”, según la expresaría Hanna Arent. Un país, dicho en pocas palabras que es todo lo contrario del que nos relató Maduro, durante su mensaje anual a la Asamblea Nacional, en un discurso presumido en el que los hechos fueron abiertamente desconocidos por afirmaciones y estadísticas fantasiosas, dibujando una suerte de realidad paralela, si se me permite el símil, que recuerda el metaverso del que habla Zuckerberg.

Evidentemente, no faltó en su arenga cierta retórica que buscaba barnizar la transición del proyecto del Socialismo del Siglo XXI hacia el actual Capitalismo de Bodegones, nombre este último que desde luego ayuda a su descripción, aunque deja por fuera algunos de sus atributos (dolarización, importaciones libres sin ton ni son, extractivismo salvaje, precariedad laboral, exclusión social, en fin). Cabe imaginar que se trata de un formato impuesto por los hechos, a contramano de las pretensiones revolucionarias, referido por ciertos economistas como el “modelo ecuatoriano”, no en balde uno de los asesores principales del gobierno se desempeñó como Ministro de Hacienda en la época del Presidente Correa.

En su alocución a los diputados, Maduro anunció que gobernaría hasta el 2030 con el propósito de preservar un futuro para los venezolanos, iniciado el año 2021 con pasos firmes y auspiciosos. Sin embargo, no es ser mal pensado creer que en la mente del liderazgo oficialista no hay otra idea que la de gobernar para seguir gobernando, de sobrevivir manteniendo el poder por razones que no son propiamente ideológicas ni doctrinarias, sino grabadas, no sólo, pero en grado nada despreciable, por la corrupción.

Chao al “proceso”, pues.

Replay electoral en Barinas

Como se sabe, el pasado 9 de enero se repitió en Barinas la elección del gobernador efectuada el 21 de noviembre del 2021, en la que había triunfado el candidato opositor. Sin embargo, bastaron y sobraron dos sentencias que se sacó de la manga el Tribunal Supremo de Justicia (TSJ), para ordenar la repetición del evento comicial.

Se trató de una contienda claramente inclinada a favorecer al oficialismo, puesta de manifiesto en las inhabilitaciones exprés de dos candidatos opositores y un disidente del chavismo, la inadmisión de adhesiones de dos tarjetas a postulaciones opositoras, el ventajismo oficial en el acceso a medios de comunicación públicos y la disposición de funcionarios, bienes y recursos del patrimonio público con fines electorales, conformando, así, un elenco de abusos nunca vistos en semejante grado en procesos anteriores. (Para mayores detalles se consultar, entre otras, la página del Observatorio Electoral Venezolano, OEV).

Se corroboró, pues, que el fair play en la cancha electoral no depende solo del CNE, cuya actuación en este último episodio regional fue, sin duda, la más equilibrada de los últimos tiempos, sino que puede ser invadida otros organismos públicos con decisiones que no les corresponden y que atienden peticiones que provienen del alto gobierno.

No obstante lo anterior Sergio Garrido, candidato opositor, logró la victoria sobre el excanciller Arreaza, presentado por el oficialismo, confirmando así la idea de que los votos, cuando se convierten en alud, imponen una verdad que es difícil desmentir, lo que ya se había constatado en las elecciones parlamentarias del 2015.

Obviamente, la elección efectuada en Barinas fue, sin duda, un hecho muy importante desde el punto de vista político, entre otros motivos porque ocurrió nada menos que en el terreno más chavista del chavismo y por tanto su impacto simbólico no puede dejarse de lado. En torno a ella se han tejido varias explicaciones. En el seno de la misma oposición, algunos sectores entrevén en lo ocurrido una ruta para resolver la crisis política, mientras que otros alertan sobre una jugarreta oficial. Por su parte, Maduro reclama el episodio, como una prueba de que en Venezuela hay una verdadera democracia, soslayando las referidas circunstancias en las que tuvieron lugar estas votaciones y en las que con seguridad tuvo algo que ver.

Cambian las coordenadas políticas del país

En el contexto general descrito al comienzo de estas líneas y teniendo como detonante los recientes eventos, tanto el del 21 de diciembre como el del 9 de enero, no es aventurado anticipar que se modifica el escenario político nacional.

En este sentido, habrá que empezar indicando que en ambos episodios la asistencia a las urnas fue importante, lo mismo que la votación opositora, mayor que la del gobierno, aunque en las elecciones de diciembre no se reflejara en los cargos obtenidos, debido a sus discrepancias domésticas. Por otra parte, algunos sondeos preliminares elaborados después de las votaciones de Barinas muestran el aumento de la confianza en la vía electoral como condición (necesaria aunque no suficiente, cabría agregar) para resolver nuestra crisis política.

Como se observa, el oficialismo no salió bien librado en ninguna de los dos procesos. Resultó difícil ocultar las desavenencias que perturban sus filas, que a primera vista sugieren distanciamientos de no poca monta entre el chavismo y el madurismo.

Es forzoso referirse, por supuesto, a la espinosa tarea que afrontan las distintas parcelas opositoras. La lista de asuntos pendientes es larga y comienza por encarar la revisión a fondo los partidos, la división entre unos y otros, así como en el seno de cada uno de ellos, la renovación de sus dirigencia, la necesidad de conformar alianzas con otras organizaciones de la sociedad civil, revisar sus maneras de abordar el apoyo internacional, de elaborar un mensaje común capaz de descifrar e interpretar adecuadamente la situación nacional, reparando en el hecho de que más del 70% de los ciudadanos desea un cambio político, pero no avizora ninguna opción. Debe también, me parece, hacer esfuerzos por abandonar la polarización con el propósito de explorar la posibilidad de negociaciones en diversos aspectos, vitales para el país, asumiendo que el asunto que se tiene entre manos no pasa por el terreno de las leyes, sino por las dinámicas de la política, cosa que, por cierto, Sergio Garrido ha entendido perfectamente. Y debería evaluar con cuidado la apresurada solicitud hecha al CNE para la llevar a cabo, de un referéndum presidencial, teniendo presente que la misma no fue tramitada de manera unitaria, sino a través de dos o tres organizaciones y que las experiencias no han sido exitosas (2004 y 2016), amén de que, en la opinión de los entendidos, su realización tiene complicaciones nada menores.

Sumado a lo anterior, lo más relevante es reconocer las diversas aristas que dibujan la complejidad del conflicto político nacional y las implicaciones que tiene para el trabajo político opositor. Aludo a la necesidad de calibrar el interés que despierta el país desde la perspectiva geopolítica (ojo, los rusos sí juegan), así como a la nueva fisonomía del chavismo-madurismo, embarcado hoy en día en un modelo que del “proceso” apenas conserva su autoritarismo, habiendo modificado la naturaleza y alcance de sus apoyos sociales, así como la orientación de las políticas públicas en los distintos espacios.

Conclusión: no es soplar y hacer botellas

Hay que ser optimista, pero no iluso. Las elecciones recientes son importantes, pero no cambian el status quo del país, si bien amplían las rendijas políticas y trazan el borrador de algunos caminos que antes no aparecían. Sería imperdonable que no se exploraran, entendiendo que no es responsabilidad exclusiva de los políticos y de sus partidos, sino de todos los sectores que forman la sociedad venezolana, cada uno desde sus posibilidades. Nadie queda fuera de la tarea, a todos nos concierne. El trabajo no es fácil, es verdad, pero se trata de abrirle el porvenir al país. Sacarnos de encima, lo repito cada vez que tengo la oportunidad, esa sensación horrible de que la vida venezolana transcurre en una calle ciega.

El Nacional, 21 de enero de 202

2022: repoblar la política

Ignacio Avalos Gutiérrez

A comienzos de año es costumbre que las personas asuman una actitud reflexiva, se pongan en tono de borrón y cuenta nueva y se den a la tarea de imaginar algunos cambios en su vida, anotándolos en una listica y asumiéndolos como un compromiso: que si voy a adelgazar, aprender un idioma, buscar un nuevo trabajo y cosas por el estilo para que nos sirvan de brújula. Yo, por supuesto, hice la mía, con pocas variantes con respecto a la de comienzos del año anterior, pues hice demagogia conmigo mismo y no honré casi ninguno de mis propósitos. En consecuencia, pareció más útil dedicarme a mirar el país e imaginar cómo podría durante el año 2022 ir saliendo del atolladero que lo abruma desde hace tanto tiempo, que se ha vuelto parte del paisaje de cada quien.

La “Venezuela Invertebrada”

A comienzos del siglo pasado Unamuno publicó un libro que dejaba ver sus impresiones sobre España. Me copio el título, España Invertebrada, mas no el diagnóstico, referido a otra sociedad ubicada en un momento histórico muy lejano y por ende muy distinto. Describía allí el filósofo vasco una sociedad “disociada”.

Creo que, guardando las enormes distancias con su texto, la sensación que a uno le deja nuestro país es la de una “Venezuela Invertebrada”, vale decir rota, mal cosida, desarticulada, anómica, así como la fragmentación del poder desde el punto de vista territorial, hecho que lesiona gravemente su condición como nación.

Por otro lado, no es necesario apelar a estudios y estadísticas para enterarnos de la dimensión de nuestros problemas, puesto que la fotografía la tenemos a la mano y nos la sabemos de memoria, además de que es un tatuaje que nos va quedando en la piel. Más allá de la pandemia y de las consecuencias que ha traído consigo a lo largo de casi dos años, las difíciles circunstancias por las que atraviesa hoy en día nuestra sociedad no son, ni de lejos, su principal causa y por tanto no desaparecerán cuando el microscópico patógeno deje a un lado la manía de disfrazarse con una nueva cepa y desaparezca. Lo que sí ha hecho el animalito es ubicar en la vitrina una crisis que no deja un hueso sano en ninguno de los ámbitos de nuestra sociedad, volviéndola intranquila, angustiosa, incierta, acalorada y cuya causa fundamental es un conflicto político que deriva precisamente, del abandono de la política.

Apelar a la política

Escribió el citado Unamuno que lo que define una nación es un proyecto sugestivo de vida en común; los grupos nacionales, añade, «no conviven por estar juntos, sino para hacer juntos algo». En el marco de esta concepción podría decirse que se trata de tener conciencia de un propósito acordado colectivamente y del esfuerzo diario de todos para transitar una ruta que permita alcanzarlo.

En Venezuela soplan vientos adversos para las conversas sosegadas, para las reflexiones sensatas que abran el espacio a la construcción de una convivencia pacífica. La polarización extrema exacerba las diferencias e imposibilita la discusión razonada y de buena fe. Nuestros líderes, con pocas excepciones, piensan desde el obligo de sus intereses. Y desde allí no se puede hablar para proyectar una agenda a partir de la gente, de sus problemas, de sus aspiraciones, de sus derechos y que le dé sentido a su realidad, dentro del marco de la humanización de la política. Hay, pues, que recuperar la palabra, extraviada desde hace demasiado tiempo. El diálogo debiera marcar el temperamento de nuestra sociedad.

La urgente necesidad de acudir a la política se debe, también, a las transformaciones que tejen la época actual, hasta ahora comprensiblemente soslayadas en Venezuela por los apremios que emergen de la cotidianidad nacional. En efecto, el futuro empieza a dejarse ver de la mano de cambios tecnológicos que están transformando radicalmente todos los escenarios de la vida humana, sin que aún contemos con los códigos necesarios para entenderlos y regularlos. En suma, aún no contamos con nuevas maneras para pensar lo nuevo.

El político es un ámbito que hay que repensar y repoblar. La inteligencia artificial, los algoritmos, la robótica y los datos amenazan con despolitizar la política. Algunos textos despuntan la existencia del Ciberleviatán. De ello hablaré en una próxima ocasión, así como de las importantes iniciativas que se están tomando con el fin de cerrarle el paso.

8 de enero 2022

El Nacional

https://www.elnacional.com/opinion/2022-repoblar-la-politica/

2021: reflexiones de un terrícola de a pie

Ignacio Avalos Gutiérrez

Al poco rato de pisar diciembre, últimos días del año, uno sucumbe a la tentación de ensimismarse. Es una suerte de costumbre emocional que opera como reflejo condicionado y dispara la necesidad de reflexionar para ver cómo nos ubicamos en el marco de esta actualidad tan complicada, tan incierta.

Desde el murciélago hasta Bill Gates

Resulta imposible, así ´pues, discurrir por estos días sin aludir a ese animalito microscópico (el SARS-COV-2, como lo llaman los científicos), que ha bordado nuestra vida con una pandemia que poco a poco se nos va haciendo eterna. Inevitable, igualmente, hablar, de la confusión respecto a su origen, puesta en evidencia dentro un menú de explicaciones que van desde los cambios ecológicos hasta el castigo divino, pasando por un fulano murciélago, un ataque terrorista, la creación en un laboratorio, el nacimiento en un mercado chino y hasta la intervención, con quien sabe cuáles intenciones, de Bill Gates, el “filántropo perverso”, como algunos lo identifican. Todo ello ocurre a pesar de que diversos organismos internacionales (también el Gobierno de Biden), aseguran que no cejarán en su esfuerzo hasta identificar cómo y donde surgió el patógeno letal, pregonando a cada rato a que están a punto de hallar la respuesta.

En medio del panorama anterior, las dudas se extienden hasta los medios de protección recomendados, bien sean las vacunas (en sus distintas versiones), otros tipos de medicamentos (la cloroquina, por ejemplo), la mascarilla o incluso hasta la propia estrategia del confinamiento

La sociedad de la información muestra, así, algunas de sus ¿paradojas?, generando un exceso de datos, opiniones y noticias que a la postre deja muchas preguntas en el aire y alimentan nuestro enredo respecto a lo que ocurre y a lo que va a ocurrir. A propósito de ello, ante el surgimiento de la última versión del virus, algunos psicólogos indican que las alarmas han dejado de asustarnos, que la gente se está descuidando. Es, señalan, como si estuviéramos desarrollando “anticuerpos contra el miedo”, justo en el momento en que el Informe de Riesgos Globales, publicado este año por el Foro Económico Mundial (FEM), advierte que las enfermedades infecciosas a escala mundial ocupan ahora el primer puesto.

El síndrome del estadio vacío

La pandemia nos ha cambiado el rostro del tiempo. Los relojes apenas sirven, casi no importa que sean las dos o las cuatro de la tarde. Nuestra existencia es ahora digital y transcurre principalmente en las redes sociales, conforme a nuevos y muy distintos patrones, generando, por supuesto, perfiles diferentes de inequidad social que traslucen las disparidades de la “realidad real”.

La vida es “una locuacidad permanente”, como escribió Javier Marías. Uno echa de menos la época analógica, a la par que eleva el susto por el metaverso de Zuckerberg y otras ideas parecidas que asoman en el horizonte una suerte de realidad paralela, en donde, según los expertos, va a deslizarse la mayor parte de nuestras vidas, ojalá sea esto una exageración, ruega uno.

Afirma Menotti, gran entrenador argentino, que el mundo del fútbol gira alrededor de la relación del futbolista con la gente. Si no hay gente en un estadio, el futbolista no es futbolista. Algo parecido, creo, ocurre con nuestra vida en medio de la pandemia. Experimentamos, digámoslo así, el síndrome del estadio vacío.

La Casa ¿Común?

Desde principios del año 2020, cuando surgió la pandemia, el discurso dominante sobre su gravedad subrayaba la aparición de un problema cuya solución comprometía a toda la humanidad, que nos curábamos todos o que no se curaba nadie, dado que habitamos en una “Casa Común”, conforme a la expresión que popularizo el Papa Francisco. Pero, tal como lo predijeron algunos escépticos, las palabras no brincaron a los hechos, a pesar de que han cobrado forma algunas iniciativas importantes, representando sin duda una señal de esperanza.

En este planeta vertebrado por la desigualdad social, en el que el 10% de la población mundial con mayores ingresos concentra el 52% de la renta global y la mitad de la gente apenas recibe el 8%. Adicionalmente, las reglas que pautan el comportamiento de la economía han permitido que el minúsculo patógeno haya vuelto más ricos a los ricos y más pobres a los pobres.

No debe extrañar, entonces, que diez países concentren el 80% de las vacunas y que en África escasamente el 3% de la población haya recibido su dosis Cada país ha ido, entonces, resolviendo las cosas según va pudiendo, visto que los terrícolas no acabamos de entender la solidaridad, más que como una virtud, como una necesidad. Su “convivencia” se encuentra signada por el tribalismo, el sectarismo, la polarización, prueba de que no todos vamos en la misma lancha, remando en la misma dirección. En muchos lugares, demasiados, la política ha dejado de entenderse como un medio que hace posible que vivamos juntos. Se ha debilitado cada vez más el compromiso con lo común y la falta de los consensos básicos nos enfrenta unos a otros. El mundo continúa dibujado, en trazos muy fuertes, por conflictos que, a estas alturas, en este contexto, son un absurdo histórico.

Protección a cambio de vigilancia

Distintos estudios muestran que alrededor de dos tercios de la humanidad vive en países cuyo gobierno actúa en formato autoritario, el cual empieza a observarse también, en grado variable, en naciones que venían siendo identificadas como democráticas. En efecto, bajo el comprensible propósito de proteger a la población mediante las medidas requeridas para prevenir y curar, éstas han servido adicionalmente para reforzar un sistema de vigilancia social orientado controlar y manipular la vida de los ciudadanos, recogiendo y almacenando datos que permiten saber no solo adónde va y con quién se encuentra una persona, sino también para observar qué pasa en el interior de su cuerpo (su presión sanguínea, pulso del corazón, actividad cerebral). En esta dirección, el dictamen de Naciones Unidas y de otros organismos es muy claro respecto a la violación de los derechos humanos mediante el uso indebido de los dispositivos biométricos.

Conclusión: un jalón de orejas

La vida en el planeta azul venia revelando sus costuras desde tiempo. Numerosas advertencias que en algún momento sonaron alarmistas, son hoy en día difíciles de negar, salvo por algunos grupos de empecinados que sostiene que en lo del cambio climático, por ejemplo, hay mucha alharaca.

La pandemia ha colmado el vaso, aunque algunos añoran el regreso a la “normalidad”, ignorando que esta fue la que nos trajo hasta donde nos encontramos ahora. En efecto, el crecimiento eterno, en contextos sociales inequitativos, ha orientado el paso del desarrollo durante un tramo largo de nuestra historia en todas las sociedades, se califiquen de derecha, de izquierda o de centro. La pandemia es un jalón de orejas para los terrícolas, un llamado a que reinventen sus modos de vida como especie, conciliando lo local con lo global (“glocalización”, según los entendidos). La reinvención debe tener lugar en medio de los cambios tecnológicos que empiezan a moldear la sociedad desde otras posibilidades que aún no desciframos del todo.

Ante todo lo anterior, y como lo leí en Nexos, una revista mexicana, “Sólo hay una pregunta: ¿Cambiará la humanidad debido a los destrozos provocados por Covid-19?. Sólo debería haber una respuesta.”

El Nacional, miércoles 22 de diciembre de 2021

Dia del Profesor Universitario ¿celebración?

Ignacio Avalos Gutiérrez

El pasado 5 de diciembre se celebró el Día del Profesor Universitario, aunque lo de celebrar suena un poco forzado, vistas las duras condiciones dentro de las que transcurre la vida de los docentes. Baste señalar en este sentido, que, de acuerdo a una encuesta realizada hace poco, la mayoría de ellos obtiene una remuneración que apenas bordea el costo de la canasta familiar. Y mejor no hablemos de otras cosas porque el paisaje desconsuela.

La digitalización forzosa (o la nostalgia de un profesor analógico)

Ciertamente no fué, así pues, un día para festejar, doy testimonio personal de ello. En efecto, soy profesor universitario, aunque de pura casualidad. Nunca me paso por la cabeza serlo. Un día, al poco tiempo de graduado, fui llamado por las autoridades de la Escuela de Sociología para hacerle la suplencia a una profesora que, por razones de salud, tuvo que abandonar las clases a mitad del semestre. A la semana del aviso me vi, para mi propio asombro, parado en la tarimita de un aula del piso 7 de la Facultad de Economía, a cargo de una materia que, aquí entre nos, se encontraba fuera del menú de mis principales intereses y curiosidades intelectuales. Posteriormente, gracias a una inercia bendita, ingresé formalmente y hasta el sol de hoy, aunque no he hecho lo que se llama una carrera académica y nunca me he ganado la vida a través de la docencia, me refiero en el sentido económico, porque en el literal, vaya que me la gané. Apenas me asomo un día a la semana por los pasillos ucevistas y hace casi dos años que no paso por allá, culpa de un animalito microscópico, origen de la pandemia que los terrícolas no hemos sido capaces de encarar.

En consecuencia, me encuentro condenado al zoom, lo digo literalmente sin exagerar. La universidad se encuentra cerrada, por no decir confinada. Los hechos, han impuesto un modo virtual, imprescindible para que lleve a cabo sus actividades, aunque semejante tarea encuentre diversas limitaciones y complicaciones. Es una vía que, desde luego, ha resultado muy útil, que tiene evidentes ventajas y que desde hace rato pareciera dibujar futuro auspicioso.

Pero también es cierto, dicho sea de paso, que carece de los encantos de la vida analógica. No en balde abundan cada vez más los estudios que sostienen que, “lo físico contraataca”. Toma cuerpo una suerte de revancha de lo analógico, instando a comprender que la experiencia humana necesita de ambos mundos –el físico y el digital– si se trata de llevar la vida como debe ser.

Entre tanto, el Siglo XXI hace de las suyas

Al margen de lo anterior, y volviendo al asunto que concierne al artículo, en esta época las universidades dan tristeza, sobre todo las públicas autónomas. Su situación es el resultado de la aplicación de un manual oficial que contiene las instrucciones establecidas que, con pequeñas variantes, lleva más de dos décadas de vigencia. Su propósito es terminar con su autonomía y abrirle la rendija a una línea “académica” cuya finalidad es, palabras más, palabras menos, formar los profesionales que necesita la revolución, una amplia fórmula verbal que da pie para cualquier cosa dado el galimatías ideológico que caracteriza al gobierno de estos últimos tiempos, capaz de hacer compatibles en el marco del socialismo a lo siglo XXI, a los bodegones , el arco minero y las comunas.

En suma, se trata de una iniciativa que va a contramano del concepto de universidad y frente a la cual la resistencia interna, hay que señalarlo con franqueza, no ha sido ni suficiente ni adecuada ni unitaria.

Hay, entonces, que entender la situación que padecen nuestras universidades, pero desde el futuro. Soló desde allí es como puede calibrarse su actual crisis y bosquejar el camino que debe seguir en su transformación. En este sentido, diversas investigaciones han coincidido en señalar una tendencia general hacia la masificación, la diferenciación, la virtualización, la internacionalización, la multiplicidad y diversidad de los actores académicos, la multi e interdisciplinariedad y otros temas que perfilan un mapa distinto en el que no todo es color de rosa, por cierto, obligando a acomodar la brújula para orientar los cambios que haya que hacer.

HARINA DE OTRO COSTAL

No quiero llover sobre mojado. Han sobrado las opiniones, como era natural. Han sido numerosas, distintas y hasta contradictorias. Y lamentablemente, a muchos nos queda la sensación de que el evento del domingo 21 de noviembre no sirvió para lo que debería haber servido, esto es, para empezar a desenredar nuestro conflicto político, ese que nos agobia desde hace tiempo y que nos deja a todos la impresión de que la vida venezolana ocurre en una calle ciega, sin que ni los tirios ni los troyanos que se mueven en la escena política, parecieran darse cuenta de ello.

Ojalá, pues, que éste no sea el saldo que nos dejan las recientes elecciones y que lo que escribo no sea sino el efecto de un parpadeo emocional que tomó por sorpresa a mi optimismo.

El Nacional, 8 de diciembre de 2021

60 años del CENDES (en pocas palabras)

Ignacio Avalos Gutiérrez

Lo sabemos todos. No hablemos, pues, de la situación de las universidades públicas autónomas. No hablemos, ´por tanto, del último golpe a la USB, ni de la reciente visita nocturna de Nicolás Maduro a la UCV presumiendo, con bombos y platillos, de la reconstrucción que el gobierno lleva a cabo en un recinto que “...se parece al retén de Catia…” como si su gobierno no tuviera nada que ver con las deplorables circunstancias en las que se encuentra desde lo que ya parece una eternidad.

El panorama es trágico en todo el sistema de educación superior y sus consecuencias las pagarán particularmente, y muy caro, las nuevas generaciones que, además, ya sufren en carne propia la precariedad que rodea a la educación primaria y secundaria, no importa la epopeya oficial que busca disimularla mediante estadísticas de origen desconocido, que tratan de refutar la obcecación de los hechos.

Una institución que abrió caminos

Pero a pesar de todo, hay buenas noticias que abren una ranura para que entre algo de aire fresco. Una de ellas, es el Centro de Estudios para el Desarrollo (CENDES), de la UCV, que por estos días cumple sesenta años de fundado, una verdadera proeza en un país más bien acostumbrado a organizaciones que si acaso llegan a su adolescencia, hecho notable sobre todo en estos últimos veinte años.

Se trata, el CENDES, de un organismo de investigación y postgrado, inaugurado cuando el país salía del régimen de Pérez Jimenes y se iniciaban cuarenta años de democracia que. con sus altibajos y déficits nada menores, hoy en día echan de menos comparados con los enormes e inéditos conflictos y dificultades que trazan la vida de los venezolanos.

Como resultado de la iniciativa de intelectuales venezolanos y algunos latinoamericanos emergió, entonces, un centro de investigación y postgrado dedicado a la planificación y a los problemas del desarrollo, que le venía al país como anillo al dedo. Según el testimonio de quienes han recogido su historia, el CENDES fue pionero en Venezuela en cursos de cuarto nivel en Ciencias Sociales y precursor igualmente, en este caso a nivel latinoamericano, en el diseño novedoso de líneas de investigación en torno a cuestiones tales como conflicto y consenso, cambio político, reforma agraria, procesos de urbanización, estilos de desarrollo, metodología de la planificación, procesos sociohistóricos del país y de la región, crisis del sistema mundial, y análisis de políticas en ciencia y tecnología, salud, educación, entre otros ámbito de enorme interés, asuntos que abordó a partir de ópticas interdisciplinarios. Además, y por si todo lo anterior no bastara, fue una institución pionera en los estudios de prospectiva.

Un mundo perplejo

A finales del Siglo XX, las controversias en torno al tema desarrollo empezaron a cobrar fuerza en todos los rincones del planeta. Los procesos de globalización (sin instrumentos adecuados para su gobernanza), la redefinición de los Estados Nacionales, los avances del conocimiento y las transformaciones tecnológicas “disruptivas” y aceleradas con incidencia en todos los escenarios de la vida humana, las consecuencias que derivan del cambio climático, la desigualdad social, el nuevo dibujo que traza la demografía y mejor no sigamos porque la lista es extremadamente larga y basta con advertir que se decanta en un consenso cada vez mayor en torno a la idea de que el modelo de desarrollo que nos ha traído hasta aquí, no da para más

Frente a esta pluralidad de urgencias, la investigación en el CENDES ha ido diversificando sus focos de interés, pero manteniendo el eje en la problemática del desarrollo, concepto que necesita ser redefinido y profundizado para insertarlo en los procesos históricos actuales., los que algunos prefieren describir como una “crisis civilizatoria”.

La realidad que estamos observando marcha rápidamente, dejando en el camino preguntas cuyas respuestas apuntan a encarar la manera de orientar el futuro que se nos viene encima. Son respuestas que buscan ir despejando el horizonte, tarea en la que desempeñan un papel fundamental las ciencias sociales y humanas. No creo exagerar si digo que los cambios revolucionarios que nos rodean no tienen piloto para darle un rumbo. Este pareciera ser anárquico, va en la dirección que le pautan diversos intereses sin que, en general, partan de la premisa de que habitamos un planeta en el que lo que ocurre nos concierne cada vez más a todos.

Uno celebra entonces este aniversario CENDES, una organización que, contra viento y marea, en medio caminos tejidos por piedras, funciona y va cambiándose, asumiendo la complejidad que tejen los tiempos que corren

La fachada

Paso frecuentemente por donde está el CENDES. El deterioro de su fachada, vaticina lo peor respecto al estado en el que se encuentra la institución. Casi imposible abandonar esa sensación. Es muy difícil imaginar que los que la integran sean capaces y les sobre el empeño y la pasión para tratar de llevar a cabo, con sus lógicas e imprescindibles variaciones, las tareas que le dieron origen a la institución, transcurridas estas primeras seis décadas seis décadas.

Como postdata, no puedo dejar de señalar que pertenecí de manera intermitente al CENDES. Intermitente, digo, porque entraba y salía, aunque no me acuerdo de los motivos por los que lo hacía. Lo que si tengo siempre presente es lo mucho que le debo al personal administrativo, a mis compañeros, a mis alumnos, a mis profesores y a quienes en diversas etapas dirigieron la institución. Tengo por seguro que el tiempo nunca me será suficiente para darle las gracias a todos, por tanto.

El Nacional, miércoles 17 de noviembre de 2021

Que va a saber usted lo que es la vida, si no sabe de beisbol

Ignacio Avalos Gutiérrez

Por mera cuestión de honestidad con el lector, debo confesar que el presente escrito es un refrito de tres artículos publicados hace algún tiempo. Lo hago para evadir momentáneamente los temas que agobian al país y acercarme, aunque sea por un rato, a un escenario más amigable, como lo es el estadio de beisbol.

I.

Que va a saber usted lo que es el amor si nunca quiso a ningún equipo.

La tristeza, si nunca salió derrotado del estadio.

La felicidad, si nunca sintió lo que es ganar un campeonato.

El dolor, si nunca experimentó que le eliminaran a los suyos.

La ternura, si nunca estuvo sentado junto a un niño triste, moqueando que lloraba la derrota de su club.

La fraternidad, si nunca se dio un abrazo con un fanático desconocido que llevaba la franela y la gorra de su mismo equipo.

La tolerancia frente a personas que son de otras divisas (que no vale la pena nombrar).

II.

Que va a saber usted lo que es el miedo a un ataque al corazón, si nunca vivió un noveno inning con el equipo contrario con las bases llenas, sin outs, y el suyo ganando apenas por una carrera.

El insomnio, si nunca se acostó en la víspera de una final de campeonato.

La consulta a un psiquiatra, si su club quedó eliminado al ratico de empezar el torneo.

Las ganas de auto suicidarse, si su equipo perdió la clasificación a la serie final por medio juego.

III.

Qué va a saber usted lo que es sentir pánico, si nunca vio la cara de un jugador sorprendido, puesto out en la tercera base.

El ridículo, si nunca miró a alguien dejar caer un flaycito al cuadro o poncharse con un lanzamiento alto.

El susto si nunca fue testigo de un lanzamiento pegado (a noventa millas), que casi mata a tu pelotero favorito.

Un amuleto si nunca le prestó atención a la frecuencia con a que los beisbolistas se tocan sus genitales cuando se encuentran en una situación crucial para el partido.

IV.

Que va a saber usted lo que es la fe, si nunca creyó incondicionalmente en un equipo

El sexo, si nunca experimentó el orgasmo gracias a un jonrón que sirvió para que su equipo ganara en extra-inning.

La lealtad, si nunca se mantuvo fiel a un equipo aunque perdiera.

Los límites de la vejiga si jamás la sometió a una cola de cincuenta personas, todas esperando para entrar al baño

La arrechera si el manager saco al picher cuando no debía y por eso cree que perdió su equipo.

La injusticia si nunca sufrió la sentencia de un umpire declarando out al corredor que anotaba la carrera que le daba la victoria a los tuyos.

Las diferencias sociales si nunca miro desde las gradas, la zona VIP del estadio.

V.

Qué va a saber usted lo que es la música, si nunca oyó el grito de los fanáticos de su equipo.

El ruido, si nunca oyó el grito de los aficionados del equipo rival.

El perfume, si nunca percibió el olor de la muchedumbre reunida en un estadio de béisbol.

El vacío existencial si nunca sintió la llegada del final de una temporada y se empezó a preguntar cual era ahora el sentido de su existencia en este mundo.

Las ganas de autosucidarse, si nunca vencieron a los suyos en el último minuto de un extra inning de 13 entradas.

VI.

Qué va a saber usted lo que es la estrategia, si nunca se leyó misterioso el librito no escrito que rige el juego de beisbol.

Lo que es la táctica, si nunca se percató de la lógica de un boleto intencional o de un toque de bola.

Una Constitución Nacional, si nunca reviso las normas casi perfectas que rigen el béisbol.

El estado de derecho si desconoce cómo se cumplen las leyes en el terreno de juego.

Un Tribunal de Justicia si no observo actuando a los umpires.

Gobernar si jamás fue manager.

El Derecho Constitucional a la Evasión si nunca se refugió en un estadio a sabiendas de que el exceso de realidad es nocivo para la salud

VII.

Qué va a saber usted lo que es el estoicismo si nunca vio a un catcher agachado nueve innings, cuidándose además de que no le den un pelotazo en los testículos.

Lo que es el estrés, si nunca se puso en el pellejo de un manager.

La serenidad, si nunca le prestó atención al comportamiento de un pitcher relevo que llega al montículo para resolver una crisis que decide la suerte del partido.

La tensión, si nunca se fijó en el rostro de un bateador puesto en tres y dos.

VIII.

Qué va a saber usted lo que es la acrobacia, si nunca vio un doble play.

Lo que es la habilidad si nunca vio a nadie atrapar una pelota de espaldas y contra la pared.

El suicidio, si nunca presenció una jugada de squeez play.

La osadía, si nunca fue testigo de un robo de base.

El riesgo, si nunca vio como un picher desafió con una recta por el medio del home al jonronero rival.

La ley de gravedad, si nunca se sentó detrás del catcher y miró los vaivenes de una bola de nudillos lanzada por un pitcher zurdo.

La desfachatez del “manager de tribuna” que sabe siempre cual es la mejor estrategia en el juego, que ´por supuesto suele ser la contrariara de la que tomo el verdadero responsable de dirigir el equipo.

IX.

Qué va a saber usted lo que la falta de gobierno, si nunca hizo una cola para entrar al estadio.

Lo que es el capitalismo salvaje, si nunca topó con los revendedores de entradas.

El caos, si nunca sus riñones le mandaron orinar a mitad de juego.

El hambre, si jamás se comió un pincho en las afueras del estadio y le supo a parrilla argentina.

X.

En fin, qué va a saber usted de la vida si nunca asistió a un estadio de béisbol.

Lo que es la nada, si nunca entro a un estadio vacío.

Lo que es la religión si nunca fue feligrés de Los Tiburones de La Guaira

Ignacio Avalos Gutiérrez

El Nacional, Sábado 12 de noviembre de 2021

“Mision Universidad Bella”

Ignacio Avalos Gutiérrez

Dicho sin pizca de exageración, el sistema de educación superior venezolano hace agua por todos lados, incluyendo de manera significativa a las universidades públicas autónomas. Las consecuencias serán graves y las pagarán sobre todo los niños y los jóvenes, a quienes desde ya les está tocando experimentar el enorme déficit que rodea su vida escolar.

El jueves por la noche

La semana pasada una pequeña comitiva encabezada por Nicolás Maduro, acompañada por escoltas, se introdujo subrepticiamente en la Universidad Central de Venezuela (UCV). El objetivo de su presencia era fiscalizar el curso que llevan los trabajos de remiendo en su estructura física, dañada progresivamente a lo largo de dos décadas y cuya responsabilidad recae principalmente en las acciones y omisiones del gobierno, el actual y el anterior, contempladas en lo que muy acertadamente se ha definido como un manual que contiene las instrucciones que deben cumplirse en función de la destrucción universitaria. No creo necesario extenderme en los detalles, apenas diré, como ejemplo, que el presupuesto acordado para la UCV ha sido deficitario durante mucho tiempo y que en el año 2021 equivale a un poquito más del 2% de lo requerido.

La mencionada visita fue recogida para la posteridad en un video que muestra el paseo de Maduro por distintos sitios, pontificando en materia de diagnósticos y pronósticos sobre la educación superior y reivindicándose como el titán del rescate de una institución asfixiada por motivos que evalúa como si le fueran ajenos, transfiriéndole la responsabilidad a terceros, esta vez sin mencionar al imperialismo, según me pareció,

Al término de la película y sin que hubiera el más mínimo gesto con el fin de disimular el abuso que estaba cometiendo, Maduro designa Protectora de la UCV a Jacqueline Farías, ex alcalde de Caracas y actual jefa de la Misión Venezuela Bella, remarcando de esta manera su convicción de que cualquier problema se resuelve tapando unos huecos, colocando unas baldosas y echando una manito de pintura, todo envuelto dentro una llamativa consigna, lubricada por una buena dosis de épica.

¿Hacia la Universidad Oficial?

Por más obvio que luzca, cabe advertir que lo más trascendente no es rescatar las aulas, los jardines y ni siquiera el icónico reloj de la plaza del rectorado, sino respetar el ethos académico, vertebrado en torno a la libertad de pensamiento, absolutamente clave en medio de la llamada Sociedad del Conocimiento, caracterizada por grandes transformaciones tecnocientíficas que se desbordan, impactando todos los espacios de la vida humana, dejándonos la sensación de que todo está a punto de ser otra cosa.

En fin, no olvidemos que, a raíz del fallecimiento de su Rector, Enrique Planchart, a la Universidad Simón Bolívar (USB) le fue embargada su autonomía, si es que cabe decirlo de esta manera, y el gobierno se sacó de la manga unas nuevas autoridades. No hay que ser muy perspicaz para pensar que el episodio recogido en el referido video, pudiera insinuar algo parecido, es decir, la conversión de la UCV en una institución oficial, que no publica, y sin autonomía, bajo el formato de un centro de adoctrinamiento.

Visto lo anterior, yo, Profesor de a pie de la UCV, respaldo todos los esfuerzos que se lleven a cabo para impedir que tal cosa ocurra, enmarcados en una crítica interna que reconozca cierta desidia con la que vimos como pasaba lo que pasaba

El Nacional, miércoles 26 de octubre de 2021